“Terminé de leer esta magnífica obra. La verdad la recomiendo de principio a fin. Es un monólogo interior sobre la vejez, entre la repulsión, la conmiseración, el recuerdo y la ternura, arranca todo tipo de sentimientos”.
Pablo E. Beltrán – escritor.
“El abuelo – sobre la vejez-” no es una novela de una sola lectura. Es de dos o tres, y quizás más. Quien quiera adentrarse en el laberinto fangoso de esta obra, y no dejarla tirada al leer las primeras páginas, pues ese es el impulso inicial, tendrá que armarse de otras herramientas, otras interpretaciones, otras visiones o filosofías para llegar al asunto de la vejez, al asco que le produce al personaje anónimo, a la repugnancia anunciada en sus renglones, al desprecio que se merecen nuestros viejos, que es la propuesta del personaje narrador de la “La vejez”, del escritor nariñense Pablo Emilio Obando Acosta.
Sí. Una de las lecturas es la natural. La que aprendimos del racionalismo judeo- cristiano occidental en los tiempos que corren hoy, de que todo lo que no consume o produce no tiene valor en la sociedad. Hombres y mujeres sólo tienen valor cuando son rentables, es decir, cuando producen y consumen y esa actividad deriva en ganancia para las élites financieras y políticas de los países. De esta manera, los activistas comerciales de valores ven a los ancianos como un obstáculo hacia la eficacia de los mercados, la competitividad internacional y el crecimiento de las economías locales, nacionales y transnacionales, valores estos que están por encima de los sentimientos, cleros religiosos, morales, éticos y culturales.
Por eso las sociedades alienadas, como son las nuestras, se apresuran a imponernos una religión cuando nacemos, unos valores, una moral, una ética de comportamientos y creencias para evitar un pensamiento propio, derivado de la experiencia. Concretamente nuestro personaje, es un ser fuertemente condicionado por el cristianismo que no alcanza a percibir que la niñez, la juventud, la madurez son parte de la muerte. Que todos los días estamos muriendo, que empezamos a morir en el instante mismo en que somos engendrados.
Pablo Emilio ha creado un ser tan asustado de la vida que se apasiona de la muerte, y quiere evitar la última etapa del deterioro de la vida corporal con la única arma que puede evitarla: el suicidio.
Sin embargo, hay sectores de las mismas élites capitalistas que han descubierto una veta de hacer dinero a través de la vejez. Uno de ellos es el sector farmacéutico. La salud privada, los contratistas de residencias para ancianos, los hospitales geriátricos. En los países desarrollados, se observa con más nitidez este fenómeno. En Inglaterra, la importancia de la vida y quienes la ostentan tiene una tabla de valores: primero los niños, segundo los animales de compañía, tercero los viejos y en último lugar la población económicamente activa, pues está obligada a trabajar, a producir, a consumir. Los niños son los más importantes en tanto se les puede educar en el consumo. El sistema educativo está diseñado para ello, no solo en los países desarrollados, sino en los países que no lo están. El tercer lugar de los ancianos se deriva de su importancia como empresa, pues en estos países la longevidad es cada vez más grande y hay que producir plusvalía de esta situación. El narrador de “El abuelo” se lamenta, con razón, de la educación recibida, basada en el miedo a la muerte, a la servidumbre, a la sensiblería, a la compasión hipócrita, que es el ambiente que rodea al viejo de nuestros países, una especie de vergüenza humana asumida con resignación de parte y parte.
Andrés Caicedo, el caleño, asumía este discurso de una manera menos cruda, menos drástica, pero igualmente cruel: vivir más de 25 años es repetirse, decía. Y claro, la condición humana es esa, nacer, crecer y morir. No hay otra alternativa. Nacemos condenados a muerte. La sustancia de la niñez sólo es posible con la existencia de la vejez. La vida existe a condición de la muerte. La muerte existe sólo y exclusivamente porque existe la vida.
Educados como estamos, es claro que veamos la vejez como la ve y la siente el narrador de “El Abuelo”. Es necesario, por tanto, se plantea el autor, aprovechar la juventud. Tomar a las mujeres en plena florescencia, poseerlas, vivirlas, estrujarlas antes de que su piel empiece a envejecer. No es consciente en el instante del amor que es en ese instante que está creando vida. El sexo es vida. Es el principio y el fin de la vida, y que al crear vida se está creando vejez. No lo ve de esa manera. El viejo es desechable por sus avanzados años, las chicas son desechables porque su piel envejecerá algún día, y él sólo quiere vida fresca, sexo fácil, una visión totalmente egoísta y destructiva. Es el usar y tirar. La vida llevada a la condición desechable. Es así como nos han enseñado.
Esta una de las lecturas obvias. La otra es la lectura desde la física y la metafísica. La vejez es un estado de la conciencia. La vida es energía. El cuerpo es energía. Al ser energía, la vida nunca se destruye, sólo se transforma. El pensamiento también es energía. El cuerpo es la casa donde vive el pensamiento. Donde habitan los sentimientos, la fe, la razón, el amor, las causas, los efectos. El cuerpo es el apartamento donde habita la niñez, la juventud, la vejez e incluso la muerte.
Al correr los años, nuestro pensamiento se va apoderando de su entorno y, cuando vamos tomando conciencia de las cosas y las personas que nos rodea, vamos apropiándonos de ellas, nos hacemos dueños, nos apegamos a ellas, sobre todo a la vida, porque la creemos nuestra. Esta actitud genera sufrimiento. Y el sufrimiento es la causa de la vejez. Esta actitud es la causa de las enfermedades que nos llevan con más rapidez a la vejez y a la muerte, en tanto las multinacionales farmacéuticas se regocijan de ello y nuestros escritores reniegan de nuestra pobre condición humana.
Leyendo a los metafísicos nos encontramos con que somos una raza recalcitrante en la que la muerte, la desintegración, la enfermedad y la decadencia están escritas de lado a lado de los cuerpos que deberían ser inmortales, brillantes y flamantes como el sol. Y nos dan la clave de cómo atajar el karma destructivo de la raza, la desintegración de la conciencia y la decadencia cada vez más inhumana de los cuerpos: la conciencia plena de que somos energía. Ya Albert Einstein lo había dicho con claridad: cuando dominemos la energía podremos desintegrarnos y volvernos a integrar cuando queramos.
Pero no estamos educados de esta manera. Estamos educados para explotar, para beneficiarnos del otro. Estamos hechos para competir. Estamos adiestrados para derrotar “al otro”, para usar y botar, Y el anciano o anciana, en esta sociedad, es un bagazo que ya exprimió la sociedad al máximo y causa repulsión. Sin embargo, no es del todo cierto.
A esta filosofía del usar y botar se anteponen los sentimientos de una raza que se niega a ser simple mercancía. Nuestros pueblos aborígenes ven en sus ancianos el conocimiento acumulado de los tiempos y como tal los integran en un Consejo de Ancianos, fuente de sabiduría de la que los jóvenes beben para seguir como guías necesarios de sus sociedades.
Stéphane Hessel, un hombre de 94 años, sorprendió a la juventud mundial con su llamado a luchar por la seguridad social y los derechos humanos que nos los están arrebatando en aras del crecimiento económico, que no es otra cosa que el apetito voraz de intereses privados. Es un ejemplo de cómo la energía de este hombre permaneció joven, intacta, hasta el fin de sus días. Sólo que el templo donde esa energía y esa experiencia habitaron había sucumbido a la ley humana del envejecimiento. Hay en el mundo miles de ejemplos donde nuestros viejos son verdaderas fuentes de energía cósmica, sabios que han aprehendido la experiencia humana y la ponen al servicio de quien pueda necesitarla. ¿Nuestro narrador se atrevería a escupir a uno de estos, y estas, personas, a mirar hacia otro lado si estuviera junto a ellas?
Ahora, lo que no puede ser es negarles sus sentimientos. El personaje creado por Pablo Emilio Obando para que interprete el sentir de la sociedad en que vivimos, poco a poco se asoma a su propio abismo al negarse a sí mismo la esperanza, el vivir el hoy, pues el pasado ya pasó y el mañana no existe. De niño, este personaje ya se imaginaba viejo. Incluso se pintaba arrugas al mismo tiempo que inventaba pretextos para no ir donde sus abuelos. Este es el personaje típico intelectual que duda hasta de su propia existencia y por tanto quiere experimentarlo todo.
El viejo de Ernst Hemingway vive con la ilusión de atrapar el pez más grande del Mundo. El viejo de García Márquez se regala una niña virgen de 14 años para celebrar sus 90 años de existencia, Benedetti, al regresar a su patria, ya viejo, aunque conoce los caminos de memoria, igual lo sorprenden. El mismo autor de “Indignaos” vive y muere con la ilusión de que la juventud tome las banderas de las revoluciones pacíficas para modificar el mundo detestable en el que vivimos. Sus sentimientos son más originales y sensibles hacia el sufrimiento humano.
He oído decir a muchos viejos que están preocupados por el porvenir de sus hijos. “Qué mundo les dejamos”, dicen. En fin. Todo es relativo. Nuestro personaje – autor ha hablado desde su particular punto de vista, desde la alienación, desde el miedo a la muerte, desde el encanto del sexo y nos ha dejado un tema sobre la mesa y que debe ser incluido en nuestras agendas: la repulsión que las sociedades sienten hacia los viejos improductivos son producto del Karma destructivo de la conciencia social y humana, de la pérdida de esperanzas que, contrariamente a lo planteado por el protagonista de “El abuelo”, otro abuelo, Stéphane Hessel, un hombre con los pies en la tierra, alberga la ilusión de que los jóvenes levanten las banderas de una verdadera humanidad hasta siempre.
La novela no deja de ser una provocación para que asumamos la defensa de los viejos en nuestras sociedades. Para que asumamos la conciencia de la unidad cósmica donde la energía creadora se transforma en cuerpo, en alma, en polvo, en flor, en fruto, en cuerpo humano otra vez y que, sólo entendiendo la vida bajo esta unidad es posible comprender que la vejez es un estado de la conciencia y que es desde ese punto de vista desde donde debemos abordar las políticas de protección de nuestros mayores.
Seguramente existen otras lecturas de esta obra. Su autor, Pablo Emilio Obando, nos ha provocado a mirar a los viejos en tanto su personaje mira hacia otro lado. Nos llama con su novela a revelarnos contra esa vejez incierta y parasitaria a que nos llevan las políticas sociales de los Estados modernos. Nos lleva a asumir el compromiso de comprender la verdad de la vida y actuar de acuerdo a ella.
Al final, uno termina aceptando que nos ha faltado valor para asumir el tema. Pablo Emilio lo ha hecho, y ese un legado literario polémico pero fascinante frente a la última etapa de nuestras vidas: la vejez, la etapa de las nostalgias, de los recuerdos, de las humillaciones, de las despedidas.

