domingo, 26 de julio de 2026
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Las libélulas

(A Horacio Quiroga) Les decíamos también los caballitos del diablo, quizá por su figura alargada y su cabecilla prominente como un martillo de doble lado; pero, sin duda alguna, aquello que lo asemejaba a un duendecillo o diablo era su cola como de metal que se encogía o estiraba a gusto. Imaginá…

Pablo Emilio Obando Acosta·17 de junio de 2023·6 minutos de lectura
Las libélulas
(A Horacio Quiroga)
Les decíamos también los caballitos del diablo, quizá por su figura alargada y su cabecilla prominente como un martillo de doble lado; pero, sin duda alguna, aquello que lo asemejaba a un duendecillo o diablo era su cola como de metal que se encogía o estiraba a gusto. Imaginábamos, siempre creí que era un pensamiento conjunto y colectivo, que en su dorso se sentaban los diablillos que habitaban la Montaña Dorada que era para nosotros esa pequeña colina que día tras día nos ofrecía su abrazo para permitirnos jugar y correr en nuestros instantes de niñez.
Junto a ellas las eternas llamas rojas que nos observaban celosas en la proximidad de nuestras risas infantiles; teas sin llama que nos invitaban a su contemplación cada vez que el cansancio invadía nuestros pasos fatigados… fosforillos que se levantaban en pequeños grupos en medio de todo el esplendor de ese verde que fue regocijo y felicidad.
Montaña Dorada… cubierta de pequeños mares en los cuales los tiburones y las ballenas eran esos pequeños renacuajos que nos miraban asustados e incrédulos cada vez que presentían nuestras manos hechas diminutas piscinas en las cuales se sacudían sintiéndose presos y cautivos… renacuajos que hoy aún los sentimos palpitar, estremecerse al vaivén de su boca epiléptica que se abría y cerraba para robarse un puñado de aíre que le permita el don de la vida por unos instantes más.
De todo ello, de tantos recuerdos, de tantos niños que jugaron junto a mí añoro con profunda nostalgia a las libélulas… las mismas que volaban planeando entre aguas, zarcillos y olas diminutas que en nuestra mente eran tormentas; zigzagueaban dibujando el viento una y otra vez, sostenidas, pintadas de Sol y Viento, cubiertas de un polvillo fino y mágico que las hacia aparecer y desaparecer de nuestros ojos, quizá corroborando que eran los caballitos del diablo que jugaban con nuestros pensamientos mientras nos permitían su presencia y contemplación.
Era extraño mirarlas y en unos segundos no. Nos invadía el miedo, el pavor de convertirnos en una de ellas al conjuro mágico de sus miradas. Pero siempre vencía el poderoso deseo de volar, de convertirnos en una de ellas para contemplar el cielo con nuevos ojos, con nuevas miradas que nos permitirían ser Sol y Viento a la vez.
Los pequeños pasos se conjugaban con nuestros brazos arqueados ante el cielo, conteniendo gritos de siglos para simular ser una de ellas… elevándonos sin despegar un centímetro del suelo, sin dejar de sentir ese pasto húmedo y verde que nos regalaba siempre su color. Tal vez fue un sueño, de aquellos que creemos y sentimos de todos pero que en realidad es únicamente nuestro. Yo era esa libélula y esa llama roja y ese mar proceloso y ese renacuajo que abría y cerraba su boca reclamando su libertad.
No sé si existió Montaña Dorada o si fueron reales esos vuelos con zapatos y pantalones cortos y rotos; o las nubes que se metían por nuestra nariz al tiempo que nos sonreían bonachonas y nostálgicas. Todo fue tal vez el anhelo de esos niños que quizá tampoco existieron, que permanecían mudos y pálidos en la tranquilidad de sus tumbas. Niños que fueron obsequiados con un momento de eternidad y eligieron el espacio de Montaña Dorada para vivir en unos instantes el regalo de la Eternidad. Fuimos montaña, nardo, libélula y agua… algo de viento y lluvia en los bolsillos húmedos de esos niños que corrían, gritaban y se elevaban para sentir la caricia de la vida, de esa vida que se escurriría pronto y rápido, de esa sensación de habitar un espacio que nunca fue real y que siempre hizo parte de unos sueños vestidos de alas y libertad.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Libélula.
-Pero ¿no tienes otro nombre? Gris, Alargada, ¿o Siempre Viva…?
-¡!No!!
-Y… ¿Cómo te busco cuando quiera encontrarte en Montaña Dorada?
-Simplemente me piensas y yo estaré aquí… entre llamas rojas y verdes, entre aguas y manantiales, entre nubes y vientos, entre vuelos y sonrisas, entre sueños y anhelos, entre tus miradas de niño que no podrá contemplar nada más en su vida, únicamente libélulas y renacuajos….
-¿Y te puedo llevar en mi bolsillo…?
-No, porque mis alas de libélula que son como de sueños y papel se dañarían, y entonces ya nunca más podré volar ni visitar mis montes y cielos… déjame libre para que siempre me recuerdes así.
A decir verdad, nunca fuimos capaces de cazar alguna libélula, siempre fueron más rápidas que nosotros, caballitos de diablo que llevaban entre sus patas enredadas las posibilidades de huir o permanecer. No hubo piedra alguna, ni rama, ni mano que las pueda golpear o atrapar, hasta que desistimos y las hicimos nuestras en su libertad. Corríamos con ellas sintiendo el viento en nuestra cara, saltando los pequeños montes que se atravesaban en nuestros pasos mientras el tiempo se entumecía entre nuestras rodillas pintadas de verde y arbusto.
Aún las veo y juego con ellas. A pesar de los edificios que se elevan como agujas en Monte Dorado. Alguna tarde de lluvia y sol, cuando el Arco Iris se elevaba arqueado sobre el cielo la Libélula Dorada me lo dijo:
-Vendrá el hombre y entonces ya no seremos más. Por eso necesitamos vivir en ti y en tus ojos, teñirnos en tus manos y en tus bolsillos, para que cuando seamos sólo un sueño tú le cuentes al mundo que fuimos reales, que la Llama y el Sol encarnaron en nuestras alas transparentes como savia de Flor de Monte… Tú les dirás, tu les recordarás como esas pequeñas sombrillas que flotaban al simple vaivén de tus suspiros llevaban enredadas entre sus finos hilos blancos la semilla de la vida en espiral. Tú les recordarás que fueron nuestros pensamientos y deseos los que dieron vida a Montaña Dorada… por eso estás aquí en tu traje de niño, en tus zapatos pequeños y rotos que se alivian con la caricia de cada una de las flores que te besan en silencio; tú te enfrentarás a los hombres para hacernos vivir nuevamente, mientras el humo y el hollín acaban de sembrar nuestras tumbas…
-yo soy sólo un niño, yo aún no puedo hablarles a los hombres que parecen gigantes, que cosen en sus manos la mortaja de sus vuelos y sus sueños. ¿Quién me escuchará si sus oídos son de cera y marfil?
-Entonces vendrá el hombre y vencerá todas sus batallas. La llama ya no arderá, ni mi vuelo será más un recuerdo tuyo. Moriremos juntos, moraremos la sepultura del olvido mientras otros fuegos cubren el último recuerdo de Montaña Dorada… Únicamente tú, niño, llevas en tus memorias la presencia de estos mares, de estos prados verdes y dorados, de estos vientos que acarician mis cuatro alas llevándome por el universo; sólo tú les dirás que el renacuajo murió sofocado entre su asfalto y su estulticia…
Un rayo de Sol cayó sobre lo que fue Montaña Dorada, pero esta vez acarició de mala manera el trozo de cemento que cubría sus verdaderos amores, ya jamás besaría el vuelo de las Libélulas ni el crepitar de las pequeñas Llamas que se erguían verticales sobre la tierra. Por más que insistió no pudo contemplar la boca del renacuajo abriéndose y cerrándose en busca de un sorbo de aíre. Esta vez besó el fétido aliento de la ciudad y se espantó al sentir los pasos de los hombres que asustados y temerosos recordaban como entre sueños lejanos y distantes el revoloteo de las alas de las Libélulas en un breve y desnudo recodo del paraíso que fue Montaña Dorada.
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