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¡Y, todavía pregunta por qué no se lo quiere! (primera parte)

Por: José Luis Chaves López En el territorio de los Pastos, durante la llegada de los españoles, ocurriendo hechos que no sucedieron en el resto del país, como, por ejemplo, que la mayoría de sus habitantes fueran muy afines a la corona española y, desde luego, no fueran adeptos al grupo de los l…

Columnista Invitado·24 de julio de 2023·9 minutos de lectura
¡Y, todavía pregunta por qué no se lo quiere! (primera parte)

Por:  José Luis Chaves López

En el territorio de los Pastos, durante la llegada de los españoles, ocurriendo hechos que no sucedieron en el resto del país, como, por ejemplo, que la mayoría de sus habitantes fueran muy afines a la corona española y, desde luego, no fueran adeptos al grupo de los libertadores encabezados por Simón Bolívar. Incluso, él no es bien visto por quienes conocen la verdad de lo que realizó durante su nefasta relación con esta ciudad y sus habitantes.

La verdadera historia no la enseñan en el colegio; la historia la cuentan siempre del lado del “vencedor” llevando al nivel de mito a este personaje. Muchos de nuestros maestros, sin mayor investigación, enseñan que quien gana la guerra es el “bueno” y que los “pastusos tontos se opusieron a la idea de dejarse libertar”.

En cambio, los que somos formados en la academia y en la investigación no hemos olvidado hechos, como las batallas en las que estuvo involucrado Bolívar. Es el caso de Bomboná. Él pierde 1.500 soldados en tres horas de batalla y, sin embargo, le escribe a Santander dándole parte de victoria. Esto no fue verdad, el ejército patriota no ganó y lo que realmente sucedió nos lo cuenta uno de sus soldados, Alonso Bartolomé. Esta es su historia.

– Mi general dejó el mando de la República en manos del General Vicepresidente Santander mientras él marchaba hacia Popayán y Pasto con el objetivo de someter a estas ciudades definitivamente. Recuerdo que finalizaba el año del Señor 1821 cuando salimos de Santa Fe, llegando a Santiago de Cali el 5 de enero. Su idea era embarcarnos en Buenaventura hasta Guayaquil con los batallones Bogotá y Neiva y atacar Quito y desde allí subir hacia Pasto y Popayán. Pero, una cosa es lo que se planea y otra lo que Dios dispone.

– Embarcarnos no fue posible porque recibió cartas del General Sucre avisando que el capitán general De la Cruz salió desde el Chocó para bloquear la costa. Entonces, mi general Bolívar nos ordenó marchar desde Neiva hacia Popayán con dirección a San Juan de Pasto. Y, él llegó a Popayán el 26 de enero, mientras esperábamos refuerzos que tardarían más de un mes en llegar. Esta situación perturbó a mi general, así que ordenó avanzar hacia el Patía en piquetes de pocos soldados. El 15 de febrero llegó el general Valdez con refuerzos y el 3 de marzo llegó otro contingente. Ante esto, el Presidente y el Brigadier Solom ordenaron seguir por la ruta que abrieron las avanzadillas. Pero, supimos que los patriotas se ocultaban en los montes para atacar nuestra retaguardia y matar a los rezagados y cortar nuestras comunicaciones.

– Me enteré mucho después que eso fue lo que le hicieron creer a mi general Bolívar, pero la estrategia era otra. El coronel García comandaba la segunda división realista y organizó un sistema de espías para conocer las condiciones de nuestros batallones y la ruta que seguiríamos. Cuando se supo esto, empezamos a avanzar a marchas forzadas en tres columnas, pues mi general quería atravesar lo antes posible el río Juanambú y llegar al río Guáitara, sin pasar por Pasto. Él conocía de la bravura de los pastusos y quería evitarlos a toda costa. Pero, como dije antes, una cosa es lo que se planea y otra la manera como se van dando los acontecimientos.

– La marcha la iniciamos 3.000 soldados que llegamos a ser más de 7.000 contando todos los refuerzos que recibimos y el 8 de marzo salimos hacia el sur. Tres días después comenzaron nuestras desdichas:  el día 11 fue necesario construir un hospital en el Tambo, luego el 14 otro en las Yeguas, el 16 uno más en Miraflores y el 19 otro en Mercaderes. Hacia el 23 ya estábamos en las orillas del río Mayo. No encontramos enemigos y el camino se veía despejado, por eso descendimos al Juanambú por el paso de Guambuyaco. El 25 llegamos a Taminango, pero las fiebres que padecíamos nos iban acabando y ese día fue necesario construir otro hospital en ese lugar. En total, durante esta marcha perdimos a 1.000 de mis compañeros que fuimos dejando en los hospitales, sin contar a los guardias que también dejamos para protegerlos. Para este momento ya estábamos cansados y desalentamos. Mi general nos había dicho que sería una campaña fácil y casi sin riesgos y le creímos, pero la realidad era otra y ni siquiera nos habíamos enfrentado al ejército pastuso.

– Ante esta situación, mi general presidente decide abandonar el camino hacia San Juan de Pasto; buscábamos atravesar el Guáitara para llegar a Quito y atacarla. Pero, no caímos en cuenta que la estrategia enemiga era, precisamente esa, llevar a mi general hacia los desfiladeros de ese río. Allí nos esperaba el coronel García con ventaja posicional para atacarnos, pues nosotros no conocíamos el terreno y estábamos menguados por el cansancio, el hambre y los enfermos. Uno de los soldados del coronel García me contó, mientras curaba de mis heridas después del combate, que el coronel le había prometido al capital general De la Cruz: «que destruiría con pérdida insignificante de su parte todas las tropas insurgentes, y le entregaría vencido y humillado al que se titulaba Libertador de Colombia». Y, así fue.

– A orillas del Juanambú descansamos dos días, pero tuvimos que construir otro hospital y dejar a 200 soldados a cargo de mi teniente coronel Obando para que los guarneciera.  Durante este tiempo mi general personalmente fue a explorar el río Guáitara y se encontró que sólo eran márgenes escarpadas y aguas torrentosas. No había por donde cruzar excepto por los puentes de Veracruz y de Yacuanquer. Pero, los pastusos habían cortado el puente de Veracruz y defendían la orilla opuesta con gran cantidad de hombres y de mujeres, porque alcanzamos a divisar a muchas de ellas empuñando armas. Se hacía obligatorio bajar a Yacuanquer. El 1 de abril salimos del Peñol.

– Llegamos a Genoy y organizamos el campamento, pero los pastusos nos estaban vigilando desde las faldas del volcán, que ellos llaman Urcunina, y corríamos grave peligro. Era ya el día 5 y el riesgo lo confirmó un teniente Álvarez, quien apareció de improviso en el campamento. Su división había sido vencida el año anterior en esa zona y él se salvó disfrazándose de sacerdote. Se había ocultado tras esta fachada y cuando mi general llegó a ese lugar para ese teniente fue su salvación. Le informó sobre las posiciones y el número de los pastusos y le avisó también que ellos planeaban atacarlo ese mismo día y precisamente donde estábamos acampados.

– Mi general, inmediatamente toma la decisión de hacernos retroceder y marchar por el camino del volcán para pasar por los sectores de Sandoná, Consacá y llegar a Yacuanquer. Pensaba que desde allí podía cortar el camino de San Juan de Pasto con Quito y, si era necesario, atacar la ciudad desde el sur. Planeaba avanzar primero sobre Quito y luego volver para someter a Pasto. Con la victoria sobre Quito consideraba que tenía garantizada la conquista de la ciudad. Iluso, mi general, pues nadie le había dicho que para hacer esto, primero tenía que atravesar tres o cuatro desfiladeros inexpugnables. Sin embargo, ya era tarde cuando nos dimos cuenta que bastaban cien o doscientos soldados para detenernos y eso que éramos más de tres mil para ese momento con los refuerzos que había llegado.

– Siguiendo sus órdenes y, en medio de algunas escaramuzas, llegamos a Consacá y mi general decidió acampar en esa hacienda. Era el día 6 de abril. Había una colina cerca de una quebrada y él le pidió a mi teniente coronel Paris ocuparla. Eran ya las 23:00 cuando así lo hizo y mi general se instaló en ella para mantenerse resguardado. Al día siguiente construimos otro hospital y alojamos a varios heridos y entre ellos estaba mi teniente coronel Obando, quien ya nos había alcanzado viniendo desde el Juanambú.

– Al día siguiente, eran como las 14:00 cuando se inició el combate. Mi general Valdez con el batallón Rifles subió por la orilla de la quebrada y con cada embate obligaba a los pastusos a retirarse a otra trinchera más arriba. Pero, esta era otra estrategia de ellos. Pensando que estábamos ganando seguíamos subiendo y el esfuerzo por la altura y el cansancio hizo mella en nosotros. Y, éramos presa fácil suya. ¡Los pastusos prácticamente arrasaron nuestros batallones!

– No llevábamos tres horas de combate y, creo que, ya habíamos perdido unos 1.500 soldados entre muertos y heridos. Yo quedé tendido en el campo, herido por una bayoneta y luego me molieron a palos, pero no me remataron. El ejército realista, para no continuar con esa masacre, se alejó del campo de batalla para que pudiéramos recoger nuestros muertos y atender a los heridos. Incluso, en un acto de nobleza, con uno de nuestros soldados, el cabo Apolinar… no recuerdo su apellido, le devolvieron a mi general las banderas de los batallones Vargas y Bogotá, que los portaestandartes habían dejado en el campo para salir huyendo cuando los pastusos dejaron de atacarnos.

– Mi general no participó de la batalla. Se mantuvo a buen resguardo alejado del combate, en la colina que mencioné, y custodiado por su guardia personal como a unas tres cuadras de distancia. Un oficial que lo acompañaba me contó que el presidente que estaba viendo el combate desde una gran roca en un momento de euforia exclamó: “qué bien entra mi gente”. Pero, otro oficial de su Estado Mayor le contestó: “Si, mi general, pero no sale”. Y, eso fue verdad, fuimos masacrados y ninguno hubiera terminado vivo si los pastusos no deciden suspender el combate.

– Cuando los realistas se alejaron, mi coronel Sanders, al observar que el ejército enemigo se retiraba, regresa presuroso para informar a mi general presidente sobre este acontecimiento. Sólo en ese momento él se acerca al campo y después de observar la cantidad de soldados que perdimos se sienta desolado en una roca. Pero, se repone prontamente y reclama, levantando su espada, la victoria en esta batalla. Su Estado Mayor lo miró sorprendido y él les recriminó diciendo: “quien queda en el campo gana la batalla”. Si, era verdad, nuestro ejército quedó en el campo, pero, muertos o heridos o perdidos en medio de la oscuridad. Esto me lo contó un amigo que hacía parte de la guardia personal de mi general cuando fue a recogerme después que los pastusos atendieron mis heridas.

Simón Bolívar sentado en la piedra, durante la batalla.

Composición simbólica de la Batalla de Bomboná,

Maestro José E. Ordóñez (1972).

Colección Museo de Historia Nariñense “Juan Lorenzo Lucero” (Pasto, Nariño).

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