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La desconocida diplomacia del afecto entre el Galeras y el mundo

Por: Tirso Benavides Benavides El miedo no se mide en kilómetros, se mide en el instante exacto en que dos manos se sueltan en la sala de embarque del aeropuerto El Dorado de Bogotá. Para Mariana y Martín, dos jóvenes de diecisiete años criados bajo el amparo familiar en el barrio La Colina, de la

Tirso Benavides Benavides·30 de mayo de 2026·15 minutos de lectura
La desconocida diplomacia del afecto entre el Galeras y el mundo

Por: Tirso Benavides Benavides

El miedo no se mide en kilómetros, se mide en el instante exacto en que dos manos se sueltan en la sala de embarque del aeropuerto El Dorado de Bogotá. Para Mariana y Martín, dos jóvenes de diecisiete años criados bajo el amparo familiar en el barrio La Colina, de la capital nariñense, el despegue tuvo una carga doblemente gravitacional. Mellizos, acostumbrados desde el vientre materno a compartir el latido primordial antes de conocer el mundo, habían caminado juntos cada paso de la infancia y la adolescencia. Su primera gran separación ocurrió, despachada en mostradores de aerolíneas distintas, partiendo el cordón umbilical de su cotidianidad para arrojarlos a los extremos opuestos del mapa europeo.

Para Mariana, el verdadero monstruo del viaje no fue el gélido invierno de Europa del Este ni la maraña de consonantes del idioma polaco. Su miedo real cabía en la estrechez de una cabina aérea, en el peso inédito de su propia individualidad: “Mi mayor temor fue tomar ese primer vuelo. Sabía que, desde ese momento, yo sería la responsable de tomar las decisiones de mi vida y asumir las consecuencias de mis acciones. Todo dependería de mí, no de mis papás ni de mi hermano. Me daba muchísimo miedo fallar, no lograrlo sola y sentirme perdida tan lejos de casa”.

A miles de kilómetros de allí, en la misma sintonía de la incertidumbre, Martín desembarcaba en Jodoigne, un pequeño pueblo incrustado en el Brabante Valón belga, lidiando con una fractura idéntica en su burbuja personal: “Mi mayor miedo, aparte del hecho de llegar sin saber hablar nada de francés, fue salir de mi zona de confort, ya que todos vivimos en nuestra burbuja, y llegar sin conocer nada y a nadie es difícil”.

Mientras los mellizos del sur de Colombia miraban las nubes de países distintos con el vértigo de una autonomía forzada, el camino inverso se trazaba desde los paisajes y los relojes milimétricos del norte de Europa. Íivo Aatsinki, un finlandés de diecisiete años nativo de Tampere, intentaba descifrar su destino tecleando en el buscador de su computador: “Pasto, Colombia”. Lo que la pantalla le devolvió fue un enigma de altitudes y costumbres andinas: “Antes de venir no sabía mucho sobre Pasto. Solo sabía que aquí la gente comía cuy y que la ciudad quedaba muy arriba, en medio de las montañas”.

Junto a él, Sofía, una estudiante alemana de diecisiete  años que cambió Colonia, donde está su hogar, por el viento del Galeras, compartía el mismo desamparo geográfico al empacar sus maletas. Al igual que Alanis Coline Guez, una francesa de Clermont-Ferrand, ambas tuvieron que lidiar con las advertencias sombrías de sus propios entornos europeos. “Se burlaron un poco porque iba a un “pueblo perdido en el fondo de Colombia”, pero en mi familia ya están acostumbrados porque mi hermana hizo un intercambio en Patagonia”, recuerda Alanis.

La “hora pastusa”, la liturgia del plato y el caos vehicular

El aterrizaje es siempre un doble choque, visual y social.

Alanis cuenta que durante la transición aérea, elevaba una súplica silenciosa mientras el avión planeaba sobre la cordillera. “Cuando estaba en el avión, miraba los caseríos abajo rezando que no fuera Pasto porque no quería vivir en un pueblito perdido en las montañas». Esta idea le duró poco tras pisar la pista de Chachagüí, al notar llegando a la ciudad porque a su nuevo domicilio le dicen la Ciudad Sorpresa.

Sin embargo, la verdadera aduana de un extranjero no está en el pasaporte, sino en los códigos de la mesa y en el uso del reloj, al menos para nuestros visitantes.

Para Íivo, el rigor escandinavo de la puntualidad sufrió un cortocircuito inmediato en una capital donde se ha establecido la tan célebre y reprochable hora pastusa. “Lo más difícil de entender para mí ha sido la puntualidad. A veces los eventos son muy puntuales, pero otras veces parece raro llegar exactamente a la hora. Eso me confundió bastante al principio, porque en Finlandia normalmente si se dice una hora, uno intenta llegar a esa hora”. Alanis coincide en el extrañamiento de esa “hora elástica” que rige nuestras dinámicas sociales. “Al inicio me parecía raro llegar 2 horas tarde a una fiesta, pero ahora tiene sentido”, manifiesta.

Aquí la anécdota devela una profunda sociología de lo cotidiano. Mientras el Viejo Continente concibe el tiempo como un recurso contable y escaso que debe ser gestionado con precisión matemática, el sur de Colombia lo entiende como inagotable, un contexto donde todos parecen haberse puesto de acuerdo contra la tiranía del minutero.

Esa laxitud temporal contrasta con la intensidad de la mesa nariñense. Acá el almuerzo no es un trámite rápido frente a una pantalla, como cuenta Sofia que es lo habitual en las metrópolis europeas, es un ritual litúrgico de tres tiempos donde conviven el arroz, la papa y el plátano en una armonía de carbohidratos que desafía la lógica nutricional de un extranjero. Sofía se declara ahora una devota absoluta de los jugos naturales y las empanadas con ají, uno de nuestros platos típicos que dice podría comer “a cualquier hora del día”. Pese a que el imaginario colectivo pastuso esperaba a la típica alemana de postal nórdica y trenzas claras, Sofía rompió las expectativas con una melena castaño oscura que parecía mimetizarla, a primera vista, con cualquier muchacha de la región.

Alanis, en cuestiones de paladar, coincide en gustos, al preguntarle por su comida preferida no duda.  “Por supuesto las empanadas. Me gustan todas pero las de añejo son las mejores. Las frutas también, aquí hay muchas más variedades de frutas, y en Francia esas frutas son super caras”.

Pero el territorio y su cultura también impone fronteras insalvables para el paladar europeo. El cuy, nuestro orgullo gastronómico, divide las aguas de la experiencia. Mientras Íivo lo observa con un asombro analítico, “me sorprendió el cuy, porque nunca pensé que un animal tan pequeño pudiera comerse como un plato típico”, no se rehusa, a él no lo molesta el aspecto ni el sabor, sino que un solo carilargo no lo llena. Alanis levanta una barrera infranqueable dictada por su crianza: “Primero el cuy, para mi es una mascota entonces no entiendo como comen eso”, un veto que ella extiende a otra institución culinaria tradicional, “no volvería a probar el tamal”, cuenta en un español fluido pero que conserva un dejo francés. Finalmente el verdadero quiebre para la etiqueta gala no es el contenido del plato, sino las maneras del ritual. Acostumbrada a los modales estrictos de la mesa francesa, Alanis confiesa que hay hábitos del sur que prefiere dejar en el inventario de la anécdota: “No creo que exportaría los rituales alrededor de la mesa allá, por ejemplo, no podría comer con las manos o empezar a comer antes que todos tienen su comida”.

Otra cosa que todavía impresiona a Íivo, quien ya tiene acento pastuso, es el desorden en nuestras calles, el tránsito caótico, el irrespeto al peatón y a las señales. Ha sabido adaptarse, caminando a la defensiva, entendiendo que una luz en rojo no le da seguridad a que los carros paren, que la cebra no es un espacio exclusivo para quienes caminan y que cada paso debe darse con cautela.

El frío de allá y el aprender a decir “No”

En el reverso del espejo, los pastusos Mariana y Martín descubrían en Varsovia y Jodoigne que el orden europeo tiene un costo, la distancia humana. Para dos muchachos criados en una cultura donde el saludo al vecino y la conversación de pasillo son obligatorios, la sobriedad del Viejo Continente se sintió como una baja inesperada de temperatura social.

“Adaptarme fue diferente porque aquí las personas son mucho más directas”, explica Mariana desde las avenidas anchas de Varsovia. “No tienen problema en decir lo que piensan o simplemente decir “no”, mientras que nosotros los colombianos solemos responder con un “yo te aviso””. Este matiz idiomático trasciende la simple cortesía, revela un mecanismo de defensa cultural del colombiano, que prefiere dilatar y suavizar las negativas a través del rodeo verbal para preservar la armonía relacional, chocando de frente con una honestidad seca europea que no teme al conflicto porque cimenta su confianza en la transparencia directa.

Martín vivió la misma experiencia en el entorno escolar belga, descifrando la delgada línea que separa la amabilidad formal de la verdadera intimidad de los círculos locales. “Siento que es muy difícil entrar realmente al círculo de alguien de acá, son bastante reservados y cuidadosos con quien eligen como sus confidentes, por esto en todos lados te van a acoger, pero ir más allá puede ser difícil”, cuenta.

Hasta la estructura de los afectos familiares se reveló distinta para estos estudiantes de intercambio.

Mientras el desapego europeo sorprendió a los jóvenes pastusos, quienes venían de hogares con dinámicas de clan, Alanis notó de inmediato, al observar a sus anfitriones en Pasto, “que aquí los papás son mucho más pegados a sus hijos y es más complicado irse de la casa”. Una observación que Íivo complementa con cifras de su propia experiencia en Tampere: “Las familias en Colombia son mucho más cercanas. Se reúnen por muchas ocasiones durante el año… En Finlandia las familias no siempre son así, y a veces puede pasar que una familia se reúna solo una vez al año”. De Íivo se destaca su independencia, trabaja on line, tiene su propio dinero, se mueve por sus medios, consciente de que en su país cuando se es mayor de edad se debe dejar el hogar.

Es en ese aislamiento donde la nostalgia encuentra su alimento y la distancia se agranda. A Mariana le hace falta la geografía humana de su cotidianidad perdida. “Extraño caminar por la Avenida de los Estudiantes, comerme un helado, ir a los restaurantes, comer cuy, vivir el Carnaval y sentir el cariño de las personas. Hay días en los que uno entiende que los lugares no son solo calles, sino la gente que les da vida”.

Para Martín, el desarraigo se tradujo en una carencia climática y alimentaria. En el descubrimiento de que el invierno no es una tarde nublada en la Plaza de Nariño, sino una agresión física: “Este año viví por primera vez lo que son las estaciones y en especial un invierno bajo cero, nosotros no sabemos de lo que hablamos cuando decimos que vivimos en clima frío”. Y en medio de ese congelamiento, la frustración de no hallar el ingrediente más básico de su memoria de infancia: “Lo que siempre busco y nunca encuentro es Harina de maíz, en nuestra perspectiva es normal tener en la casa pero para ellos es algo exótico”.

El engranaje que une el mapamundi

Detrás de cada maleta empacada a toda prisa y de cada lágrima derramada en las salas de espera de los aeropuertos, opera la labor institucional del Club Rotario que teje estas autopistas de doble vía sobre el mapa del mundo.

Legi Pazrosero González, Coordinadora Regional para Nariño y Cauca del programa de intercambio de esta organización internacional aclara que no estamos ante agencias de turismo estudiantil ni ante un catálogo comercial de idiomas.  La postura que defiende el Club es un manifiesto de resistencia civil frente al mercado: “Rotary no vende programas de intercambio, solo brinda oportunidades de vivir la mejor experiencia y crecimiento personal a cada uno de los estudiantes”. El programa depende estrictamente de un sistema de espejos recíprocos, los cupos de salida para los jóvenes nariñenses están atados, por un nexo de hospitalidad, al número de hogares locales que decidan abrirle las puertas a los extranjeros.

A lo largo de los años, este experimento de diplomacia cotidiana ha tenido un impacto positivo. El registro regional detalla que por la geografía de Nariño han transitado cerca de 120 estudiantes internacionales, la mayoría de ellos en la capital, Pasto, y algunos en la fronteriza ciudad de Ipiales.

Desde la perspectiva institucional de esta organización, el fin de estas experiencias más que sellar pasaportes o aprender otras lenguas es profundamente humanitario: “propender la paz en el mundo a través del conocimiento de otras culturas”. Una certeza basada en la idea que solo desarmando el misterio de las costumbres ajenas y obligándose a mirar de cerca la humanidad del otro, podremos mirarnos a nosotros mismos sin levantar muros.

 El ritmo y el idioma de universal del baile

Si el lenguaje divide, el cuerpo unifica. El gran hallazgo de estos estudiantes es que el movimiento es una lengua franca que no necesita traducción.

Antes de pisar suelo colombiano, Íivo sostenía una relación pasiva con el sonido. “La música aquí se vive más con el cuerpo. En Finlandia normalmente escuchamos música solo para escucharla, pero aquí la música hace que la gente quiera bailar, compartir y moverse juntos”. Su aprendizaje en las fiestas pastusas tuvo la rigurosidad de un axioma matemático: “Antes de venir a Colombia, yo pensaba que la salsa se podía bailar con cualquier música, pero después entendí que la salsa se baila con salsa”.

Alanis experimentó la misma transición corporal. “En Francia ya conocía la salsa y la bachata pero no sabía cómo se bailaba. Aqui aprendí a bailarlos, y otros ritmos. Me encanta bailar y eso es una de las cosas que voy a exportar a Francia”, opina. Sofía, por su parte, adoptó la costumbre del baile entre amigos, convirtiéndolo en el centro de su bitácora nocturna.

En las reuniones de Varsovia y Jodoigne, Mariana y Martín descubrieron que su herencia rítmica era un pasaporte de admiración. “Cuando pongo salsa o música latina en una reunión, quedan totalmente sorprendidos”, relata Mariana. “A veces se quedan mirándonos como si estuvieran viendo una película, porque no entienden cómo podemos transmitir tanta alegría solo moviéndonos al ritmo de una canción”. Martín, convertido a la fuerza en coreógrafo del Brabante Valón, confirma la fascinación de los jóvenes  y las familias belgas ante lo que consideran un enigma tropical: “Más de una vez me han pedido que enseñe bachata, salsa y merengue que para nosotros es algo normal pero para ellos es nuevo”, cuenta, guardando la diplomacia para no decir que las lecciones nunca tienen los resultados esperados, sobre todo por la falta de ritmo de los aprendices.

El equipaje intangible

El año llega a su fin y las maletas se llenan de objetos cruzados. Café de Nariño para las alacenas europeas, individuales de paja de Sandoná para las mesas, recuerdos de Las Lajas vistos bajo el encanto de sus luces nocturnas. Pero el verdadero contrabando es de carácter incorpóreo. Los jóvenes regresan con el carácter modificado por el territorio ajeno.

Esta transformación mutua encontró sus propios templos en la cotidianidad escolar de la ciudad. El intercambio no solo se vivió en las salas de las casas anfitrionas, sino en las aulas de los colegios que abrieron sus puertas para convertirse en laboratorios vivientes de esta diplomacia. Sofía y Alanis lucieron orgullosas el tradicional uniforme a cuadros rojinegro de las Bethlemitas, integrándose a una comunidad educativa que vio cómo sus pasillos se impregnaban de acentos extranjeros y debates globales.

Al mismo tiempo, Íivo asumía su rol en las aulas de las Franciscanas, viviendo la cotidianidad de esta institución. Físicamente, el finlandés se convirtió en una disrupción inevitable en los patios del viejo claustro, con su imponente estatura de 1.84 metros y su cabello marcadamente rubio, sobresalía por encima del promedio, ganándose el afectuoso apodo de Golden Boy que plasmaron con lapiceros sobre una camiseta sus compañeros pastusos al terminar el año.

Gracias a esa inmersión, Íivo vuelve a Tampere con una soltura poco conocida para romper el hielo nórdico y un mensaje claro. “Mi consejo sería que salgan a conocer gente por iniciativa propia, porque en Finlandia normalmente las personas no se acercan primero a hablar contigo. No significa que sean malas personas, simplemente la cultura es más reservada”. Se lleva, además, un tesoro que no pesa en la aduana, “Si pudiera llevarme algo de Pasto a Europa que no fuera un objeto, me llevaría la amabilidad de la gente y la forma tan social y cercana que tienen de vivir”, concluye.

Alanis regresa a Clermont-Ferrand con una victoria sobre sus propios nervios. “Siento que soy más tranquila y tengo menos ansiedad en general”. El aislamiento de esta provincia andina le otorgó una lucidez que la alta cultura europea a veces nubla: “Haber vivido en un lugar tan recluido y haber descubierto unas costumbres increíbles me hizo recordar que no tienes que visitar únicamente los lugares más famosos y turísticos, porque cada cultura es única y hermosa». Sofía, empacando algunos discos de música local y el recuerdo de los sabores andinos, regresa dispuesta a inyectar un poco de la espontaneidad y flexibilidad de este sur en la rigurosa cotidianidad alemana.

Y en nuestros embajadores del sur, el viaje produjo el milagro del autorreconocimiento y la maduración individual. Separados por primera vez en diecisiete años, aprendieron a existir sin el reflejo del otro. Martín regresa a Colombia extrañando el orden belga, dispuesto a aplicar en su vida “su organización y la forma de entender las obligaciones”, pero con una urgencia de apertura que solo se adquiere cuando se mira la casa desde lejos: “Siento que el mundo es mucho más pequeño de lo que pensamos… deberíamos promocionar mucho más nuestra cultura y abrirnos al mundo porque no muchos conocen qué es Colombia”.

Para Mariana, la travesía europea terminó por consolidar su identidad como un escudo de honor. “Este viaje me hizo convertirme en una mujer orgullosamente colombiana. Ahora siento que mi mejor accesorio es mi nacionalidad. Me encanta mostrarle al mundo lo hermoso y privilegiado que es nuestro país y nuestra región. Antes daba por sentada la calidez de la gente y algo tan simple como una risa, aquí muchas personas son mucho más serias, y eso me hizo valorar aún más la alegría con la que crecimos”, dice, mientras para comprobarlo con hechos, sonríe.

Al final, este viaje es la prueba de que las fronteras son solo líneas de tiza sobre un tablero escolar. Cinco muchachos han demostrado que, aunque a veces la diplomacia de los tratados oficiales falla, siempre quedará la diplomacia del afecto, esa capacidad humana de incluir al mundo entero, una diplomacia en donde la sonrisa sincera en la esquina de cualquier calle del planeta es el mejor pasaporte.

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