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Nariñenses: adoptemos a Petro

Por: Omar Raúl Martínez Guerra Mientras el senador Jorge Robledo buscaba desprestigiar a Petro con el cuento de que éste negaba su pueblo natal, Ciénaga de Oro (Córdoba), porque había descubierto que su registro decía nacido en Zipaquirá (Cundinamarca), apareció infaltable en las redes el meme qu…

Columnista Invitado·28 de junio de 2022·8 minutos de lectura
Nariñenses: adoptemos a Petro

Por: Omar Raúl Martínez Guerra

Mientras el senador Jorge Robledo buscaba desprestigiar a Petro con el cuento de que éste negaba su pueblo natal, Ciénaga de Oro (Córdoba), porque había descubierto que su registro decía nacido en Zipaquirá (Cundinamarca), apareció infaltable en las redes el meme que decía, “Ni lo uno ni lo otro, Petro es Nariñense”.

La primera vez que el entonces candidato visitó a Nariño en desarrollo de su anterior campaña presidencial 2018-2022, me causó hilaridad escucharle en un video en la plaza principal de San Juan de Pasto, un algo así como … “como dice la Biblia…”. Creo que, hasta esa fecha, ninguno de los dirigentes políticos de todo nivel había salido con una cosa así. En ese justo e histórico instante pude darme cuenta de que el candidato sabía de todo, menos de cómo era nuestra gente del sur. Puedo equivocarme, pero presumo que, siendo un pueblo de mayoría católica, o quizás por eso mismo, lo que menos leen los católicos es la Biblia, de modo que queriendo tocar el alma de su entusiasmado auditorio, usó una figura literaria, la metáfora inútil.

Y es que el libro de las Sagradas Escrituras es el texto de cabecera de las iglesias cristianas, pero más bien poco de los católicos. No estoy señalando que eso sea pecado; pecado si es recitar una oración de memoria, y hacer lo contrario a cuanto dice la misma. Pongo un ejemplo: Uno de los pasos más solemnes de la misa católica es cuando los feligreses dicen: “La paz os dejo, la paz os doy”. El domingo siguiente al 2 de octubre de 2016, unos cuantos millones de fieles en Colombia entera, saltaron raudos de la misa a las urnas para depositar su voto a la pregunta. ¿Está usted de acuerdo con la firma de la paz con las FARC ?: No, (¡y qué!) El “si” ganó en Bogotá, el suroccidente y la Guajira.

Ese “no” fue suficiente sostén para volver trizas la paz en el cuatrienio de Iván Duque, cuya gestión y resultados en la materia son bastante deprimentes como para seguir hablando de pasados infaustos.

Solamente por curiosidad pregunto, ¿Un generoso mensaje de paz que dura mientras el feligrés no salga de la iglesia ?; pues ya fuera de ella, ah trabajo que cuesta conciliar con el vecino la paz rota por cualquier incidente. Dejo la idea a algún estudiante de sociología u otra de las ciencias sociales de nuestras universidades locales, como un fascinante tema de investigación, con rango de tesis de grado. En mi caso solamente aporto la hipótesis y nada más. Le adiciono el título: Prácticas y paradojas en la religiosidad de la ciudadanía colombiana: la Biblia como referente fáctico en su población católica.

Tampoco creo que el presidente electo haya sido o sea un lector consumado del texto sagrado. Nada que represente sus preferencias religiosas figura en ninguna de las 340 páginas de su autobiografía, “Gustavo Petro, Una vida Muchas vidas” que leí de corrido.  Cuanto si tuvo significado fue el día en que le escuché al comprobar una vez más el cómo todo orador echa mano de lo más venerado y sensible de cada auditorio, en aras de cautivar sus emociones. Supuse que algún despistado asesor le dijo al oído, quizás en el avión, que el nariñense era por excelencia un ser calurosamente creyente y fervorosamente cristiano, más nadie advirtió si era o no un cultor consagrado a la lectura de la Santa Biblia.

Para matizar un poco la reflexión, tampoco creo que lo sean en las demás regiones de Colombia. Para citar un caso, Antioquia, de mayoría católica también, en donde  es más reconocida la vocación conservadora, practicante de las tradiciones en unidad con la política y la prosperidad de los negocios en sus clases altas, al tiempo que en las más bajas, los medios de comunicación paisas hicieron notable  la dualidad de los  jóvenes sicarios que primero asistían a la iglesia a encomendarse, antes de apretar luego el gatillo contra la persona que la mafia les había indicado, tras prometerles el dinero, con el que le comprarían la casa o la nevera a sus  desvalidas familias.

Aparte de las alegorías discursivas, llamó la atención el entusiasmo que despertó Gustavo Petro desde su primera hasta su anterior visita, tanto en Pasto como en Tumaco, Ipiales, La Unión y otras poblaciones. Muchedumbres que ningún otro personaje, por décadas, se habían reunido para escuchar a un candidato. Es curioso saber que en nuestro medio las más encumbradas figuras locales del partido conservador o del liberal logran votaciones al congreso que superan los 50.000 sufragios, pero en los pueblos apenas congregan menos de cien parroquianos, que caben en el patio de una escuela. Puede ser que no necesiten reunir las multitudes porque les es más efectivo darles a conocer los beneficios de su propuesta programática global con visión de futuro, casa por casa, hogar por hogar, persona por persona.

De futuro, aclaro, porque en el presente jamás les llega nada.

Los resultados de las elecciones presidenciales en la primera vuelta dejaron preocupados a los electores del Pacto Histórico, entre ellos a quien esto escribe. Se ganó con 8.5 millones, pero el endoso de Fico a Rodolfo hacían presagiar una segura hecatombe en la segunda vuelta. Bien inútil como me considero para conseguir adeptos, acudí a escribirle a un viejo amigo en Montería, Aldemar Villalba Ortega, que cómo era eso, que Putumayo, Nariño, Cauca y Chocó, del occidente y sobre todo del sur de Colombia se daba una victoriosa votación por Petro con porcentajes superiores al 70 %, y en cambio en la costa Atlántica oscilaban entre el 44% y el 60 %.

Fue tan enorme la diferencia porcentual entre costa norte y suroccidente, que las iniciales palabras de Petro al culminar la primera vuelta las dedicó a Nariño, diciéndole a Colombia que se sentía nariñense sin haber nacido en estas tierras. Y entre satisfecho y nostálgico, aprovechó el insuceso para pedirle con algo de ironía a sus paisanos del Caribe que votaran para que por primera vez en la historia de Colombia se eligiera un presidente costeño. Literalmente, esas fueron sus palabras.

Así es la vida. El regionalismo en la costa atlántica es como todos los regionalismos, fanatizado, apasionado, irreflexivo, ardoroso, impulsivo. Se le conoce también como chauvinismo o amor exagerado por lo propio y aversión por lo de afuera. Como usual mecanismo de defensa, alguna gente de la costa responde frente a eventuales acusaciones o burlas provenidas de los cachacos del interior, que gracias a ellos Colombia tiene un Nobel en literatura, Gabriel García Márquez. Al mejor de los pintores, Obregón; a la mejor cantante, Shakira; al mejor mediocampista, el Pibe Valderrama; al rey del Vallenato, Diomedes Díaz; a Rentería, el mejor bateador de la liga americana; la mejor cocina, Leo Espinosa; a Totó la monposina, a Carlos Vives, al Joe Arroyo. Al mismísimo Luchito Díaz, entre los mejores futbolistas del mundo, y, por si faltara alguien, al Junior de Barranquilla.

De tal modo, que lo único que hacía falta en la larga lista de triunfadores, era un presidente de Colombia.

Pues lo lograron, pero con avemarías ajenas. Ciertamente, la votación por Gustavo Petro mejoró en la costa Atlántica, pero fueron los votos de Bogotá, que es cuento aparte, y sustancialmente los del Chocó, Valle, Cauca, Nariño y Putumayo, los que le dieron el triunfo. Pero vista la votación por porcentajes, que es una categoría muy importante en el análisis estadístico, Nariño se lleva el primer lugar, con el 84.17 % a favor del hombre del Pacto Histórico y de la estupenda mujer, la nueva negra grande de Colombia, Francia Márquez. La anterior negra grande es Leonor Gonzales Mina, todo un amor.

Nariño nos enseña que en su terruño la polarización no existe, en el justo e irrepetible lugar donde el 84.17 % de la gente está de acuerdo en algo o con alguien y tan solo un 14.17 % en desacuerdo. Que, en determinado momento, tampoco es chauvinista, puesto que esas grandes mayorías admiran, creen y defienden a quien no nació en su tierra, pero recoge las esperanzas de un cambio social aplazado por centurias sin amilanarse por los espantos y las conjuras de quienes tiñeron los caminos expeditos al mismísimo infierno.

Es posible que ni las ciencias exactas ni tampoco las ciencias sociales sean suficientemente claras y avanzadas como para que la vanidad científica o el asombro estético trasciendan los límites que permitirían suponer que lo que vemos no es cierto. Podría resultar, de pronto, que la cosmovisión o la dimensión sobrenatural, aquella que asegura que los ovnis existen, que los clarividentes predicen eventos futuros, que los curanderos hacen milagros, acierten. Tantas cosas de las que se esconden inciertas en los vericuetos de la quántica o en las ciencias de los dioses inéditos.

Porque dicho está que no es la materia sino la energía la que mueve el universo. Y son rastros de esa energía invisible la que ha logrado una empatía sin igual entre unos pueblos y una fuerza nueva y vehemente que proyecta el cambio, a pesar de las malas vibras de sus malquerientes. Es tan extraño lo que ocurre ahora que no está por demás seguir preguntándose… ¿será que Petro es nariñense?

Hace unos años, el Concejo Municipal de Medellín condecoró al entonces para nada bien recordado Procurador Nacional Alejandro Ordoñez, más no recuerdo si también lo hizo merecedor de título nobiliario. Hoy pienso que la Asamblea Departamental de Nariño podría hacerlo con el presidente electo, declarándolo hijo adoptivo ilustre. De esa manera saldamos todas las dudas y  cualquier discusión. Al fin y al cabo, aunque no lo sepamos, todos nacimos en el planeta Tierra.

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