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El terremoto de la chorrera y el milagro del niño Jesús. Crónica

Enero 9 de 1936 – Enero 9 de 2026 90 años de nostalgia, desolación y llanto Por: Gonzalo Agustín Pantoja Revelo* “La Chorrera”, una apacible aldea al oriente del municipio de Túquerres, se ubica a 7 kilómetros de la cabecera municipal, frente a la población de Ospina. Está separada por el profund…

Columnista Invitado·26 de mayo de 2026·12 minutos de lectura
El terremoto de la chorrera y el milagro del niño Jesús. Crónica

Enero 9 de 1936 – Enero 9 de 2026
90 años de nostalgia, desolación y llanto

Por: Gonzalo Agustín Pantoja Revelo*

“La Chorrera”, una apacible aldea al oriente del municipio de Túquerres, se ubica a 7 kilómetros de la cabecera municipal, frente a la población de Ospina. Está separada por el profundo cañón bañado por el río Sapuyes. En sus orígenes, este caserío se asentó bajo la loma de Iguad, que lo protegía de las heladas ventiscas de la sabana. Su nombre se deriva de una cascada que cae perpendicularmente por una roca ennegrecida por el paso de los años y que hasta ahora existe. En dicha población, moraban alrededor de 36 familias con un número aproximado de 200 habitantes con apellidos de origen español e italiano y dedicadas a las labores agropecuarias. Los habitantes cultivaban toda clase de cereales, tubérculos, hortalizas y verduras, gracias a la fertilidad de sus tierras. Su fuerte era la industria harinera, como resultado de la abundancia y calidad del trigo, producto que se comercializaba principalmente con Túquerres. El comercio también tenía lugar con la costa hacia Barbacoas y, por otro lado, con Ancuya, Linares, Sandoná y lugares circunvecinos. La harina salía del molino hidráulico de don Carlos Fainy, empresario italiano que encontró en esta región el medio apropiado para sus emprendimientos. El molino estaba situado muy debajo de La Chorrera, junto al río Sapuyes en el punto denominado “El Chota”.

Un camino de herradura cruzaba por el poblado de La Chorrera, que comunicaba al sur con las poblaciones de Ospina, Iles, Contadero, Puerres y Córdoba. Por el norte, con Tangua, Yacuanquer y Pasto. Asimismo, con las regiones del Guaico: Ancuya, Linares, entre otros. Era El Camino Real, como lo denominaban anteriormente en los lejanos tiempos de la recua. Así definieron los conquistadores españoles a las vías que definían la integración de todo el territorio colonial para la extracción de riquezas veloz y cómodamente[1]. Estos caminos eran frecuentados por personas de a pie o a caballo, transportando mercancías y víveres de los mercados.

Asimismo, una curiosa industria artesanal casera existía en estas regiones: la del “jabón negro”. Este era elaborado con la ceniza del fogón que, mezclada con agua y sometida a un proceso de destilación en zurrones de piel de res, permitía obtener un líquido llamado lejía. Este líquido, mezclado con la grasa del ganado ovino y vacuno, se sometía a cocción por largas horas en pailas grandes de cobre y en constante meneo, hasta obtener una pasta gelatinosa de color negro. Ya en frío, se recortaba en barritas redondeadas, listas para su uso. Se utilizaba especialmente para el cuidado del cabello. Este producto se comercializaba en los mercados y en las tiendas de los pueblos.

La Chorrera, por lo civil, ha pertenecido siempre a la municipalidad de Túquerres. Sin embargo, por lo eclesiástico y por su cercanía y afectividad con los habitantes de Ospina, forma parte de la Parroquia de “San Miguel Arcángel” de este municipio. Como anécdota de la región, se comentaba que los moradores de la zona de La Chorrera gozaban de una buena presencia física, tanto que a una familia de apellido Urbano los llamaban “los chocos”, de la palabra chocolate, por el color castaño de sus cabellos.

Las condiciones de vida en la región eran favorables para sus habitantes gracias a su emprendimiento para el trabajo y la sana convivencia entre ellos. La comarca ostentaba una deslumbrante vista panorámica que se confundía con el azul infinito del horizonte. Así habían transcurrido los tiempos en la tranquila estancia de La Chorrera, hasta que por allá, entre los años 1933, 1934, 1935 y 1936, la región suroccidental de Colombia fue epicentro de movimientos sísmicos continuos que perturbaron la calma de los pueblos asentados en esta parte de la geografía, correspondiente a los departamentos de Nariño, Cauca y Putumayo[2].

Sabemos que la región suroccidental de Colombia se encuentra influenciada por la cordillera de los Andes. Esta es la gran cadena de montañas que empieza en Argentina y termina en la costa norte de Sudamérica, dando lugar a la formación de numerosos volcanes activos. Por esta razón, a este accidente geográfico también se lo conoce como “El cinturón de fuego del Pacífico”. Con anterioridad, en el año de 1935, el departamento de Nariño había sido escenario de numerosos temblores que afectaron poblaciones ubicadas en los límites con Ecuador, incluyendo a Pasto. Es así como el fatídico 9 de enero de 1936 llegó con la destrucción total de La Chorrera[3].

Cuentan que ese día la comarca amaneció cubierta por una inmensa capa de nubes encrespadas. El viento, completamente quieto; ni una hoja de los árboles se movía… Solamente, de cuando en cuando, una bandada de aves negras revoloteaba desesperada sin saber dónde posarse. En su desconcertado vuelo chocábanse entre sí y con todo lo que encontraban a su paso, tanto que espantaron las bestias de un recuante que por ahí pasaba con unas cargas de panela que traía del Guaico[4]. —“Pájaros de mal agüero”— exclamó el arriero y las ahuyentó a fuetazos.

Para la creencia popular de las gentes, estos raros signos atmosféricos eran como el presagio de que algo inesperado podría ocurrir: un temblor, una lluvia torrencial, un vendaval. Al atardecer de aquel día, el sol declinaba raudo tras las montañas y el manto de la noche fue cubriéndolo todo. Con esa incertidumbre, los habitantes se entregaron al descanso… Y como a eso de las once y media de la noche fueron despertados por un espantoso bramido subterráneo, seguido de un fuerte sacudón que echó por tierra todas las casas. Arrolladas por la gigantesca avalancha de lodo y rocas, rápidamente descendieron hasta el río.

Allí falleció don Carlos Fainy con sus hijos Juan, Rafael y Célimo, junto con sus empleados, entre ellos una señora oriunda de Ospina de nombre Pastora Salazar. Las aguas del río habían quedado estancadas tres días con sus noches, al cabo de los cuales la fuerza del agua abrió un boquete y los escombros, que estuvieron acumulados por tanto tiempo, corrieron río abajo causando más estragos hasta desembocar en el río Guáitara, por los lados de Pilcuán. La conmoción fue tan violenta que no hubo rescate de víctimas. Salvo una familia.

Estudios posteriores atestiguan que el subsuelo del caserío de La Chorrera se había convertido en una gigantesca burbuja de agua filtrada con anterioridad. El fenómeno se atribuye a la saturación de los depósitos volcánicos no consolidados, donde se filtra el agua de una acequia que conduce aguas para el regadío y bebedero de animales. Después, la presión fue tan intensa que, con un movimiento sísmico de baja intensidad, se produjo un deslizamiento. La avalancha de lodo sepultó a los habitantes de la parte baja y represó por largo tiempo el río Sapuyes[5].

De la penumbra de la noche al milagro del Niño Jesús

De todas las casas engullidas por la avalancha, solo una que había sido construida en una especie de montículo no sufrió la fuerte arremetida, quedando en pie y rodeada de una gran cantidad de escombros. Se trata de la casa de don Alejandro Erazo, su esposa María Leitón, con sus hijos: Gabriel, Cornelio, Alejandro, Luis, Teresa y Blanca, quienes, con algunos pequeños rasguños y tremendo susto, se salvaron. Lo anterior se atribuye al milagro del Niño Jesús, que en esa noche, como en las anteriores, velaban con mucha devoción la pequeña imagen.

Al día siguiente, los vecinos de la región que se asomaron a mirar el desastre vieron a la familia Erazo en medio de los escombros y con grandes esfuerzos los rescataron. Ellos se fueron para la población de Ospina, donde fijaron su residencia. Años más tarde, el hijo mayor de ellos, Gabriel, me contaba que el papá intentó salir, pero se quedó atascado en la puerta. Entonces, él, haciendo muchos esfuerzos, logró subir hasta el techo y abrió un boquete por el empajado y por allí salieron todos.

Desde entonces, la familia Erazo Leitón celebra cada año una eucaristía al Niño Jesús en acción de gracias por haberlos salvado. La venerada imagen en la actualidad es conocida como “El Niño Jesús de La Chorrera”. Los renacientes de la familia se turnan para celebrarle la fiesta. Para este año de 2026, los esposos Jorge Enrique Erazo y Socorro Paredes llegaron al feliz acuerdo de celebrarle la fiesta en el lugar mismo de la catástrofe, con una programación muy especial a la cual asistieron numerosas personas de todos los lugares circunvecinos.

La ceremonia estuvo presidida por el señor cura párroco de Ospina, padre Víctor Teherán Chamorro, quien ofició una emotiva misa campal y declaró “Campo Santo” al lugar de La Chorrera, haciendo las debidas recomendaciones del caso para que este lugar sea tratado con el debido respeto.

Después de la eucaristía, los asistentes guardaron un minuto de silencio en memoria de los desaparecidos y luego, entre lágrimas y gestos de pesar, aplaudieron la muy significativa ceremonia religiosa. Este sagrado evento selló 90 años de tristeza, nostalgia e impotencia de las gentes de la región.

Para honrar la memoria de las víctimas y sus familias sepultadas por la avalancha, sus nombres se rescatan con respeto en el anexo al final de este relato.

En fin, la naturaleza en su continua evolución hace cambios, unas veces para bien o para mal de la humanidad. Estos eventos transforman el relieve del suelo y modifican el paisaje. Así, donde ocurrió el terremoto de La Chorrera, el lugar quedó convertido en un laberinto tétrico de color ceniza. Con el paso de los años, los labriegos lo han adecuado para sus cultivos de pan-coger. En tanto que el otro sector, donde comenzó propiamente el deslizamiento, es ahora una reserva forestal con arbustos nativos de diferente especie y unos esbeltos eucaliptos.

De manera que quienes tengan la oportunidad de realizar un paseo ecológico por esta región tendrán la oportunidad de deleitarse con la paz y el descanso que la naturaleza proporciona en abundancia. La flora y la fauna se manifiestan pródigas a cada paso, donde el silencio es lo único que se escucha y la vista se recrea viendo al pájaro carpintero taladrando el tronco de un árbol; a las torcazas alimentándose con las pequeñas semillitas del laurel; a los chiguacos, mirlas negras, dueños de las moras y la zancia. Igualmente, lagunas de aguas rosadas y misteriosas adornan el paisaje. La vida ha vuelto a renacer. Hay esperanza.

ANEXO 1: HOMENAJE A LA MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL SISMO DEL 9 DE ENERO 1936

Fuente: Listado consultado y transcrito de: Muñoz Cordero, L.I. (Coord.). (2011). Manual de historia de Pasto (Tomo XII, 1ª ed.). Academia Nariñense de Historia, p. 281.

Nota: “En la región de La Chorrera, según los últimos datos, hubo cerca de 10 peregrinos aquella noche; se desconocen sus nombres, así como el número de sirvientes y el nombre de otras familias. En el número de familiares perecidos no se incluyen los sirvientes de cada casa, que eran muy numerosos, porque los pobladores de esta región eran gente de mucha comodidad.” (p. 281).

Sección La Chorrera

No. Víctimas Total
1 José, Inés Arteaga, esposa e hijo 3
2 José María Estrada, esposa e hija 3
3 Ramón Estrada y esposa 2
4 Ulpiano Leyton, esposa y dos hijos 4
5 Pastor Estrada, esposa y dos hijos 4
6 Otoniel Estrada, esposa y cinco hijos 7
7 Clementina de Fuenmayor y tres hijos 4
8 Leticia de Estrada y sus siete hijos 7
9 Albino Erazo y su madre 2
10 José Ignacio Reina, esposa y siete hijos 8
11 José Gonzáles, esposa y dos hijos 4
12 Diógenes Pantoja, esposa y dos hijos 4
13 Daniel Pantoja, esposa y cuatro hijos 6
14 Tobías Paredes, esposa y tres hijos 5
15 Trinidad Pantoja y tres hijos 4
16 Juan Estrada, esposa e hija 3
17 Isabel Molina, una hermana, dos sobrinos y una sirvienta 5
18 Rosendo Oviedo, esposa y cinco hijos 7
19 José María Eraso, esposa y dos hijos 4
20 Hermógenes Pazmiño, esposa y dos hijos 4
21 Rogelio Pantoja y tres hijos 4
22 Benjamín Erazo, esposa e hijo 3
23 Zenón Pantoja, esposa y dos hijos 4
24 Manuel Erazo y esposa 2
25 Sofía Pantoja, ocho hijos y tres nietos 12
26 Agustín Pantoja, esposa y nueve hijos 11
27 Apolinar Urbano, esposa y cuatro hijos 6
28 Carlos Fainy, tres hijos y dos sirvientes 6
Total víctimas en La Chorrera 137

Fallecidos en la sección Iguá

No. Víctimas Total
1 José María Urbano 1
2 Mercedes Pazmiño 1
3 Célimo Unigarro 1
4 Heriberto Unigarro 1
5 Raquel de Unigarro 1
6 Diomina Riascos 1
Total 6

ANEXO 2: REGISTRO FOTOGRÁFICO DEL RELATO

 

Figura 1. Imagen del Niño Jesús de La Chorrera, rescatada del desastre.
Fuente: Reproducción fotográfica extraída del libro La ciudad mártir, de Guillermo Cifuentes López, p. 173.

Figura 2. Imagen del Niño Jesús de La Chorrera. Preparación para el día de su fiesta.
Fuente: Archivo de campo / registro familiar.

Figura 2. Vista panorámica actual del terreno y zona afectada por el deslizamiento, capturada desde el municipio de Ospina, Nariño.
Fuente: Archivo de campo / Archivo familiar.

Figura 3. Lagunas de represamiento que se formaron tras el terremoto. El color rosado de las aguas se debe a la proliferación de microalgas y bacterias hipersalinas que se adaptan al ecosistema de la cordillera.
Fuente: Archivo de campo / Archivo familiar.

Figura 4. Asistentes a la eucaristía campal en honor a las víctimas del terremoto de 1936.
Fuente: Archivo de campo / Archivo familiar.

[1] Fuente histórica: Basado en Diego Zajec, “El camino Real por el Suroccidente Andino de Colombia”, Academia.edu, p. 4.

[2] Servicio Geológico Colombiano: Página oficial y visor geográfico del periodo histórico de sismos 1933-1936, disponible en https://sish.sgc.gov.co/visor/

[3] Servicio Geológico Colombiano: Descripción de los daños del sismo del 9 de enero de 1936, disponible en https://sish.sgc.gov.co/visor/sesionServlet?metodo=irAIntensidadesSismo&idSismo=66

[4] Guaico: término de origen quechua que designa zonas de clima templado y caliente incrustadas en la sierra andina. Ver: Beatriz Nates Cruz, De lo bravo a lo manso: Territorio y sociedad en los Andes colombianos (Quito: Ediciones Abya-Yala), p. 162.

[5] Benhur Cerón Solarte y Rosa Isabel Zarama, Historia socio-espacial de Túquerres, siglos XVI-XX: De Barbacoas a la perspectiva nacional, Universidad de Nariño, p. 332.

  • Docente jubilado del Magisterio de Nariño.
    Licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad Mariana 1982.
    Magister en Etno-literatura de la Universidad de Nariño 1990.
    Diplomado en historia regional, Universidad de Nariño y Academia Nariñense de Historia, 2009.
    Coautor del libro El Dragón del Guáitara, 2012.
    Entre sus intereses se encuentran el rescate por las tradiciones ancestrales y culturales del territorio.
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