domingo, 26 de julio de 2026
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Lucía Acosta de Obando, un legado de cultura y palabra en el Sur

Por: Pablo Emilio Obando A. Hay ausencias que no se llenan con el tiempo: se vuelven presencia honda, voz que sigue resonando en la memoria colectiva, eco que no se resigna al silencio. Así es el recuerdo de Lucía Acosta de Obando, a cinco años de su partida terrenal, ocurrida aquel 28 de abril de

Pablo Emilio Obando Acosta·2 de mayo de 2026·3 minutos de lectura
Lucía Acosta de Obando, un legado de cultura y palabra en el Sur
Por: Pablo Emilio Obando A.
Hay ausencias que no se llenan con el tiempo: se vuelven presencia honda, voz que sigue resonando en la memoria colectiva, eco que no se resigna al silencio. Así es el recuerdo de Lucía Acosta de Obando, a cinco años de su partida terrenal, ocurrida aquel 28 de abril de 2020 en la ciudad de Pasto. No es un aniversario de muerte lo que hoy convoca la palabra: es un acto de fidelidad a la vida que ella supo sembrar en la poesía, en la cultura, en la sensibilidad humana.
Nacida en el entrañable municipio de Linares, Lucía no solo fue líder cívica, exalcaldesa y gestora social comprometida con su pueblo; fue, sobre todo, una mujer de la palabra viva. En ella la poesía no era un adorno ni un ejercicio distante: era respiración, era gesto, era fuego íntimo que se ofrecía a los demás en la magia irrepetible de la declamación. Su voz —cálida, firme, profundamente humana— transformaba cada verso en experiencia compartida, en emoción que encontraba casa en quienes la escuchaban.
Su hogar en Pasto no fue solo residencia: fue refugio de la cultura. Allí, entre libros cuidadosamente dispuestos en una de las bibliotecas más notables del suroccidente colombiano, se tejieron tertulias, encuentros, celebraciones del espíritu. Escritores, poetas, declamadores y amantes de la palabra encontraban en ese espacio una patria común, donde el lenguaje se hacía encuentro y la sensibilidad se multiplicaba. Lucía era anfitriona y alma de esas jornadas: escuchaba, recitaba, celebraba la belleza con una generosidad que hoy se recuerda como legado.
En este mes de abril, cuando la lengua celebra su día y la palabra se exalta en escenarios como la Feria Internacional del Libro en Bogotá, su figura adquiere un sentido aún más profundo. Porque recordar a Lucía Acosta de Obando es recordar el poder de la palabra dicha con el corazón, el arte de la declamación como puente entre el texto y la vida.
Hoy, en su memoria, evocamos uno de esos poemas que ella llevaba en su voz con especial brillo: “¿Cuál?”, del poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow, en la traducción de César Conto. No es solo un poema: es una invitación a sentir, a elegir, a reconocer en la existencia humana la hondura de sus dilemas y la belleza de sus preguntas.
Y entonces, como si Lucía aún estuviera de pie en medio de la sala, con el silencio atento de quienes la rodeaban, dejamos que el espíritu de esos poemas vuelvan a latir:
¿Cuál es la vida verdadera,
la que se sueña o la que se alcanza?
¿La que en el alma arde secreta
o la que el mundo en hechos lanza?
En su voz, estos versos no eran interrogantes vacíos: eran una invitación a vivir con autenticidad, a no renunciar a la belleza interior, a comprender que la existencia se construye tanto en los sueños como en las acciones.
Hoy, cinco años después, Lucía Acosta de Obando no se ha ido. Permanece en cada palabra que se pronuncia con amor, en cada poema que encuentra oídos sensibles, en cada reunión donde la cultura sigue siendo motivo de encuentro. Permanece, sobre todo, en la memoria agradecida de quienes la escucharon, de quienes compartieron su mesa, de quienes encontraron en su voz una forma más alta de humanidad.
Recordarla no es un acto de nostalgia: es un compromiso. El compromiso de seguir creyendo en la palabra, de seguir abriendo espacios para la cultura, de seguir declamando la vida con la misma pasión con la que ella la honró.
Porque hay voces que el tiempo no apaga. Y la de Lucía, sin duda, es una de ellas.
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