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Gardeazábal, preso 31-10-45. (El prisionero de la esperanza)

Por Alejandro García Gómez. Fue quizá en mis vacaciones de medio año del 99’. Esa ocasión y porque las condiciones me lo permitían, hice una breve escala en Tuluá para saludar a mis tíos y primos paternos y aproveché para darle un abrazo a mi amigo, confinado en un centro reclusorio de la ciudad, a

Alejandro García Gómez·10 de abril de 2026·5 minutos de lectura
Gardeazábal, preso 31-10-45. (El prisionero de la esperanza)

Por Alejandro García Gómez.

Fue quizá en mis vacaciones de medio año del 99’. Esa ocasión y porque las condiciones me lo permitían, hice una breve escala en Tuluá para saludar a mis tíos y primos paternos y aproveché para darle un abrazo a mi amigo, confinado en un centro reclusorio de la ciudad, a causa de, al parecer, una manguala en la que se confabularon las más reconocidas figuras políticas nacionales de entonces, supuestamente bajo la batuta directriz del presidente del entonces, el tipo más inepto, comparable únicamente con el desastre que fue Iván Duque.

Según se cuenta, entre ellos el periodista Manuel Vicente Peña (en “La traición de Andrés Pastrana”, sin editorial ni ciudad ni fecha de publicación; fallecido en 1991), la ojeriza del entonces presidente, se debió a que, una vez proclamado como electo en el 98’, deseaba vehementemente asistir a los actos protocolarios de iniciación de los Diálogos de Paz con el Eln, en Maguncia. Muchos señalan que, desde antes de ese entonces, toda su artillería estaba centrada en la vitrina del Premio Nóbel de la Paz, galardón hacia lo cual estuvo dirigido todo el objetivo de su fracasado gobierno (antes que a gobernar), pero que se hundió con el resto de sus acciones fallidas, como el frustrado proceso de paz con las Farc, como se recordará; “Caguanizar” fue un verbo colombiano “proclamado” ahí. Claro que entonces aún no se conocía de sus escándalos con Epstein que, según cuentas y fechas, ya colearían.

El periodista Peña (quien al parecer trabajó en “La Prensa”, fugaz periódico de la familia Pastrana y -según asegura- muy amigo de Juan Carlos, el hermano) cuenta al detalle toda malévola maroma que le armaron al escritor. Que supo por boca de Augusto Ramírez Ocampo, cercano de A. Pastrana, que entre él y Gardeazábal llamaron desde Maguncia a París al electo presidente para que estuviera allí en la firma de los acuerdos, pero que “los elenos, azuzados por […] Bernal Cuellar [Procurador General de la Nación] no aceptaron que Pastrana viajara hasta allí”. El presidente electo le echó toda la culpa al escritor, “y se la comenzó a cobrar duro”, dice Peña. Siempre generoso y noble como doña Maruja, su madre, Gardeazábal antes se había jugado su vida al interceder por él, secuestrado por y ante Pablo Escobar, mucho, mucho antes de que fuera presidente (Y antes de ser alcalde de Bogotá). Peña califica como traidor a este presidente.

Pero, además, Gardeazábal había salido electo como Gobernador del Dpto. del Valle (1997) con la más alta votación en la historia de las gobernaciones del país, 658.953, contra 301.269, del excandidato presidencial Carlos Holgín Sardi. Sólo en Cali, alcanzó 307.706 votos (más que el total de Holgín S. en todo El Valle). Sumado a esto, en la primera alcaldía de Gardeazábal en su ciudad, Tuluá, se había manifestado enérgicamente contra la construcción de unas bases gringas que se pretendían en Juanchaco, costa pacífica vallecaucana. El gobierno EE UU no podía ocultar su ojeriza. También había criticado duramente a Germán Villegas Villegas, gobernador saliente del Valle y protegido de Holguín S.

Pero el sumun de todo fue que, en 2002, vendrían las nuevas elecciones presidenciales en las que Horacio Serpa era el ungido por el entonces expresidente de elefante, Samper, que ya había perdido antes con Pastrana. Gardeazábal contaba con un inmenso prestigio para los votantes. Podría participar porque su gobernación iría sólo hasta el 2000. El temor del cenáculo político de todos los partidos y corrientes era visible, pero principalmente de Serpa que se creía el principal perjudicado. Según Peña, entre la embajada norteamericana (por lo de Juanchaco), H. Serpa (por miedo a perder de nuevo) y A. Pastrana (por “venganza”), y otro grupo de no tan conocidos –“aristócratas” y mafiosos-, le fabricaron la caída con una escultura que se la había comprado a un escultor, un tal Vurkovisky y que una de las innúmeras mujeres de uno de los capos del Cartel de Cali la había comprado en “Caballo Loco”, bar y sitio de juergas de aristócratas y mafiosos caleños. Entre el fiscal de entonces y su fiscala asistente judicializaron al escritor, quien -derrocado- se escapó y anduvo fugado por un tiempo; luego se entregó y lo encerraron.

Éste era el panorama de mi amigo en esas vacaciones mías. Claro está que yo no sabía aún todos estos intríngulis que he referido; me enteré mucho, mucho más tarde. Ahí, en ese reclusorio de Tuluá, lo saludé; supuse que lo iba a encontrar acongojado y golpeado; deprimido. Pero, ¡qué va!: ¡De su peculio, había transformado el “penal” en una casa lujosa, llena de jardines! ¡Sus guardianes -del director hacia abajo- se disputaban la atención al preso! Diariamente atendía un grupo de gentes que llegaban a saludarlo (como yo) y, los más, a pedirle sus consejos del gurú que siempre ha sido; al llegar uno, nuevo y extraño allí, con todos se contemporizaba y se charlaba como viejos amigos. Y ahí escribió algunas obras para redimir tiempo.

“El prisionero de la esperanza”, Intermedio editores, 2026, hizo parte de otras obras que escribió o complementó allí. Éste -asegura en el epílogo- lo había escrito desde antes, pero lo actualizó entonces; luego lo volvió a poner al día para la edición de 2026. Yo estoy seguro de que de su versión inicial y de su experiencia de las semanas de su fuga, tomó material para escribir su “Comandante Paraíso” (ya en 2002). En “El prisionero de la esperanza”, con su visión del novelista (a la que se remite varias veces) que “ha narrado su aldea” (como nos enseña Tolstoi), a sus 80 años, propone un recetario de fórmulas para volver a encuadernar éste, su descuadernado país, al que a todas luces ama con devoción; lo ama con su anarquista amor de Enfant Terrible. Que cada uno lo lea y saque sus conclusiones.

 

Apostilla.- Mi amigo y compañero de estudios secundarios, Rodrigo Dávila F, me hace llegar Estafeta, revista literaria -número 210, ¡admirable!- publicada por la colonia de El Contadero en Pasto, del frío municipio del sur nariñense. Y como cada uno tenemos nuestras preferencias, destaco la labor de rastreo de Adriana Díaz, quien nos descubre a una reportera gráfica nariñense contadereña, de la primera mitad del siglo XX: Alicia Cahmorro, única mujer en esa profesión en la Colombia de entonces. También señalo un breve pero concienzudo ensayo sobre una poeta mexicana del s. XX, Guadalupe Amor (“Pita Amor”), elaborado por otro joven, Juan Sebastián Dávila. Nod, 2.IV.26.

Columna DESDE NOD pakahuay@gmail.com

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