Por: Rosa Isabel Zarama Rincón
El 26 de mayo de 1995, Manuel Zarama Delgado, mi papá, miembro de Número de la Academia Nariñense de Historia; en la misa de réquiem de Gloria Rosero de Guerrero (Pasto, 1944-1995), pronunció las palabras que a continuación se trascriben. Aunque el documento está incompleto, y únicamente fue posible localizar una página, los sentidos párrafos que leerán los interesados, permiten acercarse al espíritu de la excelsa pintora de las calles y casas antiguas de Pasto. Formada en Arte y decoración en la Universidad Javeriana de Bogotá, fue dueña del don de la simpatía. Así se ganó el aprecio de quienes la trataron.
He aquí el documento:
“El 25 de mayo de 1995 cuando llegué a la reunión de la Academia Nariñense Historia, Gerardo Cortés Moreno me llamó para que ocupara la silla contigua a la suya. Cuando lo hice, me comentó muy quedo: “murió Gloria Rosero”. Su voz denotaba una infinita emoción.
De inmediato, se agolparon en mi mente mis recuerdos. Recuerdos todos gratos, evocación de momentos de tertulia en su estudio, en la calle, con o sin El Carreto (Omar Guerrero, su esposo); y, otros momentos con un común denominador el amor a Pasto a través del arte, de la fotografía, de la anécdota, de la historia; de esa historia apasionante y desconocida.
Cuando me enteré de ese hecho postrer, una emoción intensa estremeció mi alma. Un escalofrío violento sacudió mi cuerpo. Me acordé de ese verso de Ricardo León: “Para valores tan grandes no hay medida, se sabe lo que son cuando se pierde”.
Jamás me imaginé que le estimaba tanto, pero, era tan fácil quererla. ¡Tantos carismas la colmaba! Sencillez, desbordante generosidad, autenticidad, amor por los detalles, plasticismo intenso.
Cómo no quererla, si su relación con El Carreto era tan absoluta, tan vibrante, tan manifiesta en las palabras, en las miradas, en el arte, y en su sencillo vivir.
Cómo no quererla si era hija del doctor Jorge de quien aprendió el valor a lo pulcro, a lo honesto, a los auténticos valores.
Cómo no quererla si fue hija de Doña Maruja Hinestroza de Rosero, la primera dama de la composición musical en nuestra comarca, de quien aprendió: lo sencillo, lo gentil del trato, lo grato del arte.

Patio exterior de la Casona de Taminango. Cortesía de Jaime Rosero Hinestrosa.
El día anterior a su fallecer al pasar por su estudio me llamó para mostrarme su última acuarela todavía inconclusa, una más de la Casona de Taminango. Pero, desde un ángulo poco común. Días antes le entregué fotocopias de Pasto de ayer, sacadas de una revista sin carátula y sin nombre en la que aparecen fotos de algunos rincones poco comunes de nuestra ciudad.
Con El Carreto comentamos los detalles de la obra y la comparamos con la foto…”.
Manuel Zarama Delgado
Lamentablemente, hasta aquí llega las palabras de réquiem.
Nota: Para la elaboración de este texto la autora agradece la colaboración de Jaime Rosero Hinestrosa, de Mario Lasso Apráez y Eduardo Camargo Zarama.

