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Los Domingos y autopsia de una película insuficiente

Hablar de Los domingos implica, en este caso, hablar también de una expectativa traicionada. No tanto por lo que la película es, sino por lo que su directora ha demostrado ser capaz de hacer. Después de la precisión emocional, la densidad afectiva y la inteligencia incómoda de la mini serie Quere…

William Lucero·28 de abril de 2026·6 minutos de lectura
Los Domingos y autopsia de una película insuficiente

Hablar de Los domingos implica, en este caso, hablar también de una expectativa traicionada. No tanto por lo que la película es, sino por lo que su directora ha demostrado ser capaz de hacer. Después de la precisión emocional, la densidad afectiva y la inteligencia incómoda de la mini serie Querer (2024), el nuevo largometraje de Alauda Ruiz de Azúa se percibe no como una evolución, sino como un repliegue. Y ese contraste es decisivo: no estamos ante una obra fallida en términos absolutos, sino ante una obra que, viniendo de donde viene, se siente menor, desactivada, casi inexplicablemente prudente.

El linaje traicionado

Los Premios Goya no suelen premiar simplemente películas correctas. En su mejor versión, premian obras que dejan marca, que abren una herida o al menos la señalan con precisión. Por eso, cuando una película como Los domingos ocupa ese lugar, lo que emerge no es solo desacuerdo crítico, sino una sensación más incómoda: la de un desplazamiento.

Es como si una pieza ligera hubiese sido colocada en un pedestal diseñado para soportar peso. La película no es un desastre, ni siquiera un error evidente. Lo desconcertante es otra cosa: su incapacidad para justificar el lugar que ocupa. Hay en su coronación algo que no termina de cerrar, como si el sistema de valoración hubiese decidido bajar el umbral de lo que considera excepcional.

Una película insuficiente: la superficie como límite

La historia de Ainara contiene, en potencia, todos los elementos de un gran drama: la llamada religiosa, el conflicto generacional, la tensión entre fe y mundo, la ruptura familiar, la búsqueda de sentido. Sin embargo, la película nunca se atreve a llevar esos elementos hasta sus últimas consecuencias.

La fe no se problematiza, se enuncia. El conflicto no estalla, apenas se insinúa. El personaje no atraviesa una transformación radical, sino que se mantiene en una zona de relativa estabilidad emocional. Lo que podría haber sido una travesía interior —una crisis, una ruptura, un salto al vacío— se convierte en un recorrido plano, sin verdadera fricción.

En ese sentido, la película no es tanto una exploración de la experiencia religiosa como una representación amortiguada de sus contornos. Y ahí aparece su principal limitación: no incomoda lo suficiente, no arriesga lo suficiente, no hiere lo suficiente.

El hallazgo involuntario: un artefacto ideológico

Paradójicamente, donde la película fracasa como experiencia cinematográfica, comienza a insinuar algo más interesante como síntoma cultural. Hay un momento clave en el que la madre afirma, con rotundidad, que Dios no existe.

La frase, en sí misma, no es problemática. Lo que resulta revelador es su forma: no aparece como una posición abierta al diálogo, sino como una verdad cerrada, lanzada con la contundencia de un martillo sobre una experiencia íntima.

Ahí la película deja entrever algo más profundo: la posibilidad de que la crítica al dogma religioso se convierta, a su vez, en otro tipo de dogma. En ese gesto se filtra una historia más amplia —la relación conflictiva con la Iglesia, el peso de su alianza con el poder, la reacción contemporánea a esa herencia—, pero la película no la desarrolla. La deja en estado latente, como un atisbo que apenas asoma en la superficie del relato.

 

La autocrítica que no se atreve a existir

Leída desde dentro del campo cultural español, Los domingos parece rozar una autocrítica del progresismo, particularmente en su relación con la religión. Hay una intuición valiosa: la posibilidad de que la lucidez ideológica derive en una forma de incapacidad afectiva, en una dificultad para acompañar experiencias que no encajan dentro de un marco racional o secular.

Sin embargo, esa línea nunca se despliega con la fuerza necesaria. La película parece intuir el problema, pero no se atreve a atravesarlo. Prefiere mantenerse en una zona de equilibrio donde nada se rompe del todo, donde ninguna posición es llevada hasta el límite de su contradicción.

El resultado es un cine que sugiere, pero no afirma; que insinúa, pero no se compromete.

El duelo que no acontece

En el núcleo de la historia hay una idea potentísima que la película apenas roza: la vocación religiosa como una forma de muerte simbólica. En el catolicismo, tomar los hábitos implica morir al mundo, renunciar a una vida posible, transformarse radicalmente.

Ese gesto contiene una dimensión dramática enorme. Y, sin embargo, la película no logra encarnarlo. Apenas deja entrever, en algunos momentos, la posibilidad de leer la relación entre padre e hija como un acompañamiento fúnebre: el padre como quien asiste al funeral en vida de su hija.

Ese era el abismo. Ese era el núcleo trágico. Pero la película se detiene antes de caer en él.

 

El contexto como espejo incómodo

La insuficiencia de Los domingos se vuelve más evidente cuando se la coloca en relación con otras películas de su entorno. Frente a relatos donde el conflicto es físico, existencial, territorial o profundamente encarnado, esta película parece operar en una escala menor, casi doméstica, sin lograr que esa intimidad se traduzca en densidad.

No se trata de oponer grandilocuencia a minimalismo, sino de señalar una diferencia de intensidad. Hay películas que, desde lo íntimo, logran abrir el mundo. Aquí ocurre lo contrario: lo íntimo se queda en sí mismo, sin expansión, sin reverberación.

 

La hipótesis incómoda: el consenso como criterio

La pregunta entonces no es solo estética, sino institucional: ¿por qué una película así ocupa el lugar de mayor reconocimiento?

Una posible respuesta es incómoda, pero plausible: no se premió la mejor película, sino la menos conflictiva. Una obra que no incomoda demasiado, que no polariza, como por ejemplo “La Cena” (Manuel Pérez, 2025) por su humor negro frente al franquismo, o la intimista “Mas Palomas” (Aitor Arregui, 2025), por su temática gay, que no exige del espectador una implicación profunda como puede ser la multipremiada en el mundo “Sirat” (Olivier Laxe, 2025) nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera y Mejor Sonido.

En ese sentido, su elección se acerca más a una lógica de consenso que a una apuesta por la radicalidad. Y el consenso, cuando se convierte en criterio artístico, suele ser un síntoma preocupante: indica una preferencia por lo que no desestabiliza.

 

La reducción y el desajuste

Ubicada en otro contexto —un cineclub, un espacio de reflexión temática, un circuito más específico—, Los domingos podría funcionar sin mayores fricciones. Su problema no es existir, sino el lugar que se le ha asignado.

Elevarla a la categoría de mejor película implica sostener que esto representa lo más alto de una producción cinematográfica. Y ahí es donde aparece el desajuste: entre lo que la película es y lo que se dice que es.

 

La ligereza como límite

Los domingos es una película competente, sensible en ciertos momentos y correctamente interpretada. Pero su núcleo es ligero. No logra desarrollar con la profundidad necesaria las tensiones que plantea, ni sostener la ambición temática que su premisa sugiere.

Contiene, eso sí, una intuición valiosa sobre la relación entre afecto y convicción, sobre cómo las certezas —religiosas o laicas— pueden romper vínculos en lugar de sostenerlos. Pero esa intuición queda en estado embrionario, sin alcanzar una verdadera potencia cinematográfica.

Y por eso, su triunfo no habla tanto de su grandeza como de una posible rebaja en los criterios de excepcionalidad.

Hay películas que son catedrales. Otras, casas. Otras, refugios. Los domingos es una vela encendida. El problema no es la vela. Es haberla colocado en el altar mayor, como lo hicieron los Premios Goya de 2026.

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