El Peso del Mundo y el Héroe Arrojado
Según la teoría de la bellota del psicólogo James Hillman, (El Código del Alma, 1996) el daimon —concepto griego que se equipara al genius romano, el ochema neoplatónico o el ángel de la guarda cristiano— se configura como un llamado innato del destino, arraigado en la infancia y vinculado a una imagen y valores fundamentales. Sin embargo, Hillman plantea que, al responder a este daimon, el ser humano puede sentirse “que no da la talla”, anhelando liberarse, como si estuviera bajo un yugo, atrapado y víctima de las circunstancias, o “arrojado” como diría el filósofo Heidegger. Esta profunda tensión se materializa de forma palpable en la figura de Superman en la película de 2025, donde el peso del mundo parece recaer directamente sobre sus hombros. Mike A. Feher, en Psychology Today, describe el Complejo de Atlas en el contexto de la masculinidad, señalando cómo algunos hombres cargan solos con el peso del mundo sobre sus hombros y creen que este se derrumbará si no continúan haciéndolo, lo que genera una consecuente carga mental.
Aunque el Superman de Zack Snyder ya presentaba elementos de esta carga —evocada incluso por la estatua de Atlas en Batman v Superman—, el punto distintivo del Superman de Gunn en 2025 radica en cómo el personaje se encuentra lidiando activamente con ese peso, buscando soluciones distintas. Esta es una de las diferencias clave en el enfoque de personaje entre Gunn y Snyder, un contraste que se hace evidente desde la primera derrota de Superman.
Encontraras muchos spoilers, sigue bajo tu riesgo. En el filme, el personaje se muestra constantemente abrumado por las circunstancias, pero aun así persevera. Lo superan los desafíos de su relación con Luisa, así como su compleja interacción con el gobierno. También se ve sobrepasado por la falta de unidad de criterios en la Liga de la Justicia respecto a la preservación de la vida. A esto se suman la persecución y enemistad que sufre por parte de Lex Luthor y, de alguna manera, la profunda soledad que parece sentir, un reflejo de su complejo de Atlas. Sin embargo, a pesar de estar al borde de claudicar, el personaje sigue intentándolo.
Un Atlas Humanizado: La Carga Compartida y la Familia como Ancla
A diferencia de representaciones anteriores, el Superman de Gunn se muestra más cercano, humano y vulnerable. La película abandona la solemnidad épica para sumergirse en un tono que se asemeja más a una sitcom o serie animada, permitiendo que el héroe conecte con la audiencia a través de situaciones cotidianas y hasta cómicas. Esta película tiene más cercanía con Mis aventuras con Superman (2023) o la serie animada de Superman de los 90 que con El Hombre de Acero de Snyder. Un ejemplo claro es la escena en la que se reencuentra con su perro adoptado, Krypto, quien le salta directamente a la cara en plena carrera y lo golpea, funcionando como un gag cómico. Esta escena opera como una declaración de intenciones: todo se le sube a las barbas e irrespeta a Superman. Lejos de ser una humillación, es una manera de humanizarlo, de hacerlo sentirse humano, porque los humanos somos humillados, sufrimos golpes, sangramos y padecemos bullying. La vida lo hace “pisar caca de perro”, la más mínima expresión del entorno lo golpea. El director es consciente de que el salto del perro es fácilmente evitable, pero más allá de ser un alivio cómico, muestra su visión de presentar a un ser humano que se cree capaz o está obligado por las circunstancias a responder por todo. Se rebaja al mundo, como el Jesucristo católico a la tierra.
Esto hace que el Atlas se sienta como un everyman, un cualquiera, y eso, lejos de ser negativo, es positivo: lo hace entender que es una persona más a quien le pasan cosas chistosas y humillantes, pero que sigue adelante. Es un guiño a los doce trabajos de Hércules, inspiración del cómic “All Star Superman” de Grant Morrison. Superman es, como Atlas, uno de esos dioses o semidioses de la mitología griega, pero aquí se le “pincha un dedo, pisa popó, un perro lo lame”.
Uno de los ejes temáticos centrales es el llamado “complejo de Atlas”: la necesidad de cargar con el mundo. Superman representa esa figura mitológica que sostiene el peso de los problemas ajenos. No es casual que Gunn lo retrate cada vez más agotado, como si estuviera a punto de renunciar. Pero a diferencia de otras versiones, aquí encuentra algo parecido a una solución: la familia. No solo la biológica (Jonathan y Martha Kent), sino la construida: sus colegas del Daily Planet, sus aliados temporales, su perro Krypto. Todos ellos lo contienen emocionalmente, lo abrazan en silencio, lo dejan ser vulnerable.
Las lecciones llegan también desde Jonathan Kent, quien le dice a su hijo que los padres no están para imponer qué hacer a los hijos, sino para darles herramientas. Superman, padre simbólico de la humanidad, también debe aprender a soltar y aceptar que no puede hacerlo todo, incluso si se siente responsable por los otros, tal como lo muestra Alex Ross y Paul Dini en el cómic “Paz en la Tierra” (1998).
La película es coral. No es el solitario Superman cargando el mundo. No está solo porque otros lo ayudan, sino porque todos fallamos; nadie puede con todo, y está bien. No hay explicación, solo aceptación. Superman no está solo; lo rodean familias, colegas, perros, periodistas, clones. Su carga ya no es solo suya. Está rodeado en su complejo de Atlas. Ya no es el dios aislado, sino parte del paisaje, de la fauna. Ser derrotado, humillado, terminar con su novia… eso es ser humano, y Gunn lo sabe.
Gunn ya había explorado con “Guardianes de la Galaxia” cómo la familia elegida, por imperfecta que sea, puede ser el hogar que necesitamos. Ese mismo mensaje lo traslada aquí. Superman ya no es un dios solitario. Es un joven con bonhomía, con miedo, con ternura, que necesita ser contenido. Sus aliados no son perfectos, ni sus relaciones estables, pero en medio del caos, encuentra algo parecido al amor. Ese, quizás, es el mensaje más poderoso de la película. En lugar de responder con oscuridad y solemnidad al peso de Atlas, responde con humor, amistad y vulnerabilidad. Superman encuentra una familia, y con eso, el mundo se vuelve un poco más llevadero.
Lex Luthor: El Prometeo Oscuro de la Era Digital
Lex Luthor es quien marca los tiempos narrativos. Él representa la otra fuerza en esta lucha dialéctica por el poder sobre la humanidad: lo natural versus lo sobrenatural. Es la resistencia humana a lo divino. Lex pone las peripecias, los obstáculos. Parece tener una agenda fría, calculada, paso a paso, hacia la aniquilación del último sobreviviente de Kriptón. Incluso parece un coach de la NFL: dicta jugadas, las tiene codificadas. Sus soldados como la Ingeniera o Ultraman ejecutan las órdenes como si estuvieran en un partido de fútbol americano. El Lex de Nicholas Hoult roba el show por momentos y da para una película propia. Como Thanos en “Infinity War”, Lex podría protagonizar su propio filme. Su discurso filosófico lo acerca a un anti teísta: no solo no cree en Dios, está contra él. Se alza contra lo divino, como un moderno Prometeo.
El Lex Luthor retratado en la película se acerca mucho más al gran villano que conocemos por el cómic “Luthor” de Brian Azzarello y Lee Bermejo, o al de “All-Star Superman” de Grant Morrison. En ambas versiones, Luthor no es solo un criminal: es un megamente, una fuerza racional que se opone al dios Superman. Gunn se distancia del tono cómico del Luthor de Richard Donner (Gene Hackman), un bufón rodeado de secuaces como Otis y su novia, donde el humor era el principal motor del personaje. Aquí, en cambio, Luthor es un genio exitoso en economía, ciencia, tecnología y exploración espacial. Es una mente privilegiada obsesionada con eliminar cualquier presencia que le opaque su supremacía en la Tierra, y eso incluye, inevitablemente, a Superman.
Autores como Morrison y Bermejo han explorado la psicología de este Luthor con profundidad: su deseo de destruir a Superman no es un mandato narrativo, sino una filosofía que lo impulsa a desafiar todo lo que subyuga lo humano. Él mismo se percibe como un superhombre, aunque basado en la inteligencia y el poder económico más que en la fuerza física.
Lex Luthor tiene su galaxia, su dimensión: Lexland. Sus seguidores no son solo empleados, son fanáticos. El paralelismo con Elon Musk, Mark Zuckerberg o Jeff Bezos es evidente. Lex posee su tierra, su dimensión y su ejército de inteligencia. Es un aporte a las películas en acción real que antes no se había visto, y es también una crítica a los genios tecnológicos del mundo contemporáneo. Además, hay una clara parodia de Elon Musk: Space Luthor como espejo de SpaceX, la ambición de dominio tecnológico, la alianza con un presidente (Donald Trump) para afianzar poder en su territorio base (Texas). Gunn parece sugerir que el ego desbordado de ciertos magnates tecnológicos reales tiene mucho de supervillano en potencia. Planetwatch es como una mezcla entre Black Water y Google.
La presencia de la Ingeniera en la película —una figura poderosa con tecnología y habilidades metahumanas— recuerda al personaje del androide “Hope” del cómic “Luthor”, una fusión de clonación, androide e inteligencia artificial. Aunque no se desarrolla a fondo en la cinta, su diseño visual evoca esa figura clave del cómic. Los discursos de Luthor, tanto en “All-Star Superman” como en la versión de Bermejo, tienen ecos en los diálogos de la película. Aunque no llegan a explorar por completo su compleja visión del mundo, sí sugieren la raíz de su animadversión hacia Superman: no es odio gratuito, sino una rivalidad ontológica.
La escena de Superman “nano intoxicado” es una crítica visual a las bodegas de manipulación en redes. Vomita tecnología como metáfora del ser humano intoxicado por bits comunicacionales. La Ingeniera lo ha contaminado, pero el subtexto es social: estamos todos afectados por la hiperconexión.
Maxwell Lord apenas aparece; quizás lo veamos más adelante. Los monos de manipulación de redes no son malos por naturaleza, están controlados. Es una metáfora sobre las bodegas de operadores de desinformación digitales: culpables funcionales, pero no esenciales. Incluso hay una crítica implícita a los seguidores tóxicos de Zack Snyder, los snydertards.
Influencias, Estilo y el Tono Pop de James Gunn
Esta película era la “imposible”, no tanto por su historia, sino porque debía resetear todo un universo. A diferencia de Marvel, que construyó paso a paso, DC lanza películas que deben “salvar su universo cinemático” una tras otra, y el fracaso, en esa tesitura, no puede ser más que garantizado. Esta debía hacerlo, y además ser buena. Pero James Gunn no quiso hacer “la gran cosa”; hizo una película posible, no definitiva, no épica. Quiere ser un capítulo más, y lo logra. Es menor en diversión que “Guardianes de la Galaxia”, pero tiene corazón. El director conforma en esta película muchos equipos que no son solo pandillas cómicas: resuelven problemas.
Los cómics que marcan en algunos apartes el tono general de la película son sin duda “All-Star Superman”, “El Hombre del Mañana” y “Kingdom Come”. En todos ellos, Superman se enfrenta a obstáculos que no solo amenazan su fuerza física, sino su estabilidad emocional y moral. Lo hacen dudar de su propósito: ¿vale la pena seguir salvando a una humanidad que parece no querer ser salvada? Ese dilema existencial se ve también en la cinta. El Superman de 2025 no reflexiona largamente, pero se percibe su desazón frente a Luisa, ante quien no logra cumplir con el ideal romántico ni como Superman ni como Clark Kent. También parece perder el sentido de su misión: ¿debería seguir siendo Superman? ¿Seguir en el planeta? ¿Seguir intentándolo? En “El Hombre del Mañana”, enfrenta su propia extinción. En “All-Star”, contempla su mundo desde la altura de un dios condenado. Visualmente, la paleta de colores optimista y cándida de Gunn recuerda a ese cómic. Aquí, sin embargo, Superman es más joven, aún no curtido por mil batallas, pero enfrentado a pruebas que lo obligan a madurar, no tanto por la amenaza externa, sino por la exigencia emocional de encontrar su lugar en el mundo.
Gunn toma elementos de la Edad de Plata del cómic —cuando la ciencia ficción se apoderó de Superman— y los mezcla con sensibilidades contemporáneas. Aquí los periodistas del Daily Planet no son solo testigos, sino participantes activos. En el pasado, llegaron incluso a tener sus propios cómics dentro del universo de Superman. Esta película les da algo parecido: protagonismo, aventura, incluso una nave propia. El elenco principal, en su mayoría con experiencia televisiva, como David Corenswet (Superman), Rachel Brosnahan (Lois Lane), Nathan Fillion (Guy Gardner) y Wendell Pierce (Perry White), confirma la intención del director de darle un tono un tanto televisivo a la película. Nicholas Hoult (Lex Luthor) es una excepción, con una carrera más acentuada en películas, y su evolución en la actuación, especialmente en roles antagónicos, lo confirma. Wendell Pierce, aunque subutilizado como Perry White, conforma una especie de “Liga del Diario del Planeta”, una justicia civil de los periodistas que denuncian a Lex Luthor. Es una de las múltiples familias que rodean a Superman.
Gunn no evita la sátira; se ríe del universo Superman, de sus excesos, de sus tropos. Pero en el fondo, no renuncia a decir algo importante. Incluso los personajes más caricaturescos —como Guy Gardner, Mister Terrific o los periodistas heroicos— revelan capas de humanidad. Hay escenas que, pese a su forma pop, abordan temas graves: la manipulación mediática, el impacto de las redes, la guerra, la soledad, las rupturas de pareja, la necesidad de comunidad. Superman no tiene todas las respuestas, y eso lo vuelve más humano. La película no es un manual de salvación, pero sí una invitación a pedir ayuda, a no cargar solo con el mundo. En esa clave, Superman baja de los cielos a la mirada de un perro, como todos nosotros.
Un guiño en la película es Ultraman, un clon de Superman creado por Lex que se parece al Superman de Henry Cavill, con su visión calorífica y su oscuridad. Es una crítica sutil: el Superman anterior era una copia torpe, solo fuerza, poca cabeza. James Gunn parece decir: “Esas eras tú. Ahora voy yo”. Gunn también es fanático de los monstruos; algunos de ellos como la estrella de mar de Escuadrón Suicida (2021) o el kaiju que ya estaban en los cómics de la Edad de Plata de DC Comics (1956 – 1970), aparecen como obstáculos cómicos.
La Familia como Sol Interior y el Legado del Daimon
La imagen de Superman emergiendo de una polvareda evoca el 11-S. O el beso en un centro comercial elevándose con Luisa. Son imágenes icónicas que no necesitan gran carga narrativa, pero sí emocional. La película no necesita atraparte con violencia; no busca ser una naranja mecánica ni te ata a la silla. Hay momentos en que baja la tensión, pero queremos ver cómo este Superman superado va superando cada lio, y eso es suficiente. Porque ya nos identificamos con él, y sabemos que, como nosotros, no podrá con todo, pero aun así, lo intentará.
El director parece decir: la familia es la historia más grande y el mensaje más potente. No la familia divina de Kriptón, sino la humana. La que te ladra, te reta, te acompaña. Esa es la fuente de energía más poderosa, más que el sol. Discrepo de los críticos con las escenas postcreditos. En la escena postcréditos, Superman y Krypto contemplan la Tierra. Atlas ha soltado el mundo por un momento y se sienta con su perro. Es una bella imagen que no resuelve nada, pero lo dice todo. La familia, incluso la peluda, te sostiene, aunque a veces te muerda; eso es amor. Y luego, la prima, Supergirl, otro alivio cómico, pero también una promesa, una ficha más del universo. Una chica de hoy: fiestera, despreocupada, pero que va a cambiar, y eso será otra historia.
James Gunn lo ha llamado la “Era de los Dioses y Monstruos” a esta primera fase en el universo DC en cine que le ha sido confiado liderar. ¿Será este el comienzo de un nuevo universo? Aún no lo sabemos. Como Iron Man, puede ser una ficha más. No hay certeza, pero lo que sí es claro es que no pretende construir el universo de un golpe. Va paso a paso.
Hillman dice: “El daimon nos arrastra a pesar de nosotros. (…) Puede hacernos sentir desajustados, inadecuados, o incluso demasiado grandes para nuestro entorno”. Ese supuesto mandato en favor de salvar la humanidad que esconde un propósito encubierto de colonización, es un daimon kriptoniano, extraterrestre, inhumano a lo sumo, que resulta más grande que aquello con lo que Superman puede lidiar por sí solo, como único descendiente de su linaje. En el Superman de Gunn, ese daimon está en ajuste, entre el heredado genéticamente por su familia kriptoniana como un mandato básico sin alma y el aprendido momento a momento con sus padres y granjeros humanos. Prevalece lo aprendido de manera humana dentro de una familia, dejando de lado lo que el linaje genético, dentro o no del planeta, haya impuesto. Algo que se asemeja mucho a un legado de clase, puesto que los padres de Superman son una especie de nobles o aristócratas científicos de otro planeta. Tal legado es removido por uno de una clase trabajadora, agrícola, tan común y corriente como feliz en sus sencillos momentos vitales compartidos.

