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A NELSON MANDELA

N o cesan tus gritos vestidos de lamento de reclamarle al mundo un trozo de esperanza vestida de negro y blanco. ni pueden los hombres cubrir tantos horrores en tu humanidad de negro puro y espantado.

Pablo Emilio Obando Acosta·14 de junio de 2013·4 minutos de lectura
A NELSON MANDELA

N

o cesan tus gritos vestidos de lamento de reclamarle al mundo un trozo de esperanza vestida de negro y blanco. ni pueden los hombres cubrir tantos horrores en tu humanidad de negro puro y espantado.

 

E

n tu piel se descifró tu destino, se tiñó la vida de desprecio en la misma tierra en que el blanco era una simple mancha que se confundía entre el paisaje cubierto de follaje y cebras.

 

 

L

anzaste tu voz adolorida, tu mensaje de justicia y dolor que cobraba visos de heroísmo en cada golpe, en cada palmada, en cada señal de odio contra tu sangre y tus hermanos de piel y sangre. 

 

 

S

on días pasados, dicen algunos, son días de siempre dice tu voz; son días que no pasan, que quedaron grabados en los mismos instantes en que se perdía de vista la eternidad. Días de siempre que queman como candela los recuerdos y la piel. Simples días que no pasan, que permanecen, que chamuscan y arden una y otra vez…

 

 

 

O

tan solo fueron sueños, que nunca sucedió, que jamás el hombre fue violento contra el hombre, que jamás su mano se alzó para condenar la noche que se dibujaba en la piel de un continente preñado de seres que no merecían el estigma del látigo o la mano tosca del blanco duro como la roca.

 

N

O pudo ser verdad. No lo fue y no lo será… fueron delirios de negro encarcelado que soñaba simplemente un País para todos, para negros y blancos, para bestias y hombres en igualdad de oportunidades y circunstancias.

 

 

 

 

M

ás, hay rastros de que fue verdad, de que el hombre blanco alguna vez pensó ser superior simplemente por su piel, por esa absurda manera de creer que Dios es blanco y que bajo nuestra piel negra solo existen huesos negros y nada de alma…

 

 

A

pesar de ello, insisto, solo fue un sueño. Quizá son señales que se hicieron en los sueños, con los mismos materiales de los sueños, con las simples ideas que nos condenan a sentirnos menos en nuestra tierra prodigiosa, mística, mágica y negra.

 

 

N

o pudo ser verdad que el negro fuera azotado/apartado simplemente por pedir justicia, por pedir un alma y un espíritu que le permita ser considerado hombre como el blanco. No pudo ser verdad que el blanco alzara su mano contra el negro y lo cazara entre sus campos y entre el llanto y la impotencia de los suyos.

 

D

ios lo sabe, nunca pensamos en otra cosa distinta que en la libertad, en la igualdad entre blancos y negros, en la simple cosa llamada equidad. Si eso nos llevó a la cárcel, nunca como en esos instantes fuimos tan libres y soberanos… libres en nuestros pensamientos que no cabían en los barrotes y no fueron apresados un solo instante en esta cárcel que laceró parte de mi simple carne negra.

 

 

E

n las orillas de la eternidad, solo puedo mirar hacia atrás y decir que todo cuanto viví fue grato, que todo se justifica en la hermosa palabra libertad que nunca me condenó a pensar como los otros o a sentirme blanco teniendo piel de negro. Entre aplausos y libertad siempre me decidí por ella pues nada existe más grato que un vuelo libre persiguiendo siempre al sol y orientándose por el ruido insondable de las estrellas lejanas que se dibujaban una y otra vez en mis ojos cerrados para la aceptación de un destino ya trazado.

 

 

L

ié mi existencia a mi destino y al de los hombres que como sombras lanzaban gritos de dolor. Y los amé hasta el delirio, hasta el olvido y el odio. Hasta la misma muerte que cada noche entre barrotes me hacia guiños para convencerme de lo inútil de mi presencia y mi resistencia.

 

 

A

pesar de ello luché, y vencí las sombras y las tinieblas, conquisté mis propios miedos y me hice amo de mis angustias. y al final puedo decir, sin rencor ni remordimiento alguno, que me hice hombre entre los hombres y pensamiento de libertad entre los barrotes y la cárcel. Soy hombre y eso justifica tanto llanto y lamentos de mi pueblo. Soy Mandela, soy canto, soy voz… simplemente ¡SOY!

 

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