Cuando en Bogotá hace sol la vida pareciera mostrar su mejor cara. El aire se insinúa como una brisa discreta y cálida que envuelve a los transeúntes y a sus mascotas. Al mismo tiempo, la luz, que toma la forma de flechas infinitas, rebota por doquier resaltando el manto de las flores, los troncos de los árboles, y la lenta caída de las hojas que cortan el espacio con vaivenes cadenciosos hasta que se posan, sin ruido, sobre el césped.
Dan pasadas las diez de la mañana cuando me encuentro con Juan Pablo Velásquez Luna un joven músico quien hoy hace parte de la nueva ola de artistas nariñenses que se están posicionando con fuerza en la escena capitalina. Viste un conjunto de chaqueta, pantalón y buzo que mezclan el beige con el café. Extiende su mano con cálida formalidad y sonríe mientras pregunta cómo va todo. Nos sentamos en las mesas del exterior de un café ubicado en el sector del Parkway, en la localidad de Teusaquillo.
Juan, quien además es productor musical y compositor de bandas sonoras, lanzó hace algunas semanas su más reciente trabajo discográfico: “Umbrales del 94”, una propuesta conceptual que hunde sus raíces en los sonidos tradicionales latinoamericanos con un fuerte énfasis en la sonoridad andina. En esta conversación hablamos del proyecto, pero también de su vida, anhelos, y la relación que ha tejido con la música, una historia que comenzó un par de décadas atrás.
Antes de hablar del disco, ¿cómo comienza tu relación con la música? ¿Hay una memoria fundacional?
Sí. El primer recuerdo claro que tengo es en la Fundación Nacional Batuta de Pasto. Mis papás me inscribieron a clases de música con el fin de que me entretuviera. Asistía a clases grupales; practicábamos xilófono, pero no me enganchaba tanto. Un día, al salir de clase, coincidí con un ensayo de la orquesta juvenil. Yo me senté en las escaleras y escuché esa masa sonora de todos los instrumentos juntos. Tenía entre seis y ocho años. La sensación me voló la cabeza. Lo recuerdo con mucha claridad y, desde ahí, no hubo vuelta atrás. La música empezó a ser algo central en mi vida.
La mesera del lugar se acerca con carta en mano. Se planta derecha frente a nosotros. Su voz suena amable y, como es propio del acento bogotano, cada frase la termina con una entonación que parece una pregunta. Juan Pablo pide un poco de agua con gas y zumo de limón. Por mi parte doy pie a empezar con el primer café de la mañana. La joven mujer asiente con suavidad y desaparece al instante.
¿Cómo se manifiesta ese interés durante la adolescencia?
Empiezo a cacharrear con producción de audio. Mis papás me compraron un computador y yo instalé programas como Cool Edit, que después fue Adobe Audition. Desde los 13 o 14 años veía tutoriales en YouTube, experimentaba. A los 15 forme una banda en el colegio y grabamos. Viéndolo hoy, yo fui el productor. Sentado coordinaba, les decía, “haz esto”, “repite esto”, cosas así. Ahí entendí que quería producir.
Sin embargo, no parecía tan claro que estudiar música fuera una opción viable.
No. En Pasto, en el contexto social en el que yo estaba, ser músico era visto como una perdición. Me fue bien en el ICFES y la gente decía: “¿por qué no estudia otra cosa?”. Yo mismo me convencí de estudiar lo que saliera: administración o quizás economía. Pero mi mamá, que es muy sabia, fue clave. Me dijo: “Eso es lo que le apasiona, inténtelo. Si no sale, no sale, pero al menos inténtelo”.
Y finalmente estudias música en Bogotá. ¿Cómo fue ese salto?
Fue la vida decidiendo por mí. Me gané una beca para estudiar la carrera y así llegué a Bogotá. El choque fue muy fuerte: económico, cultural, social. Uno llega desde Pasto con muchos complejos, con esa idealización del centro del país. Me sentía intimidado, pequeño. Estaban las distancias, las desigualdades, el nivel de vida, la actividad nocturna, todo era distinto. Tampoco faltaba el chiste sobre el pastuso cada tanto. Durante los primeros dos o tres años fue una confrontación constante.
Mientras mezcla con cuidado la gaseosa con el extracto de limón, Juan Pablo me sigue contando cómo la ciudad lo impactó. Por entonces, en pleno 2011, Bogotá ebullía en acontecimientos: el carrusel de la contratación sacaba del cargo al alcalde Samuel Moreno, las manifestaciones estudiantiles en contra de una posible reforma a la educación reventaban las calles y Alfonso Cano, líder de las FARC, era abatido en el Cauca en los tiempos que serían el preludio del futuro acuerdo de paz.
En esa época, con 17 años, Juan apenas asimilaba lo que significaba estar por su cuenta y lejos de casa. Sin embargo, enfatiza que la pasión podía más y se enfocó de lleno en aprender y perfeccionar la técnica musical. En principio un proceso alineado con lo eurocéntrico, pero luego, un interés que cambiaría de rumbo con la fundación de La Peña, un espacio musical que crearían un grupo de jóvenes nariñenses y que hoy se convirtió en una fiesta mensual que convoca en Bogotá no solo a la colonia, sino a todo tipo de curiosos que quieren conocer la música del sur del país.
¿De dónde viene esa conciencia tan clara sobre lo latinoamericano?
Hubo un momento muy importante cuando encontré El Trencito de los Andes gracias a un amigo, Camilo Portilla. Yo siempre había escuchado esa música desde la nostalgia, pero vi cómo él la apreciaba desde la admiración. En aquella ocasión todo se transformó. Entendí que la herencia musical pastusa era lo más valioso que tenía como artista. Que debía pararme desde ahí. Era un lenguaje que entendí profundamente.
¿Qué significó ese descubrimiento para tu proyecto artístico?
Fue clave junto con La Peña donde entendí que lo importante no era la música en sí, sino que la comunidad danzara, que la gente entrara en un espacio común. Ahí conocí el poder del ritmo y del baile. Cuando alguien se para a bailar, ya está conectado. Y dentro de ese baile se puede decir mucho. Cuando salí de la carrera, yo ya tenía una idea muy clara: todo lo que hiciera debía tener al menos un elemento latinoamericano. Un son sureño, un sanjuanito, una cacharpaya, un currulao, una cumbia. Ese iba a ser mi sonido.
Conforme avanzan los minutos la afluencia del lugar se incrementa. Locales y extranjeros, estos últimos muy presentes en la zona, se sientan en las mesas contiguas a hablar de las vicitudes y los gozos de la vida. De repente el murmullo se convierte en un coro que nos obliga a subir el tono para poder escucharnos mejor.
Entrando ya en el disco, ¿cómo fue el proceso de creación y por qué se tomó ese tiempo?
El proceso fue largo. Las grabaciones terminaron hacia finales de 2023, pero la etapa de mezcla fue en 2024. Hubo muchas pausas por temas económicos y de trabajo. Yo quería hacerlo bien: mezclar bien, publicar bien, cuidar lo estético. Podría haberlo sacado antes de forma más descuidada, pero preferí esperar.
¿Cómo construyes las canciones del disco?
Las canciones se construyen desde una idea muy clara de qué quiero decir. Primero aparece el tema, el título. Por ejemplo, la nostalgia de la infancia. A partir de ahí empiezo a botar melodías sobre la armonía y a encajar las palabras dentro de esa melodía. Letra, melodía y armonía van siempre de la mano.
¿Qué quieres transmitirle al público con este álbum?
Hay varias capas. La primera es el encuentro con la identidad y la valoración de los géneros latinoamericanos. Que entendamos que esta música es especial y valiosa. La segunda es una reflexión generacional sobre la adultez: desmontamos el modelo tradicional, pero todavía buscando hacia dónde apuntar colectivamente. Y la tercera es una invitación a estar tranquilos con lo que somos ahora. Con la generación que estamos construyendo.
¿Te consideras un artista político?
Sí, totalmente. Todo artista lo es. Si uno no dice nada, igual está diciendo algo. Yo tomo decisiones desde ahí.
¿Qué papel juega la fama dentro de tu propuesta musical?
Me interesa como herramienta. No desde el ego, sino porque permite crear más, sacar más discos, abrir puertas a otros artistas y expandir ideas. Es como una ilusión que tengo. Me gustaría que mi música se escuche y seguir creando, que eso se propague y que la cultura latinoamericana se valore más.
¿Cómo ves el futuro desde este proyecto?
Como trabajo. Mucho trabajo. Hay mucho por hacer, mucho por posicionar. Y creo que, si nos sostenemos entre todos, ese trabajo puede permear otras capas de la sociedad.
El mediodía repunta y nos despedimos con un gentil apretón de manos. Mientras lo veo alejarse, pienso en uno de tantos recuerdos que Juan compartió conmigo: el de un adolescente atravesando a pie las calles bogotanas durante una inclemente lluvia nocturna. El agua le pegaba por todos lados y apenas podía ver lo que tenía al frente. Sentía que flotaba en el vientre de un monstruo hecho de concreto. Un lugar donde nadie se ocupa de nadie. Extrañaba su casa.
Entonces, aún no lo sabía, pero esos pasos lo llevaban hacia este presente: a la música, que sí era la respuesta; a los amigos que encontró a través del tiempo; al hogar que construyó con su esposa. En aquel momento, como ahora, todo era posible.
Si quiere escuchar el último álbum de Juan Pablo “Umbrales del 94” de clic aquí.
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