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“Y Nariño responde a vencer”

Por: José Luis Chaves López Los nariñenses, y de manera especial los pastusos, históricamente, nunca nos sometimos a ningún poder militar ni político y por eso, como venganza, San Juan de Pasto siempre ha estado al margen y aislado del poder central, no sólo por la situación geográfica sino tambi…

Columnista Invitado·28 de mayo de 2023·5 minutos de lectura
“Y Nariño responde a vencer”

Por: José Luis Chaves López

     Los nariñenses, y de manera especial los pastusos, históricamente, nunca nos sometimos a ningún poder militar ni político y por eso, como venganza, San Juan de Pasto siempre ha estado al margen y aislado del poder central, no sólo por la situación geográfica sino también administrativamente.

     Esta forma de ser de los pastusos tiene raíces ancestrales. Antes de la invasión de España a América, el territorio que comprendía Nariño y la Provincia del Carchi, en el Ecuador (para ese momento no existían las fronteras políticas que ahora tenemos) estaba ocupado por dos grandes comunidades indígenas, los Tumac y los Pastos. Tenían su propio gobierno y sus propias leyes y disfrutaban su existencia sin desear mayor cosa que no fuera que los dejaran tranquilos.

     Pero, otra cosa pensaba el Inca Atahualpa. Él buscaba expandir su imperio y ya había invadido y sometido lo que ahora es Perú, Bolivia y Ecuador. Le atraían las tierras fértiles de esta parte del continente y lo movía el ansia de poder y dominio. Con sus tropas, más de 30.000 soldados, según las Crónicas de Indias, avanzó por Ecuador hasta llegar al Carchi, que en ese momento estaba habitado por los Pastos. Cuando nuestros ancestros se enteraron de lo que buscaba el Inca organizaron la defensa de su territorio. Sólo tenían unos cuantos guardias y ninguno soldado, pues los hombres y las mujeres estaban dedicados a la agricultura y no a las armas.

     Para defenderse de semejante enemigo, los Pastos, con inteligencia, y a través de una guerra de guerrillas y con el método de ataque y huida lograron debilitar a los incas y como estos no podían confrontar directamente a un ejército se fueron desmotivando moralmente. Finalmente, en la Batalla del Carchi, los Pastos los enfrentaron y los derrotaron y los hicieron retroceder hacia sus territorios.

     Sin embargo, la tranquilidad conseguida no duraría mucho tiempo. Con la llegada de los españoles, nuevamente la paz del territorio de los Pastos fue alterada. Los invasores llegaron arrasando todo con la fuerza de sus armas y sus caballos, desconocidos para nuestros indígenas. Pero, no contaban con la tenacidad de nuestras gentes y, a pesar de ser inferiores militarmente, nunca pudieron derrotarnos ni apropiarse de estas tierras. En vista que su pretendido dominio estaba lejos de concretarse, y era más lo que perdían que lo que ganaban, los españoles decidieron no meterse con los Pastos y los dejaron vivir según sus costumbres. Es más, muchos de ellos se quedaron a habitar en este territorio.

     Como no se metieron con nosotros, el pueblo Pasto siguió usando su propio lenguaje y por eso nuestro léxico contiene muchas palabras ingas y quechuas. Además, al no compartir territorio con los españoles sino con los castellanos, nosotros hablamos castellano y no español (el español es un idioma, pero nosotros hablamos un lenguaje diferente).

     En vez de usar la fuerza de las armas, los “invasores” de Castilla (como entendieron la tenacidad de nuestras gentes, decidieron no invadir sino compartir) utilizaron la religión y la convivencia para establecerse tranquilamente en este territorio. Por esto razón, Pasto pertenecía directamente a la monarquía y recibió el título de Muy noble y muy leal ciudad de San Juan de Pasto. El rey gobernaba y únicamente pedía que de vez en cuando le enviaran algo dinero de impuestos y así todos vivían en paz porque los extranjeros entendieron que dominarnos era prácticamente imposible.

Pero, como lo bueno no dura para siempre, un tiempo después y con ínfulas de libertario, aparece Simón Bolívar, quien buscaba que todos los pueblos de la Gran Colombia se sometieran a sus mandatos. Como Pasto no aceptó sus deseos fue proscrita y condenada al abandono y al exterminio. Para dominar a los pastusos envío ejércitos que fueron derrotados una y otra vez por nuestras gentes y él mismo, en la batalla de Consacá, sufrió una derrota estruendosa que lo hizo huir hacia Bogotá. Como no podía soportar esa humillación mandó a uno de sus generales, Sucre, a que exterminara a los pastusos y desapareciera la ciudad del mapa. No quiso hacer caso a los consejos de Santander que le dijo que no se metiera con los pastusos porque eso equivalía a despertar a los leones. Bolívar, en su cerrazón y tozudez, no hizo caso a los consejos y el 24 de diciembre de 1822 los pastusos fueron masacrados y la ciudad arrasada, pero ni aun así no pudo doblegarlos. Nos levantamos y rehicimos y eso no lo pudo soportar Bolívar. No podía con esa humillación y fue tanto su dolor que se enfermó y fue a morir a Santa Marta, porque no aceptaba que un puñado de indígenas (como nos trataba) fueran superiores a él.

     Los pastusos somos realistas, es decir somos de la realeza (pertenecemos al Rey) y Bolívar no entendía que no queríamos ser “libertados” de nuestro amigo que no se metía con nosotros, contrario a lo él hizo. Por eso, dijo que los pastusos éramos tontos, porque no queríamos ser liberados de España para someternos a su voluntad. Desde él viene esa imagen que tenemos en el país.

     Para este momento, la condena a la proscripción que decretó Bolívar sobre Pasto aún está vigente y este territorio no existe para el gobierno central y tal parece que no hacemos parte de Colombia, porque siempre hemos sido “piedra en el zapato” para los gobernantes de turno dado que no aceptamos ser sometidos y calladamente, pero con tenacidad, hacemos la diferencia en todos los campos y nos sobreponemos a todas las dificultades. Y, sin hacer alarde, como les gusta hacerlo en otros territorios, los pastusos por la inteligencia, tenacidad y berraquera sobresalimos en todas las tareas que se nos encomienda realizar.

    Sometidos nunca, dominados jamás, preferimos vivir en paz. Por eso, mejor no despierten a los leones dormidos.

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