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Pasto a través de la historia. Perfiles de Sebastián de Belalcazar

Por: Dr. Eduardo Zuñiga Señor presidente del Concejo de Pasto, William Andrés Meneses Señores miembros de la Junta Directiva Honorables ediles Señoras y señores: No lo digo por protocolo, lo digo de corazón, para mi constituye un honor haber sido invitado a esta ilustre corporación que, por cerca…

Página 10·15 de julio de 2025·18 minutos de lectura
Pasto a través de la historia. Perfiles de Sebastián de Belalcazar

Por: Dr. Eduardo Zuñiga

 

Señor presidente del Concejo de Pasto, William Andrés Meneses

Señores miembros de la Junta Directiva

Honorables ediles

Señoras y señores:

No lo digo por protocolo, lo digo de corazón, para mi constituye un honor haber sido invitado a esta ilustre corporación que, por cerca de 500 años, ha orientado el destino de nuestra ciudad. Estoy agradecido con ustedes y, especialmente, con el doctor Álvaro José Gómezjurado, concejal y colega en la Academia Nariñense de Historia.

Hablar de la historia de Pasto, ciudad a la que todos queremos, en un tiempo limitado, es un asunto complejo; por esto voy a dar, tan sólo, unas puntadas sobre algunos temas que, a mi juicio, son sustanciales. Resumiré en siete puntos, el trabajo de más de cuatro años cuyos resultados se consignaron en el libro El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar.

1.- La jurisdicción del Cabildo de Pasto en los primeros años de la colonia abarcaba casi todo el territorio de Nariño. El primer censo de población de la ciudad se hizo en 1559. Según los resultados, Pasto era una de las más importantes en los territorios que hoy conforman Colombia y Ecuador.

POBLACIÓN DEL DISTRITO DE PASTO Y DE OTRAS

   CIUDADES DE LA GOBERNACIÓN DE POPAYÁN

 

Año

 

          Ciudad

Número de

Tributarios

 

 

 

1559

Pasto      23.240*
Popayán        8.341
Santafé de Antioquia        5.500
Cartago        5.382
Buga        5.000
Cali        3.491
Pastos (de Carchi)*        3.000
Fuente: AGI, Leg. 60, Tasación de Tomás López, 1559.

Según Cieza de León, Pasto tenía el más alto número de indígenas comparado con Popayán, Quito y otros pueblos del Perú.  El P. Escobar señalaba que es el pueblo mayor y mejor de toda la gobernación. Ante esto cabe una pregunta: ¿por qué la ciudad no fue escogida como sede de la real audiencia o, al menos, como capital de la gobernación, como lo fueron Quito y Popayán, respectivamente? Creo que por dos las razones esenciales: las dificultades para llegar al mar y el aislamiento geográfico.

2.- Por no encontrarse el acta de fundación no se sabe, con certeza, quien fue el fundador. A mi juicio este honor le corresponde a Sebastián de Belalcázar. Pero ¿quién era este personaje? Sabemos que llegó a las Indias pobre y sin saber leer ni escribir. En 1514, en Sevilla, se embarcó como soldado de Pedro Arias Dávila, calificado por los historiadores de perverso, ambicioso y cruel. Se interesaba, tan sólo, por acumular oro y capturar indios para venderlos como esclavos. Él fue el primer maestro de Belalcázar. El segundo fue Vasco Núñez de Balboa, de las mismas características que el primero. En 1530, en Nicaragua, Belalcázar ya era un hombre rico y pese a ser analfabeto y firmar a ruego, era regidor de León y encomendero, condición que lo pasaba de plebeyo a noble.

Aliado con Pizarro participó en la conquista del Perú. En el Cuzco, en 1533, tomaron prisionero a Atahualpa, saquearon templos, violaron mujeres y dieron muerte al Inca después de entregar una habitación llena de oro y dos de plata ofrecidas para alcanzar su libertad y salvar la vida. Él cumplió con lo prometido, sin embargo, no le perdonaron la vida. Para impedir que llegaran de Centroamérica al Perú españoles con la pretensión de arañar parte de la riqueza, Pizarro envió a Belalcázar al norte, para detenerlos.

En Latacunga un indio le informó de la existencia de El Dorado. Belalcázar, dominado por la ambición, no tuvo reparo en traicionar a su jefe. En su marcha Fundó Quito. Allí se dedicó a buscar el tesoro que Atahualpa. Para lograrlo torturó a varios caciques, entre ellos a Rumiñahui. Al no obtener información, el 25 de junio de 1535, levantó una hoguera en la Plaza Grande y quemó vivos a varios caciques. Se dirigió al poblado de Quinche, al este de Quito, en donde todos los hombres eran soldados de Rumiñahui, pero sólo encontró mujeres y niños. Indignado, mandó matarlos: “que nadie quede con vida”, dijo, y orden se cumplió sin discusión.

En su marcha hacia El Dorado, fundó Pasto, Popayán y Cali, entre otras ciudades. A Bogotá llegó quince días después de Gonzalo Jiménez de Quesada.

En 1544, contra su voluntad, tuvo que combatir a los pizarristas que se alzaron en contra de las Nuevas Leyes que pretendían aliviar la brutal explotación de los indios por parte de los españoles. En este trance tuvo que marchar a Quito. A su regreso se enteró que Jorge Robledo trataba de controlar la gobernación de Antioquia.  Por esto, lo declaró desertor y, en 1546, lo condenó a muerte: “Le dijo a Robledo que se confesase e hiciese testamento. El mariscal preguntó: ¿Quién me va matar? Le contestó que un negro le daría garrote. Robledo replicó: imposible, debo ser degollado, pues soy caballero. Belalcázar consideró aquello otra altanería y ratificó la orden de garrote vil.”

En Popayán hubo un gran escándalo y, en 1549, se ordenó abrirle juicio de residencia. Entre las acusaciones estaba el maltrato y crueldad utilizada contra los indígenas: “Ítem. si es verdad que, si algún español mataba a algún indio, luego lo hacían cuartos al tal indio muerto y lo ponían en su cocina y de aquella carne humana cebaban a los perros y lo consentía el dicho gobernador.”

En 1550, la Real Audiencia de Santa Fe abrió lo procesó, fue apresado, suspendido como gobernador y condenado a pena de muerte. La sentencia fue apelada por Belalcázar para que el asunto fuese conocido por el Consejo de Indias. Se le concedió la apelación y se le autorizó el viaje a España. El 23 de abril de 1551, en Cartagena, en el barco, se sintió enfermo y decidió testar. “No lo firmó porque no sabía escribir”.

3.- Entre los privilegios que tenían los conquistadores estaba el de apropiarse de las tierras de los indios y tomarlos en encomienda para aprovecharse de ellos en todo tipo de labores. En el distrito de Pasto se repartieron más de 23.000 indígenas entre 32 españoles. La explotación a través de la encomienda fue tan cruel que los quillasingas, que en 1559 sumaban más de 10.000 tributarios, en 1709 quedaron reducidos a 654, repartidos en 20 encomenderos. De los 3450 tributarios que tenía Rodrigo Pérez, quedaban apenas 17 en manos de su descendiente Diego Pérez de Zúñiga.

4.- Los conquistadores y los españoles eran dueños del poder, concentrado en el cabildo, es decir, en esta corporación en la cual ustedes, honorables concejales, tienen asiento. En ese entonces para ser cabildante había que demostrar pureza de sangre, no tener mezcla de indio, negro, moro o judío. El cabildo, conformado por lo más granado de la sociedad, era la autoridad suprema de la ciudad, y decidía el rumbo de la colectividad. Cada año, en enero, se hacían las elecciones que, con frecuencia, terminaban en pleitos. A comienzos del Siglo XVII, la Corona previó la posibilidad de eliminar la elección de alcaldes ordinarios en Pasto “por los muchos alborotos y desasosiegos”. Si había empate, las papeletas debían ser sacadas “por el niño más inocente que pasare por la plaza.”

Por Real Cédula de 1603, se prohibió que los oficios recaigan entre padres e hijos, ni viceversa, ni hermanos a hermanos, ni suegros a yernos, ni yernos a suegros, ni cuñados a cuñados, ni los casados con dos hermanas. Con esto se trataba de combatir el nepotismo y el abuso de poder. Esta norma jamás se tuvo en cuenta en Pasto ni en las otras ciudades del Nuevo Reino de Granada. En 1796, se reiteró la prohibición de elegir parientes consanguíneos hasta el cuarto grado, inclusive, y hasta el segundo de afinidad.

Según Gerardo León Guerrero: “La casa del doctor don Tomás de Santacruz, líder del realismo pastuso, dominaba el cabildo. Su hermano, Gabriel, era el alférez real; otro hermano, José Pedro, era alcalde provincial mayor; su yerno y sobrino, don Miguel Polo, regidor; su cuñado, Crisanto Villota, alcalde ordinario y Ramón Bucheli, su sobrino, alcalde ordinario.

Este cabildo fue el que, en la época de la independencia, indujo al pueblo de Pasto a defender la religión y al inepto Fernando VII. Los patriotas no eran enemigos de la religión sino del colonialismo, por eso muchos obispos y curas de misa y olla, apoyaron a los patriotas y otros, como el de Popayán a Fernando VII.

Quito fue la primera ciudad en declarar la independencia el 10 de agosto de 1.809. Para fortalecerse invitó a Pasto a unirse a la causa. El 16 de agosto los ediles fueron convocados a sesión para atender, como pensaban, asuntos concernientes a la defensa de las dos majestades, Dios y el rey. En la sede empezó el ritual: cada cabildante, de rodillas, recibía el pergamino aún enrollado, lo ponía sobre su cabeza y lo hacía circular. Este protocolo tenía un significado claro: obedecer sin reparos, las órdenes de Su Majestad. Al comenzar la lectura los ediles se miraban unos a otros, horrorizados, según anotó el escribano en el acta. No era para menos. En la invitación de la Junta Patriótica de Quito, se hablaba de la soberanía del pueblo cuando, según su credo, el único soberano, por la gracia de Dios, era el rey. Pensar que el pueblo es soberano era, para ellos, sacrilegio.

Antes de remitir el oficio al cabildo, la junta de Quito envió a don Manuel Zambrano para instruir, con cautela, a los pobladores sobre el verdadero significado de la revolución, y ganó adeptos. Enterado el cabildo, “para evitar el contagio,” convocó al pueblo por medio de bando, para demostrar “a las gentes rudas de los pueblos,” el contenido irreligioso del documento llegado de Quito y el sacrilegio cometido al conformar una junta que desconocía la soberanía del rey y proclamaba la soberanía del pueblo. Para el cabildo la soberanía popular es una “proposición escandalosa contra los preceptos de Dios y del Estado. La soberanía jamás recae en los pueblos y mucho menos en sólo el de Quito. Estos son sentimientos de regicidio sacrílego y asombroso.”

Para afianzar el apoyo popular, acusó a los patriotas de ser ateos y enemigos de la religión. Nada más ajeno a la realidad. El obispo de Popayán, Salvador Jiménez, exiliado en Pasto, exhortaba a la población en estos términos: “Son herejes y cismáticos detestables, los que pretenden la independencia de España; así los que defienden la causa del rey, combaten por la religión, si mueren, vuelan en derechura al cielo.”

Para afianzar el poder de la monarquía, cada vez que un rey ascendía al trono, el cabildo y el pueblo estaban obligados a jurarle fidelidad. El juramento, de manera sutil, encierra una trampa política: quien no guarde fidelidad cae en perjurio, pecado mortal que, al morir podía llevarlo a la condenación eterna.

El cabildo y la nobleza de Pasto no sólo defendían al rey sino, ante todo, sus privilegios. Cuando en 1814 Antonio Nariño se dirige al cabildo y le dice que España nos ha puesto a pelear entre hermanos y le propone la paz y que, de no ser así, Pasto sería entregada a las llamas para que sirva de escarmiento a los obstinados, el cabildo le responde que los mueve: “La justicia de la causa, la santidad de los juramentos, la obligación de obedecer a las autoridades legítimas” y que son los patriotas los que han venido a perturbar “la felicidad en que vivíamos, descansando en nuestras familias bajo de nuestras viñas y de nuestras higueras”. Claro, La felicidad y el descanso eran cosa de la élite, no un bien que pudieran disfrutar indios, mestizos y españoles empobrecidos.

5.- La Navidad Negra. Antecedentes: Guayaquil había declarado la independencia, pero corría el peligro de perderla ante el poderío realista de Quito y Cuenca. Los líderes llamaron a San Martín que luchaba en el Perú y a Simón Bolívar triunfante en Venezuela y Colombia. San Martín quería que Guayaquil haga parte del Perú y Bolívar de Colombia, por eso había que actuar con prisa. En abril de 1821, Bolívar había destinado a Sucre a Pasto, pero la invitación lo hizo cambiar los planes. Le encargó ir a Guayaquil por Buenaventura.

Cuando Bolívar intentó seguir la misma ruta, le fue imposible por la presencia de una armada enemiga en el Pacífico. Ante esto, no tuvo alternativa que intentar el paso por Pasto. Para evitar cualquier confrontación se dirigió al cabildo pidiéndole franquicia para pasar a Quito. El cabildo la negó. Sobrevino la batalla de Bomboná en donde, si bien el Libertador clavó la bandera en el campo realista, su ejército quedó diezmado. El Libertador tuvo que regresar a Trapiche (en la frontera con el Cauca), para rehacer su ejército y volver sobre Pasto. Reorganizado, le propuso al cabildo una generosa capitulación contenida en cinco puntos, pero el cabildo tampoco aceptó.

Mientras esto sucedía con Bolívar, Sucre derrotaba a los realistas de Cuenca y Quito. En las capitulaciones firmadas el 25 de mayo entre Sucre y Melchor Aymerich, presidente de Quito, se estableció que Pasto se consideraba territorio libre. De estos hechos el Libertador no tenía noticia y el cabildo le ocultó la información. Ante las nuevas circunstancias, Basilio García, el cabildo y los nobles, aceptaron la capitulación ofrecida por el Libertador agregándole todo lo que les parecía conveniente. Bolívar la acogió sin modificaciones. Entre otras cosas se aprobó que:

≈ Ningún individuo que luchó contra el ejército patriota será perseguido.

≈ La ciudad queda exenta de cualquier gravamen. Las propiedades de los vecinos de Pasto serán garantizadas y, en ningún tiempo, se les tocarán.

≈ No habrá la más mínima alteración de la sagrada religión católica, apostólica, romana y lo inveterado de sus costumbres.

≈ La persona del ilustrísimo señor obispo de Popayán y la de los demás eclesiásticos serán respetados en sus altas dignidades.

Mientras el cabildo dedujo que las capitulaciones estaban revestidas del carácter más filantrópico, Bolívar asumió que la firma de las capitulaciones era un importante triunfo político. Desde Berruecos, dirigió esta fraternal proclama a los pastusos:

Vosotros sois colombianos, y por consiguiente sois hermanos. Para beneficiaros, no solo seré vuestro hermano sino también vuestro padre. Yo os prometo curar vuestras antiguas heridas; aliviar vuestros males; dejaros en el reposo de vuestras casas; no emplearos en esta guerra; no gravaros con exacciones extraordinarias ni cargas pesadas. Seréis, en fin, los favorecidos del Gobierno de Colombiano.

Todos estaban satisfechos, excepto el pueblo que consideró traidores a sus antiguos jefes y a los curas que les enseñaron y grabaron en el alma que el único soberano es el rey, que el juramento es sagrado y el perjurio un pecado mortal y que, por esto, estaban en la obligación de combatir a sus enemigos: los patriotas. Cuando las capitulaciones eran pegadas en la pared las recibieron con rechiflas y, por la noche, las acuchillaron. Como reproche a la actitud cambiante del obispo, le apedrearon la casa. En el ambiente se respiraba hostilidad. Sin embargo, Bolívar entró a Pasto el 8 de junio sin más resguardo que una columna de Cazadores. No tomó el dinero de la hacienda, nombró como jefe político militar a un pastuso: Ramón Zambrano, no cambio el cabildo hasta que haya nuevas elecciones. Hecho esto salió para Quito.

  1. 6. La resistencia de Agustín Agualongo y sus consecuencias.

Después de la batalla de Pichincha, muchos prisioneros se fugaron, entre ellos Benito Boves y Agustín Agualongo. Llegaron a Pasto en el momento justo, cuando se necesitaba un líder del peso del caudillo pastuso para canalizar el descontento. Agualongo organizó un ejército y el 28 de octubre, se tomó la ciudad y en la plaza, agitando el estandarte real, gritaba: ¡Viva el rey! Abajo los malvados usurpadores de los derechos del muy amado Fernando VII y los enemigos jurados de la religión católica, apostólica y romana. Destituyó a las autoridades dejadas por Bolívar y puso a Estanislao Merchancano, como gobernador militar y político; incautó los escasos haberes del erario, impuso cuotas a los pudientes y marchó hacia Quito con la pretensión de derrotar a Bolívar. Dominó Túquerres, en Ipiales fueron quemaron los archivos, perseguidos los patriotas y fusilada Josefina Obando. Avanzó hasta Tulcán. Bolívar, furioso, decidió nombrar a Sucre para que acabara con la injusta rebelión de Pasto.

Agualongo y Benito Boves decidieron regresar a Taindala (Yacuanquer) para tenderle una emboscada. Sucre los derrotó y desde Yacuanquer, el 24 de diciembre, según Emiliano Días del Castillo, les ofreció la oliva de la paz a los rebeldes con la condición de rendir armas y, de no hacerlo, entraría a fuego y sangre a la ciudad hasta reducirla a escombros.[1] Leopoldo López Álvarez anota que el mensaje fue enviado “al gobernador y al Cabildo, pero Boves redujo a prisión al oficial que le entregó el pliego del jefe republicano. Esta intimación irritó a los pastusos hasta la locura, y como casi todos estaban borrachos por ser vísperas de pascua, era seguro que se dejarían matar antes que atender a las voces de la razón.”[2] Los jefes de la rebelión, obstinados, contestaron que no entrarían sino sobre sus cadáveres.[3]

Lo que sobrevino de ahí en adelante, es suficientemente conocido. Sucre cumplió con la amenaza anunciada. El ataque empezó a la una de la tarde. En Santiago fue la arremetida más álgida y allí estaba parapetado Boves y, cuando vio que todo estaba perdido, huyó por el camino de Oriente acompañado de los suyos. El enfrentamiento se generalizó en la ciudad -dice Carlos Bastidas Padilla-, los combates no daban tregua y los pastusos seguían resistiendo en las calles. No había un lugar seguro en la ciudad. A su vez, Sergio Elías Ortiz anota: Los soldados del batallón Rifles mataban a todo el que oponía la más mínima resistencia o se lo encontrara con un arma en la mano. “Como muchos se habían encerrado en sus casas y echado cerrojo, los milicianos hacían volar en astillas puertas y ventanas para buscar milicianos y saquear los haberes. No se perdonó a mujeres, ancianos, ni a niños, aunque se hubiesen refugiado en las iglesias.”[4] Durante tres días fue saqueada la ciudad. Según José María Obando, “hubo madre que en su despecho saliese a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco, antes que otro negro dispusiese de su inocencia.”[5] “El único lugar sagrado que se libró del implacable atropello de los soldados fue el monasterio de monjas concepcionistas, refugio de los caudillos Merchancano, Agualongo, Enríquez, Polo y numerosos partidarios de la revuelta.

7.- Es entendible que el Pasto del siglo XIX, dominado por la ideología feudal, sin conocer los postulados de la Ilustración sobre la democracia y separación de poderes, entre otros principios de la filosofía moderna, hubiese defendido al rey, que encarnaba el colonialismo; pero ahora, cuando Pasto se ha convertido en una ciudad moderna, en donde todo ha cambiado, empezando por esta misma corporación; con un desarrollo comercial propio, con una cultura basada en el conocimiento científico, cuando los católicos más fervientes no va a la Casa de Ejercicios a flagelarse, como ocurría hasta la década del cincuenta del siglo pasado, resulta incongruente que aquí, desdibujando la historia, se siga atacando de manera obsesiva a Bolívar mientras en el mundo su figura se agiganta como lo demostró un estudio comparativo de la BBC de Londres.

El historiador Jorge Núñez Sánchez utiliza la expresión “victimismo” para designar esa forma amañada de analizar la historia utilizando episodios trágicos para denigrar de un personaje. Dice él: “En asuntos históricos, no puede darse la elevación de una figura epónima en desmedro de otra de mayor significación, pues la sola propuesta revela que no se trata de un homenaje en regla, sino de un asunto turbio, promovido con ruin intención. Lamentablemente -dice-, el regionalismo enfermizo no se guía por la lógica de la historia, sino por la lógica de su rencor, construida sobre una mezcla de ignorancia, prejuicios, complejos e inconfesables apetitos, y alimentada siempre de victimismo.”

El victimismo no reconoce que las crueldades son inherentes a las guerras. Pasto no fue la única ciudad que padeció actos de violencia; otras, como Caracas, Cartagena o Quito, la padecieron con igual o peor intensidad. Cuando Tomás Boves entró a Cumaná en octubre de 1814, ordenó matar a todo hombre; entraban a caballo a la iglesia en busca de los que allí se habían refugiado. De casa en casa, dieron muerte a más de quinientos patriotas. A Vicente, hermano del mariscal Sucre, enfermo en el hospital, lo degollaron en la cama. Sucre, sin embargo, jamás actuó con ánimo de venganza, él es ejemplo de resiliencia. Según José Ambrosio Llamosas, capellán del ejército de Tomás Boves, éste ejecutó de cerca de cuatro mil víctimas. Francisco Tomás Morales, el Cruel, cuando entró a Aragua, masacró 3000 habitantes, incluidos los que se habían refugiado en la iglesia.

Cada castigo esconde una lógica. Bolívar procedió de acuerdo a las normas de la guerra: castigó a Pasto porque consideró que, al desconocer las capitulaciones, estaba cometiendo un acto de traición.

Hace dos años, como un compromiso moral con Pasto, escribí el texto anunciado al comenzar esta disertación. Lo hice con un propósito esencial: que los maestros no enseñen a odiar, menos, al más grande de los héroes de la independencia americana: Simón Bolívar, quien entregó su inmensa fortuna y su vida a la causa anticolonial. Enseñar a odiar, en sí, me parece una terrible desviación en cualquier sociedad, más aún en la nuestra marcada por tanta violencia.

Aspiro a que el libro sea conocido y debatido entre los maestros, así tendremos una mejor percepción de nuestra historia.

Reitero a ustedes mis agradecimientos por la invitación a este espacio tan importante para la ciudad. Muchas gracias.

Pasto, junio 24 de 2025.

[1] Diaz del Castillo, Emiliano, 2010: 49.

[2]Leopoldo López Álvarez, Bomboná e Ibarra, Boletín de Estudios Históricos, citado por Bastidas, 1975: 160.

[3] Diaz del Castillo, Emiliano, Op cit: 49.

[4] Ortiz, Op cit: 491-492.

[5] Obando, Apuntamientos, Tomo II, Citado por Guerrero Vinueza, Op cit: 142-143.

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