Por: Oscar Seidel
Este es el discurso de posesión como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, que la escritora nariñense Cecilia Caicedo Jurado pronunció en Bogotá en Junio del 2025.
Señor: Don Eduardo Durán Gómez, Director de la Academia Colombiana de la Lengua,
Señor: Don Juan Carlos Vergara Silva, Director Emérito de la Academia Colombiana de la lengua.
Honorables académicas y académicos, amigos escritores y familia que amorosamente me acompañan.
Distinguidos Académicos.
Expreso a ustedes mi más profunda gratitud por considerar mi nombre para ser parte de esta mayúscula Institución, la primera Academia de la Lengua fundada en el nuevo mundo, así como por el reconocimiento a mi obra académica y literaria, realizada desde las fronteras regionales, siempre en diálogo con lo sociocultural, nacional e internacional.
En esta oportunidad, de alta significación para mí, deseo reflexionar en voz alta sobre los motivadores de mi vocación por las letras.
En primer lugar, destaco una pequeña —pero para mí emblemática— biblioteca familiar, que despertó mi curiosidad lectora. A ello se suman las tertulias literarias convocadas por una pariente poeta en las que el tono lector y declamatorio sobresaltaban mis oídos por el ampuloso estilo recitativo empleado en ese entonces.
Luego, mis estudios académicos me encaminaron hacia las lecturas propias del campo literario en la Universidad de Nariño, en donde para cumplir con uno de los requisitos de grado realicé mi primera investigación: La novela en el departamento de Nariño, que décadas después fue publicada por el Instituto Caro y Cuervo como homenaje también a esa hermosa región colombiana.
Lo primero que precisé es que la literatura local no tenía el suficiente reconocimiento en la historiografía nacional. Encontré igualmente la existencia de varios autores y obras de importante significación para las letras colombianas, como es el caso de Cameraman, la historia de un ex presidiario publicada en Valparaíso (Chile) 1934, novela escrita por Plinio Enríquez, un intelectual pastuso que logró recrear un personaje literario influido por la lectura del magistral Ulises de James Joyce, obra esta última que en los albores de su edición fue controversial en la crítica europea incluida la vanguardia.
A tan solo una década larga de la publicación de Ulises (1.922), Plinio Enríquez no solo invita a los personajes joyceanos a participar en su diégesis narrativa, sino que interpreta el alcance de la propuesta del irlandés, valiéndose del monólogo interior, el fluir de conciencia y el novedoso flashback, manejados en Cameraman. Esta novela no se incluyó en las historias de la narrativa colombiana teniendo tan inmejorables propuestas en el manejo estético y formal.
¿Cómo explicarnos que un autor invisibilizado en el canon colombiano, estableciera con solvencia semejantes referentes estéticos, aplicados con originalidad en su novela? Sin duda su carácter de viajero e indagador de los avances culturales en el mundo explican su encuentro lector con Ulises. El caso de Enríquez señala una propuesta personal pero no permite observar la existencia de una política oficial que potencie esos esfuerzos individuales mediante la conexión lectora y la llegada de libros que señalen la circulación de corrientes y autores.
¿Las regiones eran avaras en la promulgación de sus literatos? ¿O el canon establecido impedía el reconocimiento de las producciones locales? Estas preguntas solo podrán ser resueltas cuando se realice una cartografía literaria nacional sobre las distintas regiones colombianas y las respuestas podrán ser visualizadas de mejor manera si se articulan dos disciplinas: literatura e historia.
Para ello, parto del concepto de región, que desde el ámbito académico se ha cruzado con mi vocación investigativa, a través de los conceptos de evocación, mímesis y deslizamiento de sentido. ¿Cómo opera esta relación conceptual?
Para asumirlo se requieren nuevas miradas lectoras porque tiempos inéditos ameritan lecturas inéditas.
Cuando hablo de región, no me refiero a parcelas pequeñas o restringidas, y por tanto inocuas, sino a una revisión conceptual que permita establecer un panorama más amplio de la composición cultural y literaria de Colombia. Reconocernos como regiones integradas, bajo un concepto polivalente de culturas que no se relacionan de forma vertical, sino horizontal y propositiva.
Lo que propongo NO es la creación de minifundios mentales, aislados desde una idea patrimonialista y avara de lo propio, sino la construcción de un colectivo con masa crítica capaz de dialogar con otras regiones del país y despertar su propia dinámica. Este enfoque responde a uno de los principios fundamentales de la Constitución Política de Colombia de 1991: la pluralidad cultural y el reconocimiento de una región de regiones.
La revisión a los procesos regionales necesita avalar una metodología que parta de la formulación en principio de un banco de datos, seguido por una consecuente lectura crítica. De ello se desprenderán los interrogantes centrales como el caso de lo señalado en “Cameraman”, y otras obras de no menor valía para la literatura nariñense, y como se verá más adelante, en el caso de las novelas de Alba Lucía Ángel Marulanda y otras de la literatura de Risaralda.
Estas dos investigaciones se realizaron en etapas diferentes. “La Novela en el Departamento de Nariño” se produjo como culminación de estudios de pregrado y en consecuencia antes de mis estudios en la Universidad Complutense de Madrid y en el Instituto de Cultura Hispánica; mientras que la mirada lectora sobre obras escritas por risaraldenses se ejecuta algunas décadas después de mi regreso al país.
Madrid es en consecuencia un punto que es necesario registrar en ese proceso. Mi llegada a Madrid estimuló mi necesidad de conocer mi país de origen. Sentí como imperativo la apropiación de aquello que estando lejano se convertía en un rasgo de mi íntima percepción de mundo. Nunca lo sentí ni exótico o lejano, por el contrario, la distancia me aproximó a la necesidad de su comprensión.
Y es importante resaltar este hecho, porque si bien estoy hablando de los años 70 a 80 del siglo XX, los autores nuestros de la América latina estaban embebidos con el encuentro de Paris, construyendo a la Maga y su dualidad compartida con Horacio Oliveira en términos cortazarianos. La discusión central del boom, que hermanó a sus principales miembros estuvo ligada a preguntarse sobre la identidad de América, tal es el caso de Gabriel García Márquez cuyo retrato preside el ala derecha de este recinto intelectual y quien desde el realismo mágico conectó su concepto de mundo desde la región atlántica. García Márquez se alzaba victorioso en Europa con su narrativa escrita en lengua española. Escogí así mi tema de investigación doctoral en la universidad Complutense y lo titulé “Interrelación Narrativa en Gabriel García Márquez”. Tejer los hilos de ese recorrido narrativo me permitió encontrar otro territorio nuevo y valioso en la construcción de regiones literarias.
En la práctica, y solo en medio de la búsqueda en terreno, podemos acercarnos al concepto de lo regional. Nariño tan diferente a Macondo y los Buendía, y estos a su vez tan ciertos en su cultura que responde a otros mestizajes. Algunos se dirán que los dos espacios son de diferente contextura, pero en términos de construcción de regiones permitámonos equiparar la ficción (Macondo) con las otras regiones que desarrolla Colombia (país de países).
Con el Decano de la Facultad de filosofía que era el director de dicha tesis inicié el proceso de crear el corpus lector, de cuya revisión extraje el título para mi investigación. Y además el primer acercamiento metodológico para interpretar el cruce clave de la “interrelación narrativa”. Cabe mencionar que el mismo director tenía bajo su dirección la tesis del peruano y futuro Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa que finalmente la editó con el hermoso titulo de “Historia de un Deicidio” (1972) año que culminamos ese periplo académico.
Era en esa séptima década del siglo XX y las siguientes, que como he señalado líneas atrás, Paris atraía a los escritores de la américa hispana con una fuerza avasalladora. El ilustre peruano utilizando las escuelas teóricas aplicadas en la Sorbona decidió preguntarse qué, cómo y por qué se escribe, y con la obra de García Márquez como motivo, registró el impulso creador como un acto deicida. El escritor es el omnímodo artífice de su texto.
Siguiendo con el curso de lo regional mi investigación sobre García Márquez arrojó un resultado fantástico que tenía que ver con la contemplación de una cultura claramente definida que actuaba al interior de Colombia. La costa atlántica era una y a su vez registraba las múltiples presencias de variantes culturales. ¿pero existía un sello en común?
Recordé a Nariño anclado en el Nudo de los Pastos y sus expresiones culturales tenían la hondura de la geografía estética de Aurelio Arturo, mientras que, al norte, el Atlántico tenía sus propios endriagos y fantasmas narrados desde la sabiduría de una abuela costeña que en el mar los había visto acariciarse.
En mi investigación sobre esta nueva región cultural encontré el peso gratificante de la construcción robusta de una región denominada Macondo y sus particulares pobladores los Buendía que van desde la fundación de la ciudad de los espejos, Macondo, a una particular refracción de un pueblo que puede ser amplificado en Colombia o metafóricamente en cualquier lugar del mundo que tenga similares o cercanas características de creencias, economías y costumbres.
Esa región literaria, García Márquez la fue construyendo de libro en libro antes de llegar a su totalización en “Cien Años de Soledad”. “La Hojarasca” (1955) muestra por primera vez el pueblo de la ficción, terreno en donde aparecen los orígenes de los temas desarrollados en sus obras posteriores.
La interrelación narrativa no es un hecho que exclusivamente conecta la acción narrada, sino la creación de unas circunstancias y fenómenos sociales que alrededor de unos orígenes y su fuerza se convierten en interlocutores de otras novelas.
Estoy subrayando la fuerza del hecho creador, un origen que se convierte en iniciático de otros sucesos. Todos necesarios para el torrente final que es “Cien Años de Soledad”, pero que a su turno también señalan el campo narrativo como en “La Mala Hora” (1962), novela coral que con el padre Ángel y el pueblo inmóvil permiten recrear la violencia y el silencio temeroso, temas que serán cruciales en la construcción de Macondo.
Después de completar mis estudios literarios en la Universidad Complutense de Madrid, regresé al país y adelanté una investigación sobre “La leyenda del Yurupari”, que es la base de una nueva región cultural de América conformada por Colombia y Brasil, que da cuenta de un concepto de poder masculino y sus ritualidades prohibidas a las mujeres. El detonante para realizar esta investigación fue el encuentro con la afirmación —a todas luces cuestionable— que señala el año de 1.524 como punto de partida para la literatura colombiana con la publicación del libro “Suma de Geografía” del español Martín Fernández de Enciso, aseveración que implica un evidente blanqueamiento cultural, al ignorar la rica producción literaria de los pobladores primigenios.
En 1987, desde la universidad Tecnológica de Pereira, presenté un trabajo que da cuenta del cruce epistemológico entre historia y literatura. Se hacía necesario replantear el desvío que otorgaba a un libro de geografía el origen de nuestra literatura, para abrir paso a un estudio más profundo de lo propio, desestabilizando el canon imperante y proponiendo una nueva presencia canónica, a partir de registros como el del Yuruparí.
Es pertinente señalar en términos de investigación, que la primera publicación sobre el Yurupari en Colombia fue realizada por el doctor Héctor Orjuela, aunque antes de su trabajo ya existían investigaciones no publicadas, como la de Pastor Restrepo Lince, o los fragmentos publicados en la “Historia Extensa de Colombia” por Javier Arango Ferrer. En 1988, el Doctor Orjuela, con la colaboración de Susana Salessi —estudiante italiana de la Universidad de California— traduce al italiano el texto que originalmente se escribió en lengua ñengatú con caracteres latinos. En esa publicación, hecha por el Instituto Caro y Cuervo, se cita también un estudio estructuralista firmado por “Lice”, seudónimo que utilicé para un concurso de investigación universitaria.
Indudablemente, Colombia le debe al doctor Orjuela el mérito de haber leído y divulgado este texto de raigambre indígena, que pertenece por igual a Colombia y Brasil. Este es otro ejemplo de cómo se conforman nuevas regiones literarias, con capacidad simbólica para ampliar las fronteras y elevar el concepto de lo regional.
Lamentablemente, no se han realizado investigaciones adicionales para ampliar y dar continuidad a los trabajos realizados. Asumir lo fundante es crear los pilares de una cultura. Dicha leyenda, está en igualdad de importancia con el Popol-Vuh para América de Indoamérica.
En una primera conclusión, las dos disciplinas —literatura e historia— se interrelacionan de tal forma que se convierten en pilares de investigación para resolver interrogantes cruciales sobre nuestra identidad.
Desde esta misma perspectiva desarrollé estudios sobre novelas colombianas del siglo XX, enfocándome en la lectura política de la novela que realizan algunos creadores colombianos. Este trabajo me fue reconocido con el Premio Nacional de Ensayo, en la categoría otras modalidades, otorgado por Colcultura.
En este orden de ideas, mi vinculación profesional con la Universidad Tecnológica de Pereira me permitió llegar a una ciudad y a una literatura que no conocía. Llevaba mi acercamiento a lo regional desde otros escenarios: Nariño, el Caribe colombiano y las fuentes iniciales de la literatura colombiana con el Yurupary; en consecuencia, inicie la búsqueda de autores Risaraldenses. A nivel nacional se conocía y solo por algunos expertos una obra de Alba Lucía Ángel que salió publicada en una colección de bolsillo de Colcultura: “Estaba la pájara pinta sentada en un verde limón”.
Los risaraldenses frente a Alba Lu mostraron un desconocimiento absoluto salvo dos o tres amigas de la autora. El grueso de su obra se publicaba en España y no llegaba a Colombia.
Igualmente, en el campo patrimonialista y crítico no se habían divulgado obras valiosas como la poesía de Luis Fernando Mejía Mejía y otros más. El resultado de la investigación arrojó un estado de arte amplio en número, pero sorprendentemente desconocido por dentro y fuera de los linderos locales. Y aquí viene bien el término “local” en tanto no se estaba pensando en concepto de región, sin superar los linderos parroquiales. La fundación del Departamento era de reciente data, no se habían desarrollado aún unas marcas de influencia o apropiación de las obras de sus escritores. El corpus relativo a ellas lo presenté en el libro “Patrimonio Bibliográfico de Risaralda” (1995). El hallazgo del número de obras me permitió afirmar que en efecto Pereira tenía escritores, pero desconocidos adentro y afuera de su espacio original y había libros de autores de alto mérito; en consecuencia y para ese tiempo, década de los 80, del siglo XX, estábamos ante una literatura sin historiadores ni críticos. Señalo que el único listado de reconocimiento de nombres icónicos para la literatura de Risaralda los publicó Eduardo López Jaramillo en una revista literaria local.
La siguiente etapa, fue la lectura de las obras con el objeto de visibilizar a los autores y poder construir un proceso de región cultural, lo cual me permitió presentar en la primera o segunda Filbo el libro “Literatura Risaraldense” (1988). Recuerdo claramente mi satisfacción por el resultado y la sorpresa que significaba para el país lector comprobar que en ese nuevo espacio existía una REGION CULTURAL, porque solo se había proyectado su capacidad de emprendimiento y desarrollo económico.
En consecuencia, asumí la necesidad de contribuir a la solidez literaria de esta región; para ello se desplegaron varias acciones:
a)Congreso Nacional.
Convocamos desde la UTP y con el apoyo de su rector Gabriel Jaime Cardona la realización de un Congreso Nacional de Investigadores y profesores universitarios de Lengua, Literatura y Semiología. Este evento contó con el apoyo decidido del Instituto Caro y Cuervo, sus investigadores y alumnos liderados por su director El Dr. Ignacio Chávez Cuevas.
b)Unión de Escritores.
Por las mismas calendas en Colombia con mucha solvencia y pasión organizaban un movimiento de unión, difusión y protección a los derechos de autor, alrededor de la naciente Sociedad de escritores de Colombia para darle continuidad a la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, fundada en abril de 1.954 bajo la iniciativa del Dr. Otto Morales Benítez. Esta segunda convocatoria o sea la Sociedad se gestó en la Feria del Libro de Bogotá frente a la necesidad de potenciar las literaturas regionales. Por ello formulé la necesidad de crear el capítulo Pereira y así se hizo designando como primer presidente a Eduardo López Jaramillo.
Así pues, que el clamor por la visibilidad y lectura desde nuevos cánones han sido objeto de mi permanente preocupación.
c)Programa Radial.
Desde los mismos parámetros de procurar la visibilidad del escritor regional y su relación con el mundo nacional e internacional se creó bajo mi dirección y ejecución un programa radial semanal por la Emisora Cultural Municipal Remigio Antonio Cañarte, que a la fecha está en la rejilla desde hace 30 años.
El éxito promocional de la escritura literaria local se amplió en tanto su objeto es construir lazos de relación con autores nacionales e internacionales; de ello dan fe, el sinnúmero de entrevistas de amplia circulación. Igualmente, la ampliación de la franja direccionó hacia los niños las audiciones lo cual le mereció a “Literatura Hoy” nombre del programa, un premio nacional del Ministerio de Comunicaciones.
Significa así, que la arquitectura de las complejas relaciones territoriales en términos culturales amerita un proceso decantado y detenido. Son señalables los imponderables méritos que realizan algunos gestores. Resaltable a un primerísimo lugar la labor quijotesca de Carlos Orlando Pardo y su equipo que teniendo a su Departamento del Tolima como centro ha hecho el levantamiento de la historia del Tolima en literatura, música y artes consolidando su labor con la edición y apoyo al desarrollo de su región, creando vínculos internacionales de evidente prestigio. Súmase a ello, la Historia de la literatura del Huila de Benhur Sánchez Suarez. He citado los ejemplos anteriores para señalar que hay improntas editadas ya sobre historias de literatura regionales, pero en términos de regiones, que es la base y centro de esta propuesta, creemos que podríamos manifestar nuestro empeño por asumir estudios sobre regiones culturales colombianos pensando en la construcción de regionales continentales y luego ampliar el camino a otros retos superiores.
Estoy convencida que el amor por los libros no solo es una labor escolar sino familiar y finalmente serán los gestores locales los que asuman la tarea de divulgación, conexión y dialogo de la región formada con el conjunto nacional.
d)Ampliación de estudios culturales.
A las anteriores estrategias sumo en mis recuerdos la creación de una especialización en Gerencia y Gestión Cultural en Pereira como fruto de un Convenio académico entre la Universidad Tecnológica y la Universidad del Rosario que vigorizó las diversas agendas que hoy y gracias a estos estudios, mueven buena parte la acción cultural de la región.
La convergencia Literatura e Historia, producen en el proceso creativo la misma reflexión a lo sucedido en el campo investigativo. La alerta a interrogarse el mundo, las preguntas que nos asaltan, el sobresalto que empuja la investigación o la creación, NO es una respuesta lo que busca, sino la hondura de su significancia.
Vale la pena analizar, aparejado a las anteriores reflexiones sobre literatura y región, los nuevos caminos que en materia de creación literaria y su consiguiente exigencia lectora implican los términos en que veíamos el mundo en la concepción estética escritural y que fueron utilizados en mega relatos de distinto orden o en mega construcciones lineales a semejanza de la verticalidad tradicional de la cultura occidental, cuyos patrones se impusieron e imponen aún, en la educación nuestra subcontinental, devenida toda de occidente, y que han resultado a presente, en relatos más reducidos que atienden a una lógica de más fácil consumo. Lo anterior, no habla de la falta de literatura profunda, robusta y detalladamente construida, sino que se para desde otra orilla, la del nuevo lector, permeado por su propia realidad histórica donde su interés requiere movimientos literarios ágiles; los mega relatos entonces ceden terreno a, si se me permite, estructuras escriturales y lectoras “eficientes” en términos de la nueva experiencia cultural inmersa en procesos de consumo vertiginosos. La presencia comprensible de estos nuevos caminos en la literatura colombiana, se convierten a su turno en una alerta transformadora en los conceptos de regionalización literaria.
Es la incertidumbre que atraviesa los conceptos fundamentales, lo que induce a algunos escritores o a quien aspira a serlo, a mirar con otros ojos, con miradas nuevas el mundo que nos rodea. Y es ahí donde se cruza ese inesperado deslizamiento de sentido. Son muchos los autores del presente que prefieren narradores niños y en materia de género mujeres, que trasmiten con mayor eficacia su asombro. Así lo vemos en novelas como “Juliana los mira”, de Evelio Rosero Diago, o en “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón” de Alba Lucia Ángel Marulanda, o en “Plaga” de Juliana Javierre o tantos otros narradores niños y niñas cuyos personajes son poderosos en la visión de sentido, crudeza, una percepción altamente sensible en el relato de situaciones que atienden a diferentes niveles de violencia tanto de la esfera privada como es la familia, como de lo público, cuando se trata de la violencia política.
Esa perspectiva narrativa que nace desde estas nuevas voces tiene relación especial con los ojos sometidos en los grandes relatos, a la prohibición patriarcal para que esos dos segmentos de la población no tengan voz ni voluntad de expresión. Las canciones de cuna igualmente son importantes como significación central, tomadas de occidente y desarrolladas en la cultura moralizante y aconductadora. Los nuevos escritos colombianos rompen el circuito de la obediencia ciega y prefieren enfrentarse a la educación tradicional, cuestionando y buscando nuevas relaciones.
Las novelas nombradas, entre otras, son efecto de la misma ruptura cultural. La violencia mil veces contada, cada vez busca nuevas focalizaciones discursivas. El argumento o sus diversas líneas ya no buscan únicamente evidenciar los actos de sevicia sino captar el sentido íntimo del dolor.
De suerte, que es desde el mundo exterior donde se produce un viraje a ahondar en lo íntimo, constituyendo como en “Gabriela infinita” la posibilidad de romper no solo los límites de la remisión a un personaje sino a la alternancia autoral en la creación del mismo. En dicha obre no hay autor sino múltiples autores en concordancia con los links utilizados.
A esta búsqueda de autonomía en el relato, a la pérdida de gravedad y unicidad autoral, súmase la búsqueda de la fruición del instante, mínimos momentos, ahondados e indagados para que esa finitud pueda contener el infinito. “La Realidad es Absolutamente Efímera” es una novela de mi autoría que, en consonancia con lo anterior, busca desaprender lo ya aprendido para referir la lectura de nuestro particular presente con una óptica distinta. La construí buscando que el lector cree su propio cúmulo de interrogantes. Antes de esta novela, había publicado “La ñata en su baúl” con un objeto narrativo que busca cuestionar la función del narrador y fundamentalmente abrir unos interrogantes en relación con la aprehensión de la realidad, que en esta novela se muestra huidiza y cambiante.
Es así como finalmente, en “Verdes sueños”, novela sobre el diciembre trágico de 1822, el relato se focaliza desde la necesidad de exaltar cómo, un suceso histórico, ficcionado a través de la literatura, da paso a la simbólica construcción de una ciudad. Los pilares narrativos al poner en coexistencia historia y creatividad, mediados en ocasiones por el humor, por la significancia conceptual, por la articulación de las vivencias íntimas, producen un enlazamiento de tal magnitud que solo puede verse reflejado en la manera en que se afronte o se niegue la realidad.
Es un privilegio dirigir a la Academia y sus distinguidos miembros, estas reflexiones. Me honra profundamente que desde esta casa de pensamiento puedan ser elemento de construcción, de discusión y de reflexión. Mi pulsión intelectual no encuentra un lugar mas desafiante e inspirador para retar mis propias ideas hasta ahora construidas, y que contribuyan a la natural evolución de las letras en nuestro país.
Al doctor Juan Carlos Vergara le expreso mi agradecimiento por recibirme desde su palabra intelectual llena de significación conceptual como pocas en Colombia. Gracias de nuevo por su hondura de pensamiento y por la acogida generosa que me brinda a nombre de la Academia Colombiana de la Lengua.
Gracias

