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Panegírico de la palabra cimarrona. Kongo kimbiza y Pachin Carabalí.

Por: Jefferson Sánchez Cifuentes. La décima cimarrona no nació en los libros: nació en la marea. Vino montada en la cresta marina salobre, en el tambor lejano y en la memoria fugitiva de los pueblos que aprendieron a decir la verdad contando, para que no los callaran. De ese cancionero antiguo, e…

Columnista Invitado·31 de enero de 2026·3 minutos de lectura
Panegírico de la palabra cimarrona. Kongo kimbiza y Pachin Carabalí.

Por: Jefferson Sánchez   Cifuentes.

La décima cimarrona no nació en los libros: nació en la marea. Vino montada en la cresta marina salobre, en el tambor lejano y en la memoria fugitiva de los pueblos que aprendieron a decir la verdad contando, para que no los callaran. De ese cancionero antiguo, el de Stuñiga, el del pueblo, emergen dos nombres que no caben en la simple biografía, porque son más río que fecha, más relámpago que firma: Kongo kimbiza y Pachin Carabalí.

A Kongo kimbiza, la manglería del litoral lo bautizó sin pedir permiso a la iglesia, porque la iglesia del pacífico es el monte, el estero y la palabra bien dicha.

Su nombre de pila, Carlos Rodríguez Castillo, apenas alcanza para el registro civil; el otro nombre, el verdadero, es el que le dió el pueblo cuando entendió que aquel hombre hablaba con fuego antiguo. Le dijeron el mismo “Diablo,” no por maligno, sino por indomable:

Porque no se deja encerrar, porque conoce los atajos del verbo y porque su voz sabe tentar la conciencia.

Carlos ha trasegado Colombia entera como quien riega semillas.

Pero fue el Pacífico, ese país dentro del país, el que le abrió el pecho y le dió resistencia espiritual.

Allí llevó la décima como se lleva un rezo: con respeto, con picardía y con verdad. Su voz perfumada de abanó y noche, cruzó mares y fronteras; otros países la escucharon sin entender del todo las palabras, pero comprendiendo el temblor. Desde la santería cubana hasta Tumaco, su patria chica. Kongo kimbiza, convirtió la décima en puente; entre África y América, entre el ayer que duele y el mañana que insiste.

Su palabra no es adorno: es machete fino. No grita, Pero corta. No impone, pero convence.

En cada verso hay una ética; la de la memoria que se niega a morir, la de la libertad que se canta porque aún no termina de alcanzarse.

Y cuando el homenaje vira, cuando el río cambia de brazo, aparece el mester de jugaría, ese arte serio de hacer reír pensando.

Sería imperdonable no nombrar a Pachin Carabali, el mismo Francisco Kelly Carabali Castro, el hombre que ozoniza el agua dentro de sus órganos, cómo si la risa fuera también una forma de sabiduría líquida.

Pachin es repentista por vocación y filósofo por accidente. Jocoso, irreverente, maestro del doble sentido que no hiere, sino despierta. En el, la palabra se disfraza de burla para decir verdades profundas. Es la personificación viva de “Don Mulo, Cachirulo Barulo,” ese personaje que parece chanza Pero es espejo; nos muestra como somos, sin maquillaje y sin miedo.

Sii Kongo kimbiza es el Fuego ritual, Pachin Carabalí, es el agua traviesa. Uno invoca, el otro provoca. Pero ambos enseñan. Ambos son docentes consumados, no de aula cerrada, sino de plaza abierta, de fogón compartido, de esquina donde la vida pasa y se comenta en verso. Su estereotipo es ancestral, porque no se aprendió en academias: se heredó en la escucha atenta, en el consejo del mayor, en el silencio que también educa.

Estos dos cultores no sólo dicen décimas; sostienen el mundo con ellas. El tiempo de ruido vacío, ellos ofrecen palabra con raíz.

En tiempo de olvido, memoria cantada. Son pruebas vivas de que el pacífico piensa, ríe y filosofa a su manera; que la cultura no necesita permiso para existir y que la poesía, cuando nace del pueblo, nunca muere.

Kongo kimbiza y Pachin Carabali, dos grandes de la jugaría colombiana, dos guardianes del verbo cimarrón.

Mientras haya manglar, tambor y gente que escuche, sus voces seguirán andando como el río buscando mar.

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