Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
La noche del viernes 1 de mayo de 2026 no fue una noche cualquiera en Tumaco.
Fué una cita con la memoria, un abrazo entre generaciones y una conversación sostenida al ritmo de congas, trombones y claves invisibles que parecían flotar sobre el ambiente cálido del Centro Cultural Canalete.
Más de 400 personas acudieron al llamado de la salsa, esa patria sonora que no necesita pasaporte para reunir corazones.
Jóvenes, adultos y veteranos melómanos ocuparon el recinto como quien llega a un templo donde la liturgia se celebra en vinilos, anécdotas y cadencias afrolatinas.
El conversatorio giró en torno a la historia de la salsa, género que no solo se escucha: se hereda, se estudia y se siente como una segunda piel. Cuatro melómanos asumieron el papel de cronistas del ritmo, desgranando historias, fechas, nombres y contextos con la precisión de quien conoce los pliegues secretos del pentagrama.
Desde Quibdó llegaron los maestros Jairo y Elías, representantes del Colectivo de Melómanos de Quibdó, llevando consigo la cadencia del Chocó y la sabiduría de una tierra donde el tambor parece conversar con el río.
Por Tumaco participaron los maestros Harold del Castillo y Guillermo Vidal, integrantes de la Fundación de Melómanos Salseros de Tumaco, guardianes locales de una memoria musical que en el Pacífico no envejece, sino que madura como buen son.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada fue el homenaje póstumo al maestro Willie Colón, figura cardinal del universo salsero. Su legado fue recordado no con silencio funerario, sino con la vitalidad que exige su trombón rebelde, ese mismo que convirtió las esquinas del barrio en epopeyas musicales.
Los conferencistas emprendieron luego un viaje histórico por las raíces de la salsa, deteniéndose en tres colosos: Tito Rodríguez, Tito Puente y Machito, nombres que resuenan como campanas mayores dentro del linaje afrolatino. También evocaron el mítico Palladium de Nueva York, santuario nocturno donde la música latina conquistó el asfalto neoyorquino y donde la salsa empezó a tejer su leyenda universal.
El conversatorio se extendió hasta las 9:00 de la noche, como esas descargas memorables que nadie quiere que terminen. Al cierre, el público dejó ver su gratitud en aplausos largos y miradas satisfechas. Había ocurrido algo más profundo que una conferencia: una mixtura cultural entre Tumaco y Quibdó, dos ciudades hermanadas por el Pacífico y unidas por el mismo tambor interior.
La jornada dejó una huella luminosa gracias al esfuerzo organizativo de la Fundación de Melómanos Salseros de Tumaco y del Centro Cultural Canalete, bajo la coordinación del director ejecutivo Víctor Reynel, cuya gestión permitió que la salsa, lejos de ser solo nostalgia, se confirmara como escuela de memoria, identidad y encuentro.
Porque en Tumaco, cuando suena la salsa, no solo bailan los pies: también despierta la historia

