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¿Será la perorata de un papagayo o el testamento de Gardeazábal?

Por Alejandro García Gómez. “A Colombia sólo la han desarrollado la envidia y la venganza”, Gardeazábal, You Tube. Así como Truman Capote nos narró su “A sangre fría”, (1959) y Javier Cercas “Soldados de Salamina” (2001), ambas novelas basadas en hechos reales, Gardeazábal, próximo a cumplir oche…

Alejandro García Gómez·20 de septiembre de 2025·6 minutos de lectura
¿Será la perorata de un papagayo o el testamento de Gardeazábal?

Por Alejandro García Gómez.

“A Colombia sólo la han desarrollado la envidia y la venganza”, Gardeazábal, You Tube.

Así como Truman Capote nos narró su “A sangre fría”, (1959) y Javier Cercas “Soldados de Salamina” (2001), ambas novelas basadas en hechos reales, Gardeazábal, próximo a cumplir ochenta años este 31 de octubre (para algunos día esotérico), decidió dejarnos conocer su testamento público, una catarata de palabras, capítulos donde aparecen enmarañados los nombres reales (la mayoría), las características y todo lo que alcanzó a investigar, con su usual prolijidad, las vidas con obras de milagrosa bondad y berraquera de unos, y las desvergüenzas y canalladas de otros, de familiares de su familia extensa que lo han antecedido, algunos, los más, y otros con  quienes contemporiza,  tanto por el lado de la señora María Gardeazábal Rodríguez de Álvarez (doña Maruja), su bella, adorada y admirada madre, como de don Evergisto Álvarez Restrepo, su admirado padre. Tulueña ella; él de Guadalupe, Antioquia, a quien el destino y su errancia paisa lo llevaron a Tuluá (Valle del Cauca) a encontrar su matrimonio. De su excomulgado padre, al parecer, lo que más admira es su rebeldía y su tenacidad (de quien asume que provienen las suyas propias). Por lo de la excomunión de don Evergisto, su padre, es importante señalar aquí que el obispo de Santa Rosa de Osos, monseñor Builes, atraviesa transversalmente toda la novela “El Papagayo tocaba violín” (Intermedio Editores, Bogotá, julio 2025, 297 pp.). Excomulga no sólo a don Evergisto, sino a otros integrantes de su familia paterna. Recordemos también que a este obispo se le acusa de atizar la violencia partidista contra los liberales, de hostigar la labor cristiana de la Hermana Laura Montoya, elevada hace poco a la categoría de santa por el Papa Francisco (2013), de condenar de pecaminosas a las mujeres que montaran a caballo con sus piernas abiertas sobre el animal, con el agravante de que sólo él podría absolver ese pecado y muchos hechos tragicómicos más. El obispo Builes personifica en esta novela el dañino poder de la clerecía católica en toda la sociedad colombiana.

En general, nuestras familias antecesoras son abundosas en integrantes. Es común que se presente entonces una “montonera” de sujetos y de geografías, de hombres y de mujeres, por cada familia. Por toda esta maraña de nombres, hechos y sitios geográficos e históricos, se vuelve difícil decidir por dónde comenzar a “recoger” este embrollado testamento (su “novela barroca”, según él), de hechos reales la mayoría, y otros creados por su inagotable caletre, donde fácilmente se confunden la realidad real con su realidad creativa, todo formando una sola verdad, la de su axioma argumentativo con que inicié: “a Colombia sólo la han desarrollado la envidia y la venganza”. Este caso, lo de los suyos lo aplica como paradigma del desarrollo de las varias regiones que comprenden a Antioquia y al Valle del Cauca. Para mí este es el valor donde el análisis histórico se une al proceso de cada ser humano que ha formado y forma este país, y por eso su importancia literaria: la literatura no sólo explica la sociedad desde la formación económica o antropológica o sociológica, etc., a un país, sino desde la individualidad de cada uno de los espíritus que conforman una sociedad, sus actuaciones individuales y grupales dentro de esa sociedad. A veces, el narrador-autor muestra prudencia al referirse a sus antecesores; esto ocurre cuando son sus seres amados (pareciera que entre más amados, más oculta sus nombres o los cambia por otros no reales); otras veces, y sin ninguna clase de contemplaciones, los expone a la vitrina pública de su novela-testamento que, reiteramos, no sólo son “Los suyos”, que se fueron regando y poblando Antioquia y el Valle del Cauca, sino que es el arquetipo de cómo se formaron esos dos polos actuales del desarrollo colombiano y sus regiones aledañas.

Es más, me atrevería a señalar, arriesgándome, que cuando creó Cóndores no entierran todos los días (él ha asegurado que fue entre sus 25 y 26 años), no fue consciente en su plenitud de que lo que estaba levantando era una novela metáfora, metáfora poética de la sociedad colombiana de hasta entonces (1970-1971, publicada en 1972), su juventud no se lo habría permitido vislumbrar, sólo le permitió crear. Hoy, en El papagayo tocaba violín, quizá pretendió la misma metáfora poética de Cóndores. Cada lector juzgará los resultados.

Al parecer también, el narrador, que -por voluntad propia- siempre o casi siempre es el mismo escritor, ha vivido signado por la acongojante obsesión (a mi modo de ver, más mental que real) de haber sido el causante del fulminante infarto de don Marcial Hercelio Gardeazábal Santacruz, su librepensador, amado y admirado abuelo materno, persona a quien honra desde sus iniciantes pasos de escritor; su más grande obra, “Cóndores no entierran todos los días”, como uno de los personajes de la novela. Los hechos del infarto se remontan a la infancia del escritor. Una sola vez da el nombre real de su adorado abuelo (266); ¿equivocación? En cuanto a obsesiones también del autor-narrador o narrador-autor, está la homosexualidad de algunos tíos o primos; nunca habla de lesbianismo. Otra obsesión son algunos comportamientos, rayanos en la locura en su ascendencia paterna, que en algunos casos los llevó al suicidio. Y si de no tener miramientos ni contemplaciones se trata, da el nombre de alguna familiar que tenía el vicio de la cleptomanía (la tía Salomé, 254-255); del contexto, el lector puede deducir su apellido si es cuidadoso de levantar el mapa genealógico, apartando la hojarasca, dejada a propósito en algunos casos; para la tía Hortensia, no existía el pecado, a pesar de que sí era temerosa de Dios (263), una manera de resumir el cristianismo colombiano (o el latinoamericano). Recordemos que hay que tener en cuenta que altera algunos nombres (a mi modo de ver, los de sus seres más amados y admirados).

Habría muchas más ideas para traducir de esta profana lectura mía de El papagayo, pero no quiero aburrir a quienes bondadosamente se toman el trabajo de leerme. Sólo agregaré que hay para mí un hecho preocupante o, más bien, que a personas -como a mí- me entristece como lector y como amigo:

Hay una obsesión por el suicidio de sus familiares paternos que lo antecedieron. Los asume casi como una “genética espiritual” (que quizá también debe existir, derivada en alguna forma de la cadena bioquímica que descubrieron los doctores Watson y Crick). En algunas páginas declara su futuro suicidio, en otras lo insinúa y, aun en otras -levantando las piedras de los renglones de las palabras de su libro- ahí las muestra. Algunas, sólo algunas, de estas páginas obsesivas son: 39, 162, 163. ¿La causa? Está en la 260.   Nod, Medellín, 15.IX.25.

Columna DESDE NOD pakahuay@gmail.com

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