Por Omar Raúl Martínez Guerra
En el principio todo era agua. Agua en las calles y en las carreras, agua en los balcones, en los rincones y las esquinas, todo pasado por agua. Lo más excitante eran las bombas o globos, que reventaban en la humanidad de la gente. Los mismos bomberos se atrincheraban para institucionalizar la monumental bazofia: todo era válido en el día de los Inocentes. Difícil olvidar la gracia de un frío baño con ropa y todo. Pero, puesto que no existe exceso que no sea estúpido ni mal que no tenga cura, la ciencia empezó a llegar con su severo mensaje, que alertó sobre los tempestuosos riesgos que anunciaban a los pueblos del mundo por el agotamiento, lento pero imparable, del preciado líquido, que podría significar algún desdichado día, el fin de la vida del planeta tierra. Como lo estuvo la capital de Egipto, El Cairo y como se encuentra expuesta nuestra hermana ciudad de Ipiales. Empero, no ha faltado el nostálgico aguatero que considera que su final fue obra de resentidos seres que todo lo bueno lo destruyen. El recuerdo del día de los inocentes repiquetea hoy en día a una costumbre arcaica. A pesar de eso, una parte importante de municipios de Nariño mantiene el juego del agua, con la complacencia de autoridades aturdidas y vacilantes, desdibujadas por la presión para hacer del populismo una gracia concedida al goce inmarcesible de gentes reprimidas, cuyas almas en pena tan solo se redimen con profusiones suntuosas de agua, talco, reguetón y trago.
Pero ese es otro cuento. El de ahora, el “juego del talco” se creció con los años y no hay control que lo detenga: goza de relativa popularidad, se esparce por toneladas, molesta a miles de personas, entretiene a otras cuantas más, irrita los cinco sentidos, enferma a niños, jóvenes y viejos, pero tiene una diferencia con el agua, porque, ante todo, el supuesto talco, es mercado y negocio. Es tan negocio que algunos incautos dicen que prohibir una mezcla de ninguna calidad, tóxica y nociva, es quitarle el pan de la boca a las gentes que lo expenden, en bultos y en libras, en tanto con eso logran el sustento familiar. Esa es la torva tesis social de quienes mendigan el desarrollo económico del proletariado. Igual que con la venta del chapil. Mayor sandez es difícil de encontrar.
Pero, más allá del lucro para un proveedor mayorista que vive bastante lejos de la región y otro que lo importa y distribuye, está la posición de aventajados sapientes, siempre en disposición intelectual de asumir como suya la majestad del saber popular, de la tradición cultural y de la genuina esencia. Siguen invocando el peligro de ser sorprendidos con el látigo lacerante con el que la UNESCO castigaría la osada decisión de prohibir el tóxico polvillo, cuando lo que haría este organismo sería, de enterarse de los desmanes, quitarle el reconocimiento y endilgarle más bien el de detrimento patrimonial. Los expendedores están muy alertas, prestos a defender el mercado; emplean las redes sociales para acusar de “niños de cristal” a quienes buscan eliminar el juego, cuando no de aburridores enemigos de la esencia del carnaval.
Otros, por su parte, dicen que una universidad “de afuera” (La universidad Industrial de Santander que hizo el estudio de laboratorio por petición del Grupo Carnaval sin Talco) no tiene derecho a opinar sobre “nuestro carnaval”. Expresan también que en lugar del talco se prohíba la circulación de los buses chimeneas de transporte urbano, y no podía faltar la grotesca expresión del rufián en ciernes “si no le gusta el juego no salga de su casa”. De ese tamaño son los fundamentos de sus defensores de oficio, sin dejar de lado quienes hablan de doble moral por no combatir al mismo tiempo el uso y abuso de la espuma Carioca. Todo en su momento.
El alcalde de Pasto, Nicolás Toro, se ha declarado incapaz de tomar la decisión para prohibirlo, a pesar de que se le dieron a conocer en reunión con sus asesores, los resultados del estudio científico de la UIS (que encontró componentes cancerígenos) y los conceptos clínicos de médicos reconocidos, amén de todos los argumentos posibles, en su orden: a) Daños graves a la salud (Infecciones bronquiales y respiratorias, oftalmológicas, dermatológicas).b)Incremento alarmante de violencia y delincuencia a cargo de pandillas organizadas de atracadores que utilizan el toxico para inmovilizar y robar a una ciudadanía indefensa c) El más criminal daño del medio ambiente en una ciudad que queda como si hubiese sido bombardeada y cuyo estado postrimero dura semanas en reponerse. d) El gasto monumental de agua empleada en lavar calles, árboles, prados y fachadas (aun cuando en Empopasto digan que agua para lavar no les falta). e) La inmisericorde explotación de mano de obra de trabajadores a quienes les compete la barrida de toneladas de basura. f) El malestar de miles de ciudadanos que prefieren encerrarse en sus viviendas antes que exponerse a la mugre y la agresión. g) Y, para rematar, la mala imagen que crean las juguetonas y agresivas escenas de turbas, incidiendo en la disminución del turismo por parte de gentes que no se le miden a la guacherna.
Contrariamente a la actitud silente del alcalde de Pasto, los alcaldes de Ipiales, Córdoba, Túquerres, Cuaspud, Carlosama, Yacuanquer, Chachaguí, Gualmatán y La Unión, expidieron sendos decretos de rotunda prohibición, conscientes de su obligación constitucional de proteger la salud y la vida de sus conciudadanos, así como de defender el ambiente y los recursos naturales, tanto como garantizar la seguridad de sus pobladores. Al parecer, al doctor Toro le han faltado las oportunidades que si tuvo su antecesor Pedro Vicente Obando: asesores bien informados y documentados, con sensibilidad social, un poco de audacia y peso institucional. En resumen, valientes y dolientes, con la diferencia de que nuestro respetado alcalde de hoy cuenta con los más sólidos fundamentos de los que se carecía hace 7 u 8 años.
Cabe recordar que, como alcalde, Pedro Vicente Obando, educador él, expidió un decreto prohibiendo la espuma Carioca y el falso talco expedido en bultos. Lamentablemente, ante la demanda del comercializador de la espuma Carioca, un juzgado municipal falló – en mala hora- en contra de la medida, imponiendo una multa de 16 millones, (que subió a 19 por costas) al alcalde. La demanda escaló al Consejo de Estado, el que ratificó la condena a la alcaldía bajo el absurdo de falta grave, la cual, según los expertos, se configurada por el simple y lamentable hecho de que no existió en su momento una amplia y suficiente motivación, es decir, el decreto de marras no justificó con debida fuerza y detalle la necesidad de prohibir la espuma y el talco en defensa de la ciudadanía, el ambiente y el mismo carnaval.
El alcalde que sucedió a Pedro Vicente Obando, German Chamorro, lejos de apelar la cuestionada sentencia del Juzgado Municipal, optó por conciliar con el comercializador de la espuma Carioca, pagándole el valor de la multa con recursos del municipio. Y para completar las cosas, el alcalde Nicolás Toro decidió interponer una acción de repetición en contra de Petro Vicente Obando para obligar a que pague los 19 millones que Chamorro ordenó se cancelaran con fondos de la alcaldía. En estos momentos cursa una demanda contra la acción de repetición, en la cual Obando acude a lo que debió darse desde un comienzo ante el fallo del juzgado, que no era más que sustentar, motivar y justificar la necesidad de lesa humanidad de prohibir el talco y la espuma, perniciosa costumbre que ha degenerado la naturaleza del Carnaval de Blancos y Negros, tornando el más valioso y espectacular evento cultural y recreativo con más de 100 años de historia, en un acontecimiento que se encuentra expresamente amenazado por prácticas agresivas, violentas y criminales, frente a lo cual las grandes mayorías ciudadanas perciben una absoluta desprotección, tal como puede constatarse en las redes sociales.
Hoy, a diferencia de años pasados, se percibe un movimiento ciudadano por excluir el nocivo talco carnavalero. Crece impresionantemente el clamor de la ciudadanía pastusa y nariñense por eliminarlo del carnaval. Ciertamente es un camino de espinas y rosas, pero tarde que temprano, el Grupo Carnaval sin Talco, constituido por 50 profesionales de medicina, derecho, biología y química, psicología, ecología, artes, comunicación social y ciencias de la educación, ha conquistado una imprevisible audiencia, entendiendo que por primera vez en la historia se propone un desafío de incalculable magnitud, que verá sus primeros e importantes frutos en el 2026, pero alcanzará sus verdaderas metas en el corto y mediano plazo. Ha tocado las puertas de la Alcaldía, del Concejo Municipal, del Ministerio de Salud, el Invima, la Universidad de Nariño y la Universidad Industrial de Santander, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía, la Policía Nacional, las cadenas y emisoras radiales, las organizaciones culturales y artesanales y sobre todo, ha llegado a miles de ciudadanas y ciudadanos aburridos, molestos, fastidiados, cansados y mamados del abuso de los dueños mercantiles del tóxico polvillo y afluencias del “si no quiere que le echen no salga de su casa”.
Diciembre 1 de 2025

