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El yagé en Putumayo: entre medicina ancestral y negocio turístico

En el corazón del valle de Sibundoy, en Putumayo, una práctica milenaria atraviesa hoy una encrucijada. La toma de yagé —la bebida sagrada elaborada a partir de la ayahuasca (Banisteriopsis caapi)— ha sido por generaciones un ritual de orientación espiritual, sanación y transmisión de saberes ent…

Página 10·5 de septiembre de 2025·3 minutos de lectura
El yagé en Putumayo: entre medicina ancestral y negocio turístico

En el corazón del valle de Sibundoy, en Putumayo, una práctica milenaria atraviesa hoy una encrucijada. La toma de yagé —la bebida sagrada elaborada a partir de la ayahuasca (Banisteriopsis caapi)— ha sido por generaciones un ritual de orientación espiritual, sanación y transmisión de saberes entre los pueblos indígenas. Sin embargo, el auge del turismo de bienestar y de naturaleza ha transformado sus dinámicas, llevando lo que antes era un acto comunitario a convertirse en un atractivo turístico con tarifas que pueden superar los 200.000 pesos por toma privada.

De la ofrenda al cobro en efectivo

Tradicionalmente, el yagé se compartía en ceremonias guiadas por taitas reconocidos por los cabildos, a cambio de ofrendas simbólicas como animales de corral o productos agrícolas. Hoy, agencias de viaje, operadores independientes e incluso iniciativas institucionales lo promueven como una experiencia de bienestar espiritual, lo que ha abierto un mercado creciente que deja tensiones dentro de las comunidades.

La transición del trueque al cobro monetario ha debilitado el sentido espiritual del ritual, al tiempo que ha dado paso a facilitadores no avalados por autoridades indígenas. Esto genera preocupación, no solo por la pérdida de legitimidad, sino también por los riesgos de seguridad y salud que enfrentan quienes participan en ceremonias sin protocolos claros.

Investigación académica: impactos y tensiones

Una investigación realizada en Sibundoy por Valeria Rondón Rincón, magíster en Estudios Culturales de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), documentó cómo el ritual del yagé ha sido reconfigurado bajo el impacto del mercado turístico.

“La mercantilización del consumo ritual del yagé ha generado impactos socioeconómicos significativos para las comunidades, al ser percibido como una fuente alternativa de ingresos en territorios con pocas oportunidades laborales”, explica la investigadora.

Pero Rondón advierte que el problema trasciende lo económico:

“La falta de control ha hecho que cualquier persona pueda ofrecer tomas de yagé, y eso cambia la percepción del ritual y pone en riesgo a quienes participan. Sin protocolos claros, la práctica se fragmenta y pierde legitimidad frente a las propias comunidades que la han resguardado por generaciones”.

El vacío de datos y control institucional

El estudio señala que no existen registros oficiales sobre el número de visitantes ni sobre incidentes relacionados con ceremonias de yagé en Putumayo. La ausencia de información dificulta que las autoridades locales puedan atender emergencias o diseñar protocolos de seguridad.

La investigadora relata que, al internarse en veredas, muchos turistas participan en ceremonias privadas sin supervisión institucional ni comunitaria. “No hay datos reales de cuántas personas consumen yagé ni de cuántos llegan por esa razón. Si ocurre un accidente en una toma con decenas de participantes, no hay claridad sobre quién responde”, puntualiza.

Entre lo sagrado y lo comercial

El auge del turismo de bienestar ha traído consigo campañas que, según el estudio, reducen el yagé a un producto comercial. Afiche tras afiche, mensajes como “ven y tómate fotos con trajes coloridos” muestran a los pueblos indígenas como parte de una escenografía, trivializando la espiritualidad de un ritual que las comunidades consideran sagrado.

Para Rondón, esta visión institucional y comercial cosifica al indígena y banaliza el ritual, debilitando la transmisión de saberes ancestrales. Al mismo tiempo, reconoce que el turismo de bienestar ha abierto nuevas oportunidades económicas y ha dado visibilidad a los pueblos del Putumayo, pero a un costo cultural alto: la transformación de un ritual en espectáculo.

Una encrucijada cultural

Hoy, el yagé en Putumayo habita en una dualidad: medicina ancestral y atractivo turístico. En esa tensión, las comunidades buscan mantener viva su tradición frente a un mercado que avanza sin reglas claras.

El reto está en encontrar un equilibrio que respete el carácter espiritual del yagé, garantice la seguridad de quienes participan y permita que los pueblos indígenas sean los protagonistas en la protección de un saber que ha sobrevivido por generaciones, pero que hoy corre el riesgo de diluirse en el mercado del bienestar.

Fuente: Texto y fotografía de Agencia de Medios de la Universidad Nacional de Colombia

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