Pablo Emilio Obando A.
Hay libros que no se leen: se habitan. Y Morada al Sur de Aurelio Arturo es uno de ellos. No es simplemente un poema sobre el paisaje nariñense; es la fundación de una geografía espiritual donde el sur deja de ser punto cardinal para convertirse en sustancia, latido, respiración.
En ese universo, el viento no es metáfora decorativa sino presencia viva; la casa no es arquitectura sino memoria encarnada; la naturaleza no es telón de fondo sino matriz sagrada del ser. La palabra poética en Arturo construyó una cosmogonía vegetal donde la infancia, la sangre y el territorio se funden en una sola música lenta y grave.
Sin embargo, toda morada verdadera está expuesta al tiempo.
La versión contemporánea que aquí se presenta no busca reproducir la cadencia original ni competir con ella —empresa imposible—, sino dialogar desde el siglo XXI con esa herencia. La pregunta que atraviesa el nuevo poema es inevitable: ¿cómo habitar hoy la casa del sur cuando el paisaje ha sido herido por el progreso, cuando el río ha sido estrechado, cuando el viento trae olor a incendio y no sólo a follaje?
Esta reescritura asume un tono elegíaco y ambiental. El sur ya no es únicamente celebración sensorial; es también advertencia. La naturaleza aparece transformada por la intervención humana, y el poema se convierte en conciencia. El viento —símbolo central en Arturo— reaparece ahora como soplo herido que exige retorno, responsabilidad y escucha.
El gesto poético no es nostálgico sino ético: recordar para proteger. La casa grande entre montañas no puede ser únicamente memoria literaria; debe convertirse en compromiso vivo. En esa tensión entre herencia y urgencia, entre canto y denuncia, se sitúa esta nueva morada.
Volver a Arturo no significa repetirlo. Significa permitir que su visión telúrica nos interrogue hoy. Significa aceptar que el sur no es paisaje romántico sino territorio vulnerable. Y significa, sobre todo, entender que si el viento cesa, cesa también nuestra palabra.
Este poema es, entonces, un acto de continuidad y de conciencia: un soplo escrito para que la casa vuelva a respirar.
MORADA AL SUR
Pablo Emilio Obando A.
(Elegía del viento en la casa del SUR)
En este torso de árbol que aún sangra resina bajo antenas y relámpagos,
en este umbral pulido por pasos vivos y pasos idos,
principia otra vez la casa.
La casa grande entre montañas que respiran humo y neblina,
entre frescos ramos que no han aprendido la derrota.
En sus rincones no sólo ángeles de sombra:
también la fiebre azul de las pantallas insomnes
que vigilan la noche
sin comprenderla.
Yo vi la luz pura todavía.
La vi descender sobre el musgo
como una lengua antigua pronunciando el mundo.
Pero cuando la sombra pobló las cámaras de cables y murmullos,
la noche —mimosa y cauta—
puso en mis manos pequeños fuegos domésticos,
frágiles astros del siglo.
Entre años, entre árboles,
circundada por vuelos que mezclan garzas y aviones,
la casa blanca permanece.
Blanco muro.
Piedra paciente.
Maderas que crujen como si nombraran
a los que amaron esta tierra antes que nosotros.
En el umbral de roble demoran todavía las voces.
Demora el humo del café.
Demora la memoria.
Oh paisaje tenaz,
todavía resuena en ti el rumor de caballos invisibles
galopando bajo ramas asombradas.
Yo subí a las montañas.
Subí entre torres metálicas y líquenes,
subí donde el viento golpea los párpados
y un grito persiste
entre alas oscuras y señales intermitentes.
Te hablo de días rodeados de eucaliptos y carreteras delgadas.
Te hablo de noches vastas
donde no una estrella de menta
sino una ciudad lejana
enciende la sangre con su resplandor incierto.
Y, sin embargo, la sangre canta.
Canta como gota obstinada
que cae eternamente en la sombra encendida.
He escrito un viento.
No el viento leve de las antiguas fragancias,
sino un viento herido
que pasa entre los troncos abiertos
como si buscara su nombre perdido.
En su soplo crujen los bosques talados,
las ramas que ya no sostienen nidos,
las lunas grandes mirando
desde un cielo más solo.
Y, sin embargo,
en el fondo del valle
el río pronuncia su vasta respiración.
Sube por lianas que resisten,
golpea con su voz llena
las piedras que quisieron domesticarlo.
—¿Eres mi padre? —pregunto.
Y el río responde con espuma oscura:
—Soy el antiguo pulso de la tierra,
pero me han estrechado el cauce.
Todos los cedros callan.
Todos los robles callan.
Su silencio no es reposo:
es advertencia.
He visto hojas caer antes del tiempo.
He visto el verde volverse cifra, frontera, mercancía.
Pero también he visto —entre millares de ramas heridas—
una hoja sola persistir.
Pequeña mancha viva.
Delgada frescura cruzando el año entero.
Hoja que repite, como viento fiel en el umbral:
Torna.
Torna a esta tierra donde es dulce la vida
si la vida se protege.
No hablo desde la nostalgia.
Hablo desde la urgencia del canto.
Porque el sur no es paisaje:
es latido compartido.
Es sangre mezclada con musgo,
es agua que respira dentro de nosotros.
Si el viento cesa,
si las lunas no hallan follaje donde apoyarse,
será nuestra propia voz la que se apague
como ave entre alas rotas.
Por eso he escrito un soplo.
Un viento vivo todavía.
Que abra ventanas en el mundo moderno,
que despierte a los que duermen
bajo párpados cosidos por la costumbre.
Que nos incline otra vez hacia la hierba.
Que nos devuelva al río sin cadenas.
Que nos haga merecedores
de la casa grande entre montañas.
Porque aún es posible —si escuchamos—
que la noche mestiza vuelva a subir desde la tierra,
no como lamento,
sino como promesa.

