Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
El Pacífico no solo se cuenta: se canta, se rema y se resiste. Su memoria no habita únicamente en archivos ni duerme en anaqueles polvorientos; vive despierta en la voz de las mayoras, en el golpe del cununo, en el cuero tenso del bombo, en la marimba que desgrana nostalgias y en la palabra dicha con cadencia de río bravo. Cada escritor del litoral escribe acompañado: detrás de su tinta caminan ancestros, manglares, piangüeras, esteros y mareas antiguas.
Este 22 de mayo, en la ciudad de Cali, la conmemoración del Día de la Afrocolombianidad se vestirá de palabra viva. A partir de las 2:00 p. m., la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero abrirá sus puertas como casa grande del pensamiento afrocolombiano. El encuentro tendrá lugar en el Auditorio Jorge Isaacs, escenario donde confluirán memorias, saberes y voces del litoral para exaltar a escritores del Pacífico colombiano en un acto cultural y literario donde la memoria tendrá asiento de honor.
La invitación, liderada por la Dra. Ana Janeth Ibarra Quiñones, Procuradora Regional para Valle del Cauca y Nariño, y bajo la coordinación de la periodista Tulia Carabalí Castro, trasciende el protocolo. Es un gesto simbólico hacia una región que por décadas ha narrado sus dolores y alegrías desde la orilla, mientras el país apenas aprende a escuchar el rumor profundo de sus aguas.

Dentro de los homenajeados estarán los creadores del Movimiento Literario y Cultural La Marea Literaria del Pacífico Colombiano: el gestor cultural José Carabalí Castro y el educador y periodista Jefferson Sánchez Cifuentes, dos nombres que han convertido la palabra en canalete de identidad, pedagogía y resistencia territorial. Su trabajo ha sido como marea creciente: llega, toca la arena de la memoria colectiva y deja sembradas huellas de pertenencia.
Hablar de literatura del Pacífico es hablar de resistencia. Aquí la palabra ha servido como canalete contra el olvido. Cada crónica, poema o relato parece una canoa: avanza serena, pero lleva adentro historias de destierro, dignidad, violencia, espiritualidad y esperanza. Se escribe con sal pegada a la piel, humedad en el pecho y memoria viva en la garganta.

En tiempos donde la inmediatez vuelve frágil la memoria, encuentros como este son fogón encendido en noche lluviosa: convocan comunidad, abrigan identidad y alimentan pertenencia. Porque el Pacífico no necesita permiso para narrarse; necesita escenarios donde su voz no sea adorno folclórico, sino pensamiento vivo, archivo oral y horizonte político.
Que esta jornada en Cali sea entonces un alabao a la memoria y una fiesta para la palabra. Que resuene la escritura como tambor antiguo, como río que no se deja represar. Y que cada autor homenajeado recuerde una verdad sencilla: mientras el Pacífico siga contando su historia, nadie podrá condenarlo al silencio.

