Por Elsy Ortega*
No es una historia sobre apariencia ni romance. Es una lectura incómoda sobre el trabajo soñado, la fragilidad del mérito y lo que está en juego cuando la excelencia se enfrenta a la lógica de la automatización.
Para quienes aún creen que El diablo viste a la moda es una historia superficial sobre vestirse bien en un entorno obsesionado con las apariencias, conviene hacer una pausa. Tampoco es, en rigor, una comedia romántica. Ni la primera entrega ni su secuela giran en torno al amor ni al “look adecuado” para encajar en una oficina de Nueva York.
En el centro hay algo mucho más reconocible: el trabajo soñado. Ese que, en la primera película, se celebra casi como una conquista en el brindis de Andy Sachs con su novio y sus amigos. No es una idea banal. Es una aspiración vital: estudiar, prepararse, comprometerse con una vocación y creer —de forma quizás ingenua— que los valores, la disciplina y el talento bastarán para abrir camino.
Esa es, precisamente, la ilusión que la historia tensiona. Porque el mundo laboral no solo es exigente; también es inestable y, en ocasiones, arbitrario. En la primera entrega, el entorno de Andy pone en crisis la idea del mérito como garantía. No todos comprenden lo que implica sostener una oportunidad así, ni lo que exige permanecer en ella.
Dos décadas después, esa intuición no solo se confirma: se profundiza. Lo que muchos creímos que llegaría con el tiempo —la consolidación profesional, cierta estabilidad, el reconocimiento sostenido— se revela, de nuevo, como una expectativa frágil. Hoy, incluso trayectorias sólidas pueden verse interrumpidas por recortes, reestructuraciones o transformaciones tecnológicas que reconfiguran por completo el valor del trabajo.
En América Latina, además, esa fragilidad adquiere matices propios. No se trata únicamente de cambios en el mercado, sino de dinámicas donde el mérito no siempre es el criterio decisivo. Afinidades políticas, lealtades y jerarquías informales suelen pesar tanto o más que la capacidad. En ese contexto, perfiles como el de Andy no necesariamente ascienden. Muchas veces incomodan.
Es ahí donde la película introduce su dilema más interesante: no solo cómo sostener una carrera, sino qué vale la pena sostener.
Una de las escenas más elocuentes ocurre frente a La Última Cena de Leonardo da Vinci. No es un decorado casual. Es una obra que tomó años —entre 1495 y 1498— y que implicó una decisión radical: renunciar a la técnica tradicional del fresco, más rápida y estable, para poder trabajar con mayor detalle y precisión, aun sabiendo que eso comprometería su conservación en el tiempo. Lo que se ve no es solo una imagen, sino el rastro de una elección: privilegiar la excelencia por encima de la eficiencia.
Algo similar ocurre en la alta costura, aunque no siempre sea visible. En ciertos ateliers especializados, incluso las plumas pasan por procesos individuales: se limpian, se seleccionan, se tiñen, se recortan y se curvan manualmente antes de ser incorporadas a una prenda. Cada una exige una intervención específica. No hay automatización posible en ese gesto.
Hoy, esa misma lógica de atención al detalle persiste en la alta costura: un solo vestido puede requerir entre 700 y más de 1.000 horas de trabajo manual. Lo que aparece en pasarela es apenas la superficie de ese proceso. La belleza, entonces, no es inmediata: es una construcción sostenida en el tiempo, en la paciencia y en la transmisión del oficio.
Pero quizás el problema contemporáneo no sea solo la velocidad, sino la equivalencia. Cuando todo puede producirse, circular y replicarse bajo un estándar seriado, lo excepcional pierde densidad y lo singular se vuelve intercambiable. La accesibilidad no garantiza valor; lo disuelve.
Ya lo advertía Walter Benjamín: cuando la obra se reproduce sin fricción, pierde su aura, esa cualidad irrepetible que no se reduce a su apariencia. Y sin esa singularidad, la belleza deja de experimentarse como acontecimiento para quedarse solo en consumo.
Preservarla no implica restringirla por capricho, sino reconocer que ciertas condiciones —tiempo, técnica, criterio— no pueden eliminarse sin afectar aquello que le da valor. Lo aspiracional, lo singular, lo único no son excesos: son lo que sostiene su dimensión más profunda, no solo comercial, sino existencial.
Porque lo que no exige esfuerzo —ni en producirse ni en obtenerse— difícilmente se valora. Y aquello que no se valora, se desecha. En esa lógica, no resulta extraño que buena parte de lo que circula hoy esté destinado a desaparecer con la misma rapidez con la que fue producido.
Al final, El diablo viste a la moda 2 no trata de vestirse bien para ir a trabajar. Trata de algo más incómodo y cercano: de cómo se sostiene la excelencia en un mundo que ya no la garantiza. De lo que implica construir una trayectoria en condiciones inestables. Y de una decisión que ya no es abstracta: si estamos dispuestos a seguir defendiendo aquello que encarna algunos de los mayores logros humanos —la creación con criterio, el trabajo bien hecho, la belleza construida mediante tradición— o si aceptamos que la eficiencia y la automatización definan por completo el valor de lo que hacemos.
Porque, al final, no se trata solo de moda.
Se trata de si todavía creemos que hay cosas que deben hacerse bien, incluso cuando podrían hacerse más rápido.
*PERFIL:
Elsy Ortega es magíster en Estudios de la Cultura, experta en styling y asesoría de imagen, docente en investigación-creación y gerencia cultural. Su enfoque sobre la moda se centra en el oficio, la excelencia y su relación con el contexto contemporáneo, desde donde promueve el trabajo de diseñadores emergentes.

