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Persistencia del Realismo en Pasto

Por: Eduardo Zúñiga Erazo El realismo de Pasto en el siglo XIX Han pasado, más de doscientos años, desde aquel aciago día en que el cabildo de Pasto, con fe inquebrantable, juró defender al rey y la sagrada religión hasta derramar, de ser necesario, la última gota de su sangre. Y lo cumplió apoya…

Columnista Invitado·5 de diciembre de 2024·27 minutos de lectura
Persistencia del Realismo en Pasto

Por: Eduardo Zúñiga Erazo

El realismo de Pasto en el siglo XIX 

Han pasado, más de doscientos años, desde aquel aciago día en que el cabildo de Pasto, con fe inquebrantable, juró defender al rey y la sagrada religión hasta derramar, de ser necesario, la última gota de su sangre. Y lo cumplió apoyado en la fe, bajo el amparo de Dios y el nudo de los Pastos que, con sus imponentes montañas, abismos profundos y caudalosos ríos, se convirtió en aliado esencial para combatir a los patriotas que venían a subvertir el orden social de castas, de privilegios y opresiones. Sin embargo, la abrupta geografía, que sirvió para la defensa militar como barrera invencible, también fue barrera para el progreso material, social y cultural de la ciudad.

El 16 de agosto de 1809, cuando los vientos arreciaban en las calles de la ciudad, los ediles fueron convocados a sesión para atender, como pensaban, asuntos concernientes a la defensa de las dos majestades, Dios y el rey. En la sede empezó el ritual: cada cabildante de rodillas, recibía el pergamino, aún enrollado, lo ponía sobre su cabeza en señal de acatamiento y lo hacía circular. El protocolo tenía un significado claro: obedecer sin reparos, las órdenes de Su Majestad. Al comenzar la lectura los ediles se miraban unos a otros, horrorizados, según anotó el escribano en el acta. No era para menos. Se trataba de una invitación de la Junta Patriótica de Quito, constituida el 10 de agosto en cuyo texto planteaba postulados contrarios a su fe, como la soberanía del pueblo que, de acuerdo a su concepción, era un pensamiento sacrílego por cuanto, según su credo, el único soberano, por la gracia de Dios, era el rey. Su rechazo, por tanto, fue contundente.

Por acción de don Manuel Zambrano, enviado por la junta de Quito para instruir a los pobladores sobre el verdadero significado de la revolución, empezó a ganar adeptos. Enterado el cabildo, “para evitar el contagio,” convocó al pueblo por medio de bando, para demostrar “a las gentes rudas de los pueblos,” elaboró una proclama en la cual se puede ver, con claridad, cual era, en su esencia, el pensamiento del cabildo y, en general de la población. Para que nadie se quede sin enterarse, del contenido irreligioso del documento llegado de Quito y el sacrilegio cometido al conformar una junta que desconocía la soberanía del rey y proclamaba la soberanía del pueblo, convocó, por medio de bando, para el 29 de agosto, día que se leería la proclama y para demostrar “la perfidia y la tiranía” que encerraba el concepto de soberanía popular, concepto que, de entrada, calificó de “proposición escandalosa contra los preceptos de Dios y del Estado. La soberanía jamás recae en los pueblos y mucho menos en sólo el de Quito. Estos son sentimientos de regicidio sacrílego y asombroso,” -enfatizó-.

¿Cuál era la razón por la cual el cabildo y toda la población estaban dispuestos a derramar la última gota de su sangre por el rey? ¿Por qué el cabildo respondió a la junta patriótica de Quito que la soberanía jamás recae en los pueblos? ¿Por qué aseguró que ese era un sentimiento de regicidio sacrílego y asombroso?  ¿Por qué le preguntó -a la junta- si se tiene comisión de Dios para constituir al pueblo de en soberano? La respuesta no da lugar a controversias: Pasto, enclaustrada en el lomo de los Andes, como un castillo inexpugnable, vivía aislada por la agreste morfología del paisaje, falta de caminos adecuados y puentes para cruzar abismos, especialmente de los ríos Guáitara al sur y Juanambú al norte. Para pasarlos había que utilizar tarabitas que causaban escalofríos, según se desprende de las descripciones hechas por Dionisio Alcedo, presidente de la Real Audiencia de Quito y Cordovez Moure, el cronista e historiador, respectivamente. Por estas circunstancias y las enormes dificultades para salir al mar, Pasto vivía alejada de las innovaciones sociales y de las modernas teorías surgidas del Humanismo y la Ilustración.

A los tropiezos anteriores, se sumaba otro no menos grave: el cerco impuesto por España para que en su territorio y en sus colonias no se difundieran teorías que socavaran su estructura feudal. Tan celoso era el gobierno español, que Carlos III, en 1767, expulsó a la Compañía de Jesús por haberse atrevido a sugerir que el rey debía gobernar mediante un pacto establecido con el pueblo y que los pueblos tenían derecho a la resistencia frente a los tiranos, como lo señalaron los jesuitas Suárez, Molina y Juan de Mariana.  Para hacer más dura la medida contra la Compañía, le expropió sus bienes, incluidas las bibliotecas.

Por estas dificultades, a la ciudad no llegaron libros de pensadores de la Ilustración, como Descartes, Montesquieu o Rousseau; ni siquiera artículos de periódicos que informaran de la independencia de los Estados Unidos y menos del contenido de su Constitución, que establece el derecho a la insurrección de los pueblos sometidos a gobiernos tiránicos, en defensa de sus derechos a la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad y la igualdad política. Tampoco se conocieron los Derechos del Hombre, aprobados por la Asamblea Nacional Constituyente, en el marco de la Revolución francesa, en los que se establece que “Los hombres nacen y permanecen libres, e iguales en derechos y que las distinciones sociales no pueden formarse sino sobre la utilidad común.” Y algo importante: que la “Soberanía reside esencialmente en la nación y que ningún cuerpo, ningún individuo puede exceder autoridad que no emane expresamente de ella.”

José Rafael Sañudo y Sergio Elías Ortiz que estudiaron a través de los testamentos los libros existentes en las estanterías de las familias más importantes son en un noventa por ciento religiosos. El único libro revolucionario, sobre todo en el campo de la literatura, fue el Quijote de la mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.

Un personaje que abrió los ojos de los patriotas y les hizo ver las riquezas del continente fue Alexander von Humboldt, quien, además, exaltó la belleza del Continente, de las culturas prehispánicas y la inteligencia de los indígenas; él condenaba el sistema colonial y el esclavismo. El sabio alemán estuvo en Pasto a finales de 1801. En su diario anotó: “Del Alto de Aranda, donde se sale del bosque, se puede apreciar un espectáculo divino. Se ve un precipicio en una ancha planicie verde, en cuyo centro emerge graciosamente la ciudad de Pasto con sus muchos monasterios (…). En su corta permanencia estudió el Galeras. Intentó subir hasta el cráter, pero le fue imposible por el mal tiempo. Salió el 22 de diciembre “porque se nos dio a entender que debíamos irnos, porque las comodidades con que se nos atendía producían gastos demasiado elevados.”

Pasto, en el siglo XIX, en víspera de la revolución de independencia, continuaba atada a la ideología impuesta por España desde la conquista y afianzada durante el periodo colonial por una legión de doctrineros y el cabildo. Sus habitantes eran fieles a la doctrina según la cual Dios, por intermedio del Papa, le había otorgado el poder soberano al monarca y que, por esta razón, se le debía obediencia y fidelidad.

A esta filosofía medieval se agregaba la necesidad perentoria de ganar la gloria eterna acatando los cánones de la Iglesia, temiendo a Dios, obedeciendo al rey y a las autoridades constituidas. El cabildo, a su vez, se encargaba de controlar las desviaciones religiosas y de orientar la moral pública. Para esto, año tras año, expedía una especie de régimen de policía, denominado auto de buen gobierno, en el que se establecía, entre otras cosas, la obligación de arrodillarse cuando el sacerdote pasaba por la calle portando el Santísimo para dar la extremaunción a un moribundo, o cuando sonaban las campanas anunciando el ángelus; se enumeraban las misas que se debían oír en la semana y las oraciones que, cada día, se debían rezar. Para evitar pecados de la carne que se pudieran cometer al amparo de las sombras, prohibía salir a la calle después de las nueve de la noche y, cuando era necesario poner freno a las mujeres que usaran vestidos que no fuesen recatados, se les vetaba tales modas y las que no cumplieran con la norma establecida, corrían el riego de ser desvestidas en la calle. A los amancebados se les ordenaba salir de la ciudad en el término de tres días.

Los pastusos, armados de esta ideología, para ellos justa y verdadera, enfrentaron a los patriotas usando la religión como arma política: la élite, apoyada por el clero, acusó a los patriotas de ser enemigos de la religión. Nada más ajeno a la realidad. Por ser la lucha independentista un asunto político, los religiosos no tuvieron una posición unánime con respecto a la guerra de Independencia; un alto número de obispos y clérigos “de misa y olla” apoyaron la causa patriota, mientras otro, igualmente numeroso, estaba a favor de la causa realista. Mientras el obispo de Quito Cuero y Caicedo, hacía parte de la junta patriótica de Quito, El obispo de Popayán, Salvador Jiménez, exiliado en Pasto, exhortaba a la población en estos términos: “Son herejes y cismáticos detestables, los que pretenden la independencia de España; así los que defienden la causa del rey, combaten por la religión, y si mueren vuelan en derechura al cielo.”[1]

El historiador Gerardo León Guerrero ha introducido un nuevo elemento para el análisis del realismo pastuso: el honor, privilegio propio de la nobleza sin mancha de sangre. Dice él: “el honor inducía a la fidelidad y al servilismo; apartarse de las conductas propias de un hombre de honor, equivalía a la deshonra y causaba rechazo entre sus pares. Al honor se unía el sentimiento de pertenencia a España. Según su modo de pensar, la metrópoli y las colonias conformaban un todo indivisible y, en tal virtud, los feudalistas de América, entre ellos los pastusos, podían sentirse tan españoles como los nacidos en la Península y, en tal virtud, era obligación luchar por mantener la unidad con la Madre patria, la patria de los mayores.

Los pueblos, al igual que los hombres, son fruto de circunstancias entretejidas socialmente a través del tiempo y trasmitidas de generación en generación, al calor del hogar, la escuela, el trabajo, las celebraciones rituales, el templo, es decir, de la vida llevada en común. De esta herencia cultural, de este ethos, emerge un sentimiento colectivo, una forma específica de sentir, amar, sufrir y ver el mundo. De ahí la importancia de interpretar el espíritu de la época, el clima de la cultura, el conjunto de elementos que dan forma a la dinámica social; puesto que son ellos el punto de partida para intentar explicar respuestas sociales, colectivas, frente a eventos extraordinarios que, desde afuera, amenazan con destruir el andamiaje que da sentido a la existencia de un pueblo, de una comunidad.

¿Quiénes eran los reyes a los que Pasto defendía con tanto ardor?

Georges Desdevises du Dézert, al comenzar el siglo XX, escribió: «España ha sido infortunada con sus reyes (…). Sólo uno, Carlos III, se mostró a la altura de su misión. Los otros no han sido sino más que individuos de la peor mediocridad».[2] En efecto, el primer hijo de Carlos III fue Felipe Antonio, quien debía reinar después de la muerte de su padre; sin embargo, ascendió al trono su segundo hijo, con el nombre de Carlos IV. La razón la dio el mismo padre: por «la imbecilidad notoria de mi hijo mayor».[3] Carlos IV, tampoco era un hombre de muchas luces, al contrario, era retraído, de escaso entendimiento, débil, incapaz de gobernar, menos en una situación como la que vivía Europa en ese momento (1788- 1808).

El hijo Carlos IV, Fernando VII, es también un caso de imposible defensa». El sacerdote García Blanco lo describió como «un bípedo de gran potencia, atronado y atrevido (…) grande sólo de cuerpo y de facultades corporales; en todo lo demás y en pensamientos, escaso; muy vulgar al expresarse y proceder».[4] Fernando VII. En 1808 derrocó del trono a su padre, tanto por su incapacidad como por la vergüenza que le producía la conducta de su madre, María Luisa de Borbón y Parma quien, pese a su escasísima gracia, era de un voraz apetito sexual. Según Antonio Calvo Maturana, autor de La vida de Carlos IV: 1788-1808, la reina Luisa tuvo trece partos y aproximadamente diez abortos. Según su propia declaración, todos fueron de diferente padre. Su amante de mayor renombre fue Manuel Godoy quien, por los favores dispensados a la reina, de guardaespaldas del rey llegó a primer ministro.

El derrocado rey, para recuperar el trono acudió suplicante ante Napoleón. Lo mismo hizo el amante de la reina quien, de tiempo atrás, tenía negocios con Bonaparte, entre ellos la firma del Tratado de Fontainebleau (octubre de 1807), que obligó al rey Carlos IV a declarar la guerra a Portugal, en donde reinaban su hija Carlota Joaquina y su yerno el príncipe Juan de Braganza. «¡Ay, qué desgracia es ser rey y verse obligado a hacer la guerra contra la propia hija!», se lamentaría el monarca.[5] Según este tratado, las “tropas galas atravesarían España para invadir Portugal. La nación lusa quedaría dividida en tres zonas, una de ellas (Alentejo) y el reino de los Algarves, eran para Manuel Godoy quien ostentaría el título de príncipe de los Algarves. Godoy pretendía, además, recuperar la inmensa fortuna que le había sido incautada.

Fernando VII, para no caer en desgracia se humilló, en diversas circunstancias, ante Napoleón Bonaparte y llegó al colmo de pedirle que lo adopte como hijo y elija una novia de su familia para unir sus imperios. Sin la menor consideración para con su pueblo, lo felicitó por los triunfos del ejército francés en España. Napoleón, por estas bajezas, lo trato siempre como a un paria.

Los procederes de padre e hijo no podían ser más vergonzosos: Carlos IV cedió la corona a Napoleón por treinta millones de reales al año, y el palacio de Chambord, con sus correspondientes cotos, bosques y haciendas. Además, en caso de fallecimiento, la exreina María Luisa quedaba con una pensión de ocho millones de reales.[6] Por su parte, Fernando vendió sus derechos dinásticos por una pensión de 400.000 francos anuales más «una renta de 600.000 francos, para gozar de ella mientras viviere». También se quedó con haciendas de Navarra y tratamiento de Alteza Real.[7]

Después de estas negociaciones José Bonaparte -hermano del Emperador- fue coronado como el nuevo rey de España, convirtiendo a América, desde Texas hasta la Tierra del Fuego, en un engranaje del imperio napoleónico.[8] Ante semejantes tropelías de Napoleón, el indignado pueblo español no tuvo otra alternativa que proclamar a Fernando VII como rey legítimo, con una condición: que acepte la Constitución de Cádiz de 1812 en la que se estableció que el rey no es soberano, que está sometido a la Constitución y debe jurarla; que la soberanía reside en la Nación; el Poder Legislativo está en manos de un parlamento unicameral, elegido por los ciudadanos con independencia de las Cortes. El Poder Ejecutivo lo ejerce el rey y dispone de las fuerzas armadas para cumplir funciones de orden público y seguridad del Estado. A él le corresponde desarrollar las leyes aprobadas. El rey aceptó y, como era de esperarse, incumplió su palabra; razón tenían los españoles de tildarlo como Rey Felón.

El realismo de Pasto en el siglo XXI 

 

Que el Pasto del siglo XIX hubiese asumido la defensa del rey y atacado con ferocidad a los patriotas, es apenas entendible, las circunstancias no daban para otra cosa; pero hoy, cuando la sociedad ha cambiado, cuando sus habitantes no son los fanáticos de antaño y, en tiempo real, están al tanto de lo que sucede en el mundo y la ciudad se proyecta con perfiles modernos, resulta anacrónico levantar banderas en contra de Simón Bolívar, el Libertador, y de Antonio Nariño, el Precursor, héroes que sacrificaron todo para hacer un país libre, sin ataduras coloniales. Asumir la vieja postura de odio a los patriotas es regresar al Pasto del siglo XIX, época de ingrata recordación, entre otras de las tantas razones, por los calificativos desobligantes con los cuales fueron señalados sus habitantes por haberse opuesto a la independencia y defender al rey. Ahora Pasto es una ciudad moderna y rebelde, que ha protestado, en más de una ocasión, contra los malos gobiernos y ha hecho valer su voto de opinión en los comicios presidenciales de los últimos años.

Ensañarse contra Bolívar quien empuñó las armas contra el sistema colonial y atacó la corrupción y la mezquindad del poder, que era mal común entre sus generales, equivale a mirar el pasado con el rencor de antaño a los patriotas. Si los acontecimientos se miran con la serenidad de espíritu, como recomienda Emiliano Díaz del Castillo, puede intuirse que, si Benito Boves y Agustín Agualongo no levantan armas contra la república, Pasto no hubiese padecido la Navidad negra ni sufrido tantas vejaciones. Sergio Elías Ortiz califica a Benito Boves como “el incitador de esta locura,” una locura que condujo a la exacerbación de la violencia, poniendo en entredicho el honor de la ciudad al quebrantar lo pactado en las capitulaciones, cuyo contenido estaba revestido del carácter más filantrópico, como lo reconoció el jefe político y militar español, Basilio García y el cabildo el 28 de mayo de 1822. La firma de las capitulaciones salvaba a Pasto de futuros derramamientos de sangre, en tanto que era útil para la República, por los beneficios que traía para continuar la guerra contra los realistas del Perú. Por eso, Bolívar no dudó en considerar la firma de las capitulaciones como “una obra extraordinariamente afortunada para nosotros” y por eso acordó que Pasto tendría los mismos privilegios que la capital, Santafé y sus habitantes, al igual que las autoridades establecidas, no sufrirían ningún menoscabo. En gesto de fraternidad, desde Berruecos, anunció a los pastusos: “Vosotros sois colombianos, y por consiguiente sois hermanos. Para beneficiaros, no solo seré vuestro hermano sino también vuestro padre.” Y, en proclama del 9 de junio, añadió: “Nuestras leyes benéficas, son el garante de vuestra libertad, seguridad y prosperidad: vosotros sois ciudadanos de Colombia. La guerra con sus desastres ha desaparecido para siempre.”

No puede olvidarse, ni negarse, que fue la ruptura de los compromisos pactados en las capitulaciones la que desató la ira de Bolívar y generó una violencia bélica y verbal, que pudo evitarse. Tampoco puede dejarse de lado la generosidad que el Libertador mostró frente a Pasto, como en su momento lo reconocieron las autoridades civiles, militares, el clero y la élite, y que ha sido resaltada por los historiadores probos de la región.

Las crueldades de la guerra

La guerra a muerte, declarada por los españoles y aplicada luego por Bolívar, dejó una enorme estela de sangre. El capellán del ejército realista calculó en cuatro mil, el número de víctimas ejecutadas por el despiadado José Ambrosio Llamozas; la sola cifra causa terror. Tomás Morales, cuando entró a Aragua, masacró 3000 habitantes, incluidos los refugiados en la iglesia. Cuando Tomás Boves entró a Cumaná en octubre de 1814, ordenó a la tropa que mate cuantos hombres encuentre: entraban a caballo a la iglesia parroquial buscando a los que a ella se habían refugiado. Yendo de casa en casa, dieron muerte a más de quinientos patriotas. Magdalena Sucre, hermana de José Antonio, de sólo catorce años, para evitar ser mancillada, se arrojó del balcón a la calle. Su hermano, Vicente, enfermo en el hospital, fue brutalmente degollado en la cama.” Pese a este hecho, Sucre jamás actuó con ánimo de venganza, al contrario, siempre procedió de manera generosa con los vencidos. Él es ejemplo de resiliencia. Cuando Pablo Morillo sitió a Cartagena el número de muertos, por epidemias y hambruna, se calculan en 6000.

Ambos bandos cometieron actos de barbarie. Bolívar era un hombre amable [dice Andrea Wulff]; pero en la guerra se tornaba frío e implacable al momento de tomar decisiones. Vicente Campo Elías, un español al servicio de los republicanos, en el pueblo de Calabozo, hizo pasar a cuchillo a la cuarta parte de la población para castigarla por no haberse sublevado contra Boves.

En los conflictos armados las pasiones se exasperan, enceguecen el alma y dejan al descubierto las miserias humanas. Desde los tiempos más remotos se registran episodios de barbarie. Irene Vallejo, en El infinito en un junco, narra un pasaje de las conquistas de Alejandro Magno cuando entró a la franja de Palestina y Fenicia: “todas las ciudades se le rindieron sin ofrecer resistencia, salvo dos: Tiro y Gaza. Cuando cayeron, después de siete meses de asedio, el libertador (Alejandro Magno) les aplicó un castigo brutal. Los últimos supervivientes fueron crucificados a lo largo de la costa -una hilera de dos mil cuerpos agonizando junto al mar-. Vendieron como esclavos a los niños y las mujeres. Alejandro ordenó atar al gobernador de la torturada Gaza a un carro y arrastrarlo hasta morir, igual que el cuerpo de Héctor en la Ilíada.”

Cada castigo esconde una lógica. Bolívar procedió de acuerdo a las normas de la guerra: castigó a Pasto porque consideró que al desconocer las capitulaciones estaba cometiendo un acto de traición. Le dolía que no se hubiese reconocido ni estimado la generosidad con la cual trató a la ciudad. “Por tanto, dice O’leary, resolvió hacerles sentir la enormidad del crimen con la severidad del castigo.”

Si los acontecimientos se miran con la serenidad de espíritu, como recomienda el doctor Emiliano Díaz del Castillo, puede intuirse que, si Benito Boves y Agustín Agualongo no levantan armas contra la república, Pasto no hubiese padecido la Navidad negra, ni sufrido tantas vejaciones. La firma de las capitulaciones salvaba a Pasto de futuros derramamientos de sangre, en tanto que era útil para defender la independencia americana puesta en vilo por los realistas del Perú. El Libertador, fiel al pensamiento de Humboldt, consideraba que el colonialismo era como la gangrena, si no se corta el órgano infectado, ataca todo el organismo.

Que los pastusos del siglo XIX, hubiesen asumido con fervor la defensa del rey y el sistema colonial, es entendible. Actuaban convencidos, por razones de fe. Pero el Pasto de ese entonces ya no existe. El pensamiento dogmático empezó a quedar atrás a través de un proceso modernizador lento, pero firme. Al comenzar el siglo XX, cuando Fortunato Pereira Gamba, comentó a su amigo Rufino Gutiérrez, que venía a Pasto a fundar la facultad de ingeniería, le dijo: “Los pastusos, desaforados, pueden quemarte en la plaza del pueblo; allí vas a encontrar gentes arrodilladas casi todo el día en calles y plazas al toque de campana y sentirás el aura religiosa formando un ambiente de incienso perfumado.”[9] Esa era la imagen del pastuso que el país tenía en aquellos tiempos.

El pensamiento moderno se inició con la fundación de la Universidad de Nariño en 1904. La enseñanza de la ciencia, enemiga del dogmatismo y la metafísica, empezó a remover la cultura apoltronada durante siglos. A la par, nuevos elementos penetraban por intersticios insospechados: se abrió el salón de té La Marsella en 1910, cuando las actividades sociales, fuera del hogar eran inexistentes;[10] se inauguró el primer hotel, el Central, de fina cubertería, vajilla francesa y nuevos aromas y sabores. En 1910, al cumplirse el centenario de la Independencia, el Consejo Administrativo del Departamento contrató la elaboración de una estatua en bronce del prócer de la Independencia, don Antonio Nariño, que se instaló al año siguiente en la plaza de la Constitución, que pasó a llamarse plaza de Nariño. Según observadores de la época, como el ecuatoriano Arturo Daste, recién llegado a la ciudad, con esto se quería dar a Pasto una imagen distinta de la que se tenía en el país, de ser en extremo conservadora. Según él, mucha gente se opuso al cambio y la policía tuvo que resguardarla por un buen tiempo. El sector más conservador la llamaba “la estatua del diablo.”[11]

En 1913, cuando los bailes se consideraban pecaminosos, se organizó la orquesta de baile Jazz Colombia;[12] en 1916, el maestro Luis E. Nieto, una de las glorias de nuestra música, fundó la Lira Clavel Rojo.[13] En 1924 el cine se tornó cotidiano con la apertura del Teatro Imperial. En la década del veinte al treinta llegaban a la ciudad revistas procedentes de París, Nueva York, Londres, Buenos Aires y México. En ellas se publicitan vestidos, perfumes, joyas, tintes. Así, las mujeres empezaron a maquillarse como las divas de las revistas y el cine, dejaron los vestidos largos que arrastraban por el piso y le alzaron a la falda hasta por debajo de la rodilla, todo un escándalo.

El giro más importante se dio en cuando en 1935, la Universidad de Nariño anunció la apertura de la Facultad de Comercio, a la que podían ingresar tanto hombres como mujeres. El obispo de Pasto Diego María Gómez, para impedirlo, sacó una circular manifestando su rechazo: “Este hecho tiene el gravísimo inconveniente de ir en contra de las normas de la Santa Iglesia. Por lo mismo PROHIBIMOS, BAJO PENA DE PECADO MORTAL, a los padres y madres de familia que continúen enviando a sus hijas a la Universidad, mientras no se les dé a ellas separadamente la enseñanza. Esta prohibición y bajo la misma gravedad la hacemos extensiva a todos los establecimientos de nuestra Diócesis en donde se quiere implantar la coeducación.”[14]

El 1940 obispo, en su Pastoral de Cuaresma sentenció: “De cuatro medios principales se sirve hoy el demonio para combatir la obra de Jesucristo: la enseñanza laica, que aspira a formar generaciones de ateos; la prostitución, que socava por igual la grandeza de las almas y la energía de la raza; el cine inmoral, que fomenta todos los vicios y enseña todos los crímenes; y las malas lecturas, o sea esa prensa que al mismo tiempo que envenena las inteligencias, corrompe los corazones.”[15]

Como reflejo de la apertura ideológica de Pasto, al conmemorarse el centenario de la muerte del Libertador, en 1930, la Asamblea ordenó instalar en su recinto un óleo del Libertador y una efigie en todos los establecimientos de educación primaria y secundaria. Siguiendo en la línea liberal, en 1939, para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Pasto, la junta organizadora dio los primeros pasos para instalar, en el antiguo ejido de la ciudad, una estatua de Simón Bolívar.

La mujer, que vivió subyugada hasta las primeras décadas del siglo XX, rompió la prohibición de trabajar fuera del hogar y hoy, gracias a la educación y a su propio esfuerzo, las encontramos como magistradas de las altas cortes, tribunales, congresistas, gobernadoras, alcaldesas de la ciudad, rectoras de universidades, excelentes administradoras en salud, empresarias y en todas las instancias de la actividad humana.

La arquitectura de la ciudad ha cambiado. Hay condominios, modernos edificios, centros comerciales; frecuentamos restaurantes de comida gourmet atendidos por jóvenes chefs pastusos y, lo más importante, ha cambiado, en buena parte, su ideología, su forma de pensar y actuar. El dogmático, resignado ante la pobreza, por ser un designio de Dios, se ha tornado en emprendedor; el flagelante que creía que el dolor era el crisol del alma, tampoco existe. La población, sigue fiel al credo y los preceptos religiosos, pero no va a la Casa de Jesús del Río a flagelarse, ahora va a escuchar conferencias y a reflexionar sobre asuntos trascendentales de la vida.

La vieja Iglesia, ubicada al lado de los poderosos, también expiró. El 24 de agosto 1968, al inaugurarse en Medellín la II Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano, Monseñor Lercaro, representante del Papa Pablo VI, al inaugurar el Congreso expresó: “La Iglesia concluye una era comenzada con la colonización de América Latina, con la fiera y radical religiosidad católica. [Hoy] abre una nueva era nutrida por el espíritu del Concilio Vaticano II.” En Bogotá, Paulo VI, instó a los sacerdotes a “tener la lucidez y la valentía del Espíritu para promover la justicia social, para amar y defender a los pobres.”[16]

Con la irrupción de los mass media, a diferencia de los pastusos del siglo XIX, hoy están al tanto, en tiempo real, de los sucesos del país y el mundo. La Tierra, como lo predijo Marshall McLuhan se ha convertido en aldea global. Pasto, conformada por gente sensible, generosa, inteligente y emprendedora se proyecta como una ciudad abierta a las nuevas ideas, liberal en el sentido sociológico de la palabra, no puede, ni debe, seguir atada a la vieja ideología realista. Por esto resulta paradójico que haya voces, por fortuna escasas, aunque ruidosas, que después de doscientos años, ataquen con saña a Simón Bolívar y, en menor grado a Nariño.

Mientras esto sucede en Pasto, la imagen de Simón Bolívar crece y magnifica en el mundo. La BBC de Londres lo califica como el hombre más grande de la historia, superior a Aníbal, Alejandro Magno y Napoleón, que con solo 47 años peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Liberó 5 naciones, cabalgó 123.000 kms, recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno.

Quienes atacan a Bolívar lo muestran como enemigo nato de la ciudad, que no lo fue, hasta el momento que se sintió traicionado. Para ello se valen del castigo aplicado a Pasto y las descalificaciones a sus gentes, sin caer en la cuenta que las frases utilizadas fueron comunes en el contexto de la guerra.

Lo juzgan con una mirada cargada de victimismo, concepto acuñado por Jorge Núñez Sánchez en su obra El Ecuador y la Gran Colombia. Él define el victimismo como una forma amañada de analizar la historia utilizando episodios trágicos para denigrar de un personaje [y añade]: “En asuntos históricos, no puede darse la elevación de una figura epónima en desmedro de otra de mayor significación, pues la sola propuesta revela que no se trata de un homenaje en regla, sino de un asunto turbio, promovido con ruin intención. -y agrega-. Lamentablemente, el regionalismo enfermizo no se guía por la lógica de la historia, sino por la lógica de su rencor, construida sobre una mezcla de ignorancia, prejuicios, complejos e inconfesables apetitos.”

La visión desapacible que se pretende imponer, no es útil ni para el estudio del pasado local, ni para la proyección de la imagen del pastuso contemporáneo. Al contrario, significa revivir la imagen de reaccionario e intransigente. Ensañarse contra Bolívar, analizando la historia de manera parcial, sin ubicar el contexto, es una tarea ingrata, que termina dándole la razón a Albert Einstein quien consideraba que “la mayoría de las historias antiguas no enseñan a hacer la paz.” Juan Villoro, el notable escritor mexicano, de paso por Bogotá, planteó una recomendación digna de tenerse en cuenta: “No hay que hablar desde la venganza, sino desde la comprensión.”[17] A partir de estas palabras me hago, y les hago a los lectores, la siguiente pregunta: ¿es válido enseñar la historia, nuestra historia, tanto a niños como a jóvenes, desde la óptica del odio? Yo, personalmente creo que no. Enseñar a odiar a los alumnos, en una sociedad tan violenta como la que vivimos es, por decir lo menos, injusto. La historia debe enseñarse desde la reflexión, desde la hermenéutica. No hay que repetir hechos históricos sin analizar el contexto.

Consciente de las pasiones que se desatan cuando se aborda el estudio de la independencia a nivel local, el doctor Emiliano Díaz del Castillo, en su obra ¿Por qué fueron realistas los pastusos? señaló: “El tema del realismo de Pasto es difícil de tratar, hacerlo implica desafiar la incomprensión de muchos porque aún falta serenidad de espíritu y sobra patrioterismo tropical.”[18] Ojalá, hacia futuro, se analice la historia sin prejuicios ni odios preconcebidos, hacerlo sería muy útil para una mejor comprensión de la historia de Pasto. Finalmente, como diría María Teresa Álvarez: “No hagamos de la intransigencia una virtud.”[19]

[1] Restrepo José Manuel.

[2] Cita de La Parra, Emilio, 2020: 15-16. De La Parra, destacado investigador y profesor de la Universidad de Alicante, con la obra Fernando VII. Un rey deseado y detestado, obtuvo el XXX Premio Comillas.

[3] Ordoñez, Miguel Ángel, 2014: 19.

[4] Citado por De La Parra, Op cit: 17.

[5] Ordoñez, Op cit: 32.

[6] Ordoñez, Op cit: 53.

[7] Ibídem.

[8] Arana, Op cit: 110.

[9] Pereira Gamba, 2005: 181

[10] Zúñiga Erazo, Op cit: 146.

[11] Zúñiga Erazo, 2014: 149.

[12] Verdugo Villota, 1986: 46.

[13] Álvarez, S.J., 1988:355.

[14] Hernández Vega, Op cit: 9.

[15] Ideal Femenino, Nos. 40-41, Pasto, 1940, p.21.

[16] Dussel, 1997: 254.

[17] Entrevista televisiva en Los Danieles. Con motivo de la última Feria Internacional del Libro en Bogotá.

[19] Álvarez, María Teresa, 207: 172.

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