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Por los aires.

Por: Camilo Eraso Las imponentes montañas andinas con sus abismos, sus ríos y los cultivos verdes de todos los colores eran testigos de las contiendas electorales de la región. Desde tiempos inmemorables los conservadores de Nariño mantuvieron la mayoría en los cuerpos colegiados. Los principios…

Columnista Invitado·24 de julio de 2023·15 minutos de lectura
Por los aires.

Por: Camilo Eraso

Las imponentes montañas andinas con sus abismos, sus ríos y los cultivos verdes de todos los colores eran testigos de las contiendas electorales de la región. Desde tiempos inmemorables los conservadores de Nariño mantuvieron la mayoría en los cuerpos colegiados. Los principios y valores de la gente, su forma de ser y pensar tradicionalista y su apego a los planteamientos de los jerarcas católicos habían sido los fundamentos de esta tendencia. Los liberales, después de luchar durante décadas, apenas habían logrado obtener, una pequeña participación en los escaños del Congreso.

Se acercaban las elecciones de 1962. Dos senadores, uno conservador y otro liberal, decidieron poner fin a su carrera política al terminar el período en curso. Múltiples candidatos se disputarían esas curules.

 Juan Muñoz, médico, de sesenta y cuatro años, senador conservador, decano de los congresistas locales, iba a dejar su curul después de veinticuatro años de ejercicio legislativo. Entre tanto el liberal Gonzalo Rojas, abogado y ganadero, de sesenta años, estaba a punto de cerrar su quinto período en el Congreso, con lo cual completaría los requisitos para recibir la pensión de jubilación.

Carlos Velasco, abogado, historiador y periodista, otro de los senadores conservadores, llevaba dieciséis años en la corporación; se convertiría, por el retiro de sus colegas mayores, en el congresista más antiguo del departamento. Aspiraba a la reelección para jubilarse en esa dignidad. Los otros senadores eran más jóvenes y, por tanto, les quedaba un largo trecho en la vida pública.

El Representante conservador Pepe Torres, abogado, miembro de una familia prestante, de cuarenta y cinco años, quien terminaba su segundo período  en la Cámara, se postuló para el Senado en busca de la curul que iba a dejar su copartidario. Abrió su sede de campaña en una casona antigua del centro de la ciudad, conformó un minúsculo equipo de trabajo y se reunió con su amigo, el médico Alberto Benavides, quien había sido su compañero de colegio y con quien compartía linderos en su finca.

Pepe, en su oficina,  le ofreció a Alberto la cabeza de la lista a la Cámara. Le explicó que lo había escogido por sus capacidades, su influencia sobre la gente y la confianza que le tenía, después de tantos años de trabajo juntos.

Alberto lo felicitó porque con el retiro de Muñoz quedaría como líder conservador en el departamento y le agradeció el ofrecimiento porque era un honor. Sin embargo, le expresó que toda la vida se había dedicado a la profesión y a su finca ganadera, frentes de trabajo a los que quería darle continuidad.

Pepe le pidió que lo pensara con calma porque esta era una oportunidad única. Agregó que desde el Congreso podría trabajar en beneficio de los servicios de salud para su región, y los fines de semana podría venir a visitar a la familia y a echarle una mirada a su ganadería, porque en el Congreso trabajaban de martes a jueves.

Ese mismo día, Pepe dialogó con su esposa para pedirle que hablara con la señora de Alberto con el fin de convencerlo de aceptar la propuesta. Le expresó que para él era fundamental contar con Alberto, porque encarnaba al coequipero ideal para su proyecto.

Alberto, en reunión con su familia, escuchó sus opiniones sobre la propuesta con el fin de tener mejores bases para tomar una decisión. Su hija y su hijo, por esos días estudiantes universitarios, le expresaron que no les gustaría que entrara a formar parte de un grupo con mala imagen ante la ciudadanía; preferían seguir viéndolo como un cardiólogo reconocido y un ganadero cercano a los campesinos. En cambio su esposa manifestó que era una oportunidad de servir a la comunidad, porque desde el Congreso podría mejorar la calidad de los servicios de salud y el apoyo al sector ganadero.

Una semana después, presionado por la cantaleta de su esposa y las repetidas llamadas de Pepe, Alberto decidió aceptar el ofrecimiento e incursionar en el mundo de la política.

En la primera reunión con Alberto, Pepe lo presentó ante el asistente y la secretaria. Luego, le comentó sobre la necesidad de buscar dinero porque el proyecto requería gastos elevados. De inmediato le preguntó si veía posible conseguir algún dinero con su gente. Alberto se comprometió a hablar con los ganaderos de la Federación y con los representantes de algunas entidades privadas de salud. Para finalizar, Alberto advirtió que la cantidad que podría conseguir no sería significativa, porque sus contactos pertenecían a empresas pequeñas.

Pepe complementó el tema diciendo que iba a conversar con sus amigos en varios municipios y con empresas de Pasto; según él, estaba seguro de conseguir el apoyo de varios contratistas y lo reforzó colocando su pulgar hacia arriba.

Después de analizar la trayectoria de varias personas opcionadas, conformaron sus listas para las dos corporaciones. La inclusión de candidatos, los primeros importantes y los otros de relleno, buscaban tener un equipo fuerte y conseguir la colaboración de todos tanto con trabajo como con dinero. Según sus planes, obtendrían escaños para dos senadores y tres representantes. Su meta consistía en incrementar un asiento en cada cámara. La competencia estaba dura por la cantidad de grupos que aspiraban a los puestos en juego.

Durante su niñez, Anselmo Segovia, jugaba con sus amigos en las calles polvorientas de un barrio periférico. Estudió en un colegio público; luego, por falta de recursos, tuvo que trabajar como mensajero durante el día para estudiar en la noche. Al final se graduó como técnico de contabilidad en un instituto de comercio. En el desempeño del trabajo como auxiliar contable, conoció a un concejal quien le sembró la semilla de la política al invitarlo a participar en su equipo. Se sintió a gusto a tal punto que en poco tiempo entró al Concejo. Por su oratoria persuasiva combinada con su olfato político, llegó a la Asamblea en donde también se destacó. Unos años más tarde, después de un par de intentos fallidos, consiguió una curul en la Cámara. Era un líder regional  reconocido, además, fue Gobernador durante un mandato presidencial de su partido.

En su empeño por llegar al Senado, Anselmo  necesitaba un compañero fuerte para la campaña. Juntos deberían conseguir  los recursos y la movilización de electores. Escogió al empresario Lucas Pérez, quien además de ser conocido por la gente a través de sus compañías, podía aportar recursos.

Anselmo invitó a Lucas a tomar un café en su oficina con el fin de hacerle la propuesta y lograr que la acepte. Le explicó que en estas elecciones iba a lanzarse, por primera vez al Senado. Le expresó que quería que él fuera la cabeza de su lista para la Cámara porque estaba convencido de sus capacidades y de que conformarían un sólido equipo tanto en la campaña como en el trabajo legislativo.

Lucas respondió que le agradecía por haber pensado en él, pero comentó que estaba dedicado de tiempo completo a sus negocios y descuidarlos implicaría un alto riesgo de llevarlos a la bancarrota. Explicó que había cometido el error de no formar que se encargaran de las empresas en sus ausencias, situación con graves implicaciones para sus finanzas.

Entre los negocios del empresario estaban la fabricación de muebles, la confección y venta de ropa para hombre, la comercialización de alimentos, importaciones y exportaciones e inversiones en medios de comunicación. Su preocupación era genuina, porque él era quien definía los derroteros y resolvía las situaciones imprevistas.

Anselmo retomó la palabra para darle argumentos adicionales a favor de la aceptación. Le explicó que en Bogotá trabajaban de martes a jueves y por tanto podría disponer de tiempo suficiente para mantener el control de tus compañías. Además podría hacer uso de las facilidades de comunicaciones del Congreso para estar al tanto de los imprevistos y dar instrucciones.

Lucas permaneció unos minutos en silencio, con su vista mirando la cima del volcán. Luego, fijó sus ojos en los de Anselmo y le dijo con entusiasmo que en esas condiciones aceptaba el ofrecimiento. Con un estrecho abrazo, sellaron la alianza.

Aprovechando la euforia del momento, Anselmo comentó que se proponía lograr que el liberalismo se convirtiera en el partido mayoritario en el departamento. Para lograrlo deberían desarrollar una campaña intensa, tanto en actividades como en dinero.

Con ese comentario, Lucas se dio por aludido; comentó que él podía colaborar con algunos recursos propios, más los aportes que sus distribuidores consiguieran en los pueblos y donaciones que solicitaría a sus socios.

Mientras tanto, en el grupo conservador, una vez que la dupla quedó conformada, de forma rápida se pusieron al frente del retador proyecto. Durante las semanas siguientes los candidatos Torres y Benavides, con sus equipos, prepararon los programas y elaboraron vallas, pancartas y material impreso. En medio de las sesiones de trabajo, los colaboradores dejaban claras sus aspiraciones personales; para mantener el apoyo, al mejor estilo de la política clientelista, los jefes se comprometían a satisfacerlas.

Con el material y el plan de trabajo listos, empezaron una carrera de largo aliento, con jornadas extenuantes, visitando los barrios de la capital departamental y los más de cincuenta municipios de Nariño; en cada sitio hacían promesas a los electores, llevaban obsequios a las juntas de acción comunal, a las escuelas y a los puestos de salud; se subían a una tribuna para echar discursos veintejulieros que entusiasmaran a los potenciales votantes, repartían abrazos a las madres y besos a los niños; era la forma de congraciarse con el pueblo. Para maximizar el cubrimiento se dividieron en dos grupos; uno encabezado por Torres y otro por Benavides. Se desplazaron en dos viejos jeep Willys, con carpa negra, aptos para desafiar las carreteras destapadas o las trochas veredales. En un día largo, de catorce a dieciséis horas, recorrían un municipio grande o dos pequeños, porque los brincos de las llantas sobre las piedras y el barro de las vías les reducían las horas de cara a los electores. Si la correría continuaba, dormían en un pueblo, para visitar, al día siguiente,  a una localidad vecina. Aprovechaban esa noche para reunirse con los gamonales y animarlos con licores, conversaciones amenas y chistes; estas veladas producían mejores resultados que las arengas en la plaza pública. Algunas noches se sentían agotados, porque durante el día habían tenido que cabalgar hacia las veredas más lejanas, a las cuales los jeeps no podían llegar. En definitiva hicieron un derroche sin igual de energía en el que se jugaban hasta la última carta.

El lunes posterior a su primera visita a los pueblos, Pepe Torres, manoteando y con la cara enrojecida les compartió una gran sorpresa. ¡Con  esa competencia va a ser muy difícil salir airosos! ─Imagínense que mientras nosotros llegábamos a Cumbal cubiertos de polvo hasta la coronilla, con dolor de espalda y riñones, Anselmo Segovia, impecable y bien peinado, arribó al mismo pueblo en helicóptero. Para completar el cuadro, llevó un  televisor gigante para la escuela y un equipo de oxígeno para el puesto de salud. En cambio, nosotros entregábamos cuadernos o jeringas. No sé qué vamos a hacer─ concluyó, colocando la cabeza entre sus manos.

Alberto Benavides se puso de pie para relatar su experiencia. ─Nos pasó algo similar en Ricaurte a donde llegó Lucas Pérez, también en helicóptero, con regalos similares. Mientras nosotros, rompiéndonos la espalda, vamos a un solo municipio, ellos visitan cuatro o hasta más pueblos en el mismo día y los compran con regalos costosos. Nos van a ganar con sus correrías por los aires ─concluyó Benavides con el ceño arrugado.

Pepe, todavía enfurecido, comentó que no entendía de dónde sacaban tanta plata para pagar los vuelos y llevar esa clase de obsequios. ─Deberíamos investigar ─refunfuñó Pepe con las manos crispadas.

Por su lado, el senador Velasco, con su viejo campero Toyota y un grupo reducido de acompañantes, visitaba algunos municipios de forma modesta porque no consiguió patrocinadores e invirtió de sus propios recursos para buscar la reelección. Su sede se reducía a una pequeña oficina acondicionada en el garaje de una vieja casona. Velasco confiaba en mantener su curul soportado por la trayectoria, la imagen y la perseverancia de sus seguidores.

La campaña continuó desarrollándose en condiciones similares. Un domingo, en San Pablo, pueblo cercano al departamento del Cauca, el jeep de Benavides sufrió una avería grave, justo cuando iban a iniciar el regreso. A esa hora el único bus de escalera que viajaba hacia la capital ya había partido.

El grupo de Benavides buscó otras alternativas de transporte. En ese alejado pueblo no había taxis, ningún vehículo particular se comprometió a llevarlos, el pequeño taller en donde habían examinado el carro no tenía los repuestos para arreglarlo y el candidato tenía que volver porque el día siguiente, a primera hora, se reuniría con el director del partido, quien venía de Bogotá.

El candidato Pérez, quien por coincidencia se encontraba en la misma población,  enterado de la situación, buscó a su contendor y le ofreció asiento en uno de sus vehículos para que llegara a su cita. Benavides aceptó la ayuda de su contrincante. Le dijo que apreciaba sobre manera que a pesar de la contienda del momento, en el fondo eran amigos y compañeros de lucha.

Al finalizar la campaña, los conservadores quedaron tan maltrechos como sus viejos camperos, con la moral por el piso. Sus competifortes lucían rozagantes y optimistas. Para la noche del domingo de votaciones, los liberales organizaron una reunión en el Hotel Pacífico con el fin de celebrar el triunfo. Contrataron a la Ronda Lírica y se aprovisionaron de aguardiente Galeras. El grupo de Torres y Benavides, al igual que miembros de otras listas conservadoras, organizaron modestas reuniones en sus sedes. El senador Benavides esperó los resultados, rodeado de sus más cercanos colaboradores, en la sala de su casa.

A las cinco de la tarde, al finalizar la jornada electoral, cada grupo puso testigos en los puestos de votación para verificar los escrutinios y enviar los datos del cierre de las mesas a su sede. En las oficinas cotejaban los datos de sus testigos con las cifras de los informes de la Registraduría. En los primeros reportes oficiales se percibía un cabeza a cabeza entre los dos partidos, liberal y conservador; sin embargo, a medida que avanzaba la noche y las emisoras locales divulgaban datos oficiales, los liberales tomaron la delantera, incluso comparando los votos de su lista única con la suma de todas las listas conservadores. Los resultados, promulgados por las autoridades hacia las nueve de la noche, con el noventa y cinco por ciento de los votos escrutados, mostraron que por primera vez los liberales constituían la mayoría en el departamento. De las cuatro curules para el Senado, tres quedaban en cabeza de los liberales. Torres logró su asiento en el Senado por un pequeño margen y su coequipero Benavides perdió tiempo, esfuerzo y el dinero por el cual había hipotecado su casa.

Con esos guarismos, la alegría y los abrazos de felicitación llenaron el salón del hotel, los músicos entonaron el sanjuanito La Guaneña, el himno del folclor pastuso. La gerente del hotel obsequió empanadas de añejo con ají de maní para acompañar los brindis del triunfo.

Segovia y Pérez consiguieron su objetivo, mientras que un buen número de los candidatos conservadores se quemaron. Para varios de ellos, la derrota implicaba su retiro de la vida política, algunos a pocos meses de obtener su jubilación. La ciudadanía se sorprendió con el vuelco político, difícil de aceptar ante tan arraigada tradición en el departamento.

La carrera política de Segovia, el ganador en la contienda electoral, había avanzado con paso lento pero seguro. Su inteligencia, facilidad de expresión, voz de tribuno, carisma y cercanía con la gente fueron las columnas sobre las cuales construyó, escalón por escalón, su derrotero. Ahora había logrado su sueño de ocupar un puesto en el Senado.

Los rumores sobre el origen del dinero de los ganadores se regaron con facilidad. La gente decía que los triunfadores en esta elección tenían nexos con actividades de contrabando, exportaciones ficticias y algunos llegaron a sembrar sospechas sobre cierta vinculación con lavado de dinero.

Ante las presiones del partido conservador, las autoridades abrieron investigaciones de oficio contra los congresistas liberales. En ellas condujeron indagaciones, recogieron testimonios,  realizaron allanamientos en las oficinas de los investigados y en las empresas del representante Pérez. Al finalizar las pesquisas no encontraron pruebas de negocios turbios o actividades ilícitas.

En el ejercicio de sus nuevos cargos, Segovia y Pérez utilizaron auxilios parlamentarios para devolver favores a aquellos gamonales que movieron las masas y consiguieron votos decisorios. Con su influencia favorecieron a quienes invirtieron en sus campañas; pronto, organismos del estado les concedieron contratos a los financiadores, y sus más directos colaboradores eran nombrados en cargos departamentales y municipales para que recuperaran, −¡y con creces!−, tanto el tiempo como el dinero que invirtieron en el proceso.

Entretanto, los parlamentarios derrotados pidieron ayuda a sus amigos de la capital para conseguir algún cargo, con el fin de completar las semanas que les hacían falta para pensionarse. El doctor Carlos Velasco fue uno de los perdedores en su objetivo de lograr el último período antes del retiro. La derrota que implicaba no alcanzar una jubilación como congresista, le produjeron una profunda depresión de la cual no pudo recuperarse, a pesar de los tratamientos siquiátricos y repetidas hospitalizaciones. Pocos años más tarde, desilusionado, aquejado de párkinson, abandonado por quienes fueron sus seguidores y se llamaban sus amigos, dejó este mundo cobijado, tan solo, por el calor de su familia.

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