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Una nostalgia (muy mi nostalgia)

Por: Anderson Bernal Docente de Literatura Mircea Cărtărescu —1 de junio de 1956, Bucarest, Rumania—. Es uno de los poetas y escritores más importantes en el mundo contemporáneo. Conferencista, doctor en la Cátedra de Literatura Rumana y profesor titular de la Universidad de Bucarest. Algunas de…

Columnista Invitado·22 de abril de 2022·7 minutos de lectura
Una nostalgia (muy mi nostalgia)

Por: Anderson Bernal

Docente de Literatura

Mircea Cărtărescu —1 de junio de 1956, Bucarest, Rumania—. Es uno de los poetas y escritores más importantes en el mundo contemporáneo. Conferencista, doctor en la Cátedra de Literatura Rumana y profesor titular de la Universidad de Bucarest. Algunas de sus obras son: «Nostalgia» (1993), «Lulu» (1994), «Solenoide» (2015), «Cegador» (2020).

Escribir sobre Nostalgia puede ser un riesgo, ante las múltiples y tan finas reseñas que se le han dedicado, pero, no obstante, me atrevo a hilvanar unos párrafos.

Recordemos que la palabra nostalgia, viene de las variantes griegas “nóstos” (regreso), “álgos” (dolor). En esta maravillosa obra llamada originalmente «Nostalgia» (1993), se esconden pequeños dolores en el alma de las infancias que ya no son, y de los regresos a lugares que ya no están (y que, quizá, nunca estuvieron)… en fin… Escribir en clave de realidad (experiencia vital) —o a partir de las disciplinas— puede exigir un trabajo titánico. Por eso, este libro me hace descansar de inmensidades cargadas de procedimientos, técnicas de observación, sucesiones rutinarias y consonancias nominalistas. La escritura del rumano es leve, poética, preciosa y precisa.

Para entrar en «Nostalgia» hay que releer fragmentos, seguir una vida, y aceptar esas amplificaciones que van agrietando la realidad; matizando las estridencias de los barrotes y conectando a los protagonistas en los espacios propuestos por medio del narrador calidoscópico (quien es la germinación y el elemento principal de lo que se va creando con todos los detalles; el REM incubado en todas estas historias).

Aceptaremos el convenio, ficcional implícito y explícito, de que no sólo los personajes deben seguir “normalmente” por este onírico paisaje que se muestra ante el mundo más común (nosotros debemos saltar por las galerías de la historia y las herencias fantásticas que ofrecen los juegos infantiles —universales— o las leyendas de nuestros pueblos).

El Ruletista

El viaje nostálgico comienza con el «Ruletista» (quizá el más conocido de todos). En este relato podemos develar el entretejido histórico-onírico, inconsciente colectivo, que tienen nuestros pueblos del mundo. Solo pensar en un hombre que resista a la ruleta, pero que muera a causa de otras circunstancias, nos remite a las leyendas populares de los antepasados (Robert Johnson vendiendo su alma al diablo; la gallina de los huevos de oro, el doctor Fausto y Mefistófeles, «Peter Schlemihl. El hombre que vendió su sombra», etc.). En este relato se consagrarán muchas singularidades, una es: el narrador gesta a los personajes, pero una vez salidos de la crisálida y ventilados, ellos, en su extinción, incuban la voz del narrador (como si una liana del ADN emergiera a la superficie con su muerte —la de los personajes—, demostrando, su función de demiurgo —la del narrador—). Igual, todo es fabulación, realismo mágico a imagen y simulación —ficcionalidad superada por algún dios competitivo o fuerza de creación que nos envidia—.

Mendébil

Cuando somos niños estamos expuestos-dispuestos o próximos al orden onírico, incluso, descubrimos que los juegos son la elaboración más profunda de nuestros recursos creativos. En Mendébil se percibe una elevada propensión filosófica en el niño, desde luego una filosofía poética y compleja, que lleva a la realidad sobre una línea en la cual se observa el país del “nunca jamás”. Mendébil es el filósofo de la figura infantil femenina y el ensoñador de esos palacios impenetrables.

La ausencia de figuras patriarcales otorga libertad al pensamiento en las horas de soledad. Es la dualidad alucinada, lo cual conecta con una lectura de la evolución humana —interna bajo el curso perezoso de los días de verano—.

«No, no existe un solo infinito. Existe un infinito de infinitos. En esta línea de diez centímetros hay un infinito de puntos, así que en esta, de un metro tiene que haber muchos más. A un determinado infinito yo lo llamo Toro, porque en esta bolsita que llevo al cuello hay bordado un toro y yo imagino que en la bolsa tengo un infinito, un universo entero en el que hay muchos mundos como el nuestro». [1]

REM

Devenir ave, viento, espíritu o cualquier ser, (in)visible, que se cuela en la cabeza de algún personaje y nos cuenta las experiencias más profundas de su psiquis. Svetlana entra en REM y REM sale a buscarla —en realidad nunca se ha ido, es el huevo que ha incubado durante sus 33 años, pero desde ese lugar  regresa y vuelve a nacer (este narrador que habita seres)—. Es la idea de un eterno retorno: la historia de un fabulador que se alimenta de todo el material existente de sus visiones, pero, a su vez, es descubierto por el principal personaje, a quien, dicho sea de paso, más visita —escribiendo y desarrollando historias— sobre una máquina —la del protagonista—.

Por otra parte, Cărtărescu es, entre tantas multiplicidades, un cortazeano; se le pueden ver las tomas de recursos narrativos como los “tiempos elásticos” (los recuerdos de Svetlana, mientras le contesta al amante la pregunta de su primer beso, o la historia de Marcel —los infortunios de la bulldog— ante un amor que no ha superado; regresiones de cómo ha sido utilizado. Alteraciones temporales y sucesivos planteamientos en espacios indeterminados), y, entonces, la analogía surge con «El perseguidor» —y los reenvíos mentales de Bird [2] a bordo de un metro—. Acontecimiento que altera la linealidad del tiempo, y viaja —se sumerge—, en pasados, futuros y presentes expandidos:

«Algo que es para nosotros el futuro, en el momento de la premonición no era para ellos el futuro sino una clase de presente descolocado, paralelo, incierto. No se trata de hablar de eso ahora pero para volver a la literatura de lo fantástico, ustedes ven que el tiempo es un elemento poroso, elástico, que se presta admirablemente para cierto tipo de manifestaciones que han sido recogidas imaginariamente en la mayoría de los casos por la literatura». [3]

Es un trabajo impecable (de aquello que tienen por dentro personas que pueden parecer simples o con vidas rutinarias). En este relato, el arquitecto se apasiona tanto por los sonidos —y su función primaria en nuestra comunicación—, que, intentando contarse-conectarse con un objeto, termina por dirigirse a todas las cosas. Nos hipnotiza porque logra encontrar o imaginar todas las intenciones musicales. El arquitecto, “sin saber” de música, se convierte en el dios de la música, y, no sólo eso, también en el arquitecto de las conductas humanas, y, en últimas, en el arquitecto del universo.

Gemelos

En este relato se entrecruzan dos jóvenes muy distintos (ella muy popular y él, un ratón de biblioteca). El asunto es de dos que se han topado. El primer recuerdo, en la conciencia de ambos, comienza con la visita del joven a su casa. El tema preponderante es la magia femenina (todo transcurre en el cuarto de ella). A través de las puertas y los espejos se conduce al mundo onírico.

Un concepto para ver es el de la araña (escritura) y la función reproductiva (en la que la hembra se come al macho). No hay que perder de vista la metamorfosis alimentaria, y cuántica, que ocurre en ese momento (descentralización y fundición de cada uno en el cuerpo contrario). Surge un efecto de Alina Reyes y la mujer del puente en Budapest; incluso, el mismo Cărtărescu lo menciona en una entrevista:

«Les recomiendo uno de los relatos más emocionantes, fuertes e intensos, de Cortázar. Una aristócrata de Buenos Aires tiene, algunas veces, unos sueños muy raros; en esos sueños se sueña como una mendiga que pide limosna en un puente de Budapest (desgraciada, maltratada, harapienta, etc.), y que sufre bajo un intenso invierno húngaro. Ella se ve obsesionada con este sueño. Hasta que se decide y se marcha a Budapest para ver si existe esa mujer. Y una vez allí, identifica el paisaje de su sueño. Encuentra el puente donde, efectivamente, está esa mujer. Cuando la ve, se abalanza a abrazarla (la estrecha entre sus manos); acto seguido, ve cómo se aleja —pero ya no era la indigente, era ella (Alina) [4] quien había quedado atrapada en el cuerpo de la mujer, quien, a su vez, se marcha contenta en el cuerpo de Alina—. Este cambio de conciencias es puramente romántico»… [5]

Después de pasar y repasar por las páginas de Cărtărescu, puedo decir que él es un enormísimo Cronopio que vuela sobre múltiples territorios culturales y literarios. Su escritura es una república de la infancia. Él es un explorador-investigador por los senderos del inconsciente y del espacio onírico.

Referencias

[1] Cărtărescu, Mircea (2012). «Nostalgia». Traducción del rumano a cargo de Marian Ochoa de Eribe. Con una introducción de Edmundo Paz Soldán. Madrid: Editorial Impedimenta. p. 70.

[2] Cortázar, Julio (2014). «El perseguidor». Barcelona: Libros del Zorro Rojo.

[3] Cortázar, Julio (2016). «Clases de literatura: Berkeley, 1980». México: Editorial: Debolsillo. p. 51

[4] Cortázar, Julio (2006). «Lejana. Diario de Alina Reyes». En: Bestiario. Buenos Aires: Editorial Punto de Lectura. p. 46.

[5] Cărtărescu, Mircea (2018). «Conversación con Enrique Redel y Marian Ochoa de Eribe. Festival ¡Ja!». Minuto 101.https://www.youtube.com/watch?v=n-qPJdOrpao

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