Por Tirso Benavides Benavides
Debo confesar, de entrada, que nunca he sido un admirador del famoso agente 007. Pero al encontrar las veinticinco películas de la saga oficial disponibles en Netflix, sentí curiosidad, ¿por qué este personaje ha logrado cautivar a tantas generaciones de fanáticos?, lo que comenzó como un maratón de varios fines de semana terminó por revelarme algo más allá de las tramas: James Bond no es solo una serie de películas de acción, es un retrato de las últimas décadas.
Al recorrer las cintas protagonizadas por Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig, no estamos frente a una simple sucesión de misiones imposibles del espía que popularizó el Martini “agitado, no revuelto”, sino de una biografía visual de Occidente.
La trasformación que se evidencia a través de las cintas y de los años no es solo de forma. No se trata solo del cambio de los actores que interpretaron al personaje, es una transformación de su carácter. El Bond de los inicios era el epítome del “macho alfa”, un seductor sin corazón que usaba a las mujeres como herramientas de paso. Sin embargo, el tiempo y las nuevas corrientes de pensamiento lo ha obligado a humanizarse. Hemos pasado del agente cínico e imperturbable a un hombre con sentimientos, que se enamora, que se recrimina, que sufre por amor, llora. Este cambio en el rol protagónico es quizás la mejor prueba de que la producción fue cediendo a lo políticamente correcto, Bond dejó de ser un superhombre de cartón para convertirse en un ser vulnerable que refleja las crisis de identidad, las famosas nuevas masculinidades.
Este cambio se extiende a las llamadas “chicas Bond”. Durante décadas, actrices como Ursula Andress, Honor Blackman o la inolvidable Diana Rigg fueron presentadas como símbolos sexuales, piezas de decoración en un ámbito de hombres, la fantasía de muchos jovencitos. Sin embargo a pesar de su papel segundario siempre eran ellas quienes metían al agente en problemas, o lo traicionaban, para luego ser salvadas o convertirse en las salvadoras de último minuto del héroe. Es notable la reiteración de un final que se volvió parte del canon de la saga: Una última escena siempre reservada para la intimidad entre Bond y la chica de turno. Pero el feminismo también las alcanzó. Dejaron de ser trofeos para ganar protagonismo propio, culminando en personajes con una profundidad psicológica que desafían el estereotipo original.
En esa misma línea de transformación aparece Mary Moneypenny, la eterna secretaria del servicio de inteligencia inglés. Su relación con Bond ha sido el termómetro moral de la oficina del MI6. Lo que inició como un juego platónico y a veces cargado de un acoso que hoy sería intolerable, como cuando la nalgueaba como un alago, fue mutando hacia una complicidad profesional. Es significativo que, en la última etapa, el papel haya sido encarnado por Naomie Harris, una actriz negra, otro paso decidido a encajar, siguiendo el discurso de la diversidad.
No menos importante es la figura de M, jefe del servicio secreto. Históricamente representado por hombres de avanzada edad que encarnaban la autoridad tradicional británica y el rigor del estamento, la historia dio un claro giro feminista al entregarle el mando a Judi Dench durante casi dos décadas. Ver a una mujer dar órdenes al agente más rebelde del mundo no fue un capricho estético, sino un reconocimiento del poder femenino en esferas antes prohibidas. Esta “M” no solo dirigía misiones, cuestionaba la moralidad de Bond, llamándolo “dinosaurio sexista” y obligándolo a adaptarse a un mundo donde la fuerza bruta ya no era la única divisa válida.
Por otro lado, el papel de Q merece un análisis aparte como profeta tecnológico. En las primeras cintas, encarnado por el recordado Desmond Llewelyn, Q era el inventor excéntrico que transformaba objetos cotidianos en armas letales: un maletín con gas lacrimógeno en Desde Rusia con amor, o el legendario cigarrillo con dardo explosivo. La genialidad de Q radicó en su capacidad para predecir el futuro antes de que llegara a nuestras manos. En los años setenta, Bond ya usaba relojes que recibían mensajes de texto impresos, adelantándose por cuarenta años a la fiebre del Smartwatch. Su genialidad se reflejaba siempre en los automóviles acondicionados, verdaderos tanques de lujo. El Aston Martin DB5 de Goldfinger no solo tenía ametralladoras, estaba equipado con una pantalla de seguimiento que hoy reconoceríamos como el tatarabuelo del GPS, décadas antes de que los satélites civiles fueran una realidad. En La espía que me amó, el Lotus Esprit se convertía en submarino, una fantasía de versatilidad mecánica que hoy se ve en los vehículos híbridos.
Como era obvio el personaje de Q también mutó. Pasamos del anciano de laboratorio al joven genio de la computación interpretado por Ben Whishaw. Este nuevo Q, un hacker, refleja el cambio de paradigma. Ya no se necesitan plumas explosivas si se puede colapsar el sistema eléctrico de una ciudad desde una laptop. La biometría, que hoy usamos para desbloquear el móvil, fue presentada en Skyfall como una pistola que solo disparaba si reconocía la palma de Bond, recordándonos que Q siempre fue el puente entre el secreto de Estado y el consumo masivo.
Desde el punto de vista geopolítico, Bond siempre ha combatido las paranoias de Occidente. En sus películas hemos visto el desfile de los enemigos de turno: la amenaza roja de la Guerra Fría, las mafias internacionales, el terrorismo árabe, las dictaduras coreanas y hasta los carteles de la droga latinoamericanos, las multinacionales inescrupulosas, los virus biológicos y digitales. Bond no solo combate villanos, combate el miedo de su época, convirtiendo cada cinta en una aproximación necesaria para entender quiénes eran los “malos” de la temporada según el calendario de Londres y Washington.
El agente secreto también ha sido una vitrina para el consumo de alta gama. Bond cambia de relojes Omega y autos Aston Martin con la misma frecuencia con la que cambia de compañera, recordándonos que el cine, también es cuestión de mercadeo aspiracional.
Pero ya, centrándose en las producciones, ver cada cinta es presenciar el progreso del séptimo arte. La mejora en la calidad de la imagen y el avance vertiginoso de los efectos especiales nos cuentan la historia técnica del cine, desde las maquetas artesanales y los retroproyectores de los sesenta hasta el hiperrealismo digital y las secuencias de acción coreografiadas con precisión quirúrgica de vemos hoy. El 007 es un ejemplo de que el cine es una sofisticada herramienta ideológica, tiro tras tiro, aventura tras aventura, transmite conceptos sobre el orden mundial, el consumo y la moralidad, pretendiendo que no nos demos cuenta de que se trata de propaganda camuflada de entretenimiento.
Al final, tras veinticinco películas y seis rostros distintos, queda una reflexión. James Bond ha sobrevivido no por su puntería, ni por su licencia para matar, sino por su capacidad de ser un producto que se ha ido moldeando según las demandas de las agendas de turno. Lo que vemos es la culminación de un proceso de adaptación a las exigencias del wokismo, donde el agente tuvo que pedir perdón por su pasado para no ser cancelado en el presente.

