Por: José Luis Chaves López
Mil ochocientos veintiocho. Han transcurrido nueve años desde la batalla del Puente de Boyacá, que decidió la liberación de la Nueva Granada del dominio español. Nueve años durante los cuales la única diferencia en la vida de los neogranadinos fue el cambio de amo o de dueño o de monarca.
Por lo que vamos a narrar, cualquiera de las opciones anteriores es válida.
El 27 de agosto de ese año, ingrato para el recuerdo y para el futuro de nuestro país, que en ese momento se llamaba la Gran Colombia, supuestamente recién liberado, Bolívar, tocado por su megalomanía y viendo “fantasmas” en todas partes y enemigos en todos sus cercanos, saltándose los presupuestos constitucionales establecidos en 1821, a través de lo que él llamó “Decreto Provisorio”, se declaró dictador.
Por eso dije que, después de la Batalla de Boyacá, los colombianos sólo cambiamos de dueño.
Para justificar su arbitraria decisión promete que el nuevo régimen traerá “mejores beneficios” para la nación. Y, para conseguir este “propósito” decide derogar la Constitución, establecida dos años después de la Batalla de Boyacá y colocar en su lugar su propia constitución, a la que llamó ampulosamente: “Constitución Bolivariana”. Estas razones que argumenta suenan conocidas, por eso sostengo que la historia puede repetirse.
La ansiada libertad y la pretendida autonomía granadina se diluía por el ansia de poder de una sola persona, autócrata y ni siquiera nacido en este país. Ese 27 de agosto, con gran despliegue militar y rodeado de sus lacayos, a quienes nombró ministros, y con el poder en la mano, que no en el corazón, comienza a hacer lo que place, menos gobernar para el pueblo y, menos aún, trayendo “mejores beneficios” para la gente.
Pero, como toda acción genera una reacción, esta no tardó en organizarse. Un grupo de jóvenes abogados, quienes estudiaron ´derecho´ para no hacer ´torcidos´, se alían para rechazar esta arbitrariedad y defender a la nación y el justo anhelo de libertad de sus habitantes. Se les unieron un grupo de universitarios, quienes entendieron que la universidad y la preparación académica son el bagaje que requieren las próximas generaciones para la transformación social y no el combustible del vandalismo. Se volvió imperioso derrocar al usurpador y violador de la Constitución y colocar como cabeza de gobierno al vicepresidente Francisco de Paula Santander.
Sin saber sobre la conspiración, pero temiendo que algo así sucediera, muy sagazmente, Bolívar, nombra a Santander como Ministro Plenipotenciario con sede en los Estados Unidos. Buscaba tenerlo bien lejos y alejarlo de Bogotá, pues quería evitar lo que presentía le iba a suceder.
La decisión de Bolívar de declararse dictador no tenía justificación constitucional, ni social, ni económica, ni estaba en riesgo la conseguida, a sangre y fuego, libertad del país. Con ello, sólo buscaba emular a su ídolo, Napoleón Bonaparte. Recordemos que Bolívar estuvo en París durante la coronación de Bonaparte y su sueño era ese: ser emperador. Para eso necesitaba tener pleno y total dominio y un único poder para mandar… el suyo.
Esto era lo que buscaban evitar los abogados y los universitarios a través de su alianza: que Bolívar gobernará sin someterse a ningún tipo de limitación, pues ser dictador le confería el poder de modificar y de promulgar leyes a voluntad, sin tener que someterse a ningún estamento de control (nuevamente la historia suena conocida y es necesario recordar que estoy recreando lo sucedido en 1828… aunque no parezca).
Este tipo de gobierno no podía permitirse, si se quería continuar siendo una nación libre y soberana. El grupo de conspiradores, “bajo la capa de reuniones científicas y liberales”, y con el nombre de “Sociedad filológica”, planearon derrocar a Bolívar. Se les unieron varios militares de alto rango y el plan se llevaría a cabo de tal manera que “no se derramaría sangre”.
Todo está previsto para ejecutarse el día 28 de septiembre, durante un baile que daba el Encargado de Negocios de México y al que estaban invitados Bolívar y sus ministros y varios de los que conformaban la ´Sociedad Filológica´. Sin embargo, unos acontecimientos no previstos alteran los planes originales. El 21 de septiembre, el coronel Pedro Carujo trató de asesinar a Bolívar durante su estancia en Soacha, pero el plan fue denunciado por Santander y se frustró el atentado. Cuatro días después, otro militar, el capitán Benedicto Triana, luego de estar bebiendo, se trabó en una discusión con los oficiales del Batallón Vargas y éste los amenazó con que recibirían “un castigo merecido”. El capitán fue arrestado.
Cuando los miembros de la Sociedad Filológica se enteran de este acontecimiento se ven en la necesidad de adelantar los planes, “para esta misma noche” (25 de septiembre). Se hacía necesario apoderarse de Bolívar y sus ministros “a como diera lugar” y así sucedió. Se reunieron en la casa de costumbre, se distribuyeron las armas y se organizaron las posiciones y a las 12 de la noche fue asaltado el “Palacio de Bolívar” (como siempre anheló ser emperador, a su lugar de residencia determinó llamarlo de esta manera). Se forzó la entrada, se tomó el lugar y se hacía necesario aprehender a Bolívar lo más pronto posible.
Pero, el estrépito lo despertó y, avisado por su edecán sobre lo que estaba sucediendo, tomó la decisión de salir de la casa y escapó por la ventana de su habitación que estaba en un segundo piso, mientras una mujer, espada en mano contenía a los conspiradores.
Lo que sucedió después es bien conocido. Bolívar se esconde en las casas de sus amigos en Bogotá mientras la insurrección es sofocada. Y, así se la pasó durante más de un año. Luego, hacia el 8 de mayo de 1830, siempre a hurtadillas, sale de la ciudad y por el río Magdalena se embarca hacia Cartagena. Su intención era volver a Europa. Durante su recorrido se entera de la muerte de su amigo Antonio José (4 de junio) y el impacto emocional lo afecta tan íntimamente y de tal forma que ya no podrá recuperarse. A duras penas llega a Santa Marta el 1 de diciembre y morirá 15 días después de tristeza y melancolía. Sin su amigo ya no tenía ninguna ilusión por vivir.
Sus sueños de poder, su ilusión de ser dictador y convertirse en monarca duraron un mes. La frustración por no haber logrado su propósito, aunada a la tristeza por la muerte de su amigo lo enfermaron a tal punto que ya no pudo recuperarse.
Si bien, el fin de su dictadura se inició con una conspiración, se terminó de fraguar al morir el determinador de tantos vejámenes, arbitrariedades y masacres. Los pastusos somos testigos de eso y sufrimos las consecuencias de su enfermiza megalomanía.
Un ciclo nefasto de la historia se cerró con Bolívar, anhelamos que la historia no se repita.

