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Entrevista a Vicente Pérez, a propósito de los 100 años de La Vorágine de José Eustasio Rivera

Por: Rosa Isabel Zarama Rincón Vicente Pérez Silva (La Cruz de Mayo, Nariño, 25 de enero de 1929) es un reconocido abogado, literato, historiador, investigador y escritor. Con el propósito de recordar las investigaciones que adelantó en torno a la obra: La Vorágine de José Eustasio Rivera, lo inv…

Rosa Isabel Zarama Rincón·24 de julio de 2024·10 minutos de lectura
Entrevista a Vicente Pérez, a propósito de los 100 años de La Vorágine de José Eustasio Rivera

Por: Rosa Isabel Zarama Rincón

Vicente Pérez Silva (La Cruz de Mayo, Nariño, 25 de enero de 1929) es un reconocido abogado, literato, historiador, investigador y escritor. Con el propósito de recordar las investigaciones que adelantó en torno a la obra: La Vorágine de José Eustasio Rivera, lo invité a un diálogo con Página 10. El aporte más novedoso de la entrevista se encuentra al final del texto cuando el nariñense, dueño del don de la simpatía, reflexiona sobre la necesidad de incluir en los currículos de la educación colombiana la Cátedra de la Naturaleza; propuesta que envió a Juan David Correa ministro de las Culturas, las artes y los saberes  y Aurora Vergara, anterior ministra de Educación Nacional.

¿Cuál es la importancia de la novela La Vorágine de José Eustasio Rivera en la historia de Colombia?

La importancia de La Vorágine en la historia de Colombia es excepcional, es muy especial por el contenido de la obra, y quiero manifestar ante todo que es un libro, una novela, una narración, de mi mayor afecto intelectual.

A partir de 1988 con motivo del centenario natalicio de Rivera, yo escribí un libro que se llama: Raíces históricas de La Vorágine, para decirlo en pocas palabras y llegar al meollo de la obra, yo la considero una obra, y no solamente mi persona, sino por connotados historiadores, y aún inclusive por el mismo autor José Eustasio Rivera, es una novela de una entraña estrictamente social. Una novela que encarna una denuncia, una protesta, una acusación contra el discurrir histórico de esa época. Una denuncia de cómo vivían en esa época los llamados territorios nacionales, el Putumayo, la Amazonía. Eran territorios olvidados de Dios y de los hombres, entonces, en esa época a Rivera le tocó ocupar un cargo diplomático acerca del esclarecimiento de límites con Venezuela, incluido el incumplimiento de sus pagos. Y él, acometió por su cuenta y riesgo el periplo que hizo por la selva amazónica y de donde nace ya su novela porque, él la vivió en carne propia, él presenció y le contaron además, todas esas ignominias que cometió la Casa Arana contra los indígenas. Cuál fue el tratamiento inhumano, criminal que le dio la casa Arana a todos los indígenas en la extracción en esa época del caucho.

Una novela que entraña una acusación contra el gobierno nacional por el total abandono en que vivían esos núcleos humanos, los indígenas. Y luego, una protesta, él (Rivera) protesta contra las actividades de los cónsules de Colombia en Venezuela, en Brasil y en Perú. Inclusive en esa época, porque ese es otro capítulo, los hay tres pastusos que están íntimamente ligados a las páginas de La Vorágine: don Clemente Silva, que fue el rumbero o el orientador de José Eustasio Rivera entre la selva. Está el gran cauchero que fue un potentado, el que amasó una fortuna supremamente asombrosa, extraordinaria que fue el pastuso Benjamín Larrañaga, de manera, que es otro protagonista y otro personaje pastuso que está en las páginas de La Vorágine. Y, otro pastuso fue Hipólito Pérez que se desempeñaba como cónsul en Iquitos que lastimosamente también entró en las componendas con la infortunada Casa Arana y murió vilmente asesinado cuando desempeñaba este cargo. De manera que reitero que es mí parecer, una novela de un estricto sentido de carácter social.

Vicente: ¿Cómo analiza la indiferencia del gobierno colombiano frente a esta situación? ¿A qué se debió?

En esa época, existía realmente lo que se llamaba, y hasta muy pocos años del siglo pasado el centralismo, los territorios llamados las comisarías y las intendencias o en una palabra: los territorios nacionales eran totalmente abandonados. La indiferencia del gobierno era totalmente un despropósito pues, de vez en cuando, enviaba las comisiones para lograr la integración o el estudio de cómo vivían esas etnias apartadas, no solamente de la Amazonía colombiana, el Putumayo, Vaupés, Vichada, Guainía, etcétera; sino también, la zona en el Pacífico supremamente abandonada,  la zona “negroide” del Chocó. De manera, que eran regiones totalmente abandonadas hasta hace muy poco. Yo recuerdo cuando llegué a Bogotá (1957) existía lo que apenas se llamaba una división, una oficina de carácter indígena; porque cuando desempeñé el cargo de la gobernación en mi departamento de Nariño (1976) recuerdo que en esa época teníamos la facultad de nombrar a los alcaldes de Unión Nacional, debería ser un conservador o liberal, y en vista de esa  tira y afloje partidista que existía, se daba lo que se llama el “grupismo” el partido liberal, oficialista, ANAPO, etcétera.

Entonces,  uno como funcionario quedaba realmente aturdido con toda las “trapisondas” que querían establecer para el nombramiento de sus respectivos alcaldes con el objeto de que amparara a un determinado grupo. Y yo, cuando asistía al municipio de Santa Cruz de Guachavez, poblado por una etnia enteramente indígena, pues yo les dije que para mí era supremamente fácil designar a Pedro, Juan o Diego; pero, quienes estaban realmente llamados a no equivocarse eran ellos, de que designaran una persona, conocedora de su ambiente y de su entorno social. Ellos eran los llamados a hacer la escogencia de una persona que realmente le sirviera, no a uno, al gobernador o al secretario; sino que le sirviera a la comunidad.

Y cuál mi sorpresa que todos, aún los anapistas, todo ese grupismo político que existía en ese entonces, escogieron a un indígena y, me dio la satisfacción de hacer el nombramiento  de un indígena y por añadidura militante del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal), desde luego, vino la acusación. Pero, el presidente López Michelsen después de algunos años, él en una columna me reconoció que yo había hecho la elección popular indirecta de los alcaldes y, así fue, no solamente un solo alcalde, sino que hice cinco designaciones de personajes de militancia no oficialista sino, de las disidencias políticas.

Vicente, ¿qué papel cumplieron las novelas de los los escritores nariñenses con respecto a los excesos que ocurrieron en la época?

Coincidentemente con la publicación de la gran novela La Vorágine apareció un libro de don Ricardo Gómez Arturo, (escritor pastuso nacido alrededor de 1892), quien permaneció por espacio de más de siete años en la Amazonía, en el Putumayo. Él conoció toda esa región y él presenció todos esos desmanes criminales, eso crispa los nervios, eso parte el alma. Esa narración que hace, para mí, es el testimonio más crudo que existe porque, él vivió, oyó, sintió, experimentó en su persona todos los crímenes acontecidos. Él vio como los pobres indios que en las horas de la tarde tenían que llevar su contribución, cuando no llevaban las medidas que les tasaban para la extracción del caucho, entonces los ponían en un costal, los encostalaban como se dice; les rociaban kerosene y les prendían el fuego. Imagínese usted el pobre indio allí corriendo a ver si se podía salvar a las aguas del río del Amazonas. Eso es apenas un episodio entre tantos.

Don Ricardo publica su obra a comienzos del año 1924, con el título tan sugestivo, tan llamativo como: La guarida de los asesinos. Imagínese usted, el solo título como le crispa a uno los nervios y lo pone a uno de punta, para adentrarse en esas páginas que en una u otra forma, en el fondo realmente son páginas coincidentes de: La guarida de los asesinos con los episodios que narra el novelista de La Vorágine.

Vicente, cambiando de tema, dentro de las poesías de Nariño ¿cuáles son sus favoritas?

Pues allí si me pone mi estimada Rosa Isabel como se dice comúnmente “calzas prietas”, yo amo la poesía, cómo no evocar los nombres de Aurelio Arturo, el nombre de Guillermo Edmundo Chávez. Y a propósito de Guillermo Chávez se parece él, coincide con Rivera en que publica una sola novela y una sola obra de poesía. Rivera publica en el año veintiuno (1921) antes de La Vorágine sus sonetos naturalistas: Tierras de promisión y luego viene la novela. Guillermo Edmundo pública también su libro de poemas: Oro de lámparas: poemas (1940) y luego pública esa novela de extracción, también en mi concepto, evidentemente social que se llama Chambú (1946), o sea: grito de lucha,  o sea en esa época hay un capítulo que si se leyera en la actualidad ahora que se está agitando el problema de tierras. Como Guillermo Edmundo, Rivera fue un abogado que terminó su carrera en la Universidad Nacional de Colombia, fue un hombre supremamente prestigioso en esa época, participaba dentro del grupo cultural que se llamó Los Nuevos, quienes publicaron una revista con ese mismo nombre  integrada por:  Juan Lozano y Lozano, con los hermanos Felipe y Alberto Lleras Restrepo y los hermanos  Umaña Bernal. Entonces, fue en esa época cuando Rivera pública esa novela.

Hay un capítulo que a mí me estremece, bien podría ahora  traerse a colación y de suma vigencia sobre la destinación de la tierra, ¿Qué es la tierra, que es la madre tierra? De manera que es un capítulo que actualmente el gobierno del presidente actual lo está agitando el repartimiento o la distribución de tierras. Guillermo Edmundo Chaves se adelantó unos cuantos años al hacer ese tratamiento cuando existía en mi departamento de Nariño el minifundio, mi departamento se caracterizó por el minifundio. De manera, que, vuelvo por los fueros de esos dos poetas; pero, también como olvidar a Carlos Martínez Madroñero (1902-1988),  fue considerado, el precursor del Piedracielismo. Allá en Pasto estuvo Luis Vidales,  el célebre poeta de Suenan timbres y él reconoció allí que los poemas de Carlos Martínez Madroñero eran netamente de la escuela del piedracielismo. Él se adelantó entonces, a (Eduardo) Carranza, a Jorge Rojas, a esa pléyade hombres que integraron el grupo de Piedra y Cielo.

Tantas cosas, usted me pone sobre ascuas en esta breve conversación, muchas astillas para quemar en torno a esos asuntos, sobre todo, el tema por ahora prodigioso que se  ventila en este año veinticuatro en el aspecto de la cultura colombiana. La celebración del centenario de La Vorágine. En meses pasados tuve una invitación de unos profesores de la Universidad Nacional que querían instituir la llamada cátedra, en homenaje a Rivera, La cátedra José Eustasio Rivera. Y  yo les manifesté con todo el respeto y está escrito, desde luego este episodio, de que a José Eustasio Rivera sin quitarle lo más mínimo sus méritos intelectuales, profesionales, de actividad cívica, etcétera, ya se le ha hecho los debidos, los  homenajes y se le han rendido todos los honores que bien merece; pero, lo que realmente debe instituirse para mí, en mi concepto, es la cátedra de la naturaleza.

¿Cómo estamos viviendo actualmente ese ciclo, este episodio? No solamente en nuestro país, sino en el mundo entero, el cuidado que realmente hay que poner toda la debida atención en los tiempos actuales es el cuidado y la protección de nuestra madre la naturaleza, tan menoscabada en la actualidad. Para mencionar únicamente la devastación forestal de miles de hectáreas en la región amazónica, la disminución de las aguas, los ríos, etcétera.

Entonces, todo esto que se está viviendo actualmente de la crisis climática, yo creo que hay que volver por los fueros de la naturaleza actualmente no hay que perder de vista: los niños, los adolescentes están más allegados al celular, los niños no saben cuáles son los fundamentos naturales de qué es el agua, qué es el aire, qué es la tierra, etcétera. Entonces, en mi concepto hay que ponerle la debida atención a la cátedra del cuidado de la naturaleza.

Vicente, muchas gracias por compartir tus vivencias e investigaciones para los lectores de Página 10.

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