Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
Desde Tumaco hasta Canadá, la palabra de Daniel Biojó G. convierte la cocina en lenguaje y el sabor en memoria. Su propuesta de “gastronomía poética” reivindica el fogón como archivo cultural y eleva a los cocineros del Pacífico a la categoría de narradores de lo ancestral.
Hay cocinas que alimentan el cuerpo; otras, como la tumaqueña, alimentan la memoria. En ese territorio donde el fogón deja de ser herramienta y se vuelve altar, la propuesta de Daniel Biojó G. escritor colombo-canadiense, irrumpe con una claridad luminosa; cocinar también es escribir.
La llamada gastronomía poética no es una licencia ornamental ni un juego de palabras. Es, más bien, una forma de lectura del mundo. Una manera de comprender que en cada preparación habita un relato, una genealogía, una pulsación antigua que no necesita tinta, pero sí atención.
En el Pacífico colombiano, el arte de cocinar es una ceremonia donde el fuego no solo transforma los alimentos: también convoca la memoria.
Biojó no propone revelar secretos, porque el secreto, en estas cocinas, es parte de su dignidad. Propone, en cambio, visibilizar la raíz. Mostrar el espesor cultural que se condensa en cada plato. Dejar que el encocado diga su historia sin traducciones forzadas; que el tapao respire su tiempo lento; que el arroz con coco pronuncie, en silencio, la herencia de una geografía atravesada por el mar y la resistencia.
Hay en su planteamiento una apuesta ética y estética: reconocer al cocinero como creador; no como ejecutor de recetas, sino como portador de saberes. En esa medida, la cocina deja de ser un oficio invisible para convertirse en un arte vivo, donde cada gesto: cortar, sazonar, hervir, es también una forma de narrar.
La metáfora con la pintura no es casual. Así como el artista dispone colores sobre el lienzo, el cocinero del Pacífico organiza memorias sobre el fuego. Pero mientras el cuadro se contempla a distancia, el plato exige cercanía, se prueba, se recorre, se interpreta con el cuerpo entero. Comer, en este contexto, es leer con los sentidos.
La poesía gastronómica, entonces, abre un puente. Invita a que quien degusta también nombre, que quien prueba también piense. Que el comensal deje de ser un sujeto pasivo y asuma su lugar como intérprete de una experiencia que es, al mismo tiempo, sensorial y simbólica.
Desde Canadá, donde ha residido por casi dos décadas, Biojó escribe con la lucidez de quien mira su origen desde la distancia. Su voz no idealiza: reconstruye. No folcloriza: dignifica. En su escritura hay una conciencia clara de que la cocina del Pacífico no necesita adornos, sino reconocimiento.
En Tumaco, la comida no solo se sirve: se cuenta. Cada plato es una historia que ha sobrevivido al olvido, una forma de resistencia que se rehace en cada fogón. La propuesta de Daniel Biojó G. no hace más que recordarlo con elegancia: que hay sabores que dicen, y palabras que, si no se cocinan, no alcanzan a nombrar la vida.

