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Los poetas también construyen ciudad.

Arturo Prado Lima Escribir un libro exige mirar más allá de sus páginas. Un libro no termina en la me sa donde fue escrito ni en la voz de quien lo lee. Sale a la calle, toca los cuerpos, recoge señales, escucha el ruido de los barrios, se detiene frente al vendedor ambulante, ante el

Arturo Prado Lima·9 de mayo de 2026·6 minutos de lectura
Los poetas también construyen ciudad.

Arturo Prado Lima

Escribir un libro exige mirar más allá de sus páginas. Un libro no termina en la me sa donde fue escrito ni en la voz de quien lo lee. Sale a la calle, toca los cuerpos, recoge señales, escucha el ruido de los barrios, se detiene frente al vendedor ambulante, ante el migrante que cruza la avenida con una bolsa en la mano, ante el anciano vencido por el sueño en un andén, ante la mujer que lleva café y buñuelos en medio del desorden diario.

Allí comienza su fuerza.
Los libro nacen de esa mirada. Una mirada que no se conforma con describir la ciudad y la cotidianidad que ella produce desde la comodidad del despacho, ni desde la estadística fría, ni desde el lenguaje gastado de los programas oficiales. Un poema es una ciudad viva, herida, contradictoria, bella, fatigada, llena de voces, como Pasto.

He leído a los poetas de este sur palpitante, no a todos, por supuesto, por la distancia y el tiempo que me separan de mi tierra, y en ellos he encontrado a esta ciudad y sus zonas rurales convertidas en cuerpo abierto: sus calles, sus murales, sus lomas, sus vendedores, sus motos, sus cruces, sus desplazados, sus migrantes, sus jóvenes, sus mujeres, sus trabajadores, sus muertos y sus sobrevivientes.

En ese territorio aparece una idea central: el poeta puede ver lo que la política muchas veces no alcanza a reconocer. No porque tenga más poder, sino porque el artista y el poeta escucha de otra manera. El poeta percibe el daño antes de que se convierta en informe. Siente la fractura antes de que llegue a los concejos municipales. Reconoce la tristeza colectiva antes de que aparezca en una encuesta.

Advierte cuándo una plaza deja de ser lugar de encuentro y empeza a llenarse de miedo. Sabe cuándo una pared necesita memoria, cuándo un barrio reclama cuidado, cuándo una ciudad está expulsando a sus propios hijos bajo el nombre de orden.

Los administradores estatales suelen mirar la ciudad desde el trámite, la norma, la obra, el presupuesto, la fotografía inaugural. El poeta la mira desde el temblor humano. Donde un funcionario ve ocupación indebida del espacio público, el poeta ve una madre defendiendo el almuerzo de sus hijos. Donde una oficina ve movilidad, el poeta escucha ansiedad, ruido, cansancio, peligro. Donde un discurso habla de recuperación urbana, el poeta pregunta quién fue retirado, quién quedó sin ingreso, quién regresará mañana porque el hambre no obedece decretos.

Donde el poder habla de seguridad, el poeta recuerda que una ciudad también se vuelve insegura cuando pierde ternura, conversación, sombra, pan, música, barrio.
Por eso la poesía no puede quedar reducida al adorno. La poesía también es una forma de conocimiento. Una manera de detectar zonas sensibles de la vida pública. El poeta identifica los puntos donde la ciudad duele: la pobreza expuesta, el desplazamiento, la migración venezolana, el racismo velado, la humillación cotidiana de quienes sobreviven en la informalidad, la soledad de los viejos, la violencia del dinero oscuro, el ruido que enferma, la fe usada para domesticar la resignación, la belleza que aún resiste en una taza de café ofrecida al paso.

El artista propone desde la palabra, la musica, la danza, el mural, una ciudad más consciente de sí misma. No se limita a denunciar. También abre caminos. Nos recuerda que los vendedores populares no deben ser perseguidos, sino integrados con dignidad. Que el espacio público necesita orden, pero un orden inteligente, pactado, humano. Que los murales pueden transformar la relación emocional con un barrio. Que los migrantes no son amenaza, sino fuerza de trabajo, memoria, cultura, cocina, música, oficio. Que los jóvenes necesitan futuro antes que castigo. Que las cruces de las lomas deben consolar sin convertirse en instrumento de obediencia. Que una ciudad verdadera se mide por la forma en que trata a quienes están más expuestos.
El poeta, entonces, aparece aquí como constructor de ideas. No reemplaza al urbanista, al economista, al arquitecto, al sociólogo ni al gobernante. Los obliga a mirar mejor. Les entrega una materia que casi nunca cabe en los planes de desarrollo: la temperatura moral de la ciudad.

Les dice dónde hay miedo, dónde hay abandono, dónde hay belleza, dónde hay rabia, dónde todavía existe comunidad. Les recuerda que las calles no son líneas sobre un plano, sino cuerpos que pasan, trabajan, aman, venden, huyen, regresan, fracasan, cantan, esperan.
La gran fuerza de los artistas está en convertir la observación poética en pensamiento urbano. Leer las calles de Pasto significa descubrir que la ciudad habla a cada instante, aunque casi nadie se detenga a escucharla. Habla en el pregón del vendedor de papas, en la discusión de fútbol entre afrodescendientes e indígenas, en el paso cansado del desplazado, en la moto que atraviesa la noche, en la muchacha venezolana que sirve una mesa mientras lleva por dentro otra patria, en el mural que se niega a dejar muda una pared, en la mujer que cruza la mañana con café caliente, en el anciano dormido bajo la indiferencia de todos.
Ahí está la poesía: no lejos de la vida, sino metida en su zona más difícil. Una poesía que no huye de la realidad, que no maquilla la miseria, que no convierte el dolor en postal. Una poesía que mira, escucha, nombra y propone. Una poesía capaz de decirle a la ciudad: aquí te estás rompiendo, aquí puedes salvarte, aquí todavía respira una posibilidad.
Mi invitación hoy es a pensar Pasto desde esa sensibilidad. Invitar a comprender que una ciudad sin poetas queda en manos de la administración del cemento, del cálculo electoral, de la autoridad sin alma. Una ciudad con poetas tiene sensores más finos, memoria más despierta, una imaginación pública más amplia. Puede inventar mercados dignos, rutas culturales, espacios de encuentro, políticas para la vida diaria, formas de integración, programas que nazcan de la escucha y no del castigo.
El poeta camina y recoge señales. Luego las convierte en lenguaje. Después ese lenguaje puede convertirse en conciencia. Y la conciencia, cuando toca a una comunidad, empieza a empujar otra forma de ciudad.
Por eso hay que invitar a todos y todas a leer con más atención el arte en general. No solo por su belleza verbal, visual o acústica, ni por la fuerza de sus imágenes, ni por la intensidad con que recorre las calles de Pasto. Debe leerse porque contiene una propuesta ética: mirar la ciudad desde sus heridas visibles e invisibles, reconocer a quienes sostienen la vida desde abajo y devolverle a la poesía su papel más urgente: ayudarnos a imaginar una ciudad menos cruel, más justa, más despierta, más humana.

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