Pablo Emilio Obando A.
El texto RELATOS MUNDANOS me confirma que hay escritores que no necesitan inventarse un país porque llevan uno entero latiendo en la memoria. Tal es el caso de Edgar Bastidas Urresty, uno de esos intelectuales nariñenses cuya obra se mueve entre la filosofía, la historia, la literatura y la dolorosa necesidad de comprender el destino humano. Su libro Relatos mundanos no es únicamente una obra narrativa: es también una confesión intelectual, una reconstrucción emocional de la violencia colombiana y un ejercicio de memoria donde el autor termina convirtiéndose, simultáneamente, en narrador, testigo y personaje.
Nacido en Samaniego el 20 de enero de 1944, hijo del reconocido escritor Emilio Bastidas, Edgar Bastidas Urresty pertenece a esa estirpe de hombres formados en la rigurosidad académica europea pero profundamente arraigados a la tragedia y a la sensibilidad latinoamericana. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia, doctor en Filosofía de la Universidad París VIII bajo la dirección del célebre filósofo François Châtelet, especialista en estudios ibéricos e iberoamericanos de la Sorbona Nueva París III, Bastidas representa la rara figura del intelectual que jamás rompió el cordón umbilical con su provincia ni con las angustias de su pueblo.
Y quizá por eso Relatos mundanos posee esa fuerza interior tan particular: la del hombre culto que regresa, inevitablemente, al territorio de sus fantasmas.
El libro se construye alrededor de Emilio, un personaje ficticio detrás del cual se transparenta el propio autor. Allí Bastidas Urresty se contempla a sí mismo como quien se mira en el espejo roto de la memoria. París aparece entonces no solo como escenario académico, sino como símbolo de la formación intelectual, de la pasión por la lectura, de la avidez filosófica que marcó su existencia. Pero el viaje europeo no lo distancia de Colombia; por el contrario, pareciera acercarlo más profundamente al drama nacional.
Porque Relatos mundanos termina siendo, ante todo, una exploración de la violencia.
Una violencia que no aparece reducida a cifras ni a discursos políticos, sino encarnada en hombres concretos, en pueblos silenciosos, en sacerdotes errantes, en guerrilleros legendarios y en ciudadanos atrapados entre el miedo y la historia. Bastidas Urresty recrea figuras como Manuel Marulanda Vélez, revive el eco devastador de la Guerra de los Mil Días y retrata la compleja realidad rural y urbana de Colombia con una mirada que oscila entre la reflexión sociológica y la sensibilidad literaria.
Resulta especialmente significativa la manera en que el autor incorpora el célebre estudio La violencia en Colombia, obra fundamental de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna. Más que citarlo, Bastidas dialoga con él. Lo confronta con la experiencia vivida, con las heridas abiertas de Nariño y con la memoria colectiva de una nación que pareciera condenada a repetirse.
Y allí emerge Samaniego.
Samaniego como paisaje físico, pero también como símbolo moral. El autor devuelve al lector la imagen de un pueblo atravesado por las tensiones partidistas, por la violencia bipartidista, por las fracturas sociales que el llamado Frente Nacional pretendió contener desde 1957 mediante el pacto liberal-conservador que buscó detener el desangre nacional. Sin embargo, Bastidas parece sugerirnos que la violencia colombiana jamás terminó realmente; apenas cambió de rostro, de uniforme y de lenguaje.
En ese recorrido aparecen igualmente resonancias de obras esenciales de nuestra literatura nacional como La mala hora de Gabriel García Márquez o El día señalado de Manuel Mejía Vallejo. Pero quizá uno de los momentos más conmovedores del libro sea cuando el autor vuelve sobre la novela de su padre, El hombre que perdió su nombre. Allí la literatura deja de ser únicamente una herramienta estética y se transforma en herencia, en linaje, en conversación íntima entre generaciones de escritores marcados por una misma patria dolorosa.
Hay además en Relatos mundanos una atmósfera profundamente humana. Bastidas Urresty no escribe desde el odio ni desde el panfleto ideológico. Su escritura conserva una serenidad reflexiva, casi filosófica, que le permite comprender las contradicciones humanas sin renunciar a la crítica. Incluso personajes como el obispo Pedro Schumacher, envuelto en las agitaciones políticas y bélicas de la época, aparecen tratados con una complejidad narrativa que evita las simplificaciones.
El mérito mayor del libro radica precisamente allí: en comprender que la violencia colombiana no es solamente un fenómeno político, sino también cultural, espiritual y humano.
Edgar Bastidas Urresty lleva décadas construyendo una obra sólida y vasta: Las guerras de Pasto, Grafismos, Antología del cuento andino, Dos visiones sobre Bolívar, Lecturas secretas, Ensoñaciones, Tejido de palabras, Torquemada en el infierno, Doce premios Nobel de literatura, Donjuanismos, Casanova, amante inmortal y tantos otros títulos que confirman la dimensión intelectual de un autor imprescindible para comprender la literatura del sur colombiano.
Sin embargo, en Relatos mundanos pareciera existir una intimidad distinta. Aquí el escritor se aproxima más al hombre. El académico dialoga con el niño que observó la violencia en Samaniego; el filósofo conversa con el lector apasionado; el intelectual europeo se reconcilia con la provincia herida de donde nunca partió del todo. Y quizá por eso este libro resulta tan necesario.
Edgar Bastidas Urresty nos recuerda que detrás de cada guerra existen seres humanos, pueblos enteros condenados al miedo y generaciones que aprendieron a crecer entre el ruido de las balas y el silencio de los cementerios.
Relatos mundanos no pretende ofrecer respuestas definitivas. Su grandeza consiste, más bien, en obligarnos a mirar nuevamente las preguntas fundamentales de Colombia. Y en esa mirada, culta, sensible y profundamente humana, reside precisamente el valor literario de esta obra memorable

