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¿Es para tanto que el mundo llore al creador de Dragon Ball? Sí, y esta es la razón

Por: Manolo Villota B El ocho de marzo de 2024 una noticia llegaba hasta el último rincón del mundo: el deceso de Akira Toriyama a los 68 años. Tomó instantes para que el Internet se llenara de mensajes de cariño, de gratitud, de sincero pesar por un hombre que paradójicamente nadie y todos conoc…

Columnista Invitado·18 de marzo de 2024·4 minutos de lectura
¿Es para tanto que el mundo llore al creador de Dragon Ball? Sí, y esta es la razón

Por: Manolo Villota B

El ocho de marzo de 2024 una noticia llegaba hasta el último rincón del mundo: el deceso de Akira Toriyama a los 68 años.

Tomó instantes para que el Internet se llenara de mensajes de cariño, de gratitud, de sincero pesar por un hombre que paradójicamente nadie y todos conocieron. No era una estrella de rock,ni un actor de cine o un premio Nobel; fue un dibujante que luego de aburrirse de la publicidad en su natal Japón decidió empezar a inventar historias en manga, una especie de cómic oriental.

Entonces ¿por qué la bulla?

Bueno, la respuesta reside en nuestra relación con las historias y el sentido que le dan a la vida. Trascendental, tal vez, pero si nos detenemos un momento a pensar, somos más complejos de lo que a veces dimensionamos.

Mucho se repite que con trabajar y ganar dinero basta. Alimento, vestido, refugio. Los anhelos de sobresalir en la sociedad, el ascenso económico. El poder presumir un estatus, pavonearnos de usar ropas finas o hacer viajes internacionales parecieran, bajo el discurso simplista del éxito, la llave definitiva, ¿verdad?

Por el contrario, no solo no nacimos en un mundo edulcorado donde eso es posible, sino que nuestra naturaleza auto perceptiva hace que existir sea también navegar en aguas turbias llenas de miedos e incertidumbres, de vacíos que ninguna de las cosas que mencioné pueden suplir.

¿Cómo sobrellevamos la muerte de nuestro ser amado?, ¿un corazón roto?, ¿la nostalgia del pasado, las ansiedades del futuro? ¿Cómo suplimos esas carencias que no podemos nombrar pero nos presionan el corazón? Ahí es donde aparecen los sueños, la imaginación, el arte, y para este caso concreto, las historias.

Desprendernos de un mundo donde la nada y lo horrible predominan sobre el gozo nos alivia. En las historias todo es posible, en la ficción, lo que no fue siempre será, lo inalcanzable se logra, el mal puede ser siempre derrotado. En las historias y más aún en las de nuestros héroes encontramos fuerza, coraje, resiliencia, inspiración. Bien lo explica el neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik quien a los seis años logró salir de un campo de concentración donde toda su familia pereció:

“Mis héroes están hechos de mí misma sangre, atravesamos las mismas pruebas: el abandono, la malevolencia de los seres humanos y la injusticia de las sociedades. Sus epopeyas me hablaban de que era posible elevarse por encima de los momentos trágicos o de una vida desgraciada”.

Eso fue Dragon Ball, la obra cumbre de Toriyama, primero publicada en papel y luego emitida en televisión, para al menos dos generaciones de infantes que volvieron parte de sus vidas la historia de un niño que, junto a sus amigos, buscaba siete esferas capaces de cumplir cualquier deseo.

La riqueza de la historia y el diseño de los personajes fascinaban de entrada, pero era el lenguaje no dicho detrás de una trama que se emitió por años en cadena nacional lo que nos cautivó. Los valores detrás de esas aventuras: la amistad, la constancia, el ánimo de superación, cultivaba en nuestros corazones una motivación de la que haríamos uso años más adelante.

Creamos comunidad ya que cada tarde después del colegio era una cita obligada aislarse de la realidad para ver un nuevo episodio y comentarlo al día siguiente con todos los compañeros; jugar imaginándonos en los zapatos de nuestros ídolos animados, emocionarnos con la expectativa de lo que iba a ocurrir el día siguiente, la semana siguiente.

También, así fuera de manera breve,  nos separó de los problemas. No todas las infancias son felices, de hecho, mirando en retrospectiva y compartiendo experiencias, notamos que pocas llegaron a serlo. A veces, ser niño es como tener una llama en las manos que debemos proteger de ser apagada por la tormenta que implica vivir y crecer entre adultos rotos y malhumorados.

 Dragon Ball era entonces el refugio donde reíamos a carcajadas, donde saltábamos de la emoción, donde no importaba nada sino lo que estábamos mirando. Treinta minutos donde nos sentíamos plenos y seguros.

Todo esto aconteció en la década de los noventa y principios de los dos mil cuando la red no era reina de nada y el televisor imperaba. Con los años el ciberespacio puso al alcance de las siguientes generaciones todos los contenidos que quisieran gratuitamente, sin comerciales y aun clic de distancia, de ahí que, la idea de llegar a casa y prender la pantalla tuviera un extra: había un esfuerzo detrás y un valor dado al tiempo que invertíamos en ver la serie. No podíamos, ni queríamos, perder un minuto de ese cuento que por siempre vivirá en nuestro interior.

La noche en que se anunció la muerte de Akira Toriyama, el arquitecto de ese mundo fantástico, todos nos conmovimos y recordamos esa vida pasada que se hace cada vez más distante, llena de días donde no todo fue color de rosa, pero, de tanto en tanto, nos permitía mirar por la ventana hacia el cielo azul para imaginar por un instante que también podíamos volar.

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