Por Nina Portacio.
Fotografías: Carlos Ernesto Arcos Belalcázar.
Volví a San Andrés de Tumaco y a Bocagrande después de muchos años. Yo diría que demasiados para una vida tan fugaz. En Bocagrande, por supuesto, afloraron sentimientos encontrados. Por momentos surgió esa extraña sensación de que tus recuerdos eran mucho mejor que la realidad. Con todo y eso, esa realidad actual tenía su encanto.

La ilusión del avistamiento de ballenas por la temporada, fue el motivo y el inicio de aquella jornada de playa, brisa y mar. Habíamos salido muy temprano desde el muelle de Tumaco, unos 25 a 30 minutos en lancha mar adentro, antes de desembarcar en la playa de Bocagrande. Todos los viajeros queríamos ver las ballenas para regresar a tierra, y el deseo fue concedido. Después de dar varias vueltas en el mar, en las que el capitán Tayson sorteó, giró, volvió a girar y cortó oleaje navegando y buscando ballenas yubartas con la experiencia propia de quien nace nadando en el Océano y busca a un amigo de toda la vida en el agua, ¡las observamos! El grupo de exploradores y aventureros casuales estábamos emocionados con la belleza implícita del momento. Las ballenas llegan a las aguas cálidas del Pacífico; se pueden observar desde Julio a Octubre, porque vienen a desarrollar su etapa reproductiva, a aparearse y a dar a luz a sus crías por estos meses, y si señor, ¡ahí estaban! Fue un espectáculo maravilloso de la naturaleza que apreciamos en grupo.

Enseguida, nos acercaron a las playas de Bocagrande donde pasamos el resto de día en una especie de letargo cósmico, parecía como si estuviéramos contemplando el viento. Al caminar y observar con detalle el entorno, fue como si el tiempo se hubiese detenido en aquel lugar alejado del mundo. Aunque ya nada era igual, todo era lo mismo. El mismo muelle largo de madera sin pasamanos con algunas tablas desvencijadas que hay que sortear para avanzar por el brazo de mar, el mismo columpio, la misma cocina con balcón de madera, los cangrejos con casa propia dándose un baño en un platón y saliendo a comer sal a su gusto, las cabañas blancas con ciertas paredes muy coloridas, las hamacas, la callecita principal de tierra con algunas verdolagas florecidas, algunos troncos y la playa inhóspita al fondo. Bocagrande es uno de esos lugares, donde puedes confirmar, que si hubo una Eva y un Adán en algún paraíso perdido… Sin embargo, te trae de vuelta al planeta, Doña Gladys, la anfitriona, ama y señora del lugar, que prepara la comida del día con ese relax y ese sazón tan propio del Pacífico que hace que cualquier patacón sea un deleite al paladar. La cocada sobre una hoja de limón como postre es el detalle típico e insuperable del restaurante “Las Lilianas” en la playa de Bocagrande.

De Bocagrande a Tumaco regresamos al atardecer por un brazo de mar, entre arbustos, manglares, pescadores, pelícanos y fregatas magnificens que disfrutaban los últimos rayos del Sol, al igual que nosotros. Al observar esa biodiversidad exuberante del trópico, que cautiva el alma de cualquier poeta y atrae a la inspiración más esquiva, pensé, en que no hay un lugar más autóctono que el Pacífico Colombiano: La Colombia profunda.

San Andrés de Tumaco exhibe esa algarabía y el caos propio de los afanes que tiene la vida, que de algún modo hacen que te den ganas de perderte entre el bullicio, entre las motos que avanzan en cualquier sentido, las casetas, los mercados de pescado al aire libre, los raspados, las iguanas que habitan tranquilas en un árbol del parque Colón y bajan a comer mango o las esculturas del parque Memoria La Tolita y su cultura arqueológica, así como la calidez de su gente y su riqueza gastronómica, para empezar a recordar o a descubrir sabores nativos merodeando entre sus calles, callejuelas y sin miedo a nada; porque en Tumaco no hay ladrones. Por una especie de costumbre cívica o Ley popular colectiva post conflicto, en “La Perla del Pacífico” ya nadie roba.

No se pueden perder las empanadas de camarón con café negro de “La Tradicional”. Tampoco el ceviche de camarón de “La Cevichería del Puente desde 1985”; un lugar donde los sabores del pacífico se confunden con el malecón y el mar. “Ojos Helados” es creatividad en frío y un buen lugar para refrescarse. No se regresen sin escuchar marimba ni sin buscar un “viche” o una “bebida ancestral” curada para todo mal. Además, no olviden visitar el lugar de la Memoria histórica de Tumaco y su Catedral.

En las playas del Morro busquen el carrito de “Obleas Killiam” y el chiringuito sabroso de Domingo ubicado, entre otros, cerca al Arco natural. Y si quieren un lugar tranquilo para descansar y desconectar, busquen a los anfitriones del “Hotel Villa del Sol” para que les organicen un buen plan de alojamiento.

Tumaco es ese lugar del Pacífico que te sorprende en sentidos diversos, te atrapa su folklor y su identidad ancestral, la sonrisa de su pueblo y su pujanza, la simplicidad de vivir y, a la vez, te agobian tanto los mosquitos tropicales como algunas escenas del día a día en la ciudad. Pero siempre quieres volver a disfrutar de un atardecer en ese territorio nariñense y a sortear semáforos.

