Esta frase inicial de La vorágine, a nuestro juicio, condensa y entraña en una sola palabra, todo el hondo sentido social de esta obra perdurable: la violencia. La violencia de ayer, de hoy, y, la de siempre.
Una palabra premonitoria que, al cabo de cien años, constituye el zumo y compendio de la vorágine avasallante que ahora vivimos y padecemos, y, lo que es peor, nos aniquila y destruye.
La violencia, una palabra que nos estremece y nos desgarra el alma. Una palabra que nos altera o desconcierta el poder disfrutar de una vida apacible.
Tornemos a la frase inicial. José Eustasio Rivera jugo’ su corazón al azar y se lo gano la violencia. Al término de un tiempo tan largo, nos preguntamos perplejos: ¿La violencia nos está ganando la partida?
Reparemos que soportamos una violencia de ya largos años. Una violencia desenfrenada e incontenible que ocurre, para nuestro infortunio, a toda hora y en toda parte de nuestro territorio. Una violencia que irrumpe sin tregua ni contemplación alguna, con adversos resultados de muerte y desolación. Mayormente, para nuestras gentes del campo que, de manera imperdonable, se han constituido en el blanco de tan desnaturalizada violencia.
Como si todo lo anterior fuera poco, en la hora de ahora se ciernen funestos augurios de violencia. Brotes de violencia verbal que surgen, quien lo creyera, de la misma cede presidencial, y en el propio seno del Congreso de la República, Violencia verbal que ojalá no caiga en el desenfreno de una violencia física. Escenarios, en donde no escapan las violentas arremetidas y confrontaciones políticas, que perdieron su altura.
¿A dónde nos lleva esta ciega violencia, que ya se ha convertido en el infaltable pan de cada día? Quiera Dios que esta pregunta no se constituya en una pregunta de nunca acabar.
¿José Eustasio Rivera, un vencido de la violencia? Jamás. Como poeta por naturaleza, Él es el gran profeta, el gran visionario de cuanto pueda acontecer o sobrevenir. Un solo caso nos demuestra plenamente este acierto: la destrucción de la selva amazónica. Ya Rivera lo había sentenciado: “el hombre civilizado es el adalid de la destrucción”.
¿Para qué más?
Bogotá, 13 de marzo del 2025

