Por: José Luis Chaves López
Soy Josef bar Caifás, Sumo Sacerdote del Templo de Yaveh en Jerusalén y tengo noticias de primera mano sobre lo que sucedió con el galileo después del sermón de la montaña de Cafarnaúm.
Yo había infiltrado a uno de mis sobrinos entre sus seguidores y era él quien me mantenía informado sobre lo que hacía y decía ese hombre. Por estas informaciones lo llegué a conocer y ese conocimiento fue lo que me sirvió cuando lo enfrenté en mi casa, antes de llevarlo ante Pilatos, para buscar que reconociera su herejía.
Pero, ¿qué era lo que tenía ese galileo? Arrastraba multitudes y cambiaba corazones y espíritus y la gente lo seguía como si fuera rebaño. Luego de ese sermón, mi informante me traicionó; ya no me fue leal y se incorporó al grupo de los nazarenos. Incluso a él lo cambió. Lo extraño fue que después de ese día, el galileo desapareció y mi sobrino también. No supe qué estaba tramando ése hombre y sus seguidores, pues no volvimos a saber de ellos hasta que me avisaron que estaba en Betania con todos ellos. Esto era preocupante, pues esta villa queda a pocos pasos de Jerusalén y con semejante multitud aclamándolo no sé lo que nos espera en nuestra relación con los romanos; ellos no soportan estos desafueros. Incluso se pone en riesgo nuestra continuidad como nación, pues pueden llegar a destruirnos. Escuché, también, que hasta resucitó un muerto y eso le ganó aún más adeptos. ¿Qué pretendía el galileo acuartelándose en Betania? Porque me informaron que eran cientos los que iban llegando y, estando este lugar cerca de la ciudadela romana de Magdala, la preocupación y la inquietud se apoderaron de mí, porque con esta secta no se podía esperar nada bueno.
Estaba seguro que se afectaría nuestra relación con el gobernador Pilatos y lo que temía… sucedió. Una semana antes de Pascua un gran alboroto sobresaltó a Jerusalén. Llegaron a informarme que cientos de personas avanzaban hacia el Templo y que, en medio de ellos, montado en un burrito, cabalgaba el galileo. Sus seguidores lo vitoreaban al grito de: “bendito el que viene en el nombre del Señor” y lo proclamaban “rey”. Incluso, en el colmo de la insolencia, lo llamaban: “hijo de David”, “rey de Israel”.
Este hecho no tendría mayor importancia, más allá de ser un barullo propio de nacionalistas judíos, añorando un salvador, un “mesías”, si no fuera porque, al mismo tiempo, y casi en la misma dirección, hacia Jerusalén, el gobernador Poncio Pilatos, con su séquito real y sus cohortes de soldados, marchaba hacia la Torre Antonia.
¡Qué cuadro! Por una calle, el galileo vitoreado como “rey”, al grito de “bendito en el que viene en el nombre del Señor”, y montado en un burrito apenas enjaezado con unas pobres mantas. Parecía más una parodia organizada por los nazarenos para mofarse del poderío romano, pues por otra vía, casi paralela, Pilatos, montado en un brioso caballo adornado ricamente y rodeado por su guardia, marchaba bajo las palabras de desprecio de la gente. Claro que al gobernador este rechazo no le importaba. Él no había venido a hacer amigos, ya lo dije, si no a sofocar protestas y, de paso, a enriquecerse.
Al día siguiente de esas cabalgatas, me llegaron, otra vez, noticias del galileo. Eran preocupantes, pues me decían que él y sus secuaces se presentaron en el Templo muy temprano en la mañana. ¡No podía entender qué pretendía con esta visita! Pero, estaba seguro que no era para nada bueno; no era para hacer sus oraciones y presentar sus ofrendas, como debía hacerlo todo judío devoto, y tenía razón. Mis informantes iban y venían del Templo a mi casa trayendo noticias cada vez menos alentadoras. Me contaron que el galileo, entró en el patio del Templo, se hizo con un látigo de cuerdas y empezó a golpear y tumbar las mesas de los cambistas; tiró el dinero y esparció las monedas, incluso liberó las palomas y los corderos destinados al sacrificio, soltándolos de sus argollas.
Recuerdo que cuando nos encontramos en mi villa, le pregunté por qué lo había hecho, me respondió citando al profeta Isaías: “mi casa es casa de oración y ustedes la han convertido en cueva de ladrones”. Yo era el responsable del Templo y ese insulto me tocaba directamente, pero lo pasé por alto, porque más que lo de “ladrones”, me llamó la atención la manera como utilizaba las palabras del profeta para hacerse igual a Dios. “Mi casa…”. Pero, el Templo es casa de Dios y este galileo dijo: “mi casa…”, entonces él se hacia Dios. ¡Blasfemia, blasfemia! Directamente lo inquirí, respondió guardando silencio y sólo murmurando: “no blasfemaré”, pero sin negarlo. ¿Entonces, si es “hijo de Dios”, como lo vitoreaba la multitud?
Nunca pude sacarme de encima esa inquietud. El galileo murió sin reconocerlo abiertamente, pero lo sucedido después de esa crucifixión no lo puedo explicar. Sus seguidores retornaron a Jerusalén afirmando que estaba vivo, que lo habían visto, que les había hablado, que “de eso eran testigos” y la multitud, que estaba en la ciudad para celebrar la Pascua, les creyó. Incluso algunos vinieron a informarme que a sus discípulos los escucharon hablar de lo que sucedió en su propia lengua, no sólo en arameo o en latín o en griego, si no en el dialecto de las distintas provincias de Asia. No lo puedo explicar, pero lo evidencié, y las consecuencias de ese día de Pentecostés las sufrimos ahora, treinta años después, como dije.
Los ejércitos romanos se acercan y sé que moriré. No pude cumplir mi misión como Sumo Sacerdote y no sólo perdí mi amistad con Roma, si no que le falle a mi pueblo, y el sentido de nación judía, que estaba en mis manos, ahora se deshace. El hijo de un carpintero, que se las daba de mago y curandero, destruía lo que Yaveh pretendió levantar a través de Moisés. Pero, ¿quién tergiversó la propuesta divina? ¿El galileo, a partir de sus reparos a lo dicho por la Torá, o nosotros por no hacer caso a los profetas?
El galileo constantemente repetía cuando enseñaba a sus seguidores: “escucharon que se les dijo a los antiguos… ahora yo les digo…”. ¡Qué insolencia! Sin embargo, yo no podía permitir que la institución religiosa, que nos sostiene como pueblo elegido, como nación consagrada, se derrumbara. Pero, ya es tarde para arrepentimientos. ¿Cómo llegamos a esta situación? Veré si puedo explicarla.
Aunque en mis conversaciones con Pilatos, él nunca hizo comentarios al respecto de su entrada y la del galileo al mismo tiempo en Jerusalén, yo creo que este hecho si lo afectó. Su rabia y su malestar los guardó durante una semana. El jueves, antes de Pascua, cuando le entregué a ese hombre, aprovechó la propicia ocasión para cobrar venganza. La humillación recibida no podía quedar impune y, por eso, cuando le preguntó al pueblo a quien querían salvar y la gente respondió a “bar – Abba” (hijo de Dios), él tergiversó la voluntad de la muchedumbre y perdonó a “Barrabás”. Debo reconocer que fue una excelente jugada política. Se liberó de un “rey” que podría poner en peligro su gobierno y, de paso, acabó con el líder de una sublevación. Y, para utilizar el dicho de los mayores: “muerto el perro, se acabó la rabia”, según él.
Pero, qué ironía, no fue así. La muerte del galileo sólo originó más levantamientos y protestas. Y, por eso, cuando escribo estas líneas, treinta y tantos años después de esa crucifixión, sé que Roma no soportó más esos desórdenes y, por eso, en este momento, una legión avanza hacia Jerusalén con el propósito de someter, a como dé lugar, la rebelión de mi pueblo. Los romanos no se andan con medias tintas; lo que nos espera no es nada bueno. La destrucción de la ciudad, incluso del Templo será la consecuencia de lo que inició el galileo.
No puedo soportar que fallé a mi misión; no puedo aceptar que fui vencido por un nazareno. También lo dicen nuestros mayores: “de Nazaret no puede salir nada bueno”. Pero, parece que así es… fallé.

