“Dios no se revela en otra cosa que en las leyes eternas e inmutables de la naturaleza.”
— Baruch Spinoza
Me llamo Octavio Libreros y he tomado una decisión que, en mi ciudad natal, no deja de llamar la atención: ser apóstata. La palabra suena fuerte, casi como una condena, pero en realidad es el fruto de un proceso de reflexión y libertad. Renunciar a la Iglesia católica, a la que fui inscrito al nacer, no significa renunciar a Dios ni a la espiritualidad, sino a un culto milenario que ha pretendido encerrar a lo divino en rituales, dogmas y miedos. Lo que busco no es la negación de la fe, sino una fe vivida, abierta, que no necesita de mediaciones ni de amenazas de condena eterna para tener sentido.
En Colombia, más de treinta mil personas han optado por presentar la apostasía, una cifra que crece año tras año y que encuentra un eco especial en los jóvenes. Según encuestas del DANE, la pertenencia a iglesias tradicionales disminuye de manera sostenida, mientras que aumenta la cantidad de personas que se declaran “sin religión”. No es que el anhelo de lo trascendente haya desaparecido, sino que muchos se niegan a aceptar una visión de Dios como juez castigador y distante. En mi caso, esa convicción se convirtió en una decisión formal, consciente y pública: desligarme de la institución, sin renunciar a la espiritualidad.
Crecí en una ciudad profundamente marcada por la tradición católica. San Juan de Pasto, al suroccidente de Colombia, respira religiosidad en cada esquina: las procesiones, las iglesias que se levantan como custodias de la historia, las devociones populares que se transmiten de generación en generación. Pero mi experiencia de fe comenzó a cambiar cuando entendí que Dios no podía estar confinado entre muros de piedra ni reducido a normas que dictan qué es pecado y qué no lo es. Hoy camino por esos mismos templos, los visito con respeto y admiración, pero los contemplo como museos vivos, espacios de arte y arquitectura, testigos de un pasado cultural, más que lugares donde esté encerrado lo divino.
Esa transformación interior se nutrió de lecturas y reflexiones. Spinoza me enseñó a ver a Dios como naturaleza, como sustancia infinita que se manifiesta en todo lo existente. Emerson me mostró que lo trascendente habita en la experiencia personal y no en los decretos de una institución. Goethe me enseñó que la vida misma es una revelación de lo divino, mientras que Kant situó a Dios en la conciencia moral, en la exigencia ética de cada acto humano. Swedenborg, por su parte, me hizo comprender que la espiritualidad se encuentra en el interior, en ese espacio íntimo donde cada quien dialoga con lo eterno. Estas visiones diversas, lejos de confundirme, me dieron una certeza: Dios no está monopolizado por ninguna iglesia ni limitado a un catecismo, sino presente en la vida misma.
Por eso decidí que la espiritualidad debía vivirse cada día, no temerse como condena. Ya no puedo aceptar la idea del pecado original como carga heredada, ni la amenaza del infierno como instrumento de control. Creo en un Dios que se revela en la ciencia, que nos invita a descubrir las leyes que gobiernan el universo; en un Dios que vibra en el arte, cuando la belleza nos conmueve; en un Dios que se expresa en la naturaleza, en el ciclo del agua, en el canto de un ave, en la fuerza de la vida que no cesa.
Mis viajes por distintos países terminaron de darle forma a esta visión. En Rusia entendí la fuerza de la espiritualidad comunitaria; en España la huella histórica de la religión se mezcla con una creciente apertura a la diversidad; en Argentina palpité con la intensidad del pensamiento crítico y en Cuba descubrí la relación entre lo profano y otras formas de culto, en la adoración a Yemayá y a la Virgen de la Caridad del Cobre, con la que un pueblo transforma la adversidad en esperanza. Cada experiencia me reafirmó que viajar es una forma de curar los nacionalismos y de abrirse a la idea de que, en el fondo, todos compartimos la misma humanidad. No existen fronteras para la espiritualidad: hay una sola nación llamada humanidad y una sola religión llamada vida.
La apostasía, en mi caso, no es ruptura con Dios, sino reconciliación con Él. Es un acto de libertad de conciencia, un derecho protegido en un Estado laico que debe garantizar que cada ciudadano viva su fe —o su ausencia de fe— sin imposiciones. No soy enemigo de la religión ni del creyente que sigue encontrando sentido en los ritos; los respeto profundamente. Pero defiendo, con igual firmeza, el derecho de quienes decidimos que Dios está mejor representado en la vida que en el dogma.
Hoy sé que muchos jóvenes se alejan de las iglesias no por frivolidad ni indiferencia, sino porque anhelan una fe que no los condene, sino que los impulse a vivir con plenitud. Yo soy uno de ellos, aunque ya no tan joven, y quiero dar testimonio de que este camino es posible: dejar atrás el culto impuesto y abrazar la fe vivida. Porque Dios no está encerrado en el miedo, sino desplegado en la libertad.
Y esa libertad me ha llevado a una certeza inquebrantable: hay una sola nación llamada humanidad y una sola religión llamada vida.

