Cualquier observador desprevenido, al ver las filas interminables que serpentean por los pabellones de Corferias, pensaría que un ídolo del reguetón o un actor de Hollywood está por salir a escena. Cientos de personas se aglomeran con horas de anticipación, esperando un autógrafo. Sin embargo, no hay guitarras ni cámaras de cine, lo que convoca a esta multitud en la FilBo es la presentación de la nueva novela de Mario Mendoza, La hora de los lobos. Es el fenómeno de un escritor que ha logrado lo impensable en un país de supuestos no lectores, convertir el lanzamiento de un libro en un evento de masas, validando su estatus como “Bookstar” de nuestras letras.
Mendoza es un protagonista indiscutible de la industria editorial colombiana, un autor que ha sabido leer el pulso de una sociedad golpeada. Con una trayectoria que incluye hitos como Satanás (Premio Biblioteca Breve y llevada con éxito al cine), Buda Blues, La ciudad de los umbrales y Relato de un asesino, ha construido un mapa del horror urbano y la marginalidad que pocos se atreven a explorar con tanta crudeza. Su pluma no busca el adorno estético, sino la denuncia de una realidad que nos respira en la nuca, así muchos traten de ignorarla.
En La hora de los lobos, Mendoza recorre los bajos fondos de la mano de Bruno Guerrero. El protagonista nace en un barrio popular del sur de Bogotá, el barrio Marruecos cerca de la cárcel La Picota, algo que determina su suerte. Un entorno donde la muerte no es una tragedia, sino una vecina constante. La vida de Bruno es una sucesión de duelos, pierde a sus padres, a varias parejas y a sus seres queridos, forjando un nihilismo que lo prepara para lo que viene.
Bruno Guerrero no es el típico criminal de barrio, es un hombre consciente de su propia segregación. Entiende que pertenece a una casta invisible que nunca será aceptada en los círculos del privilegio. Lejos de la resignación, acepta su destino, ir contra el orden establecido. Su resentimiento es lúcido, sabe que la única forma de subvertir el sistema es preparándose para golpearlo donde más le duele, convirtiendo su exclusión en su mayor arma de combate.
Así se autoimpone un proceso autodidacta riguroso, muchas veces marcado por el azar. En su camino aparecen guías que marcan su destino. Desde la espiritualidad y la disciplina física del Tai Chi y las artes marciales, hasta la frialdad estratégica de Sun Tzu y Clausewitz. Bruno devora libros con una urgencia casi biológica, comprende que la diferencia abismal entre las élites y el pueblo radica en la educación, y decide no darles ni un centímetro de ventaja en ese terreno. Es el intelectual del hampa, un lector voraz que utiliza el conocimiento como munición.
Su inevitable descenso al mundo del crimen lo lleva a la cárcel, donde su vida se redefine. Allí conoce a un “duro” del narcotráfico con quien establece una conexión que trasciende lo delictivo, comparten ideas, lecturas y, finalmente, un plan de escape ejecutado con precisión quirúrgica gracias a las estrategias de Bruno. Esta alianza le abre las puertas a un ascenso meteórico dentro de la estructura criminal, donde escala posiciones hasta transformarse en un capo de nueva generación, uno que no solo usa la fuerza, sino el cerebro. Sus tácticas evolucionan hacia algo más perverso y contemporáneo. Bruno comprende que para destruir a un enemigo no siempre hace falta un disparo. Sus métodos recurren a la demolición de la imagen pública, monta trampas sofisticadas con mujeres bellas como señuelo para crear escenas comprometedoras que luego se difunden en medios y redes sociales. En la era de la posverdad, la eliminación física es secundaria, lo que importa es la muerte civil de sus adversarios a través del escarnio digital, una táctica que refleja la bajeza de nuestros tiempos.
A través de este personaje, Mendoza propone un retrato del narcotráfico hoy. Lejos de la ostentación de los carteles de Medellín y Cali de los años 80, los herederos han aprendido a camuflarse. “Ahora un narco puede ser cualquiera de nuestros vecinos, una viejita con un local de ropa en un centro comercial al que nadie entra podría estar lavando plata”, asegura el autor. Es la advertencia de que la cultura narco ha dejado de ser un fenómeno de selvas y pistas clandestinas para permear cada estrato de la cotidianidad urbana.
La novela expande su mirada hacia una criminalidad trasnacional que ha convertido a Latinoamérica en un tablero de ajedrez sangriento. Las páginas de La hora de los lobos nos llevan por Brasil, México, Ecuador y Venezuela, retratando el avance de los narcoestados. Desde la ficción es posible ver la realidad: el poder de los carteles mexicanos y el Cartel de los Soles, la violencia en las favelas y la reciente crisis de orden público en el pacífico ecuatoriano, Mendoza nos recuerda que el crimen no respeta fronteras.
En medio de este caos, el autor rescata la humanidad de su antihéroe a través del afecto. El primer amor de Bruno es Salomé, una mujer trans que fue su compañero de colegio. Es un tema que Mendoza ya había tratado con maestría en Lady Masacre, y que aquí sirve para recordarnos que incluso en los seres más oscuros sobrevive un rastro de ternura y lealtad hacia el pasado.
Como era de esperarse, una obra con tal impacto comercial despierta las envidias del mundillo literario. Sus detractores lo tildan de repetitivo y lo acusan de habitar en lugares comunes. Ante esto, Mendoza es honesto y dice que él tiene talento para narrar estos contextos y no otros. La crítica académica suele mirar por encima del hombro a quienes logran conectar con el gran público, pero los lectores de Mendoza, que se cuentan por miles, son un respaldo que ninguna reseña académica puede desmentir.
Personalmente, celebro que en este libro el escritor bogotano se aleje de los giros esotéricos y las salidas irreales que marcaron algunas de sus últimas entregas. La hora de los lobos nos devuelve al Mendoza del realismo puro, con una prosa sencilla, clara y directa que atrapa sin necesidad de artificios. Es una lectura accesible, sí, pero no por ello ligera, es un golpe de realidad que nos obliga a mirar lo que preferiríamos ignorar.
Con su nueva novela y su éxito Mario Mendoza reafirma su posición “Bookstar”, aunque más allá de las ventas, su legado radica en haber convertido la lectura y la escritura en un acto de rebelión. Con este libro, no solo nos cuenta una historia de crimen, nos entrega un manifiesto de resistencia. Porque, como él mismo ha predicado entre los jóvenes que lo siguen con fervor religioso, leer es, ante todo, resistir.
