Por: Rosa Isabel Zarama Rincón
El 24 de julio de 2025 se cumplen 42 años del fallecimiento de Ignacio Rodríguez Guerrero (Pasto, 1912- Cali,1983). Uno de los humanistas más importantes nacidos en el departamento de Nariño. Autor de numerosas obras de literatura, economía, ensayos, educación, de artículos cortos sobre personajes del departamento y de otros temas. Durante años fue profesor de la Universidad de Nariño. Su biblioteca era tan famosa como su dueño, contenía un fondo bibliográfico importante por su calidad y cantidad. A su vez, albergaba obras de arte, antigüedades nacionales y europeas, un amplio archivo con documentos antiguos de sus antepasados además de una extensa correspondencia con colombianos y extranjeros. A los visitantes les llamaba la atención un busto de Agustín Agualongo tallado en madera que se encontraba en un lugar estratégico del hogar.
Aunque murió en 1983, la importancia de ese espacio sigue presente en la memoria colectiva de algunos nariñenses a quienes les costó resignarse a que la casa en dónde residió el maestro Rodríguez ubicada en la carrera 27 entre las calles 15 y 16; ejemplo de arquitectura neocolonial: con habitaciones rodeadas de patios y jardines, fuera demolida y que los valiosos objetos que encerraba la biblioteca se perdieran para siempre.
Los abogados y miembros de la Academia Nariñense de Historia: Vicente Pérez Silva y Ricardo Figueroa Santacruz recuerdan que German Botero De los Ríos cuando se desempeñó como gerente del Banco de la República, le propuso a Rodríguez Guerrero la compra de la casa junto con todos los bienes que contenía; además de contratar a una bibliotecaria para que clasificará el material. Según Pérez Silva, el escritor no mostró el menor interés en ese asunto.
Un tiempo después cuando ya había fallecido Rodríguez, se encontraba en Bogotá Carlos Acosta, medio hermano de Rodríguez, quien llegó a la oficina del abogado Pérez Silva, ubicada en el centro de la ciudad, en forma inesperada y trasfigurado. El visitante le pidió a Pérez Silva que descendieran hasta el pasaje Santander entre la carrera 17 y 18. Ya en el andén Acosta se agachó frente a unos libros que se vendían en el piso. Tomó un ejemplar y al abrirlo tenía el exlibris de Rodríguez Guerrero. Para los ilustres nariñenses, fue doloroso observar los libros en ese lugar y en esas condiciones. Era una evidencia contundente del colapso de la principal biblioteca privada que hubo en Pasto.
En estas circunstancias, en julio de 2025, resulta imposible ingresar físicamente a esa mítica biblioteca; o, cumplir con el deseo de Moncayo Benítez de rehacerla, como se leerá más adelante. Este artículo se basa en la semblanza que escribió su condiscípulo Guillermo Moncayo Benítez (Pasto, 1909, Bogotá, 1997); magistrado del tribunal Superior de Bogotá, alcalde de Pasto en 1951 y periodista; en su libro inédito: Antología nariñense. Estudio sociológico de sus raíces: Incas, Pastos y quillacingas, realistas y patriotas, ases y semblanzas (1996). Para este artículo se realizó una trascripción completa del capítulo titulado: “Ignacio Rodríguez Guerrero”, en dónde Moncayo también citó a Ignacio Rodríguez Guerrero. Gracias a la semblanza en referencia, es posible disfrutar del recinto en su época de esplendor y conocer algunas facetas de su dueño. Fue posible publicar este texto gracias a la generosidad de su sobrina Amira Ricaurte Moncayo, quien prestó el material y colaboró en la obtención de algunos datos.
Luego de este preámbulo, le pedimos permiso al maestro Rodríguez Guerrero para ingresar a su inolvidable morada.
“Este ciclópeo AS de las letras universales, nació en Pasto el 13 de octubre de 1909 y murió en la misma ciudad hace más de una década. Disfrutamos la misma infancia hacia el año 20, cuando iniciamos estudios de bachillerato en el Seminario regentado por los padres de la Compañía de Jesús. Era el niño mejor vestido de los externos, pero de una camaradería excepcional con todos. Como no concurriese regularmente a las clases se le preguntó por qué motivo y él contestó inmediatamente: ʻporque no me queda tiempo fuera de la biblioteca de mi casa, donde estoy leyendo muchos libros’. Es entendido que a pesar de todo aprobó las materias con las más altas calificaciones, seguramente porque los textos que leía lo complementaron en los temas mejor, que en las clases reglamentarias.
Tendría alrededor de catorce años cuando sorprendió con un comentario intitulado ʻLa doble columna’, publicado en un periódico o revista de la época, referente a una poesía suscrita por un religioso francés, muy conocido y respetado en la ciudad, exactamente igual a otra que el adolescente presentó frente a aquella, sin ningún comentario, pero que todos entendieron que se trataba de un flagrante plagio. Episodio que le dio inusitada fama al autor y algo de compasión al religioso, quien tal vez ignoraba la cultura pastusa, para haber incurrido en semejante pecadillo.
Desde entonces, periódicos y revistas se disputaban el privilegio de publicar las producciones del joven escritor, evento que fue como abrir la compuerta de una inagotable fuente espiritual.
El polígrafo que se asomó desde la niñez, especialmente en crítica literaria, tuvo sustento en la librería de su abuelo don Manuel Santiago Guerrero, que la describe él mismo así:
ʻNunca volveré a ver, como vi y poseí en mi infancia – adquirida en la librería de don Manuel Santiago, a título gratuito naturalmente – una colección infantil tan amplia, hermosa y fascinante como la que por los años veinte en Madrid editaba don Saturnino Calleja Fernández. Lo que hoy se edita en ese campo, es basura al lado de aquellos primores: Grimm, Andersen, Madame de Genlis, y otros maestros de aquella peculiar literatura’. Y en otra parte dice:
ʻLas grandes Historias de la literatura española e Hispano Americana de don Amador de los Ríos y de don Julio Cejador, en esa librería se encontraban, al lado de las obras completas de Castelar, de Pérez Galdós, de Valera, Ricardo León, la Pardo Bazán, Leopoldo Alas, Pedro Antonio de Alarcón y toda la serie de libros ilustrados en las famosas ediciones de Gaspar Roig. Sin que faltase los copiosos volúmenes de la nutrida biblioteca científico-filosófica, con obras de Carlyle, Binet, Bergson, Durkheim, Guyau, Garófalo, Hegel, Ferriére, Guillermo Ferrero, Fustel de Coulanges, José Ingenieros, Lipps, Payot, Max Nordau; Federico Loliée, Ribot y Fontseré, Pestalozzi, Adolfo Rosado, Altamira, Wagner, Tocqueville, Wundt, Seignobos, Hipólito Taine, Stuart Mill, Ruskin, Spencer, Gabriel Tarde, Xenopol. Y los volúmenes de la Biblioteca Nueva, con sus magnas colecciones hispana, extranjera, histórica, política, teatral, de las nuevas doctrinas sociales’.
En este arsenal de obras, y en otras innumerables que debe contener el inventario de su incomparable biblioteca, se nutrió el Maestro intelectualmente durante setenta años de vida activa como escritor. Sería un crimen que la biblioteca más selecta y voluminosa de Nariño, y seguramente de Colombia, no perdure como evidencia de que hubo en Pasto, casi ayer, una “Edad de oro” de las letras quillacingas y cervantinas elaboradas día a día por Ignacio Rodríguez Guerrero. En ese imperdonable evento Capusigra y Tamasagra, Agualongo y toda su posteridad, clamarían al cielo para que se haga justicia inmediata, ordenado investigar y recoger todos esos tesoros dispersos, de buena o mala fe, y formar una auténtica réplica post-mortem de la Biblioteca Pública del Maestro Rodríguez Guerrero. Esto no es imposible si se acude a la generosidad de las empresas públicas y privadas, de las entidades oficiales y privadas, del público en general, previo estudio de la obra, que debe constar en inventarios de la misma, y aun ofreciendo premios y compra de los ejemplares en poder de la gente, por cualquier causa. La reconstrucción de esta biblioteca sería un hito mundial, no solo por lo tremendo de realizarla, sino porque sería una prueba increíble de lo que puede la voluntad y el esfuerzo de un pueblo.
El maestro fue, en realidad, un hombre extraordinario. Además de escribir obras fundamentales como Tipos delincuentes del Quijote y las siguientes: Ismael Enrique Arciniegas, (2) tomos, Obra de crítica literaria; Réplica al señor Alfonso Méndez Plancarte, Montalvo en Colombia; Estudios literarios, Traducciones poéticas, Estudios geográficos sobre el departamento de Nariño, Estudio crítico de la evolución del derecho constitucional colombiano en 150 años de vida independiente, Geografía económica de Nariño (4) tomos, Nulidad del protocolo de Río de Janeiro, La genial vocación literaria de Marcelino Menéndez y Pelayo, Las mujeres del Quijote, Libros Colombianos raros y curiosos, (3) series: Perfiles Nariñenses de antaño y Por los campos de Montiel.
Obras inéditas:
Derecho constitucional colombiano, Historia de la literatura colombiana, Tipos vulgares del Quijote, Estudios jurídicos, Historia de la poesía en Colombia, Sociología americana, Derecho español e indiano, Derecho internacional americano, Pasto antiguo y otros ensayos, Poetiza Nariñense, Agualongo, Abogado de Nariño; Casa de Cultura Ecuatoriana, ensayos, no menos de cien en Colombia y en el exterior, -producción imposible de superar-.
Y le quedó tiempo para reconocer lo esencial de los idiomas antiguos y modernos, recurriendo a profesores particulares que invitaba a su casa. Porque solo salía a la Universidad a dictar sus cátedras de literatura, sociología, derecho español e indiano, economía, etc., pero estaba enterado de todo lo que acontecía en la sociedad y el mundo. Por varios años desempeñó la rectoría de la universidad de Nariño dedicándole entonces todo su tiempo. En el rectorado de Jorge Moncayo Guerrero le fue conferido el título de Doctor Honoris en Ciencias Políticas, distinción que ostentó con singular dignidad ante el aplauso de sus discípulos.
En la producción del Maestro hay versiones de autores griegos y latinos, italianos, portugueses, alemanes e ingleses. Prueba de que dominaba la versión de esos idiomas, aunque no los hablaba, como él mismo lo decía, pues casi nunca salió al exterior, excepto una vez cuando estuvo en Quito como agregado cultural en la Embajada de Colombia, donde continuó su tarea literaria con numerosos intelectuales ecuatorianos, porque Rodríguez Guerrero tenía especial devoción por su terruño, especialmente por su residencia, donde siempre lo esperaron sus señoritas tías, quienes lo adoraban y él les correspondía, particularmente a su ʻtía Mariana’. Alguna vez el Gobierno lo nombró también como agregado en Hannover. Pero no acepto, y como los amigos le dijesen que debía hacerlo, les reprochó: ʻEn Alemania no tengo casa, ni tías, ni biblioteca, ni amigos, entonces, ¿para qué?’
El Maestro fue incansable escritor. No menos de sesenta libros publicados y otros tantos inéditos constituyen el equipaje de sus escritos. Su vida está llena de anécdotas. En primer lugar, era un hombre alegre y comunicativo; cuando quería departir llamaba sus amigos de confianza a su biblioteca, donde fue finamente generoso. Tenía una sección de libros de cocina selecta, escogía la mejor receta en cada ocasión y llamaba a la empleada del servicio para ordenarle con pelos y señales como debía preparar los platos convenidos. Mientras brindaba exquisitos licores con sus amigos, dentro de una camaradería y entusiasmo sin igual, donde nunca hizo alarde de superioridad, pues siempre fue sencillo y natural en su comportamiento, y únicamente en las academias, seminarios y cátedras su versación fluía admirablemente. Terminado el ʻbanquete’, los amigos le exigían demostrar su famosa memoria locativa, táctil y olfativa.
Al efecto, lo primero consistía en localizar un libro previamente escogido por los invitados, entre cincuenta mil volúmenes de la inmensa biblioteca, sin conocimiento del anfitrión, quien permanecía en su escritorio, y se levantaba a la señal que ya podía localizar el libro. Se dirigía por los pabellones con paso firme y en un momento dado se detenía, buscaba el título, lo retiraba y mostraba ante los aplausos de los concurrentes, testigos de una memoria feliz de ʻlocalización’, que demostraba que su dueño sabía palmo a palmo, donde había puesto el libro, no importa desde cuándo. Después con los ojos vendados, pedía cualquier libro, previamente identificado por los espectadores, se lo entregaban, y él con ambas manos lo cogía y tocaba cuidadosamente, además de llevarlo a la nariz, lo olía y tocaba con delectación, visiblemente concentrado, y en poco segundos decía el título de la obra, sin equivocarse nunca, porque la demostración la hacía varias veces, requerido por los sorprendidos amigos, quienes abusando de la amistad le pedían que recitara un párrafo de tal página y él los complacía haciéndolo de memoria. Sin ninguna equivocación, ante nuevos aplausos de admiración. El Maestro explicaba que cuando compraba libros, lo primero que hacía era tocarlos y olerlos, cerrando los ojos, porque cada uno tiene pulimento y olor específicos, los cuales fijaba y guardaba en la memoria táctil y olfativa. Procedimiento que algunos amigos corroboramos personalmente en Bogotá, cuando llegaba de Pasto a comprar libros para su biblioteca para dar fe de algunas anécdotas, quedamos todavía vivos el médico Luis Arturo Santacruz Moncayo, los profesores Rodolfo Sussman, Néstor Rojas, el académico Jorge Mesías, y quien esto escribe, entre otros.
La Universidad de Nariño, a la cual tanto quiso, está en mora de exaltar su memoria y gratitud, por medio de actos y hechos tangibles como sería la recuperación y reconstrucción de su biblioteca, las gestiones conducentes a adquirir la casa del maestro, para transformarla en un Museo que lleva su nombre, y donde funcionaria la Biblioteca, con diversos pabellones para las obras de nuestros literatos y artistas nariñenses exclusivamente a fin de que sea un centro de consulta para el país. El municipio, el departamento, y la nación aportarían sin duda, las partidas necesarias para el Museo Rodríguez Guerrero.
Y como gesto de perenne gratitud de Pasto hacia su ilustre y dilectísimo hijo, no estaría por demás la erección del busto del maestro en el centro de la Plazuela de la Catedral. A pocos metros de su casa-biblioteca, para identificar esta Basílica en el escenario del insigne pastuso, que vivió para gloria de su terruño.
Estos actos y hechos serían ejemplo para todas las ciudades colombianas que todavía se encuentran en mora de rendir homenaje a sus personajes famosos, los hay en abundancia, demostrando que Colombia es país culto y grato en la vida y en la muerte”.
Para concluir, Vicente Pérez, al igual que Guillermo Moncayo, ratifica que Rodríguez Guerrero conocía mentalmente la ubicación de cada libro, y lograba identificarlos por el tacto y el olfato. Cuando a su casa llegaban los amigos, los atendía en bata y la empleada los agasajaba con pasabocas y licor.

