Por: José Luis Chaves López
Lo dioses tomaron una decisión. Una región de su creación recibiría de ellos un especial regalo. Quien controlaba y manejaba el fuego fue asignado para otorgar ese precioso don.
Llegado el tiempo, Ígneos no necesitó pensar mucho respecto al regalo que iba a hacer, mejor dicho, ni lo pensó. Ya lo había decidido varios eones antes, sería una “montaña de fuego”. Los dioses, reunidos en Concilio, escucharon su decisión y de inmediato el Concejo quedó dividido. Se escucharon voces a favor: “excelente, se requiere calor para que haya vida”. Y en contra: “¡una montaña de fuego!” “¡Está loco, no deben permitirlo”! Quien vociferaba era Bios y esperaba su oportunidad para generar vida. Era la encargada de otorgar ese don. “En medio del fuego, cómo puedo dar vida”. “No y no”.
El altercado arreciaba. Se escuchó otra voz: “dejen que termine de hablar y pueda explicarse”. Aprovechando el silencio que siguió, Ígneos dijo: “el fuego no irá por fuera de la montaña, si no que fluirá por dentro”. Otra vez volvió a gritar Bios, “ahora si está definitivamente loco”. “Quítenle los dones, no vaya a hacer una tontería y dañe nuestro proyecto cósmico”.
Furiosa abandonó la reunión dejando a todos estupefactos y al Concejo sin saber qué hacer. Decirle “no” a Ígneos sería menoscabar su autonomía; decirle “no” a Bios sería exponerse a que la vida no surgiera en el Cosmos. Pero, no podían decirle “si” a ambos. ¡Qué dilema!
Por fin, Ígneos pudo hablar. “Mi propuesta es compleja. Combinaré la tierra con el fuego. Ya hablé con Terras y se comprometió a ayudarme, incluso Roccas quiere participar. Tengo el grupo completo y cada uno hará su parte”. Para el Concejo esto sonaba cada vez más interesante y las voces en contra se fueron acallando. Sin embargo, la parte difícil del dilema que se les presentaba consistía en decirle a Bios que habían aceptado la propuesta de Ígneos y eso, con la diosa enojada, sería exponerse a que el Cosmos fuera un lugar árido.
¿Qué hacer, entonces? Los dioses no pueden faltar a su palabra y se había decidido en el Consejo inicial que cada uno, por turnos, haría su parte para dar origen al Cosmos y, en este momento atemporal, el turno le correspondía a Ígneos. En esto sí hubo consenso, se respetaría el orden divino y las decisiones de cada uno. Y lo autorizaron a seguir con su proyecto. Al escuchar esto, Terras y Roccas se iluminaron de la felicidad, pues tendrían la oportunidad de colaborar en el origen de la creación. Este grupo era fantástico, pero sentían que aún estaba incompleto. ¿Qué faltaba? ¿Qué era… qué era?
Tomada la decisión los dioses se retiraron a continuar con sus ocupaciones, que eran… “hacer nada”. Al fin y al cabo, era dioses. En la sala quedaron sólo dos de ellos, quienes también esperaban su oportunidad para colaborar con Ígneos, después de escuchar su plan. Eran Acqua y Aerus, pero como eran transparentes, normalmente, pasaban desapercibidos, pues ni los veían. Al reparar en ellos, Ígneos se sobresaltó, porque, aunque apreciaba a Aerus, puesto que con la brisa que producía le ayudaba a revitalizar su fuego, procuraba mantenerse alejado de Acqua, por obvias razones. Cada vez que se cruzaban, Ígneos perdía su poder y requería un gran esfuerzo para volver a avivarse, pero en este momento ya no podía echarse atrás. Con este grupo llevaría a cabo su plan. Ahora era cuestión de orgullo, después de lo que Bios dijo de él en el Concejo divino.
Y, puestos a la tarea iniciaron la obra. “Roccas, dijo Ígneos, necesito que te unas con Terras y te compactes hasta formar una elevación, muy, muy alta”. “La llamaré ´montaña´ y tocará el cielo”. La idea a estos dos dioses les pareció fantástica, y así lo hicieron. Con gran ímpetu fueron uniéndose y entre bromas y diversión se unieron y se elevaron. Pusieron de su ingenio y también le agregaron valles y hondonadas, incluso espacios para que Acqua corriera y se divirtiera. Y, lo mejor, un conducto para que Ígneos pudiera fluir. Varias eras transcurrieron durante este proceso, pero no tenían prisa, pues eran dioses y por tanto dueños de la eternidad.
Una vez que ´montaña´ estuvo lista, Ígneos se acomodó profundamente en su base y, por paradojas celestiales, muy cerca de Acqua, quien así lo pidió, pues quería volverse cálida. Mientras tanto, Aerus iba y venía por entre los resquicios que dejaba Roccas, silbaba alegre, pues había encontrado su razón de existir: soplaba para sentirse vivo y al hacer esto avivaba el calor de Ígneos, que a su vez calentaba a Acqua, quien también feliz por cumplir la misión que le encomendaron corría tibia y cantarina ´montaña´ abajo.
Ígneos había conseguido su propósito y sobrepasaba con creces su proyecto original. Sin embargo, aunque todos en este equipo deseaban contemplar su obra, ya no les sería posible, pues quedaron anclados en ese lugar por todas las edades.
El tiempo transcurría y de vez en cuando, Ígneos, en un arrebato de felicidad lanzaba fuego desde la cima de ´montaña´. Era un espectáculo maravilloso, pero no existía ningún otro ser para disfrutarlo. En varias de estas “locuras” de Ígneos, lo acompañaban Terras y Acqua; se mezclaban y descendían de ´montaña´ hacia un valle que Roccas formó en su base.
Unas cuantas eras después notaron que algo extraño crecía en su exterior. Era verde, suave y bello a la vista. Estaban confundidos, pues no podían explicárselo. Entonces, en una ocasión en que los cinco dioses estaban de fiesta y brotaban alegres por la cima de ´montaña´, vieron que Bios, sigilosamente y con delicadeza tocaba ese elemento verde que cubría a ´montaña´ y este crecía transformándose en una gran variedad de nuevas creaturas. ¡Quién lo creyera! Bios la enojona y quien se opuso al plan de Ígneos, ahora daba vida a ´montaña´. Como conocían su carácter la dejaron hacer y ¡vaya que lo hizo bien! Trabajó y trabajó con la esencia primordial que los cinco dioses, unidos, le proporcionaron. Y, un día, de entre las creaturas verdes, que también pretendían levantarse hasta el cielo, apareció un ser extraño que podía moverse e iba de un lado para otro, mirando todo, tocando todo y probando todo.
¿Qué es eso? Se preguntaron los dioses y… no tenían respuesta. “Es mi aporte para para completar su obra”, grito Bios, haciéndose presente. “Lo siento mucho Ígneos, no debí menospreciar tu plan, perdóname y, mejor, trabajemos juntos”. Y así lo continuaron haciendo. “A esa creatura que se mueve hay que darle nombre”, susurró Acqua. Pero, Roccas, sorda como ella sola, entendió mal y dijo: “cómo que ´hombre´. ¿Qué es eso de ´hombre´? Los dioses se miraron incrédulos… esa era la palabra que estaban buscando. Lo llamaremos ´hombre´. Y así sería nombrado desde ese momento en adelante.
Un eon después, el Concejo divino decidió ir a comprobar que tan ciertos eran los rumores que corrían sobre la “locura” de Ígneos, como la había nombrado Bios en el Concilio original. ¡No podían creen lo que encontraron! Y eso que supuestamente ellos eran seres de fe. Aprovechando la “locura” de Ígneos, Bios también había puesto su esencia en este proyecto y la vida bullía en ´montaña´. Seres de todo tipo iban y venían y había colores y aromas. Había vida. Ígneos, ayudado por Aerus, resoplaba de tiempo en tiempo y la vida en ´montaña´ se abonaba.
Y, cuestiones del destino, los que al principio se oponían, ahora querían contribuir con su particular don para enriquecer a las creaturas de ´montaña´. Mientras discutían qué les daría cada uno, Kharakter, el dios de las cualidades espirituales y afectivas, habló: “yo me reservo a las creaturas que caminan en dos pies. Los dotaré de una esencia especial que no tendrán otras creaturas similares en otros lugares, serán dedicadas y comprometidas, fieles a su palabra y confiables, responsables, esforzadas y trabajadoras. Lo que deseen lo conseguirán por sí mismas y no esperarán a que las cosas les lleguen regaladas”.
Todos los dioses aplaudieron y la creación se llenó de luces, relámpagos y truenos mostrando la satisfacción que sentían por la obra realizada en común. Transcurrió un periodo geológico y, en ese instante estelar, desconcertado por este descomunal ruido se presentó Volcanus. Todos quedaron en silencio pues conocían de sus reacciones cuando se enojaba. A nadie se le había ocurrido invitarlo. Grave error. Pero, cosa contraria lo que se esperaba, al enterarse de lo que los otros dioses habían hecho también quiso participar, pero ya no había nada más que hacer y entonces… Miró toda esta obra a su alrededor y dijo: “escuché que a este lugar ustedes lo llaman ´montaña´. Lindo nombre, pero poco significativo”. Otro loco, pensaron los dioses, pero esta vez, a diferencia de lo sucedido con Ígneos, lo dejaron terminar. Volcanus continuó: “este lugar llevará mi nombre y los ´hombres´ que aquí nazcan recibirán de nosotros, en su espíritu, el color azul que nos identifica y ese será su característica, ese será su don. Los conocerán como Pastos (en lengua quechua traduce azul).
Además, en honor a Ígneos, su idea y su ´locura´ a este volcán lo llamaré Urcunina (montaña de fuego) y los ´hombres´ de este lugar serán diferentes a otras creaturas semejantes. Se sentirán responsables y orgullosos de vivir sabiendo lo que significa haber nacido en las faldas de un volcán.
Y así sucedió.

