Por: Camilo Eraso E.
El parque principal estaba enmarcado por una combinación de casonas coloniales y edificios modernos como los de la Gobernación, la Alcaldía y algunos bancos. Sobre sus cuatro costados estacionaban taxis con una empresa autorizada para ocupar cada costado. En esta ciudad pequeña, las personas realizaban sus diligencias a pie y cuando tenían que recorrer un trayecto largo, caminaban hasta el parque para contratar lo que comúnmente se conocía como un carro de plaza, aludiendo al sitio en donde se encontraban estacionados.
Carlos ─“el Zucho”─ Viteri arribaba temprano en la mañana, con bayetilla y cera en mano, para embellecer su Ford 1958 y ofrecerlo impecable a sus clientes. El carro resplandecía, despedía aromas florales al mismo tiempo que su conductor vestía traje de paño, camisa blanca y corbata. Carlos era alto, estilizado, elegante, con conversación amena y buen sentido del humor; más de una admiradora suspiraba por él. En el trabajo con el taxi, las carreras cortas en la ciudad tenían una tarifa fija y, por supuesto, la jornada daba mayores frutos cuando se presentaba un servicio fuera de la ciudad. El contrato anhelado consistía en un viaje de ida y vuelta a un pueblo o al aeropuerto, ojalá con algunas horas de espera.
El Zucho tuvo que comenzar a trabajar, en su adolescencia, a raíz de la partida, temprana y sorpresiva, de su padre al más allá. La viuda no alcanzaba a sostener a sus hijos con la venta de empanadas. Para afrontar la crisis, el hijo mayor dejó los estudios decidido a ayudar en la casa y a sacar adelante a sus hermanos. La madre, como último recurso, acudió a pedir auxilio al mejor amigo de la familia.
─Pedro, le ruego que me ayude a conseguir un trabajo para Carlos, mi hijo mayor ─le dijo la madre, casi entre lágrimas─. Lo que gano no alcanza y sin marido ni pensión, la cosa se me ha puesto cuesta arriba.
─Comadre, dígale que vaya mañana al taller, le puedo ayudar ─respondió Pedro colocando una mano sobre sus hombros.
El Zucho hizo sus primeros pinos laborales como ayudante lava tornillos en aquel taller de mecánica. Por su destreza y por la urgencia de ganar dinero, se ofrecía para ayudar a los mecánicos en lo que fuera; él sabía que esas labores adicionales eran el mejor medio de aprendizaje. Pedro, al constatar que absorbía conocimientos como esponja, lo nombró ayudante de mecánico, con algunas labores sencillas, tales como alistar los repuestos, sostener y apretar componentes, limpiar y ordenar las herramientas. Por su disposición fue ganando confianza y recibió tareas de mayor complejidad. Unos cuantos años después, tras el retiro de un mecánico, Pedro lo llamó a su oficina:
─Le has puesto berraquera al trabajo y has aprendido, Carlos ─le dijo dándole palmaditas en la espalda─. Te voy a dar el chance de ocupar la vacante de mecánico.
Con el tiempo, el Zucho se convirtió en un experto para reparar motores, a tal punto de llegar a ser considerado el maestro de los mecánicos. Estaba en la cima de su oficio cuando la caída del bloque de un motor le cercenó su mano izquierda produciendo una discapacidad que le impidió continuar ejerciendo su cargo. Vivió un período crítico porque no sabía hacer otra cosa, estaba cerca de cumplir cuarenta años y aún sostenía a su madre.
Pedro, quien más que su jefe era su amigo, se le acercó en el peor momento de la depresión.
─Si quieres te puedo alquilar uno de mis taxis para que trabajes, de tal forma que me pagues un módico arriendo mensual y el resto del producido sea para ti ─le dijo mostrando las llaves del carro─. Tus conocimientos de mecánica te van a servir para cuidar el taxi y hacer que te produzca más ─agregó el jefe.
El Zucho aceptó sin dudarlo. Los soplos del destino le dieron un giro a su vida. Adaptó un pomo en el timón y, desde entonces, usó a diario las dos pintas domingueras porque el nuevo trabajo exigía vestido formal. La presentación, la limpieza del carro y la gentileza del conductor fueron los polos de atracción para los clientes. Su día de trabajo se convirtió en una caja de sorpresas porque a veces sólo hacía carreras en la ciudad, mientras que en otras ocasiones los viajes largos engrosaban su bolsillo.
Con el paso de los días el Zucho se consolidó como uno de los mejores taxistas, tanto que era buscado por los personajes locales, logrando unos ingresos que, con disciplina de ahorro, le permitieron comprarle el taxi a su patrón.
Monseñor Realpe, el magistrado Pérez y el médico Caicedo estaban entre los clientes preferenciales, por su conversación amena y su generosidad. Además, cuando tenía que esperarlos, igual ganaba sin quemar gasolina y recibía generosas propinas.
Para facilitar la modernización de la flota, el gobierno importó carros sin arancel. El Zucho pidió un préstamo para comprar un Ford Fairlane del año 1965, cero kilómetros. Con carro nuevo, creció la clientela y bajó el costo de mantenimiento, circunstancias que le permitieron pagar el crédito a la misma velocidad a la que le gustaba conducir en carretera.
En esa ruta de la vida, se le atravesó una nueva oportunidad. Por esos días, la señora Martha Ortiz inauguró la primera escuela de conducción en la ciudad e invitó al Zucho a su oficina. Martha era una mujer alta, curvilínea, de ojos soñadores y cabello castaño, tendría unos cuarenta años. Por su gusto y afición a los carros, optó por el negocio de la escuela de automovilismo como medio de subsistencia, después de la desaparición de su esposo, quien no regresó de un viaje al Ecuador.
─Quiero hablarle porque conozco su trabajo. ─dijo Martha Ortiz, invitándolo a tomar asiento─. Yo era cliente del taller en donde usted laboraba, por eso lo llamé.
─Bueno, muchas gracias señora; ahora que lo dice, recuerdo que la vi varias veces en el taller. ¿Necesita algún viaje o para qué soy útil? ─respondió el Zucho mientras se sentaba.
─Me acabo de lanzar al agua con la creación de una escuela de conducción. El curso que dictamos incluye el conocimiento del vehículo tanto en teoría como en la práctica y la enseñanza de su mecánica básica ─prosiguió Martha, poniéndose de pie, al lado del Zucho─ Nos podríamos aliar para que usted se encargue de esa parte de la enseñanza. ¿Cómo le parece? ─los gestos de Martha eran insinuantes, lo trataba con una confianza inusual.
─Me sorprende, señora. No estaba preparado. Vea, es que encargarme de esa parte del curso va a cruzarse con mi trabajo. ¿Me deja pensarlo? ─respondió el Zucho, algo atolondrado por la cercanía de Martha y su delicioso perfume.
─Le pido que no me diga señora, me llamo Martha ─le dijo con una sonrisa─. Puedo cuadrar el horario para no entorpecer su rutina. Quiero que trabajemos juntos, no voy a recibir un “no” de su parte ─agregó Martha mirando fijo a los ojos del Zucho.
─Gracias Martha. Con esa condición acepto ─respondió el Zucho con voz entrecortada por el magnetismo que sentía hacia su nueva socia.
─Me encanta que seamos socios. Confío en usted y estoy segura de que vamos a formar un buen equipo ─agregó Martha con su rostro tan cerca, que el Zucho sentía su respiración.
Acordaron que las clases se dictarían dos veces a la semana, de 2 a 4 de la tarde porque ese horario era conveniente para ambos y en especial para el instructor, teniendo en consideración que era un período de poco trabajo en el taxi.
El profesor comenzó a dictar las asignaturas con el respeto y admiración de los alumnos. Al finalizar las clases, Martha se acercaba al salón, invitaba al Zucho a un tinto, hablaban de temas variados y así fueron generando mayor cercanía hasta que comenzaron a tutearse. El Zucho, para corresponder a su amabilidad, de vez en cuando, le llevaba tres rosas rojas o unos chocolates. Pasados unos meses, al término de una clase, Martha lo volvió a invitar a su oficina porque le tenía otra propuesta:
─Carlos, mira, quiero promover el automovilismo. Deseo hacerlo por medio de una carrera con carros de turismo. Te propongo que entre los dos organicemos un circuito de ida y vuelva a Ipiales ─Martha le pasó el brazo sobre los hombros, como si fueran amigos de mucho tiempo.
─Tu sabes que mi pasión es la velocidad, tu idea es fabulosa. ¡Hagámosle! Además de bella, déjame decirte que eres visionaria y arriesgada ─respondió el Zucho con un| guiño, para reforzar su piropo.
El Zucho pasó varias noches desvelado pensando en la competencia y en las insinuaciones de Martha, que le atraía bastante. En sus ratos libres se convirtió en promotor, publicista y relacionista para conseguir permisos de las autoridades, patrocinios del comercio y apoyo de los medios. Además tuvo que organizar a jueces, cronometristas, servicio técnico en carretera, ambulancias e infinidad de detalles adicionales.
En otro frente de trabajo, el Zucho tenía que preparar su taxi para la carrera, pues no se iba a quedar sin correr, así que él mismo supervisó el acondicionamiento en el taller de Pedro. Poner el carro a punto tomó tiempo y requirió algún dinero que algunas empresas le donaron, a cambio de ubicar su marca en sitios visibles de la nave. Además de los ajustes a la suspensión y a los frenos, era fundamental la eficiencia del motor, ese era el secreto del Zucho que adaptaba unos chicleres en el carburador, para darle mayor potencia. Los mecánicos y sus auxiliares pusieron todo su empeño, porque un buen resultado sería orgullo para ellos y prestigio para el taller. Para probar el funcionamiento, el Zucho pisaba el acelerador, después de la media noche, cuando la carretera Panamericana estaba casi vacía. Con los resultados de la prueba, al día siguiente ordenaba ajustes adicionales.
Por su lado, Martha, con su taller de confianza, también preparaba su Chevrolet Belair 1966 sin parales, con motor de persecución, para llevarlo a su máxima capacidad.
Aunque no lo habían hecho explícito, el duelo central de la competencia estaría entre ella y el Zucho. Ambos lo pensaban aunque los dos lo guardaban en secreto. Martha quería demostrar que una mujer tenía tanta o más destreza que los hombres en una actividad que siempre se había considerado masculina. Para el Zucho el reto era doble. Por un lado comprobar que era el mejor automovilista de la región y que su impedimento físico estaba superado y, por otro lado, estaba su desafío escondido con Martha; no cabía en su cabeza que una mujer le pudiera ganar, mucho menos quien le comenzaba a conquistar el corazón.
El sábado de la competencia, la carretera de Pasto a Ipiales fue cerrada desde las seis de la mañana con el fin de asegurar que estuviera libre de vehículos a la hora de iniciación de la carrera. A lado y lado de la Avenida Boyacá, los andenes se llenaron de espectadores; los más entusiastas fueron hasta sitios estratégicos de la carretera, como el final del ascenso en el kilómetro 15, la entrada a Tangua o El Pedregal, para ver el paso de los corredores.
El orden de salida fue sorteado por los jueces en el sitio de partida. Al Zucho le correspondió el quinto lugar y a Martha el séptimo, con tres minutos de diferencia entre competidores, situación que generaba una diferencia de seis minutos de diferencia entre la salida del Zucho y la de Martha. Los motores de los diez vehículos rugían produciendo un ruido ensordecedor que subía las emociones de corredores y espectadores. A las ocho en punto se agitó la bandera a cuadros para dar la partida al primer vehículo.
Los corredores salían desde la plazoleta de Santiago, descendían por la Avenida Boyacá para luego tomar la carretera Panamericana. El Zucho miraba con obsesión el espejo retrovisor porque, a toda costa, debía evitar que Martha lo alcanzara.
El público vibraba y aplaudía el paso de los bólidos, que parecían vallas publicitarias. El trayecto, ya en carretera, comenzaba con un fuerte ascenso de quince kilómetros, seguido por un sector de rampas que atravesaba varias poblaciones y terminaba con un tramo recto y plano. Luego de un recorrido por avenidas de la ciudad de Ipiales, los vehículos tomaban la vía angosta y destapada, pasando por Túquerres, para empatar de regreso en el Pedregal con la carretera Panamericana, en sentido contrario, rumbo a la meta en el sitio de partida.
El Zucho ubicó a varios amigos con radios portátiles en puntos críticos de la vía, para que le dieran noticias sobre el desarrollo de la carrera y la diferencia con sus rivales. Desde la cima del primer ascenso, su escudero le informó que el carro de Martha había cruzado cuatro minutos y medio detrás de él.
En un terreno ondulado, con curvas suaves, pasaron cerca de Yacuanquer, Tangua y El Pedregal. En este último punto, otro de los apoyos del Zucho le informó que Martha había cruzado a tres minutos de él. El Zucho estaba con los nervios de punta porque su carro no daba más, sudaba a cántaros y no despegaba los ojos del retrovisor; sabía que su rival tenía un mejor vehículo. Las llantas rechinaban y sacaban humo en las curvas.
En el terreno plano y recto que se ´presentaba de allí en adelante apretó el acelerador hasta el fondo; sin embargo su cronometrista le informó que al paso por Ipiales, su diferencia sobre Martha era de tan solo dos minutos.
La desesperación del Zucho crecía como la espuma. Buscaba sacar la máxima velocidad a su carro, pero parecía que no era suficiente. Al acercarse de regreso a El Pedregal, en medio del polvo que levantaba su vehículo alcanzó a ver en el retrovisor a la corredora que lo atormentaba, pudiendo comprobar asustado que la distancia se seguía reduciendo a tal punto que el coche de Martha cubría buena parte del espejo.
En la siguiente recta, antes de llegar a El Pedregal, el Chevrolet Belair pasó raudo levantando una estela de polvo que dejó al Zucho sin visibilidad. Después de lavar el parabrisas, el Zucho oprimió el acelerador con toda el alma, escuchó cuando el bramido del motor ya era un clamor, vio que la aguja de la temperatura comenzó a subir y la presión del aceite ya no estaba en su nivel habitual. A pesar de su esfuerzo, su contendora se alejaba cada vez más. Al pasar por la recta de Tangua su velocímetro marcaba 120 kilómetros por hora y el sonido era ensordecedor. En medio del aplauso condescendiente de los lugareños, el motor se apagó y, tras múltiples intentos, no volvió a encender.
El Zucho bajó del carro tirando la puerta con furia. Sabía que había fundido el motor. A punto de estallar en lágrimas, se sentó a la orilla de la carretera, con la cabeza gacha. El vehículo de cierre de la competencia recogió al Zucho para llevarlo hasta la meta y envió una grúa para recoger su carro. El Zucho no musitó palabra en el recorrido, solo se limitó a mirar los árboles a la orilla de la carretera y, de cuando en cuando, darle un golpe con su frente al vidrio lateral.
Con la llegada del carro de cierre, los jueces iniciaron la premiación. Marta, en lo más alto del podio recibió la medalla de oro, un trofeo y un juego de llantas. El Zucho, al frente de la tarima la aplaudió, pegándose en el pecho con su mano y le envió un beso volado de felicitación. Estaba herido en su amor propio, pero igual vitoreó a su rival
Al bajar de la tarima, Martha se acercó al Zucho, le dio un estrecho abrazo para agradecerle por lo que había hecho por ella y por la carrera. Estaba feliz por el éxito del equipo de trabajo que habían conformado.
−Tengo una cena especial y una botella de champagne para celebrar mi primer triunfo en una carrera. Quiero que tú compartas este festejo conmigo. Te espero a las 7 en mi apartamento ─le dijo Martha con una sonrisa y un beso.
El Zucho abrió los ojos y se tocó la mejilla en donde había aterrizado el beso. Nunca| hubiera imaginado, pensó, que a pesar de la derrota en la competencia fuera a ganar un premio mayor.

