Por: José Luis Chaves López
Otra jornada infructuosa de pesca. Juan y yo bregamos toda la noche y no conseguimos nada. Tal parece que algo espantó a los peces en el mar de Galilea; éstos son cada vez más escasos. Mi padre Zebedeo se enojó la primera y la segunda vez que volvimos sin nada, pero ya comprendió que no es por pereza nuestra, ni de la gente que nos acompaña. Le duele por mi madre Salomé porque ella se preocupa cuando no hay suficiente comida para preparar; le entristece que la familia sufra.
Vamos a ir a descansar y luego volvemos a la faena. Esta escasez no puede durar para siempre.
Un poco antes del anochecer llamé a mi hermano y nos alistamos para otra jornada. Preparamos la barca y revisamos las redes –mi padre las había remendado hacía poco tiempo– incluso llevamos carnada. Hoy tenemos que lograr una gran pesca. En la playa ya nos estaban esperando nuestros compañeros. Ellos también estaban ansiosos, pues sus familias dependen de lo que consigamos. Revisamos los aparejos por última vez, dijimos nuestras oraciones y nos internamos en el mar.
Pero, por contar mis penurias, olvidé presentarme. Soy Santiago Zebedeo. Mi nombre es hebreo y significa: “Dios misericordioso”. Mi hermano se llama Juan. Aún es muy joven, pero ya está aprendiendo sobre la pesca y sus secretos. La noche está fresca y una suave brisa levanta el aroma a salitre que ya tenemos impregnado en la piel y en la ropa. Creo que es por esto que no aprecian a los pescadores en la ciudad, aunque todos necesitan de nosotros para su comida. Además, como no sabemos ni leer, ni escribir, nos consideran lo más bajo de la sociedad y nos tratan, prácticamente, como basura.
Nos dedicamos a la faena y una y otra y otra vez lanzamos las redes. Y una, y otra, y otra las recogemos vacías. El desánimo nos invade y decidimos volver a la orilla. Juan trata de esconder algunas lágrimas que se le escapan por la frustración, y nuestros compañeros lanzan imprecaciones. ¡Otra noche trabajada en vano!
Casi amanecía cuando llegamos a la playa; el sol lentamente aparece y va calentando el ambiente, pero ya ni eso nos alegra. ¿Qué vamos a decirle a mi padre? Otra vez los canastos para recoger los peces, vacíos.
Avanzábamos en silencio, cuando de pronto, un hombre apareció en la orilla. Estoy seguro que hace un momento no estaba ahí. Miré extrañado a mis compañeros y llamé la atención de Juan sobre este hecho inusual. A medida que nos acercamos lo vimos mejor y tal parecía que nos hacía señas y agitaba las manos, pero no lo oíamos. Remamos un poco más y lo pudimos escuchar: ¿muchachos, tienen pescado? ¡Esto nos faltaba! No habíamos cogido nada y, ahora, este hombre nos pedía pescado. Le grité: “nos hemos pasado la noche bregando y no conseguimos un solo pez”. Creo que soné desolado; sin embargo, él replico entusiasmado: “lancen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. ¡Qué tontería!, pensé. ¡Se nota que no es pescador y viene a darnos órdenes! Estaba dispuestos a contestarle: “tú qué sabes”. Pero, antes de hablar, mis compañeros me dijeron: “Santiago, no perdemos nada por intentarlo. Al fin y al cabo, es sólo una vez más”. No respondí. Estaba furioso. Así que en silencio y con más rabia que ganas, hice lo que él pidió.
Lo que sucedió después no puedo explicarlo, aunque ya ha pasado mucho tiempo. La red recogió tal cantidad de peces que parecía que se rompía. Como pudimos hicimos señas a los compañeros de la otra barca y ayudándonos entre todos llegamos a la orilla. El número de peces que recogimos no podré olvidarlo: 153. Y, todos grandes, ¡enormes!
¿Quién es este hombre? ¿Cómo supo dónde estaban los peces?
Quedamos tan impactados que nada más dijimos; es que no podíamos musitar palabra, por el esfuerzo al arrastrar la red tan llena y por la impresión por lo sucedido. Entonces, él habló, lo escuchamos y sus palabras aún resuenan en mi espíritu. Y, por lo que hemos comentado, también en el corazón de mis compañeros. Juan estaba transportado y lo miraba como quien ve al mismo Dios. Y, esto no es herejía, aunque así suene. Que no era herejía lo comprobamos un tiempo después.
Sus palabras eran suaves, pero tenían una fuerza que no sé explicar. Más que con los oídos, las escuchamos con el corazón: “Dejen las redes y síganme. Los haré pescadores de hombres”. Dejar los aparejos y la pesca, despedirnos de nuestro padre Zebedeo y seguirlo fue uno solo. Ni siquiera lo dudamos y hoy, catorce años después, y a punto de morir, reconozco que, definitivamente, valió la pena.
Seguir al Maestro no fue nada fácil. Él lo había advertido. Cuando aceptamos no sabíamos en qué nos embarcábamos (para utilizar el lenguaje que conozco). Pero, lo peor vino después de su muerte. A los amigos de Jesús nos empezaron a perseguir para matarnos, tanto los romanos como los judíos. Cada uno de nosotros huimos por distintas rutas. Escogí el camino de Hispania, pues era provincia romana y estaba lo suficientemente lejos de Jerusalén.
Esta es la parte a la que quería llegar. El camino no lo hice solo. El Maestro me hizo un encargo que jamás pude imaginar, pero no podía rechazarlo. Huir y cuidar a María, la de Magdala, a quien también perseguían para matarla, pues llevaba en su seno al hijo del Maestro y yo debía protegerlos. Su villa fue saqueada por los romanos; Lázaro, su hermano murió tratando de defender su casa y Martha… no se volvió a saber de ella. Sólo quedaba María y, por encima de cualquier consideración, yo los cuidaría a los dos, a ella y a su hijo por nacer: el hijo del Maestro. Su seno era la “copa” que contenía la sangre del Maestro. Era el ´grial´.
Caminábamos de noche y nos ocultábamos de día hasta estar lo suficientemente lejos de Jerusalén. La ruta era difícil, y más para una mujer embarazada, pero no teníamos otra opción. Junto a unos pocos amigos míos que nos acompañaban, caminamos durante muchas jornadas. Estábamos cansados, pero era necesario alejarnos lo más posible para proteger a María y a su hijo. Después de varias jornadas de marcha llegamos a la ciudad de César Augusta (nota: actual Zaragoza). Fue necesario descansar porque ya no podíamos más, estábamos agotados, desalentados y con mucho miedo. Pasamos la noche en oración, pensando qué íbamos a hacer. Si nos quedábamos era un peligro, pero si continuábamos requeríamos una cabalgadura para María; su embarazo estaba avanzado y se cansaba fácilmente. Mas, no teníamos dinero.
En medio de la noche, durante la oración, oímos una algarabía y unas voces que cantaban alabanzas. Nos asomamos a una ventana de la casa donde pernoctábamos y “vimos” a la madre de Jesús parada sobre un pilar. Esto no era posible. ¡Ella estaba en Jerusalén! Con la voz que conocíamos por haberla escuchado todos los días durante la vida del Maestro, nos habló: “al igual que mi hijo, yo también estoy con ustedes”. “Santiago, edifica un templo en este lugar y coloca en él este pilar que permanecerá para siempre”. “Yo intercederé ante mi hijo por quien aquí oré”. Construimos, lo más rápido que pudimos, una capilla alrededor del pilar donde se paró la madre del Maestro (nota: este fue el primer templo dedicado a la Virgen María). Mientras tanto, María de Magdala recuperó fuerzas para continuar el camino, pues ya no podíamos detenernos por mucho tiempo más.
Continuamos el recorrido hasta la frontera de Gales (nota: ahora Francia); la acompañé otras jornadas más y llegamos a Bergona donde le llegó el momento de dar a luz. Nació una niña y María decidió llamarla Sarah (nota: en arameo significa ´princesa´), pues es hija del Rey de Reyes. En esta ciudad terminé la misión que me encargó el Maestro; de ahora en adelante una hermandad de discípulos las cuidaría, las protegería y velaría por ellas.
La solicitud del Maestro la había realizado y volví a Jerusalén. Han transcurrido unos once años desde su muerte y en esta ciudad aún continua la persecución contra los amigos de Jesús y cada vez más virulenta. Unos días después de mi regreso fui apresado por los guardias del Sanedrín y me encarcelaron. Me acusaron de alborotar Jerusalén al predicar estas “nuevas ideas”: el estilo de vida que propuso el Maestro. Y me condenaron a muerte.
Ahora, está cerca el momento de cumplirse la sentencia. Por eso, a través de mi discípulo, escribo esta carta para que las comunidades que viven fuera de Jerusalén conozcan la verdad de lo sucedido. Aquí finalizo mis recuerdos; el verdugo viene por mí y no tengo más tiempo.
Notas:
– Después de la muerte de Santiago, sus amigos llevaron su cuerpo a Hispania y lo sepultaron en Galicia.
– En el siglo IX fue descubierta su sepultura, en un lugar al que llamaron Compostella (campo de estrellas)
– Ahora hay una ciudad en ese sitio: Santiago de Compostella.
– Santiago es venerado como el Patrono de España.

