Por: Pablo Emilio Obando A.
Hay ausencias que pesan más que las palabras, silencios que dicen más que los discursos y omisiones que, con el paso del tiempo, terminan por volverse costumbre. La reiterada ausencia del departamento de Nariño en la Feria Internacional del Libro de Bogotá no es un hecho menor ni una simple anécdota administrativa: es un síntoma profundo de la precariedad con la que se entiende, se gestiona y se proyecta la cultura en nuestra región.
Mientras delegaciones de países enteros, ciudades y departamentos hacen presencia con orgullo, exhibiendo sus letras, sus autores, sus investigaciones y sus apuestas editoriales, Nariño —tierra fecunda en pensamiento, poesía y narrativa— permanece al margen, como si su riqueza intelectual no mereciera ser mostrada, como si sus escritores no tuvieran voz o, peor aún, como si no existieran.
Y sí existen. Nariño tiene escritores de gran nivel, poetas de honda sensibilidad, investigadores rigurosos y narradores con una mirada propia del mundo. Pero esa riqueza, en lugar de ser proyectada, se queda confinada a círculos locales, a publicaciones de escasa circulación o al esfuerzo individual de quienes, a pulso, intentan sostener la dignidad de la palabra. La ausencia en escenarios como la Feria Internacional del Libro no solo invisibiliza a nuestros autores, sino que limita las posibilidades de diálogo, intercambio y crecimiento cultural.
Porque no se trata únicamente de “estar” en una feria. Se trata de comprender que estos espacios son vitrinas de alcance nacional e internacional, donde se tejen redes, se construyen oportunidades y se posicionan identidades. Es allí donde una región puede narrarse a sí misma, mostrar su historia, sus tensiones, sus sueños y su pensamiento. No estar es, en cierta forma, renunciar a existir en ese mapa cultural.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Nariño no asume con seriedad su presencia en estos escenarios? ¿Falta de recursos, de gestión, de voluntad política? Probablemente una mezcla de todo ello, pero también una visión reducida de lo cultural, entendida como accesorio y no como eje fundamental del desarrollo. Se invierte en lo inmediato, en lo visible, en lo que da réditos rápidos, mientras la cultura —que exige procesos, continuidad y convicción— queda relegada a un segundo plano.
Esta situación exige un llamado respetuoso pero firme a nuestros gobernantes, a las instituciones culturales y a quienes toman decisiones. No podemos seguir permitiendo que Nariño sea un espectador ausente en los grandes escenarios del país. Es necesario diseñar políticas claras de promoción cultural, apoyar a los creadores, fortalecer los procesos editoriales y, sobre todo, garantizar una presencia digna en eventos como la Feria Internacional del Libro.
No se trata de un gasto, sino de una inversión en identidad, en memoria y en futuro. Un departamento que no muestra su cultura, que no respalda a sus escritores, que no cree en su palabra, termina condenado a la invisibilidad.
Nariño no es un territorio sin voz. Lo que falta no son escritores, sino escenarios; no es talento, sino decisión. Ojalá que esta ausencia reiterada deje de ser costumbre y se convierta en motivo de reflexión. Y que, en próximas ediciones, Nariño no sea noticia por su silencio, sino por la fuerza y la calidad de sus letras.

