
El hombre de la fotografía se llama Dobri Dobrev, un veterano búlgaro de 98 años que perdió el oído durante la segunda guerra mundial. Vistiendo su ropa hecha por él mismo, camina los 10 kms que separan su aldea de la capital Sofía, donde se pasa el día mendigando. A menudo suelen verlo de pie frente al a iglesia San Alexander, acompañado por su accesorio mas intimo: una caja de metal que la utiliza para guardar el dinero que recolecta.
Su rostro presenta una inocente simplicidad y bondad. De vez en vez se arrodilla en las iglesias, haciendo señal de reverencia ante su Dios Todopoderoso, mostrándose totalmente indigno de merecer un mejor vestido o estilo de vida.
Lleva los zapatos tradicionales de piel en carne viva y todo el tiempo camina de un lugar a otro, pero nunca utiliza medios de transporte modernos. Come todo lo que la gente buena le brinda y nunca reniega por su condición de analfabetismo y extrema pobreza. A verlo pareciera semejarce con aquellos hombres de Dios que con humildad y gracia pasan esta tierra generando tal vez una reflexión sensata.
Hace poco se descubrió que este ilustre personaje donó hasta el último centavo que había recogido (más de 40.000 euros) para la restauración de los monasterios e iglesias de Bulgaria y para contribuir a pagar las facturas de agua y luz de los orfanatos. Vive de la humilde pensión mensual de 80 euros que le paga el Estado.
Definitivamente esa fuerza superior hace cruzar en el camino personajes como Dobri, que con sus ojos bondadosos, sonrisa agradable y mirada humilde hace que nos preguntemos la grandiosa hazaña en la que se puede presentar el existir de cada persona.
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