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Memoria del viento.

Por Isaías Peña Gutiérrez. Sin dudas, el mundo poético de Alejandro García Gómez, el que ha quedado compendiado en esta antología titulada por su autor, con mucho acierto, Viento, no me olvides, se circunscribe y remite a dos grandes esferas, una, a la de su geografía natal sandoneña, tanto topog…

Columnista Invitado·25 de septiembre de 2025·4 minutos de lectura
Memoria del viento.

Por Isaías Peña Gutiérrez.

Sin dudas, el mundo poético de Alejandro García Gómez, el que ha quedado compendiado en esta antología titulada por su autor, con mucho acierto, Viento, no me olvides, se circunscribe y remite a dos grandes esferas, una, a la de su geografía natal sandoneña, tanto topográfica como sentimental, y, dos, a la de su universo personal de valores, fundado en su vida cultural y literaria, donde las mitologías regionales y universales emergen a cada momento.

            Son poemas tomados de sus libros Transparencias (Medellín, 1991), Cartas de Odiseo (Medellín, 1996), Alfabeto de sombras (Medellín, 2003) y El paraíso de las carcajadas ausentes (Pasto, 2016). Es como si Alejandro estuviera celebrando tres décadas de escritura poética, aunque él comenzó mucho antes, cuando se preparaba para ser docente en Química, Biología y Ciencias Naturales. Ha escrito, también, novelas, cuentos y crónicas. Fue columnista del diario El Mundo, de Medellín, donde reside con su familia desde el siglo pasado. Es hijo de otro gran escritor nariñense, Alejandro García Enríquez, autor del libro filosófico Cuyanacentrismo. Teoría social pacifista del homo americanus.

            En medio de todo, del sur y del norte, de la nostalgia y del presente de sus hijas y nietos, que ya hacen presencia en sus últimos poemas, fueron surgiendo los textos de esta antología que, ante todo y con urgencia, invita a volver sobre los libros originales, pero que nos permite encontrar las vetas de su arraigo sureño, nariñense, y de su universalidad irremediable.

            Uno puede pensar en muchas cosas cuando habla de “Transparencias”, su primer libro; parecieran resurgir aquellas filminas, que así llamábamos, donde se retrataban los paisajes del poblado de la infancia, los compañeros de la escuela y del vecindario, las calles que subían y doblaban y escondían los deseos de una adolescencia que se asomaba presurosa, los oficios de la casa y los que llenaban la vida de un pueblo caluroso como Sandoná, todo dicho como en un cuento, porque al poeta García Gómez lo adorna su pasión narrativa, con el humor de ellos, con la ironía que critica para avanzar en los horizontes sociales de la juventud. Y, al final, las trasparencias se convierten -magia del poeta y milagro de la poesía-, en la necesaria memoria que rescata, con sensibilidad admirable, una época fundida en el pasado. El viento transparente comienza su recorrido.

            Sin que se pierdan los recuerdos, aparecen, entonces, las cartas para ese viajero que jamás ha tenido reposo, ese Odiseo que llevamos todos adentro, que, como el gitano y el judío errante, no podemos descartar. Sueños o pesadillas del poder y del odio, de la mezquindad o de la generosidad, de la paz y de la guerra. Allí, en medio de encomios y encomiendas, de valores que no logramos convertir en realidades tangentes, surge, de nuevo, el verso que “Confía tu memoria al viento”. Los poetas vuelven a los poetas para que la verdad circule en la memoria del viento.

            Sin embargo, no siempre se oye lo que el viento va entonando y para que la memoria permanezca, entre la luz y la sombra, el poeta, en su contraluz, en su ceguera, se acoge a los perfiles de la penumbra. La sombra para el ciego es más confiable que la luz que no le llega. Además, tanta luz, tanto destello, ha opacado la realidad. El poeta indaga, entonces, en los ojos del poeta ciego. Y no quiere escapar de su sino. “Soy cantado y alabado, maldecido y odiado. / Dios de los aedas, no me quites mi tragedia.” La impaciencia le da paso al escepticismo, muchas veces. Es una de las partes de la antología en la que el poeta pareciera ingresar, en las sombras, en la oscuridad, al salón de la desesperanza. Los recuerdos se acumulan sin que se advierta una solución. Mientras llega el final del “paraíso de las carcajadas ausentes”.

Alejandro García Gómez, ahora más el poeta que el narrador, está, al final de la antología, sobre el siglo XXI. Las trasparencias se han convertido, con el tiempo, en personajes que no pueden mirar atrás, que no quieren morir, pero ya no son lo que eran. Ahora, en el regreso a Sandoná, el sur con que inicia el norte del poemario, el Sandoná que jamás será una estatua de sal, porque nunca lo veremos hacia atrás, sino hacia el futuro, encontraremos, en cambio, la realidad camuflada u oculta, disfrazada o en carnaval -cómo decirlo de otra manera-, vestida de ausencia, con contrastes que antes ni siquiera intuíamos. Ahora, Sandoná, es una carcajada de los que ya no existen; así son los recuerdos cuando escapan al olvido. El poeta estará autorizado para dialogar con los vivos que ya no vemos, los que esta vez no tomarán café con nosotros, ni saldrán a la calle a nuestro lado, aunque sintamos sus carcajadas ausentes. Los dolores y las alegrías, sin que sepamos qué tan cierto sea, estarán con notros de otra manera: la que el poeta siente.

La familia y los amigos emergerán para auxiliarnos, un poco. Volveremos a subir a la cima con la piedra al hombro, tendremos esperanzas, es cierto. Al menos, lo intentarán algunos. Solo que “Sandoná jamás volverá a ser el que entonces fui”.

Por eso, el poeta le pide al viento que no lo olvide.

 

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