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Jane Goodall: la voz eterna de la naturaleza y la consciencia animal

Confieso que la figura de Jane Goodall inspiró cada palabra de mi texto LA CONTROVERSIA DE DODO. Sin ella el planeta Tierra sería diferente y las distintas especies permanecerían en un ostracismo emocional y espiritual. Su nombre marcó caminos, trazó destinos y alteró, para siempre, la conciencia…

Pablo Emilio Obando Acosta·2 de octubre de 2025·3 minutos de lectura
Jane Goodall: la voz eterna de la naturaleza y la consciencia animal

Confieso que la figura de Jane Goodall inspiró cada palabra de mi texto LA CONTROVERSIA DE DODO. Sin ella el planeta Tierra sería diferente y las distintas especies permanecerían en un ostracismo emocional y espiritual. Su nombre marcó caminos, trazó destinos y alteró, para siempre, la conciencia humana. La flor se hizo hermana, el árbol padre y la naturaleza un espejo de nuestros pensamientos.

Con la partida de Jane Goodall, el mundo pierde mucho más que una científica: se apaga una de las voces más puras, comprometidas y luminosas que ha conocido la humanidad en su relación con el planeta y con las demás especies. Sin embargo, su legado no muere; florece en cada árbol que se defiende, en cada ser que se respeta y en cada conciencia que despierta.

Desde muy joven, Jane se sintió profundamente atraída por los animales. Contra todo pronóstico y prejuicio de su época, emprendió un viaje a África que cambiaría para siempre la historia de la ciencia y la forma en que el ser humano se relaciona con el reino animal. Fue allí, en los bosques de Gombe, donde Jane Goodall comenzó su revolucionario estudio con chimpancés, observando comportamientos que hasta entonces se consideraban exclusivos del ser humano: el uso de herramientas, las relaciones sociales complejas, el duelo, la empatía.

Pero no fueron sólo sus descubrimientos lo que la hicieron inmortal, sino la mirada con la que los interpretó. Jane no vio a los animales como objetos de laboratorio, sino como seres con alma, con emociones, con derechos. En cada uno de ellos percibió un reflejo de nuestra humanidad, y en nosotros, la responsabilidad de cuidarlos.

Su amor no fue exclusivo por los chimpancés. Aunque popularmente se asocia su trabajo con ellos, Jane expresó un profundo respeto y cariño por todos los seres vivos, desde los insectos hasta los grandes gorilas, cuya existencia defendió con una ternura combativa y firme.

Goodall no sólo fue una investigadora, sino una activista incansable. Recorrió el mundo, habló ante líderes políticos, inspiró a jóvenes, fundó el “Jane Goodall Institute” , promovió la educación ambiental, luchó contra el tráfico ilegal de fauna, la deforestación y la crueldad animal. Fue también vegana convencida, por coherencia con su amor a la vida en todas sus formas y como un acto diario de respeto al planeta.

Su espiritualidad profunda no era religiosa, sino ecológica. Jane creía en la interconexión sagrada entre todas las especies y veía en la Tierra un organismo vivo al que debíamos cuidar con devoción.

Hoy, con su muerte, sentimos una pérdida irreparable. Nos queda su voz suave pero firme, su mirada serena, sus palabras urgentes: “Lo que hagas marca una diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres hacer”.

El planeta llora la ausencia de una de sus más grandes defensoras, pero al mismo tiempo nos deja una tarea: preservar la Tierra como nuestro único hogar, y honrar la vida en cada una de sus formas.

Jane Goodall no se ha ido, porque su legado habita en cada activista, en cada árbol sembrado, en cada niño que decide cuidar a un animal. Su espíritu, como el bosque, sigue respirando.

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