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Juan Montalvo en Colombia

La República del Ecuador, gracias a la diligencia y auspicios del Consulado de Colombia en Ipiales, en cabeza de Nelson López Jácome y bajo la coordinación de Pablo Núñez Endara, como un homenaje al sesquicentenario de la creación de la Municipalidad de Obando, capital Ipiales, ha publicado el libro Juan Montalvo en Colombia.

J. Mauricio Chaves Bustos·28 de abril de 2013·8 minutos de lectura
Juan Montalvo en Colombia

 

La República del Ecuador, gracias a la diligencia y auspicios del Consulado de Colombia en Ipiales, en cabeza de Nelson López Jácome y bajo la coordinación de Pablo Núñez Endara, como un homenaje al sesquicentenario de la creación de la Municipalidad de Obando, capital Ipiales, ha publicado el libro Juan Montalvo en Colombia.

El célebre escritor ecuatoriano nació en Ambato el 13 de abril de 1832 y falleció en París el 17 de enero de 1889, luego de una vida dedicada de lleno a la escritura, siempre combativa y propositiva, defendiendo las causas que postulaban la libertad en todas sus manifestaciones, de ahí su odio irrestricto a las dictaduras y al clericalismo, de los primeros, en atención al gobierno teocrático de García Moreno y al despotismo desilustrado de Ignacio de Ventimilla, de estos dictadorzuelos afirmaba en El Cosmopolita: “Hablo con los tiranos, cualesquiera que sean: no es tirano solamente el que derrama sangre, destierra ciudadanos, impone desmedidas contribuciones sobre los habitantes: es también el que sofoca la palabra, impide y persigue la asociación, condena al aislamiento a los asociados, sumerge el espíritu en un pozo de tinieblas: este, este es el verdadero tirano, el tirano horrible”. Y del clericalismo, se dolía que los pastores del Cristo pobre y humilde se aliaran con los gobernantes para vivir como verdaderos Califas en tierra de menesterosos, del Obispo de Quito, Ignacio Ordóñez, quien prohibió la lectura de la obra montalvina e hizo que se incluyera en el famoso Índex, anota en Mercurial Eclesiástico o libro de las verdades: “No es su parecer; no es más que su ignorancia; lego atrevido y grosero, cae en impiedad, por falta de conocimientos históricos y literarios, y calumnia a los varones ínclitos que están gozando del respeto del género humano a  lo largo de los tiempos”

Su posición fue la de un liberal radical, no en el sentido peyorativo del dejar hacer-dejar pasar, sino entramado, y así se vislumbra en toda su obra, en los derechos y las igualdades sociales. Por eso fue un acérrimo defensor de la libertad de imprenta, del pensamiento libre manifiesto en el libro y en el texto, en El Cosmopolita anota: “Cuando el periodismo alce la voz, cuando la imprenta eche de sí rayos que aterren a los tiranos, cuando todos aprendamos a respetarla, adorarla y practicar su culto activamente, entonces diremos que somos libres e ilustrados, mientras no escribimos, somos ignorantes y bruscos hijos de la naturaleza; mientras no nos dejan escribir, somos gañanes clavados al terrón: la libertad mora en la imprenta; la pitonisa fuera de su trípode es una vieja repugnante, sin inspiración ni sabiduría”. Su pensamiento pronto le ganó la enemistad de los gobernantes que no soportaban la fortaleza de la verdad puesta en la pluma del insigne libelista, por ello, como los desplazados de hoy en día, debió salir al ostracismo, allá en Ipiales, su Tebaida, la Ciudad de las Nubes Verdes, epíteto que se ha conservado como enseña de su amor por esa tierra que le dio amigos y cobijo, sustento y espacio para seguir publicando. El primer periódico editado en Ipiales, en 1870, La Querella obedece al ingenio y pluma del ambateño.

Precisamente en Ipiales, se quejaba de la ausencia de libros. en carta a su hermano, le dice: “¡si tenéis corazón, derretíos en lágrimas: estoy sin libros!”, le anotaba con quejumbroso asombro, sin embargo fue aquí donde escribió sus principales obras: Los siete tratados y se dio génesis, con el Buscapié, al libro que despertaría furor en Latinoamérica y Europa, los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes; al respecto, creo que es necesario ser riguroso también en la crítica y no sumarnos al grupo de los áulicos ciegos por lo telúrico, es necesario reconocer que su Tebaida, era un villorrio hace 130 años, en donde la vida bucólica giraba en torno a las creencias sin fundamento y al chismorreo propio de los pueblos pequeños, el cura era el centro de atención de todas las pequeñas villas y su voz era doctrina y ley, de ahí que quizá los únicos libros que circulaban hayan sido los eclesiásticos, cuanto no uno que otro libro en torno a la filosofía tomista y otros más de vida de santos y libros de las horas, algunas pocas novelas trasnochadas de la decadencia del romanticismo francés y uno que otra novela española; de ahí que la queja de Montalvo permita entrever la situación no solamente de Ipiales, sino de la mayoría de pueblos, cuanto no ciudades, de la Latinoamérica de entonces; sabía don Juan que en Colombia se movían ya las modernas corrientes literarias que darían por génesis al modernismo, tal y como lo hace en El Espectador con su artículo sobre La Lira Nueva pero reconocía también la herencia hispánica en el conservadurismo de un Caro y de un Cuervo, admiradores principalmente de los famosos y ya nombrados Capítulos. Ipiales, en este sentido, no era para don Juan sino un pretexto para denunciar el estado de abandono de la educación  y la ausencia en su totalidad de políticas públicas por crear centros de estudio que fomentaran la formación integral del ser latinoamericano.

Su nombre pronto fue reconocido en el ámbito internacional, tanto en Europa como en América. En Colombia, como queda dicho, tuvo acogida y fue el escenario en donde pudo departir libremente sus ideas y pensamientos. Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, José Joaquín Ortiz, Jorge Isaacs, Adriano Páez, entre otros, fueron sus lectores y amigos irrestrictos en suelo colombiano. Montalvo es testigo de una época de crisis en la sociedad ecuatoriana y latinoamericana, pero no es testigo mudo de la misma, sino que emite juicios, transidos de subjetividad que abonan en criterio antes que restar validez, ejerciendo el papel de crítico frente al momento y el lugar en que le tocó vivir. Tenía vocación crítica y polémica, fundada en el conocimiento de causa de la política y de la cultura, tanto de América como de Europa, era un sabedor no solamente de la literatura, sino que aboca también estudios sociológicos; pero era también un conocimiento práctico, en el entendido de que vislumbró el mundo no solamente desde los libros, sino desde sus viajes a Europa, inclusive desde su destierro en Ipiales, ahí pudo equiparar la teoría con la práctica para poder emprender una obra crítica sin dogmatismos.

En este sentido puede decirse que a Montalvo le sobraba talento, había estudiado los libros pero también la realidad que le interesaba conocer, su denuncia se funda en la crítica que es eje transversal en toda su obra. A él el mundo le cabía en la cabeza, pero no destila en retórica sino en acción y en denuncia frente a lo que consideró iba en contra del avance de la humanidad, particularmente de la latinoamericana, verdadero desvelo en su obra, y en donde el plano de la realidad se le vuelve casi que obsesión. Montalvo, en fin, es el profeta que se vuelve referente obligado para comprender no solamente la literatura de su época, sino el desarrollo de un pensamiento que funda y refunda permanentemente a Ecuador, a Latinoamérica y al mundo.

Lo aquí dicho acerca de Montalvo, de los aspectos socio culturales y situación política de Latinoamérica en el siglo XIX, de Ipiales y de Nariño, de la literatura y los libros, de la libertad y de los derechos humanos, está recogido en el libro que hoy se presenta. Ahí el pensamiento del otro gran libelista Vargas Vila quien anota que Montalvo “no escribía sino esculpía”; el eterno estudiante, Germán Arciniegas, dice: “Montalvo no tenía otra cosa que su pluma. Otra pasión que la libertad”; Alberto Quijano Guerrero nos muestra la faceta del Cervantes Americano en su Tebaida, su actividad y quehacer durante sus prolongados destierros en Ipiales; Ignacio Rodríguez Guerrero, es quizá el pionero en mostrar la influencia de Montalvo en Colombia, en eso se concentra su ensayo; Julio Cesar Chamorro, artífice de la Casa de Montalvo Núcleo de Ipiales, hace un detenido y sentido estudio sobre la lucha que dio el ecuatoriano desde la pluma, resumida en la célebre frase Mi pluma lo mató, en alusión al asesinato de Gabriel García Moreno; Vicente Pérez Silva, retoma la influencia de Montalvo en Colombia, en un ameno texto salpicado de anécdotas y nombres; Camilo Romero Galeano, se detiene en su estancia en Ipiales, así como la influencia de las ideas liberales que desplegó sobre sus habitantes; Julio Cesar Goyes, con la visión del maestro en imagen, examina la mirada y la observación como dualidad en Juan Montalvo desde la óptica de Don Quijote, “Si Sancho ve molinos, Don Quijote mira gigantes, Montalvo vio Nubes Verdes”, anota; Enrique Herrera Enríquez, por su parte, rastrea el recorrido que Don Juan hace por tierras de Nariño, así como el anecdotario sobre su vida personal e íntima; Henry Manrique, hace un paralelo entre Cervantes y Montalvo desde la inmortal obra Don Quijote y los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes;  Juan Coral Eraso, hace un análisis de la situación social que encontró Montalvo en Pasto, particularmente; Luis Edgardo Salazar nos muestra su pensamiento libertario; Marcial Montenegro Aza, se detiene a analizar el pensamiento sobre la moralidad; Mauricio Chaves-Bustos, hace un estudio comparativo entre el Quijote de Cervantes, el Quijote de Avellaneda y los Capítulos de Juan Montalvo, desde una perspectiva tanto estilística como sociológica.

Este es el libro que generosamente el Gobierno de la Revolucionario Ciudadana del Ecuador ha querido brindar en homenaje a Ipiales, al pueblo de Colombia, recogiendo algunos ensayos que de una u otra manera muestran tanto el pensamiento vivo de don Juan Montalvo, así como su incidencia presente y actuante en una Latinoamérica que está afianzando su identidad, y que mejor hacerlo acudiendo a quienes nos vislumbraron y pensaron desde la libertad, la autonomía y el afianzamiento de los derechos sociales y colectivos, tal y como lo quiso el ilustre pensador ecuatoriano.

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