Julián David Correa es un gran conocedor del entorno cultural colombiano. Este psicólogo paisa con maestrías en literatura y cultura ha acumulado una trayectoria que le ha permitido estar en contacto con la evolución de un sector que, en el caso colombiano, siempre se ha relacionado con nuestras más urgentes problemáticas. Correa ha fungido desde la gestión cultural en varios cargos. Ha sido director de la Cinemateca de Bogotá encabezando el proyecto del nuevo edificio que la alberga. Fue subdirector del Centro para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlac-Unesco) y gerente del área de literatura de la Alcaldía de Bogotá.
Hace poco lanzó su más reciente libro: “Mundos Posibles” (Planeta), una compilación de textos que cuentan, a través de la historia de varios personajes, cómo la gestión cultural es un articulador y un facilitador del arte en el país en medio de distintos contextos históricos y sociales. Desde el grupo de Cali de Andrés Caicedo, pasando por la icónica Cueva donde se reunían García Márquez y sus amigos, hasta la fórmula que guarda el éxito comercial de Dago García, entre otros relatos, este libro es un interesante recorrido por las artes colombianas. El autor habló con Página 10 y nos contó algunas de sus perspectivas sobre un tema que nunca deja de ser relevante en nuestro contexto nacional.
¿Qué es para usted la cultura, desde su experiencia personal y profesional?
Es difícil, porque por la cabeza de uno pasan muchas definiciones. Yo lo pienso desde lo antropológico: la cultura es una construcción social sobre la realidad. Estudié psicología y recuerdo a Lacan, que hablaba de tres dimensiones donde nos movemos los seres humanos: lo real, lo imaginario y lo simbólico. Lo real es lo tangible: el cuerpo, la enfermedad, el parto. Lo imaginario es la relación especular con otros, primero con la madre y luego con la tribu. Y lo simbólico es ese orden cultural que construimos colectivamente. Ahí entra el idioma, que es piedra angular, pero también todo lo demás: desde cosmogonías hasta cómo se hace una arepa. Para mí, cultura es ese orden simbólico que conecta lo más grande con lo cotidiano.
¿Qué papel cree que cumple la cultura en un país como Colombia, especialmente en la búsqueda de reconciliación?
Hay una paradoja. Como artista, defiendo la libertad absoluta: nadie debe pedir permiso para crear. Un artista puede escribir desde cualquier voz o perspectiva, incluso si incomoda. El arte tiene que ser un espacio de libertad, aunque sea marginal o no guste.
Ahora bien, como gestor cultural, hay un compromiso social evidente: restricciones legales, contables, políticas. Ahí sí se trata de construir colectivamente. En ese sentido, creo que la cultura puede aportar a la reconciliación cuando nos ayuda a ponernos en el lugar del otro. No se trata de “tolerar” la diferencia —palabra que me parece pobre—, sino de celebrarla: celebrar que existen muchas cosmogonías, religiones, formas políticas, sexualidades y géneros.
Las artes permiten eso. Desde la cosmogonía hasta la arepa, desde lo macro hasta lo cotidiano, la cultura ayuda a reconocernos en la diferencia. Y claro, hay proyectos concretos: en el Ministerio de Cultura, por ejemplo, existen estímulos y concursos orientados a la construcción de paz. Algunos trabajan directamente con procesos de reconciliación, otros de manera más sutil, pero todos contribuyen a ese tejido.
¿Cómo nació la idea de su libro y en qué momento decidió concretarlo?
Oficialmente me demoré tres años, pero en realidad lo llevo escribiendo toda la vida. Incluso cuando no trabajaba en temas culturales ya reflexionaba sobre la dimensión ética y política de las artes.
La pandemia fue clave. Yo había salido del Ministerio de Cultura, donde dirigía la oficina de cinematografía, y de repente tuve tiempo para tomar notas, pensar proyectos y empezar a armar este libro. Después conversé con Juan David Correa, entonces editor en Planeta, y coincidimos en algo: Colombia necesita dejar registro escrito de las transformaciones culturales que estamos viviendo. No podemos dejar que la historia la cuenten solo los narcotraficantes en series de televisión o los políticos de turno.
El libro busca eso: construir memoria. Mostrar que, además de violencia y crisis, este país ha producido hechos admirables y milagros culturales que merecen contarse.
¿Cuál fue su criterio para escoger las historias que aparecen en el libro?
La pasión. Todos los temas que están ahí me apasionan de alguna manera, aunque yo no sea practicante de todos. No sé bailar ballet, por ejemplo, pero me emociona cómo de la esclavitud surgió una música vibrante.
Algunas historias me tocan más de cerca, como la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá, un proyecto que lideré y que solo fue posible gracias a la movilización social. Ese capítulo muestra cómo los proyectos culturales requieren de luchas colectivas para existir.
Claro, quedaron temas por fuera. Me habría gustado escribir más sobre el Amazonas o sobre gastronomía, que apenas aparece en un capítulo. Pero este libro ya contiene lo que quería contar: una ventana a la diversidad cultural de Colombia.
Usted resalta mucho la figura del gestor cultural. ¿Por qué darle ese énfasis?
Porque siempre hemos existido, aunque a veces seamos invisibles. Desde las cuevas de Altamira, al lado del que pintaba estaba alguien mezclando la pintura: ese era un gestor cultural.
Este libro también es una reconciliación conmigo mismo. De joven me dediqué a trabajar en zonas de conflicto, convencido de que esa era la forma de transformar el país. Con el tiempo entendí que las artes y la gestión cultural también lo logran, incluso de manera más profunda y sostenida.
Hoy en Colombia existen más de 20 programas universitarios de gestión cultural, pero casi no hay libros sobre el tema. Era necesario escribir desde esa perspectiva: mostrar que, sin gestores, no habría leyes de cine, ni políticas culturales, ni plataformas para que los artistas trabajen. Somos quienes construimos la tarima para que el arte exista.
¿Cómo conciliar la libertad artística con la necesidad de gestión y sostenibilidad?
Entendiendo que todo hace parte de un ecosistema. El poeta solitario, el editor de una gran multinacional, la librería independiente, el mediador de lectura en un parque: todos son necesarios.
El arte por sí solo no garantiza nada. Hace falta un andamiaje: editoriales, distribución, políticas públicas, bibliotecas, público lector. Por eso insisto en que debemos valorar integralmente ese ecosistema cultural.
El artista tiene derecho a encerrarse a escribir lo que quiera, pero si quiere que su obra circule, necesita de gestores, instituciones y contextos que lo hagan posible.
¿Cómo le gustaría que este libro sea leído dentro de 30 o 40 años?
Me gustaría que se recuerde que incluso en los peores momentos de nuestra historia hubo personas que eligieron el lado del poeta antes que el del caníbal. Que en medio de la guerra y la violencia siempre hubo quienes construyeron belleza, poesía, teatro, cine, música.
También quiero que me recuerden no solo como gestor, sino como escritor. Publicar es dejar un testimonio para mi familia y para las generaciones futuras. Y ojalá este libro sirva como prueba de que Colombia también ha sabido transformar dolor en arte, y que de la adversidad han nacido milagros culturales que nos hacen sentir orgullo.
Mira, tengo una anécdota que me gusta mucho. Yo no soy de Bogotá, soy de Medellín, pero cada vez que pasaba frente al Observatorio Astronómico del Sabio Caldas pensaba lo mismo: en la época colonial, cuando los niños eran soldados y las mujeres sufrían violencia, había dos personas mirando las estrellas. Eso me recuerda que incluso en los peores momentos siempre hay quienes eligen pensar más allá de lo inmediato, quienes construyen belleza. Yo quisiera que este libro se recuerde así.

