domingo, 26 de julio de 2026
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Tomás Hidalgo Calvache: El decimista mártir

Pablo Emilio Obando A. En los últimos años del siglo XIX, cuando la República colombiana intentaba todavía reconocerse entre guerras civiles, ruinas fiscales y disputas doctrinarias, apareció en el sur del país una de esas inteligencias raras que suelen nacer lejos de los grandes centros del pode…

Pablo Emilio Obando Acosta·8 de julio de 2026·15 minutos de lectura
Tomás Hidalgo Calvache: El decimista mártir
Pablo Emilio Obando A.
En los últimos años del siglo XIX, cuando la República colombiana intentaba todavía reconocerse entre guerras civiles, ruinas fiscales y disputas doctrinarias, apareció en el sur del país una de esas inteligencias raras que suelen nacer lejos de los grandes centros del poder y que, precisamente por ello, terminan condenadas al olvido. Su nombre fue Tomás Hidalgo Calvache: historiador, latinista, polemista, autodidacta fervoroso y escritor precoz cuya existencia breve dejó, sin embargo, una huella profunda en la memoria intelectual de Pasto.
La posteridad regional lo recuerda como “el decimista mártir”, denominación que acaso resume mejor que cualquier otra la naturaleza contradictoria de su destino: hombre de letras en una época de pólvora; investigador minucioso en un país habituado a destruir sus archivos; humanista de temperamento sereno en medio de una sociedad dominada por la violencia política y los fanatismos partidistas.
Su vida transcurrió entre libros, privaciones y proyectos monumentales. Murió asesinado en Popayán el 31 de octubre de 1895, cuando apenas contaba veintiocho años de edad.
Pero antes de aquella muerte absurda, propia del siglo turbulento que le correspondió habitar, Tomás Hidalgo Calvache había alcanzado a concebir una de las empresas historiográficas más ambiciosas que se proyectaron entonces desde el sur colombiano.
Un hijo intelectual de Pasto
Nacido en 1867, Tomás Hidalgo Calvache perteneció a una generación de hombres provincianos que encontraron en la lectura una forma de ascenso espiritual. Su formación inicial estuvo ligada a la Congregación de San Felipe Neri, institución decisiva en la vida cultural de Pasto durante el siglo XIX. Allí estudió Humanidades y Teología, adquiriendo desde temprano una notable familiaridad con el latín clásico, la filosofía escolástica y las disciplinas históricas.
Posteriormente ingresó al Colegio Académico de Pasto, fundado en tiempos republicanos bajo inspiración bolivariana. Aquella institución representaba para la juventud ilustrada del sur una puerta hacia el pensamiento moderno y hacia los debates políticos e históricos que agitaban la nación.
Sin embargo, más que las aulas, fueron los libros los verdaderos maestros de Hidalgo Calvache.
Su esposa, doña Natalia Guerra, evocaría años después la obsesiva disciplina intelectual de aquel hombre bajo de cuerpo, de cabeza amplia y ojos pardos, que gastaba el poco dinero familiar en adquirir volúmenes, papeles y materiales de escritura. Leía hasta altas horas de la noche a la luz vacilante de una vela de sebo. Copiaba manuscritos, redactaba notas, confrontaba versiones históricas y sostenía correspondencia con intelectuales de Colombia y Ecuador. La pobreza doméstica convivía así con una extraordinaria riqueza intelectual.
Natalia Guerra relató alguna vez que le suplicaba moderación en aquellos gastos. Soñaba con una casa más cómoda y con cierta estabilidad para sus hijas. Pero Tomás Hidalgo respondía siempre con la fe absoluta de los hombres consagrados a una obra:
– “De este cúmulo de libros y de estas resmas de papel saldrá mi obra, mi gran obra…”
Aquella frase no era una simple ilusión romántica. Era, en realidad, un programa intelectual.
La invención histórica del Sur
A diferencia de muchos cronistas locales de su tiempo, Hidalgo Calvache comprendió que el sur colombiano poseía una historia propia, compleja y distinta de las versiones oficiales elaboradas desde Bogotá o Popayán. Su proyecto consistía en reconstruir la memoria histórica de Pasto y de las antiguas provincias meridionales desde una perspectiva regional, crítica y documental.
Ese empeño cristalizó en una obra de vastas proporciones titulada Pasto Antiguo y Moderno ante Colombia.
No se trataba únicamente de una historia urbana. La obra pretendía abarcar el inmenso territorio que antiguamente había dependido de la Tenencia de Pasto: desde el Patía hasta el Carchi, incluyendo Túquerres, Obando, Barbacoas y regiones amazónicas vinculadas históricamente al sur caucano.
Su plan contemplaba estudios históricos, etnológicos, geográficos, económicos, religiosos y literarios. Quería examinar las antiguas tribus indígenas, las guerras de Independencia, las órdenes religiosas, las figuras intelectuales olvidadas y la evolución social de la región.
Era un proyecto monumental para un hombre sin fortuna, sin archivo oficial y sin respaldo institucional.
Sin embargo, Hidalgo Calvache poseía algo más poderoso: una convicción histórica profundamente regionalista. Creía que Pasto había sido injustamente reducido, caricaturizado o acusado de fanatismo por gran parte de la historiografía republicana.
Por ello escribió palabras que todavía hoy conservan vigor reivindicador:
– “Hijo soy de Pasto; y como tal, deseo que el nombre de mi patria sea conocido…”
En esa afirmación puede reconocerse el nacimiento temprano de una conciencia histórica surcolombiana.
El polemista y el humanista
Aunque muy joven, Hidalgo Calvache mantenía correspondencia y relaciones intelectuales con destacadas figuras de su época. Intercambió ideas con Miguel Antonio Caro, Rafael Reyes, Cordovez Moure y Federico González Suárez, el célebre arzobispo e historiador ecuatoriano.
Su “Juicio crítico sobre la Historia General de la República del Ecuador” llamó particularmente la atención por la solidez de sus observaciones históricas. Resultaba extraordinario que un intelectual provinciano del sur colombiano discutiera, en términos eruditos, con uno de los mayores historiadores eclesiásticos del continente.
Pero quizá el rasgo más singular de Hidalgo Calvache fue su defensa histórica del pueblo pastuso.
En tiempos en que la memoria oficial seguía señalando a Pasto como bastión exclusivamente realista, él insistió en mostrar la participación de numerosos surianos en la causa emancipadora. Reivindicó soldados, oficiales y patriotas olvidados por las narrativas nacionales. Su interpretación buscaba reconciliar la historia regional con la historia republicana.
No negaba las adhesiones monárquicas existentes en el sur; cuestionaba, más bien, la simplificación histórica.
Aquella actitud crítica demuestra hasta qué punto poseía una visión moderna del oficio historiográfico.
Ipiales: la esperanza editorial
Hacia los años finales de su vida, Hidalgo Calvache residió algunos meses en Ipiales. Allí concluyó parte de sus “Ensayos de una Historia” y buscó apoyo económico para publicar sus investigaciones.
La ciudad fronteriza vivía entonces un ambiente comercial y cultural dinámico, favorecido por el intercambio con Ecuador. En ese contexto, el joven historiador esperaba encontrar respaldo para imprimir una obra que consideraba indispensable para la memoria del Sur.
Pero las imprentas eran costosas y el país atravesaba continuas crisis políticas y económicas.
Como tantos intelectuales decimonónicos, Hidalgo Calvache sobrevivía entre penurias materiales mientras acumulaba una inmensa riqueza manuscrita.
La noche del Humilladero
En 1895 viajó a Popayán buscando el apoyo prometido por el gobernador Pedro Antonio Molina. La capital caucana seguía siendo entonces uno de los principales centros intelectuales del país: ciudad de abogados, poetas, gramáticos y tribunos.
Sin embargo, aquel viaje terminó convirtiéndose en tragedia.
Durante una velada pública en homenaje a Francisco José de Caldas, Hidalgo Calvache expresó críticas contra un ensayo presentado por Antonino Olano. La discusión, aparentemente literaria, derivó rápidamente hacia agravios personales y tensiones de honor, tan frecuentes en la sensibilidad masculina del siglo XIX.
A la mañana siguiente, el 31 de octubre de 1895, Tomás Hidalgo Calvache fue asesinado a tiros en el puente del Humilladero. Tenía apenas veintiocho años. Con él desaparecía una de las inteligencias más prometedoras del sur colombiano.
Los manuscritos perdidos
La muerte del historiador produjo además otra pérdida irreparable: la desaparición de gran parte de sus manuscritos.
Versiones posteriores sostuvieron que numerosos papeles fueron destruidos o incinerados. Otras insinuaron que ciertos documentos quedaron bajo custodia oficial y jamás reaparecieron. La incertidumbre alimentó durante décadas una sombra casi legendaria alrededor de su obra.
¿Qué dimensiones habría alcanzado Pasto Antiguo y Moderno ante Colombia si su autor hubiera vivido más tiempo?
La pregunta continúa abierta.
Tal vez Hidalgo Calvache habría llegado a convertirse en uno de los grandes historiadores regionales de América andina. Tal vez su nombre ocuparía hoy un lugar central en la historiografía colombiana. Pero la violencia política del siglo XIX interrumpió brutalmente aquella posibilidad.
La memoria del hombre olvidado
El periodista, escritor y humanista Jaime Enriquez Sansón escribiría una valiosa crónica sobre el malogrado historiador nariñense: “A pesar de todo, Tomás Hidalgo Calvache sobrevivió en la memoria intelectual de Pasto. Sobrevivió gracias a los testimonios de Natalia Guerra, a las investigaciones de Pablo Emilio Obando Acosta y a las referencias dispersas de quienes reconocieron en él una capacidad intelectual excepcional”.
Su figura resume el drama de muchos sabios provincianos latinoamericanos: hombres que intentaron construir conocimiento en medio de la precariedad material, lejos de los centros editoriales y bajo la amenaza constante de la violencia política.
Hoy, más de un siglo después de su asesinato, su vida continúa evocando la imagen de aquel hombre silencioso que escribía de noche mientras el país se deshacía entre guerras civiles.
Un hombre que creyó, hasta el final, que los libros podían salvar del olvido la historia de su tierra.
La desaparición de la obra de Tomás Hidalgo Calvache
Uno de los aspectos más dolorosos y menos estudiados de la vida intelectual de don Tomás Hidalgo Calvache es la casi total desaparición de su obra manuscrita. Un valioso testimonio sobre este hecho aparece en mi texto “Apuntes para una nueva historia” (Pasto, 1999), donde doña Natalia Guerra, viuda del escritor, relata con profunda tristeza las circunstancias en que numerosos manuscritos, libros y archivos personales de su esposo fueron dispersados, retenidos y finalmente perdidos.
Según su relato, parte importante de los escritos de Tomás Hidalgo Calvache fue entregada en custodia a particulares y a funcionarios vinculados al ambiente intelectual y político de la época. Sin embargo, cuando doña Natalia intentó recuperar aquellos documentos, encontró evasivas y explicaciones contradictorias. Particularmente dramático es el episodio en el cual uno de los tenedores de dichos manuscritos le manifestó que había “echado candela” a los cajones que contenían la obra, argumentando que creyó que ella no regresaría por ellos. La viuda rechazó categóricamente esa explicación y dejó entrever su convicción de que aquello no fue sino un pretexto para ocultar la apropiación indebida de los textos.
Más grave aún resulta la denuncia implícita que formula doña Natalia Guerra al afirmar que posteriormente encontró publicados algunos escritos de don Tomás Hidalgo Calvache bajo otros nombres. Tal afirmación sugiere la posibilidad de plagios, apropiaciones intelectuales o, al menos, el aprovechamiento indebido de materiales inéditos del autor. Aunque hoy resulte difícil verificar documentalmente cada uno de estos hechos, el testimonio posee enorme valor histórico por provenir de quien custodió de cerca la memoria y los archivos del escritor.
La pérdida de la obra de Hidalgo Calvache constituye, sin duda, una de las grandes tragedias culturales del sur colombiano. No solamente desaparecieron manuscritos literarios e investigaciones históricas, sino también una parte importante de la memoria intelectual de Nariño y del Cauca Grande. Lo que hoy conocemos de su pensamiento parece ser apenas un fragmento de una producción mucho más vasta.
Resulta especialmente significativo que, en los últimos días de vida de don Tomás Hidalgo Calvache, el propio maestro Guillermo Valencia le rindiera homenaje publicando una sentida “Corona fúnebre”. Ese gesto revela el reconocimiento que los más altos círculos intelectuales de la época tenían hacia Hidalgo Calvache, cuya figura, pese al olvido posterior y a la pérdida de su obra, permaneció viva en la memoria de quienes lo admiraron.
A continuación, reproducimos el poema escrito por Guillermo Valencia en homenaje a don Tomás Hidalgo Calvache:
“Duerme tranquilo en la fosa,
inteligente suriano,
que no faltará una mano,
benévola y generosa,
que a tus hijos y a tu esposa
de por caridad un pan
que buscabas con afán
cuando la muerte, improviso,
porque Dios así lo quiso,
te sorprendió en Popayán”.
En nuestro texto APUNTES PARA UNA NUEVA HISTORIA rescatamos un valioso texto de Tomás Hidalgo Calvache, que recoge su profunda formación humana, teológica y académica:
CUM INFIRMOR TUNC POTENS SUM
En los zarzales escabrosos de la vida, en ese piélago insondable, en ese estrecho y sordo istmo que llamamos existencia: existencia, laberinto sin salida, problema en solución resuelto en el letargo y pulverizado por los tremendos vendavales de la tumba, en esa lámpara de escualidez que encendida hoy mañana tal vez se apagará, en esa lívida tea que alumbra sólo muertes, que alumbra sólo escombros; oh ¡qué horrible vaivén de ilusiones y de desventuras, qué tétrico panorama dibujado por satírico pincel, cuánto siniestro reflejo de este pálido meteoro, cuántas furias y tormentas se levantan, cuántas entumecidas olas preñadas de llanto y de desolación, olas azotadas por el huracán. En el árido y formidable desierto de este mundo, en ese arenal inmenso, solemne cual el silencio del sepulcro, no hay oasis, ni refrigerio y sí sólo la copa de amargura destilada gota a gota sobre el famélico o tostado labio del pobre peregrino y María es el oasis, María es la gota de rocío libada sobre el trémulo y enrojecido labio de ese viajero desolado que condenado a ascender por la cuesta trabajosa de los siglos, va a hacer la travesía de la vida, para hundirse sin retorno en el fatal abismo de la eternidad! Cum infirmor tunc potens sum. María, a cuyo augusto nombre se prosternan las potencias del empíreo, y a cuyo pie van encadenadas las legiones del averno, María el ensueño y el delirio del Patriarca, el canto melifluo de la Virgen, el tañido del arpa del Salmista, el acento de la lira del Profeta, María es la estrella que ilumina al infeliz viajero en el horror de una profunda noche, la brújula que indica al navegante el derrotero, la única tabla de salvación para el destrozado náufrago que lanzando el lastimero estertor del moribundo y viendo apagarse ya la antorcha de la vida, trepa sin saber adonde, para no ser arrebatado por ese formidable vórtice que le va a lanzar en las tremendas fauces de tan proceloso mar. María es el consuelo del desgraciado, el báculo del desvalido, la panacea del egrotante, el pan del limosnero, el manto del que viste andrajos, el refugio del que gime en la orfandad. Cum infirmor tunc potens sum.
Niño que me escuchas, erguido como la naciente palma, gracioso como la sonrisa de un Arcángel, bello como la rosa en su primer abril: preciosa niñez que me fuiste arrebatada por el soplo abrazado de la juventud, cual débil arista arrastrada por el aquilón, yo te envidio y te lamento; ¡ah! tú no sabes que has entrado en un laberinto sin principio y sin salida, en un océano de escollos en que necesariamente se estrellará la frágil navecilla que conduce ese soplo que tú llamas existencia; invoca a María y ella te librará de los pérfidos halagos del libertinaje y ufano entonces podrás decir conmigo: Cum infirmor tunc potens sum.
Joven, te vas a arrojar en brazos de un mundo seductor y corrompido y a quien se presenta circuido de oro y de felicidades el cáliz tosicoso del placer, invoca a María, y ella será el antídoto contra esa larva formidable que se cierne sobre tu cabeza, contra esa copa emponzoñada de amargas desventuras; y entonces podrás cantar conmigo Cum infirmor tunc potens sum.
Hombre anciano, cuya frente surcada por el deleite o arrugada por el pesar, cuya lívida mejilla, cuyos ojos sin luz y labios sin color son tristes despojos del tiempo que ha pasado en él su férrea mano, hombre que ayer naciste para morir hoy, e ir a inscribir tu nombre en el formidable libro de la eternidad, invoca a María y ella será tu consuelo en los reveses de la fortuna, en las desventuras de la vida, de ese frágil hilo pendiente de ese globulillo de aire que tú llamas existencia: ¡ah! sólo entonces a voz de cuello repetirás conmigo Cum infirmor tunc potens sum.
A mí también oh Madre mía, recíbeme, te pido un corazón de fuego; purifícalo señora, permite que aunque anonadado en el sentimiento de la impotencia me atreva yo a decir: Oh madre mía: el opulento no sabe los días de su grandeza, pero el mendigo cuenta una a una las horas de su infortunio.
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En un análisis realizado con IA sobre este valioso e inédito texto se puede comprobar la excelsa condición literatura e intelectual de su autor: “El texto Cum infirmor tunc potens sum, de Tomás Hidalgo, pertenece a esa tradición de la prosa hispanoamericana en la que la palabra no sólo busca comunicar, sino también conmover y elevar. Escrito con una intensidad retórica cercana al sermón y a la oración pública, el autor convierte la existencia humana en un vasto paisaje de naufragios, desiertos y sombras, sobre el cual la figura de María aparece como refugio espiritual y promesa de redención”.
Igualmente permite entrever su riqueza lingüística y los ecos de un modernismo literario: ‘La pieza sorprende hoy por la exuberancia de su lenguaje y por la gravedad de su visión del mundo. En sus páginas resuenan ecos del modernismo religioso de comienzos del siglo XX, de la elocuencia barroca y de la sensibilidad católica tradicional que veía en la vida un tránsito doloroso hacia la eternidad. Cada frase avanza con solemnidad litúrgica, como si hubiese sido concebida para la declamación antes que para la simple lectura silenciosa”.
Pero, advierte la misma IA: “Más allá de su evidente fervor devocional, el texto posee un notable interés literario. Hidalgo despliega una prosa de imágenes torrenciales y metáforas sombrías que retratan la fragilidad humana frente al tiempo, la muerte y el sufrimiento. La sentencia paulina que da título al escrito —Cum infirmor tunc potens sum (“Cuando soy débil, entonces soy fuerte”)— resume el núcleo filosófico y espiritual de toda la composición: la verdadera fortaleza nace precisamente del reconocimiento de la propia debilidad”.
De nuestra cosecha agregamos que “Leído hoy, este documento conserva el tono de una antigua voz latinoamericana que, desde la fe y la angustia existencial, intentó responder con belleza verbal a las grandes preguntas de la condición humana”.
Transcurridos 131 años del asesinato de don Tomás Hidalgo Calvache en Popayán, en el Puente del Humilladero, consideramos un acto de justicia reivindicar su nombre para la historia. Fue el primer mártir del proyecto DECIMISTA y uno de sus más valiosos impulsores. Con su pluma, su inteligencia y su altivez sembró en el intelecto y la voluntad de los sureños el deseo de alcanzar una autonomía administrativa que les permita ser los dueños y forjadores de su propio destino
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